Tras los focos 34. Reencuentro
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34. Reencuentro

Reencuentro

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Él venía de un mundo demasiado iluminado y buscaba algo real. Yo venía de un lugar tranquilo, casi oculto, y soñaba con un poco de luz. Nos encontramos justo en medio: entre lo que éramos y lo que queríamos llegar a ser.

Cierro el cuaderno y me quedo mirándolo, intentando, con los ojos, idear un conjuro que me permita saber cómo concluir mi historia con Ryan en la ficción cuando, en la vida real, no es más que una relación suspendida.

¿Cómo avivar unos sentimientos para que, al final, se queden postrados en papel y no logren aquello que siempre soñé que conseguirían?

La gracia de sentir que te estalla el pecho por alguien es que, después de todo, haya valido la pena; hacérselo saber a la otra persona, claro.

Pero sigo sin ser tan valiente como para decírselo de frente.

En vez de eso, he decidido gritar a los cuatro vientos mi amor por él a través de una novela y, al mismo tiempo, abrirme al mundo.

Eliminar un pseudónimo y dejarme ver, y ser, bajo mi nombre y apellido.

Algo que le reclamé a él y que, a fin de cuentas, fue lo que provocó que me alejara.

Esta mañana he recibido el mes de abril con los últimos preparativos para la reunión que tenía agendada con Margot Ellis, de Blue Harbor Books.

Una conversación que ha comenzado a las nueve —hora americana— y se ha alargado algo más de una hora.

Más que una llamada de trabajo, me ha parecido un círculo de confidencias al que hemos asistido.

Tanto ha sido así que, nada más colgar, no he podido hacer otra cosa que correr a por un bolígrafo y derramar sobre el papel todo el ruido interior.

Son las cinco y, como os podréis imaginar, sigo sin ser capaz de alcanzar ese final feliz, ni siquiera en un manuscrito.

Desisto por hoy. Estoy agotada, con una maraña de pensamientos que no encuentran tregua, tampoco en la escritura.

Los padres de Fio me han llamado hará una media hora para invitarme a merendar a su casa.

Por supuesto, he dicho que sí. No puede apetecerme más; además, me viene genial para airearme y salir del bucle en el que me encuentro ahora mismo.

Después de todo lo que han hecho por mí, tampoco podría declinar una invitación como esta.

Viven cerca, así que me visto con tranquilidad.

Hoy, pensando en que tengo intención de animarlos después para salir a cenar por el centro de Porta Aurelia y devolverles el favor, me enfundo en el minivestido Mistral de Jacquemus.

Un diseño drapeado en tono rojo, muy versátil, que Sophie me empujó a comprarme cuando empezamos a frecuentar eventos, sobre todo los más chic.

Aunque, si hay algo que me convence de esta pieza, es la funcionalidad que la rodea.

Como experta en moda, diré que favorece tanto con stilettos como con mocasines o zapatillas más deportivas.

En este caso, completo el look con las Club-Low de la firma del cocodrilo.

La masía de los padres de Fio huele a hogar desde lejos.

Madera antigua, piedra clara y ese frescor que solo tienen las viviendas que siempre han estado abiertas al campo.

En la cocina, la mesa ya está puesta para la merienda: focaccia recién cortada, un plato de prosciutto y mortadella , queso pecorino en dados irregulares y un cuenco pequeño con aceitunas aliñadas con naranja y romero.

En el centro, una jarra de limonada casera y una cafetera italiana esperando su momento.

—Siéntate, por favor —me dice la madre de Fio, con esa manera suya de hacerte sentir esperada—. Come algo antes de que se enfríe la focaccia , que está recién sacada del horno.

Lo hago sin pensarlo. Es reconfortante partir pan en mesas que sientes que te acogen. Entre un bocado y otro, comento, casi de pasada, que esta noche pensaba invitarlos a cenar por el centro de Porta Aurelia. Ella sonríe con una mezcla de pena y complicidad.

—Ay, cariño…, a cenar no vamos a poder —me dice—. Nos liaron con un compromiso que tenemos cerrado desde hace semanas.

—No pasa nada —respondo rápido, aunque me apene un poco.

—Eso sí —añade enseguida—, si te apetece, luego podemos bajar a tomar algo al puerto.

De inmediato me viene a la mente la imagen del puerto de Porta Aurelia y la calma que en él se respira.

Soy capaz de visualizar cómo las terrazas empiezan ya a llenarse despacio, sin ruido, con mesas orientadas al mar y copas que no dejan de tintinear.

En abril, el aire aún conserva su frescor ligero, cargado de sal, limón y jazmín.

No hay prisa: solo conversaciones susurradas, el vaivén de los barcos amarrados y un sol que cae despacio, tiñendo de ámbar las fachadas y el agua de dorado.

Un equilibrio perfecto entre glamour y sosiego.

El sitio exacto para ver qué secreto guarda el último resplandor.

—Nosotros antes tenemos que pasar a comprar unas cosas —continúa—, así que, si te parece bien, quedamos allí al atardecer. A las siete y veinte.

Asiento.

Y, casi sin darme cuenta, se me cuela otra imagen, la de cómo sería vivir algo así con Ryan.

No una cafetería de esquina ni un micro abierto de jazz; tampoco una galería de arte ni la ciudad de los rascacielos como telón de fondo.

Esto. «¿Será este el escenario que debería elegir para un final feliz de novela?

». Una mesa frente al mar, el día apagándose despacio, copas frías entre las manos y una paz inesperada.

Conversaciones profundas, una conexión que abruma, la certeza de estar donde toca.

Lo imagino como si esta escena fuera una versión idealizada de nosotros: una utopía doméstica que mi cabeza ensaya, todavía, demasiado lejos de la realidad.

—¿Te apetece un café? —La voz de la madre de Fio me devuelve a la cocina.

Parpadeo. Asiento de nuevo. La cafetera italiana ya está sobre el fuego, llenando la estancia de un aroma intenso, robusto y distintivo de hogares familiares tradicionales.

Me acerco a la encimera y observo cómo reparte las tazas.

Hablamos de pequeñas cosas. De la tarde que empieza a caer, del puerto, de lo bonita y relajante que es Porta Aurelia en esta época del año. Nada importante. Justo lo que necesito.

Cuando salgo de la masía, el aire que anuncia la noche ya ha cambiado. Bajo por el sendero de grava, con el paso ligero, adelantándome a ellos, pues, tal como hemos quedado, me alcanzarán más tarde. El puerto nos espera abajo.

A medida que voy descendiendo, me imagino cómo debieron de vivir figuras como Sophia Loren, Grace Kelly o Jackie Kennedy su propia costa Amalfitana.

La dolce vita entendida como ese equilibrio delicado entre despreocupación y lujo, arte y naturaleza, mesas largas y buena gastronomía.

Un aura que, sin saber muy bien por qué, empiezo a reconocer como propia.

El pantalán está casi vacío a esta hora.

Camino en dirección a mar abierto, escuchando cómo los amarres se tensan y cómo los mástiles de las embarcaciones resuenan.

Una sensación de que algo está a punto de ocurrir me invade.

Cuando alcanzo el final del muelle, justo donde las escaleras se sumergen en el agua, me siento en el suelo, rendida a lo que quiera ofrecerme este último aliento del día.

He llegado un poco antes, así que decido hacer tiempo hasta que aparezcan los padres de Fio.

Un nerviosismo que hacía meses que no experimentaba se apodera de mí.

Uno que solo he sentido con Ryan, cuando él ha estado, en más de una ocasión, casi rozando mi espalda.

Es entonces cuando lo percibo. Sin girarme, intuyo una presencia que se acerca por detrás.

Me quedo inmóvil. Es él. Ha venido a buscarme.

No sé qué voy a hacer. Nunca me había sentido así.

El nudo en el estómago aprieta cada vez más.

No estoy pensando con la razón. Solo sé que, si no lo aprovecho, me lo reprocharé toda la vida.

—Hola —me dice cuando todavía no me he dado la vuelta.

Al girarme, nuestros ojos se quedan clavados, como si, a través de ellos, fuéramos capaces de decirnos todo lo que hemos callado.

—Lo siento —le digo. Es lo primero que consigo articular—. Por salir corriendo, por no dejarte hablar, por…

—No, perdóname tú, Brooke —me interrumpe—.

Creí que, si no volvía a mencionar mi pasado, podría hacerlo desaparecer.

Y no fue así. Al final terminó apoderándose de mi presente.

—Hace una pausa—. Estábamos tan bien… Tú fuiste capaz de verme cuando nadie más lo hacía.

Creí que así te protegería. Pero me equivoqué.

Nuestros ojos brillan más que nunca.

—Ryan, déjame hablar un momento —digo sin pensarlo demasiado—. Hay algo que tienes que saber. Algo que debería haberte dicho mucho antes. Te reproché tus secretos cuando yo tampoco estaba siendo del todo sincera contigo…

—Lo sé, Brooke, lo sé —dice con calma—. Hace semanas que lo sé.

Pero ya no importa. Porque, ¿sabes qué? Cuando lo descubrí, me di cuenta de que la chica que conocí en Entre Sorbos es la que veo cuando te miro.

La misma de la que estoy completa e irrevocablemente enamorado.

Lo hice, primero, sin pretenderlo, a través de tus letras y, después, sin poder evitarlo, cuando te conocí. Nada más importa. Solo nosotros.

—Te quiero, Ryan —confieso—. Seas quien seas. Cargues con el pasado que cargues. Te quiero. Desde que noté que me mirabas como miras a través de la cámara, como lo haces con aquello que de verdad te importa.

Al escuchar mi declaración, Ryan no responde enseguida. Me contempla con detenimiento, como si necesitara asegurarse de que esto no es un espejismo. Luego sonríe, una de esas sonrisas suyas que siempre me han desarmado, y se acerca lo justo para que su frente repose contra la mía.

—Yo también te quiero —susurra—. Y esta vez no voy a esconderme. Ni de ti ni de quien soy. Quiero que nunca dejemos de recordarnos quiénes somos tras los focos.

—Lo prometo.

En este instante, siento cómo el mundo parece recogerse a nuestro alrededor mientras el último resplandor del día se estira sobre el mar bajo la melodía de Iris , de Goo Goo Dolls.

El puerto guarda silencio, como si supiera que hay momentos que no deben interrumpirse.

Ryan levanta la mano y me aparta un mechón de la cara con una delicadeza que echaba de menos.

Permanece ahí, a un palmo de distancia, dándome tiempo.

Siempre dándome tiempo. Cuando por fin me besa, lo hace despacio.

Sin urgencia. Como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado, dispuesto a quedarse.

Un beso sin artificios, pero que contiene todo lo que necesito.

Cierro los ojos. El mar, la luz tenue, el peso exacto de su boca sobre la mía.

Aquí, justo aquí, entiendo que hay finales que no cierran historias, sino que las dejan, por fin, empezar.