Tras los focos 31. Latidos paralelos #2
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31. Latidos paralelos #2

Con mi padre, en cambio, es muy distinto.

No hemos hablado desde que, tras la entrevista en directo, me dijo aquello de «Supongo que eres más valiente de lo que yo fui.

No puedo odiarte por eso». Aun así, empiezo a ver capas en una persona que durante años me ha parecido básica, rígida y superficial.

Sé que nuestra relación jamás será la que me habría gustado.

Él no va a desprenderse de su ego ni de su carácter tradicional, y yo no estoy dispuesto a convivir con eso.

Nunca lo he estado. Pero empiezo a entenderlo.

No lo excuso. La ha cagado. Y mucho. No es fácil tratar con él, ni como padre ni como hombre.

Sin embargo, cada vez veo más claro que también es una víctima de sí mismo.

De la educación que recibió. De los valores que aprendió como incuestionables.

De una vida construida sobre la idea de que el deber siempre está por encima del deseo.

Ha de tener buen corazón; de otro modo, mi madre no habría terminado queriéndolo, aunque en el fondo estuviera enamorada de otra persona.

Cuando pasas toda tu vida creyendo que ciertos valores son los correctos, cuando creces y te construyes sobre ellos, resulta casi imposible dar marcha atrás.

Haría falta una voluntad enorme. Y la realidad es que no creo que mi padre sea tan fuerte.

No como lo es mi madre. Pero eso no lo convierte en un villano.

Lo convierte en un ser humano. Es un padre como tantos otros.

Con errores irreversibles. Con un pasado que pesa.

Y con un futuro que aún podría jugar a su favor…

si algún día decide enfrentarlo como debe.

—Hijo mío, ¿eres tú? —dice mamá.

Todavía no he terminado de recorrer el pasillo cuando mi madre ya me está reclamando.

Cuando por fin llego, los encuentro a los dos sentados en uno de los sofás mullidos color crema, el mueble al que han recurrido toda la vida cuando necesitan un extra de comodidad para enfrentarse a una conversación difícil o para descansar de sus ajetreadas agendas.

Beatrice se levanta nada más verme y me abraza con una mezcla de alivio y ternura.

Alistair, en cambio, acomoda —para variar— los cojines de terciopelo verde, como si estuviera tan incómodo que necesitara hacer algo con las manos para que no se le note. Sin mirarme, claro.

Mamá se sienta de nuevo, justo al lado de papá, y los dos se quedan mudos cuando me coloco frente a ellos.

El reloj de pie —del que ya no recuerdo ni a quién perteneció—, junto a la chimenea apagada, marca el tiempo con un tictac discreto pero constante, recordándonos que, aunque lo quisiéramos, nada se detiene.

La luz entra tamizada por las cortinas y dibuja, como cada día, sombras suaves en la estancia.

Mamá mantiene la espalda recta, con las manos entrelazadas en el regazo.

Papá, en cambio, parece tener incluso más ganas que yo de marcharse de aquí.

Como si permanecer sentado significara aceptar algo que todavía le cuesta digerir.

Al final lo hace, suspira y levanta la vista para mirarme.

—El Consejo se ha reunido esta mañana —empieza Beatrice, con una voz firme que no deja espacio a rodeos—. Han tomado una decisión.

No necesito que continúe para saber que no será leve.

—Tu padre ha sido destituido de sus funciones —añade—. De manera oficial.

Papá cierra los ojos un instante. No protesta. No se defiende. En su silencio hay algo que se parece más a la aceptación que al orgullo herido, por extraño que parezca.

—Por el bien del Principado —continúa mi madre—, y siguiendo la línea de sucesión legítima, el Consejo ha decidido nombrar a tu primo como heredero y, por lo tanto, como actual príncipe, tras tu renuncia.

Como ya sabes, su padre… —hace una pausa breve— murió cuando él era pequeño.

Así que no ha habido dificultades: es el siguiente en la línea.

No siento sorpresa. Tampoco alivio inmediato.

Experimento algo más complejo: el cierre definitivo de una puerta que, en realidad, llevaba años entornada.

Miro a mi padre. Por primera vez no veo a un príncipe ni al hombre que confundió autoridad con ego.

Veo a alguien al que el tiempo acaba de pasarle factura.

—Es lo que tú dijiste en la entrevista —añade ella mirándome—. Y el Consejo lo ha entendido. Hiciste lo correcto.

Asiento despacio. No porque necesite aprobación, sino porque sé que, en esta sala cargada de historia, hoy se ha escrito una página nueva.

Y, por fin, no me pertenece. El silencio se estira más de lo necesario.

Es entonces cuando mi padre se levanta. Lo hace sin prisa, como si cada gesto todavía tuviera que ser medido, como si aún no estuviera seguro de qué lugar ocupa ahora en este espacio que durante tantos años ha sentido suyo.

Se ajusta la camisa, carraspea, da un paso hacia la puerta.

Antes de cruzarla, se detiene un instante.

Me mira. No hay reproche en sus ojos. Tampoco orgullo.

Hay emoción sin nombre, una distancia que ninguno de los dos sabemos cómo acortar.

Nos observamos desde dos orillas distintas, sabiendo que, por hoy, es lo único que podemos ofrecernos. Termina marchándose.

La puerta se cierra con un sonido sordo, definitivo, y me quedo a solas con mi madre. Beatrice tarda unos segundos en hablar.

—No te vayas todavía.

Alza la mano y me hace un gesto para que me quede sentado.

Se levanta despacio y camina hacia uno de los muebles auxiliares del salón, un aparador antiguo que apenas se utiliza ya.

Abre uno de los cajones inferiores y extrae un objeto envuelto en papel de seda. Lo sostiene como si fuera algo frágil.

—Esto es para ti —dice tendiéndomelo.

Desenvuelvo el paquete con cuidado. Es un libro. De tapa sobria, elegante, gastada en los bordes. Reconozco el título antes incluso de leerlo entero.

Sonetos a Orfeo , de Rainer Maria Rilke.

Levanto la vista sorprendido.

—Mamá…

—Lo sé —me interrumpe—. No es un libro fácil. Tampoco lo es lo que has vivido. Ni lo que has hecho.

Se sienta frente a mí, más cerca ahora. Apoya las manos sobre mis rodillas y me mira como no lo había hecho antes: sin prisa, sin expectativa, sin exigencia.

—He pensado mucho estos días —continúa—. En ti. En lo que has sido aquí… y en lo que has sido fuera. En lo que el mundo veía y en lo que no.

Paso el dedo por el lomo del poemario. No necesito abrirlo para entender por qué lo ha elegido.

—Este libro habla de vivir entre dos mundos —dice—. De existir en lo visible y en lo invisible. De cantar incluso cuando nadie escucha.

Trago saliva.

—Tú has vivido así durante años, Ryan. Visible como príncipe ausente. Invisible como Ryan Blake. Reconocido sin nombre. Amado sin título por Brooke, y por los que te han rodeado en Nueva York.

No aparto la mirada. Siento cómo cada frase encaja con una precisión asombrosa.

—Y quiero que entiendas algo —añade—. Lo que Brooke ha logrado en ti no tiene que ver solo con el amor. Tiene que ver con que te ha visto entero. No una parte. No un papel. No un deber. A ti. Y te ha elegido. Me gusta esta chica para ti, Ryan.

Aprieta los labios antes de seguir.

—Este libro no te va a decir qué camino deberías tomar. No lo va a hacer nunca. Pero quizá te ayude a comprender por qué no hay nada de lo que avergonzarse por haber sido dos cosas a la vez. Y por qué, a veces, solo cuando alguien nos mira desde el lugar correcto, conseguimos unirlas.

Bajo la vista hacia el libro.

—Gracias. De nuevo —pronuncio al fin.

Mi madre sonríe.

—Guárdalo —dice—. Y cuando dudes, léelo. Para recordarte siempre quién eres.

Nos quedamos en silencio. Mi madre es la primera en moverse.

Se sienta en mi sofá y yo me coloco, esta vez, a su lado.

Se da una palmada en el regazo. No dice nada más.

No hace falta. Dudo apenas un parpadeo antes de dejar el libro sobre la mesa baja y acercarme.

Me recuesto en ella, con vacilación al principio.

Su brazo me rodea con naturalidad. Apoya la barbilla sobre mi cabeza y me aprieta con la fuerza justa: la que te recuerda que no estás solo.

Respiro hondo. En este momento, no soy el heredero que renunció, ni el hijo que se fue ni el hombre que tuvo que explicarse ante cámaras.

Solo soy esto. Su hijo. El que volvió a casa sin saber muy bien cómo y descubrió —por fin— que hay lugares donde siempre te esperan.