31. Latidos paralelos
Latidos paralelos
RYAN
A veces alguien es capaz de arreglar incluso lo que no rompió.
Personas que te empujan a sanar sin ser conscientes de ello.
Eso mismo es lo que ha hecho Brooke conmigo.
Sin saber cómo —incluso ocultándome su identidad completa tras el anonimato de un blog— ha conseguido lo que creía imposible: que me reconozca a mí mismo.
Es cierto que mis actos siempre me han precedido, dejando al descubierto lo impulsivo, atrevido y vulnerable que soy.
Pero hay algo en esa mujer que, desde que la leí, empezó a recomponerme.
Su vitalidad, su ilusión, su carácter metódico, sus miedos y, sobre todo, su manera de entender el amor me hicieron comprender que, en los ojos correctos, como bien se dice, siempre serás arte.
Así es como la veo yo. Adoro que no se abra cuando siente que debe proteger su interior; que sea tan cuadriculada —sí, hasta el punto de pelear por una silla de cafetería—; que mire la vida con ese brillo en los ojos que solo tienen los niños; que no sea capaz de ver lo fuerte, sexy e inteligente que es; y, cómo no, que sepa leerme como nadie.
No sé si alguien ahí fuera se habría bañado en ira al descubrirlo —y, por supuesto, tenemos una conversación pendiente—, pero ¿cómo podría eso alejarme de ella cuando he entendido que la mujer que me enamoró con sus palabras, haciéndome sentir visto, es la misma que me atrapó desde el primer día con una conexión imposible de explicar?
Es lunes, y eso significa que he conseguido sobrevivir al primer fin de semana después de la entrevista que, según todos, ha transformado mi vida.
Yo no noto que haya cambiado tanto; más bien siento que he dejado de fingir.
Sin embargo, el Principado parece otro. Donde antes se acumulaban cámaras, pancartas y curiosos buscando declaraciones, ahora solo quedan algunos periodistas y un silencio extraño.
Las redes, que ardieron durante horas, empiezan a asentarse en un terreno menos inflamable.
Ya no se habla solo de escándalo, sino de contexto.
De errores. De responsabilidad. A fin de cuentas, de verdad.
Hay quien sigue defendiendo a mi padre con fervor, quien agradece que, al final, se haya explicado con claridad el proyecto y su verdadera intención de realzar el patrimonio —aunque ejecutada con una arrogancia que ahora resulta imposible de negar—.
Otros, en cambio, no le perdonan haber actuado sin consenso ni que haya decidido por todos.
La diferencia es que ahora el debate existe.
Y eso, en un país pequeño como el nuestro, lo cambia todo.
Mi nombre vuelve a pronunciarse después de dieciséis años de silencio impuesto.
Algunos lo hacen con curiosidad, otros con recelo, otros con una empatía que no esperaba —pero que aparece cuando cuentas lo que esconden tus entrañas—.
Hay quien me llama valiente; quien me acusa de cobarde por haberme ido; quien entiende que marcharse también fue una forma de supervivencia.
He aprendido que no puedo controlar ninguna de esas narrativas.
No lo intento más. Desde la ventana del ala este del palacio observo la plaza casi vacía y pienso que, aunque nada está resuelto del todo, algo se ha desbloqueado.
El país respira distinto, y yo también. Y en medio de un ruido que empieza a apagarse, hay una certeza que no tambalea: decir la verdad no me ha alejado de quien soy.
Me ha devuelto a mí mismo. Y eso, en parte, se lo debo a ella. A mi Brooke.
Hoy he bajado a desayunar con mi madre. Estamos recuperando el tiempo perdido: ella ha demostrado que no es tan distante como la recordaba, y yo me he propuesto darle la segunda oportunidad que creo que merece.
No importa cuán mayores seamos, siempre necesitaremos los consejos de mamá.
Es algo que he entendido desde que regresé.
Mientras mi madre termina su café desbloqueo mi móvil casi por inercia.
Entro en Entre Sorbos como quien accede a una habitación conocida, una en la que siempre ha encontrado refugio.
Hay una entrada nueva. Mi pulgar se detiene un segundo antes de abrirla.
Leo despacio. Brooke recuerda que está trabajando en una novela autobiográfica; que se está atreviendo a mirarse sin filtros; que escribe desde Italia, desde un lugar que le ha devuelto el silencio necesario para escucharse.
Incluso admite que no está siendo del todo sincera conmigo.
Ahora, sabiendo que es ella, todo se lee distinto.
Y también confiesa algo más: no sabe cómo terminarla, cómo cerrar su propia historia.
«Creo que, por una vez —escribe—, voy a dejar el final en manos del destino».
Trago saliva. No necesito que diga más. Conozco ese tono.
Conozco esa manera de esquivar una verdad grande, escondiéndola detrás de palabras bonitas.
Brooke siempre ha sido valiente al escribir, pero cautelosa al exponerse.
Y ahora mismo está esperando que algo —o alguien, en realidad— la empuje a dar el último paso.
Mi madre me observa por encima de la taza.
—¿Todo bien? —pregunta con esa intuición que solo tienen las madres.
Bloqueo el móvil y lo dejo sobre la mesa.
—Estoy leyendo algo importante.
Ella no insiste. Espera.
—Es de Brooke —añado.
Mi madre asiente despacio.
—La chica que te hizo volver…
No respondo enseguida. Porque no es tan simple. O quizá sí.
—La chica que me hizo entender que no podía seguir huyendo —digo al final—. Está escribiendo sobre su vida. Sobre nosotros. Hay algo que no se atreve a decirme. Pero lo que no sabe es que yo ya tengo esa información.
Mi madre apoya su mano sobre la mía.
—¿Y tú sí te atreves?
Esa pregunta me atraviesa con una claridad incómoda.
—Creo que sí —respondo—. Creo que por eso tengo que ir a buscarla.
Ella sonríe. No con sorpresa, sino con alivio.
—Entonces ve —dice—. Hay personas que no saben pedir lo que necesitan, pero saben reconocerlo cuando aparece delante de ellas.
Me levanto. Siento una determinación tranquila, distinta a mi impulsividad habitual.
—Gracias, mamá.
—No me des las gracias —responde—. Solo procura no llegar tarde a tu historia.
Salgo de la estancia con el móvil en la mano, dispuesto a llamar a James para pedirle que me ayude a localizar a Brooke. Si ella ha decidido dejar el final en manos del destino, yo pienso presentarme, y hacerle saber que creer en el destino no significa quedarse quieto, sino caminar hacia él.
Marco su número sin dudarlo.
—James, vengo a molestarte de nuevo. Tengo otra tarea para ti.
Al otro lado de la línea, tarda apenas un segundo en responder, y cuando lo hace no consigue ocultar la risa.
—Déjame adivinar —dice—. ¿Esta vez es con relación a una mujer y a una decisión que va a cambiarte la vida?
Sonrío.
—Siempre tienes un don para hacer que las cosas parezcan fáciles —respondo—. Necesito localizar a Brooke. Está en Italia. No tengo claro dónde.
James guarda silencio.
—Eso suena… complicado —dice.
—He pensado que podrías intentar conseguir el contacto de su antigua compañera de piso, Fio —digo—. Es italiana. Seguro que sabe en qué parte está ahora. Tú lo vas a tener fácil. Aunque Vale esté en España, estoy convencido de que ella dará con Fio antes que nosotros.
—Intentaré tirar de Vale, entonces —responde James—. A ver qué consigo sacar. Te aviso en cuanto sepa algo. Pero tú tampoco te quedes de brazos cruzados mientras tanto. Conociéndola, seguro que puedes darnos alguna pista. ¿Nunca te habló de lugares en los que le gustaría vivir?
Me quedo pensativo.
—Alguna vez mencionó la costa Amalfitana. Hablaba de ella como si fuera un sitio donde todo va más despacio…
—Pues ahí tienes tu respuesta —dice—. ¿No la ves capaz de elegir un lugar así para escribir una novela que, probablemente, estará atravesada por ti?
—Mmm… ¿Tú crees? —murmuro.
—No lo creo —responde—. Lo sé. Hay quienes necesitan sentir sin ruido. Y Brooke suena a eso.
—Bueno, yo creo que, si está allí, lo ha decidido porque, tal como señala en el blog, es una zona que para ella es sinónimo de silencio e inspiración —contesto—. Aunque no te niego que me gustaría que esa elección tuviera algo que ver conmigo…
James se ríe al otro lado de la línea telefónica.
—Ya, ya…, si te conozco, Ryan, no hace falta que me lo jures. Es normal que, a estas alturas, quieras que esté tan colada por ti como tú por ella.
—James, quedamos así —digo sonriendo—. Luego charlamos, que aún tengo conversaciones pendientes en palacio. Mis padres quieren hablar conmigo a la vez…, a ver con qué me sorprenden en esta ocasión.
—Qué intenso.
—Como todo últimamente, amigo —respondo—. Avísame en cuanto sepas algo. Entre todos tenemos que conseguir dar con Brooke. No quiero llegar tarde a nuestra cita.
Al colgar la llamada con James, me dirijo al salón principal, espacio que mamá y papá han elegido para reunirnos a media mañana.
Con mamá siento que, poco a poco, estamos consiguiendo acercarnos.
Los dos nos hemos echado de menos. A nuestra manera.
Ninguna madre está preparada para perder a un hijo y ningún hijo está preparado para mantener la distancia con su madre durante tanto tiempo.
Después de estos años, a ambos se nos han quitado un poco las ganas de tener razón en lo que respecta a nuestra relación, porque insistir en eso solo nos llevó a alejarnos todavía más.