Tras los focos 27. Porta Aurelia #2
79%

27. Porta Aurelia #2

Suelto una pequeña risa. Así es Sophie: sostiene el mundo emocional con una mano y te lanza trabajo con la otra.

Y se agradece. Me aterriza, me centra. Cierro el portátil y lo meto en el bolso.

Si me quedo en la habitación toda la tarde, voy a pensar en exceso.

La casa es preciosa, sí, pero empieza a oscurecer y necesito respirar el exterior, moverme, ver cómo late este pueblo antes de que la noche lo calle del todo.

Salgo sin planearlo demasiado. La bajada hacia el casco de Porta Aurelia es un desfile de sensaciones: escalones aún fríos, sonidos secos, espacios todavía sin ocupar, el murmullo del mar escondido entre las callejuelas.

El pueblo parece ya medio dormido, como si marzo le diera permiso para acostarse temprano.

Una señora riega las gerberas de su balcón.

Dos ancianos juegan a las cartas bajo un porche mientras unos niños persiguen una pelota entre accesos peatonales.

Cada paso me afloja un poco más el pecho.

Entonces lo veo: un bar pequeño, casi escondido. Tres mesas fuera, un rótulo pintado a mano con tiza: Caffè del Mare.

El sitio ideal.

Dentro huele a grano recién molido, a fruta madura y a conversación baja.

El camarero, un hombre de unos cincuenta, me saluda con una sonrisa cálida, respetuosa, como si supiera que quien entra con un portátil busca más silencio que compañía.

Pido una copa de falanghina y me siento junto a la ventana.

Desde aquí se ve un trozo de mar entre la pequeña iglesia y un conjunto de casas encaladas.

Abro el portátil. Respiro hondo. Rescato mis notas de Milán.

Los flashes, el caos del backstage , las presentaciones sobre la pasarela, el front row que todavía no termino de asimilar…

Repaso lo que Sophie, parte de la redacción en remoto y yo sacamos adelante esos días.

Analizo datos, reviso fotos, ordeno ideas. Es fácil si no hablo de mí.

Cuando por fin dejo clara la estructura del reporte —algo que siempre hago antes de empezar cualquier tarea, sin excepción— paso a los dos artículos que Sophie me ha encargado.

Abro dos documentos en blanco. Los miro.

Ellos me miran de vuelta. Y empiezo a hacer lo que mejor sé: organizar, nombrar, desmenuzar, decidir…

Porque, aunque mi vida sentimental sea un caos, mi trabajo nunca lo es. Jamás dejo nada al azar.

En una de las páginas empiezo a teclear, casi en piloto automático, las tendencias que me rondan la cabeza.

Cazadoras de piel y parkas —recuperadas para llevar con vestidos de lentejuelas— que se consolidan como piezas clave del entretiempo; shorts de silueta globo irrumpiendo con una fuerza inesperada; mocasines que van desde las versiones más clásicas hasta propuestas más vanguardistas (igual de favorecedoras, por cierto); collares de aire boho capaces de elevar cualquier look diario; ese escote dosmilero que amenaza con arrasar entre las generaciones más jóvenes; y, por supuesto, el rosa chicle de Carolina Herrera, el tono suave y luminoso por el que todas —yo incluida— suspiramos esta temporada.

Me sorprendo lo fácil que fluye todo cuando hablo de moda.

No tengo que pensar, ni justificarme ni enfrentarme a mí misma.

Solo observar y avisar a nuestras lectoras de lo que deberían tener en el radar si quieren convertirse en auténticos focos de estilo.

A fin de cuentas, invitarlas a soñar en grande.

En la otra página—y para terminar ya la jornada laboral por hoy— empiezo a esbozar el segundo artículo, el inspirado en Porta Aurelia.

Aunque profundizaré mañana con la luz del día, solo necesito mirar por la ventana del Caffè del Mare para encontrar materia prima.

Y me llaman especialmente la atención los zapatos: mocasines en tonos cuero que pisan con calma las calles empedradas; bailarinas —esas reinas silenciosas del glamour funcional—; botines de ante en tonos arena; zuecos que delatan a las amantes del boho-chic ; sneakers blancas impecables; sandalias artesanales de cuerda asomando entre los últimos rayos de la tarde; e incluso alguna alpargata temprana que desafía el calendario…

Este lugar respira estilo sin proponérselo. Basta mirar con atención.

Termino de ordenar mis notas y cierro el portátil con la intención de volver a la masía.

El bar va apagando el día poco a poco: copas que repican, sillas que se recogen, conversaciones que se disuelven en murmullos.

Me quedo sentada un instante más, con la sensación de que, aunque he avanzado en lo que debía hacer para Couture Journal , no he dado ni un paso en lo que importa.

En lo que me ha traído hasta aquí. Mi objetivo eran mil quinientas palabras.

Y, por el momento, solo he reunido mil ideas que se atropellan sin llegar a ningún sitio.

Una vez en casa, ya en la cama, abro el portátil de nuevo.

La habitación está a oscuras; solo la luz azulada de la pantalla ilumina el ovillo en el que me he convertido.

Necesito un primer borrador, aunque sea torpe, aunque no sea digno.

He escrito cientos de textos en mi vida; entonces ¿por qué este no?

¿Por qué es tan difícil construir finales felices cuando intentas escribir el tuyo propio?

Suspendo la respiración. Cierro el documento. No hoy.

Y entonces, mientras cambio de postura buscando el consuelo entre las sábanas, se me ocurre: quizá no debería hacerlo sola.

Además del precioso escritorio que la madre de Fio ha preparado para mí, ¿habrá en Porta Aurelia algún espacio para escritoras?

¿Un lugar donde otras también estén intentando encontrarse?

Tecleo la búsqueda sin mucha esperanza. Para mi sorpresa, aparece un resultado: un pequeño círculo literario que se reúne cada martes, destinado a mujeres que escriben sobre sí mismas y no saben muy bien cómo avanzar; un sitio donde las historias se comparten para que otros se alimenten de ellas.

No lo pienso. Reservo una plaza para la próxima sesión, que es mañana.

Quizá escuchar a otras personas me ayude, por fin, a escucharme a mí.