Tras los focos 27. Porta Aurelia
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27. Porta Aurelia

Porta Aurelia

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La ventanilla abierta del coche deja entrar una brisa que huele a sal, a limón y a tierra húmeda. Porta Aurelia, desde las alturas, parece un secreto guardado entre montañas. Todavía no he llegado y ya estoy pensando que esto es mucho mejor de lo que me había contado Fio.

Tras reorganizar juntas al equipo para que Couture Journal no se descontrolara en mi ausencia, Sophie me concedió los días libres que le había pedido.

Poco después de aquella conversación en la Semana de la Moda de Milán, me confirmó que podía irme para poner en marcha mi proyecto más personal hasta la fecha.

Me faltó tiempo para coger el teléfono y llamar a Fio, que sigue en Colonia lidiando con sus primeros entrenamientos como astronauta de reserva.

Lo que no esperaba era que, en vez de recomendaciones, mi italiana favorita fuese a regalarme algo mucho mejor: un retiro en la masía de sus abuelos en Porta Aurelia, un pueblecito con encanto en una costa Amalfitana tan romántica que nunca deja de sorprenderme.

Al abrir la puerta del coche y bajar, me recibe un hogar rústico de piedra color miel, cubierto casi por completo de buganvillas verde mate, en espera de su fucsia inconfundible, que cae como una cascada vibrante sobre la fachada.

Las contraventanas abiertas dejan entrever cortinas blancas ondeando con el suave aire.

Un sendero de guijarros conduce hasta la puerta.

A cada lado, macetas de terracota con lavanda y geranios apenas despiertos, y pequeños limoneros.

El zumbido de las abejas acompasa mis pasos.

Me ajusto la correa del bolso y respiro hondo. Este sitio ya me acelera el pulso.

Cuando estoy a punto de llamar, la puerta se abre.

Una mujer de mediana edad, a quien reconozco como la madre de Fio, aparece sonriendo, con un cárdigan abrigado, un pantalón de rayas discretas y el pelo recogido en un moño desenfadado.

Mi amiga ya me había avisado de que sería ella quien me recibiera.

—Sei Brooke, vero? —pregunta con una calidez que solo tienen las madres italianas—. Benvenuta, cara mia. Avanti, avanti.

Asiento, todavía un poco abrumada.

Me entrega un manojo de llaves tan antiguas como pesadas.

—Fio me ha dicho que necesitas tranquilidad. Aquí tendrás eso y más. La casa es tuya esta semana. Bueno… —sonríe—, la casa siempre será de la familia, pero tú eres una invitada especial. Ven, te enseño.

La entrada huele a madera vieja, a jabón de Marsella y a follaje fresco. El suelo es un mosaico de mayólica pintada a mano, en azules, amarillos y verdes. La madre de Fio acaricia una de las paredes con la palma abierta.

—Era la casa de verano de mis padres —explica—. Aquí pasábamos agosto entero; nuestro paraíso estival, a unos diez minutos, quedaba deshabitado. Mi madre, la nonna Bianca, amaba este lugar como nadie.

Me acompaña por la sala principal, luminosa, donde un gran arco se abre hacia un mirador que abraza el mar. El Mediterráneo brilla abajo como un espejo roto en miles de azules.

—Puedes usar la cocina, la terraza, lo que quieras. Pero Fio te ha reservado un rincón. Lo he preparado yo —ríe—, aunque me dio instrucciones estrictas.

Subimos las escaleras. Cada peldaño cruje como solo lo hacen los de una casa vivida durante generaciones. La madre abre una puerta de madera clara y, en cuanto entro, siento un pequeño vuelco en el pecho.

—Aquí escribía la nonna su diario —dice tocando la mesa con un cariño que parece heredado—. Creo que te gustará.

Frente a la ventana arqueada, abierta hacia el jardín, está el escritorio.

De madera oscura, antiguo, con marcas de tinta, arañazos y un brillo apagado que cuenta más de historias pasadas que de presente.

Sobre él, una jarra con jazmines desplegándose, un cuaderno nuevo y una lámpara de cerámica pintada a mano.

Desde esta ventana, el mundo parece otro: limoneros y olivos en terrazas, un sendero de grava que desciende hacia una fuente, buganvilla moviéndose con la brisa, el mar al fondo, respirando despacio… La luz cae dorada, como si me invitara a sentarme y empezar.

—Aquí tendrás paz —dice la madre de Fio—.

Y si necesitas algo, estoy en casa. Mi marido hace limoncello .

Te traeremos una botella luego. —Y con un gesto dulce, casi maternal, añade—: Tómate tu tiempo.

La casa escucha. Si la dejas, te contará cosas.

Te vendrá bien para inspirarte e, incluso, reencontrarte.

Me quedo sola en la habitación. El silencio no pesa; acaricia. Me acerco al escritorio, paso la mano por la madera y respiro. Sé —aunque no sepa explicarlo— que aquí empezaré algo que lo cambiará todo.

Me siento y abro el cuaderno. Entonces el móvil empieza a sonar.

—¿Fio? —pregunto al descolgar.

—¡Brooke! ¿Cómo has llegado? ¿Mi madre te ha enseñado todo? ¿Has visto tu escritorio nuevo? —Fio dispara las preguntas como si quisiera estar viviendo el momento conmigo.

—Esto es una pasada, Fio —digo—. De verdad. No podía haber imaginado un lugar mejor. Es perfecto para dar rienda suelta a mi imaginación y comenzar a construir la novela, y más siendo autobiográfica. Necesito conectar mil cosas antes de ponerme, pero aquí siento que… será más fácil.

—Lo sabía, por eso no dudé en proponerte que ocuparas la casa. Hace años que nadie la frecuenta. Creo que os haréis mucho bien.

—Bueno, Fio, ¿y tú qué? ¡Cuéntame! —digo—. ¿Cómo va por Colonia? ¿Cómo llevas las primeras pruebas?

—Sobreviviendo, que ya es mucho. —Suelta una carcajada—.

Las primeras pruebas están siendo una combinación rara entre gimnasio militar y examen psicológico.

Para que te hagas una idea, trata de imaginarme corriendo en la cinta, midiendo reflejos y contestando preguntas que parecen escritas por un filósofo deprimido.

Pero, oye, voy bien. Y no me han expulsado todavía.

—Qué tonta eres, Fio. ¡Qué te van a expulsar a ti!

Con lo que te lo curras todo siempre…, saldrían perdiendo.

¡No me seas exagerada! Mantenme informada, que quiero saber cómo va tu camino rumbo al espacio…

¡No lo supero, como puedes comprobar! Oye, y Thomas, ¿qué?

Quién me iba a decir a mí al principio que lo echaría tanto de menos…

—Pues hablamos poco —dice Fio—. Entre que estoy ocupada con las pruebas y que Thomas sigue reforzando su imagen de mono de laboratorio…, no coincidimos demasiado. Aun así, el otro día pude hacer una llamada corta con él y está bien, trabajando para AstraBio desde Liverpool, en casa de sus padres.

—Pobres padres… —respondo sin pensarlo, provocando una risa mutua—. Aunque, bueno, no deben de aburrirse con tal personaje en casa. Pero sí que es verdad que, si consigues acostumbrarte a su ruido, lo echas de menos en cuanto se apaga.

—Tienes toda la razón, Brooke —dice Fio—. Ojalá nuestros caminos vuelvan a cruzarse y coincidamos los tres en algún rincón del mundo. ¡Te dejo, que en nada tengo que salir de casa! Hablamos pronto, ¡cuídate!

Después de colgar, me siento frente al cuaderno.

Cojo el bolígrafo y empiezo con la mítica lluvia de ideas.

Escribo una frase y la tacho. Escribo otra y arrugo la hoja.

Para ser sincera, no sé ni por dónde empezar.

¿Quizá por lo que más me ha dolido de mi historia con Ryan?

¿Por mi llegada a Nueva York y la suerte absurda de vivir una trama de película al toparme con el director de cine al que siempre había alabado en mi blog anónimo?

¿O por el hecho de que confiar, a veces, te lleva de cabeza contra el suelo?

¿O quizá por esto que no quiero admitir: que lo echo de menos…

y que no entiendo ni yo misma por qué aún no he respondido a su carta?

¿O debería empezar por la parte que más temo? Que todavía no he sido capaz de decirle la verdad a Ryan. Que estoy detrás de algo que él considera —según ha dejado entrever— su lugar seguro.

Estoy hecha un auténtico lío, así que intuyo que escribir sobre mis propios sentimientos en una novela va a ser muchísimo más difícil de lo que imaginaba. Nada que ver con la facilidad casi impulsiva con la que escribo en el blog.

¿Qué tal esta frase?:

«Cuando conocí a Ryan, pensé que había encontrado un lugar. Ahora creo que quizá estaba empezando a encontrarme a mí».

¿Demasiado cursi? ¿Demasiado honesta? Intento imaginar qué esperarían de mí todas esas personitas que, fielmente, han seguido cada una de mis publicaciones en Entre Sorbos .

Porque, además de ser para mí —y en parte para Ryan—, esto también es para ellos.

Para quienes han leído entre líneas sin conocer la historia completa.

La verdad es solo una: llevo tanto tiempo esquivando lo que siento que ahora tengo que mirar atrás para poder decidir por dónde seguir.

Justo cuando termino de escribir la frase, la bandeja de entrada de Gmail salta como una alarma en el portátil que he dejado, nada más entrar, a los pies de la cama. La realidad —mi otra realidad— me reclama.

Es un correo de Sophie.

Hola, Brooke:

¿Cómo vas? Tenemos que llamarnos para que me cuentes qué tal la llegada, pero, antes de eso, necesito que prepares los insights de la Semana de la Moda de Milán y que te pongas, después, con los de París, que te pasaré el contenido hecho para que vayas analizándolo.

Y ya que estás en Porta Aurelia, ¿podrías escribir otras dos piezas?

Una más general, algo así como «Soy editora de moda y estas son las diez tendencias en las que invertiré esta primavera 2025».

Y la otra, más localizada: «Estuve en Porta Aurelia y esta es la prenda que vi por todas partes», a ver qué te llama la atención.

Creo que ambos pueden funcionar genial. Gracias, amiga. Confío en ti. En breve nos llamamos.