28. Club de escritura
Club de escritura
brOOKE
A los autores —igual que les ocurre a los directores creativos cuando visualizan el escritorio caótico de Karl Lagerfeld, lleno de bocetos y genialidad— nos encanta imaginar a nuestros escritores favoritos sentados frente a una máquina de escribir, copa de vino en mano, rebosantes de inspiración.
Aunque, si soy sincera, sospecho que la realidad es bastante menos romántica.
Son las seis de la tarde y pienso en eso mientras camino hacia el pequeño claustro donde en unos minutos se reunirá el círculo literario al que me apunté anoche sin meditarlo demasiado.
El cielo está encapotado pero la temperatura es agradable.
Marcho sin prisas, enfundada en mi suéter varsity de la suerte y unos vaqueros, como si la ropa pudiera ordenar mis pensamientos antes de enfrentarme a mi historia…
, incluso aquella parte en la que aparece Ryan.
Aunque sé que es imposible. No hay preparación para esto.
—Tú debes de ser Brooke —dice con una sonrisa que solo he visto antes en amigos—. Bienvenida. Soy Isabella, la coordinadora.
Su tono tiene algo que me mantiene en pie. Mientras me siento, el resto se va presentando.
Aurora, sesenta y siete años, jubilada. Escribe sobre su matrimonio, que duró cuarenta años y del que, según confiesa riéndose, «aún no ha decidido si quiere vengarse o agradecerlo».
Francesca, veintinueve, maestra. Quiere escribir sobre su madre, que desapareció de su vida cuando era niña sin una explicación.
Sofia, treinta y ocho, chef de un restaurante del pueblo. Dice que prefiere cortar cebollas antes de admitir en voz alta lo que siente, pero que está entre nosotras porque quiere intentarlo.
Chiara, veintidós, estudiante. Tuvo su primera crisis de ansiedad a los trece años, y escribe para ganar autoestima y entenderse mejor.
Y la signora Betta, ochenta y uno, que no escribe nada, pero viene «a escuchar, que también es escribir». Indagar en historias ajenas es su mejor terapia, asegura.
Todas sonríen. Todas parecen haber llegado ahí por una mezcla de necesidad, de búsqueda, de esperanza. Me siento… contenida. Como si la sala entera gritara: aquí no tienes que fingir nada.
—Hoy empezamos con algo sencillo —dice Isabella mientras distribuye papeles y bolígrafos—. Escribid durante cinco minutos algo que nunca os habéis dicho a vosotras mismas en voz alta.
Las demás inclinan la cabeza casi al unísono y comienzan a escribir. Yo miro la hoja en blanco como si fuera una puerta que todavía no estoy segura de querer abrir. Al final, apoyo el bolígrafo.
«No sé si huyo de Ryan por miedo a perderlo… o por miedo a encontrarme a mí en lo que él ve». Cuando levanto la vista, Isabella me observa. No me pide que lea. No me presiona. Es una mirada limpia, cómplice, como si supiera lo que duele decirse esas palabras.
Aurora lee un fragmento sobre la casa vacía tras la marcha de su marido.
Francesca, sobre el olor de la ropa de su madre.
Sofia, sobre cómo la cocina la salvó de la tristeza más absoluta.
Cada historia es una herida abierta; una huella que dejó alguien que ya no está.
Y, sin embargo, ninguna se regodea en su dolor: solo buscan su verdad.
Una verdad que, en este punto, empieza a coserlas.
Escucharlas a ellas me empuja —casi me obliga— a acercarme a la mía.
Cuando la sesión termina, todas se quedan un rato recogiendo, charlando, riendo bajito, como si la vulnerabilidad hubiera tejido algo entre nosotras.
Yo salgo a la calle con el corazón más ligero, pero también más expuesto.
Algo se ha movido dentro de mí. Algo pequeño, pero real.
Mientras camino hacia la masía, lo comprendo con una nitidez inesperada: para escribir mi historia, nuestra historia, no tengo que empezar por lo que viví con Ryan…
, sino por quién era antes de él. Por qué escribía en Entre Sorbos .
Por qué me escondía detrás de metáforas.
Por qué siempre he creído que mi voz debía llegar filtrada.
Y también, aunque me duela admitirlo, por qué sigo sin responderle la carta. Cuando llego al escritorio ya ha caído la noche, pero antes de preparar la cena, abro el cuaderno. La mano me tiembla menos que ayer y que esta tarde. Escribo la primera frase. Mi novela de verdad empieza así:
«Durante meses he pensado que contar mi historia sería hablar de él.
Pero ahora empiezo a creer que, quizá, se trata de hablar de mí».
La releo dos, tres veces. No es perfecta, pero respira.
Y algo en mí también. Cierro el cuaderno y bajo a la cocina.
Abro las contraventanas para dejar entrar la poca luz que se filtra; el olor a limón y a hierbas del jardín se cuela como si quisiera participar en la receta.
Me recojo el pelo, pongo agua a hervir y pico tomates con una concentración que llevo semanas sin tener.
Hay algo profundamente sanador en este gesto sencillo: cocinar para una misma.
El vapor empaña un poco el cristal; el aceite chisporrotea en la sartén.
Estoy a punto de escurrir la pasta cuando el móvil vibra sobre la encimera.
—Brooke, ¿cómo estás? —pregunta Sophie al otro lado—. ¿Qué tal va por Porta Aurelia? ¡Cuéntamelo todo! ¿Y el trabajo? ¿Qué tal llevas los dos artículos y los reportes? Perdón, ya paro.
Sonrío sin poder evitarlo.
—Todo va mejor de lo esperado —respondo—.
Tendrías que visitar Porta Aurelia alguna vez.
Es mágica, Sophie. Y la casa… No sé cómo explicarlo.
Siento que por fin puedo escucharme. En cuanto a los reportes —añado con orgullo—, tengo estructurado el de Milán; pronto lo terminaré y me pondré con el de París.
Las tendencias para el artículo ya las he definido también.
Y el segundo tema, el de aquí, está cogiendo forma. Lo estoy viendo claro.
Sophie suspira aliviada.
—Sabía que ese lugar te sentaría de maravilla.
Me tomo un instante antes de responder. Miro a mi alrededor, que parece detenido en una pausa amable. Todo aquí me hace sentir que estoy donde debo estar. Y ese pensamiento, tan simple pero contundente, me golpea con la fuerza de una verdad que llevaba tiempo esquivando.
—Sophie… —empiezo, sin saber muy bien cómo formular lo que llevo horas repitiéndome por dentro—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro. Si empiezas así me asustas, dispara.
Me muerdo el labio. Apoyo los codos sobre la isla de la cocina, sostengo el móvil entre las dos manos, con el altavoz puesto.
—Creo que necesito más tiempo aquí.
Hay un silencio. No incómodo, sino de esos en los que sabes que la otra persona está procesando cada palabra y te apetece darle ese espacio.
—¿Más tiempo…, cuánto? —pregunta al final.
—Unos días más… Quizá semanas… No quiero precipitarme ahora que por fin siento que…
que está funcionando. Que puedo escribir la novela.
Que puedo enfrentarme a lo que llevo meses evitando.
Aquí todo fluye. Me ordena. Sé que lo que te pido es mucho, pero…
tengo miedo de volver a Nueva York antes de tiempo y perder este impulso.
Sophie no responde enseguida. La escucho moverse: se habrá levantado de su silla y estará caminando, por la redacción o por su casa, pensando en todos los calendarios mentales que maneja a la vez. Cuando contesta, su tono es un poco más serio de lo que estoy acostumbrada a escuchar en ella.
—Llevas poco tiempo trabajando con nosotros y, como tú has dicho, es mucho lo que pides, Brooke.
Soy tu amiga, pero también tu jefa, y es mi obligación mantener el orden aquí, ya sabes lo importante que resulta para que todo vaya sobre ruedas.
—Ambas suspiramos a la vez; la entiendo, claro que la entiendo, pero necesitaba pedirle esto.
Tras otro silencio, sigue hablando con una pausa que delata que está midiendo sus palabras—.
Está bien, puedes teletrabajar. Pero debo ponerte condiciones, como comprenderás.
Necesito que no excedas los tres meses. ¡Y seguiré encargándote un buen número de artículos!
Conoces de sobra el ritmo de la redacción y sabes que no me puedo permitir que baje tu rendimiento.
Me recuesto sobre la encimera de cerámica de Vietri, sorprendida.
No me lo puedo creer, ¡ha accedido! Una sensación de alivio me recorre el cuerpo de arriba a abajo, instalándose en mi pecho, y me doy prisa en agradecérselo.
—Sophie, ¡muchísimas gracias! Es increíble, ¡justo lo que necesitaba! Entiendo las condiciones y me parecen del todo razonables. ¡Cumpliré cada una de ellas! No te habría pedido algo así si no fuera necesario… Pero siento que, por fin, estoy encontrándome, hallando mi voz.
—Brooke —dice al final, con la serenidad interna que la caracteriza, aunque de primeras, por su habitual agenda, no lo trasciende—. ¿Me estás diciendo que has dado con el hilo del libro?
Trago saliva.
—Sí. O al menos el principio del hilo. Después de tanto, siento que no estoy huyendo de lo que quiero contar. Que puedo decir la verdad sin que duela.
Sophie deja escapar un suspiro que suena a sonrisa.
Yo me río, todavía sin creerme la suerte que he tenido de encontrar un trabajo como este. Aun así, vuelvo a preguntarle sobre su decisión.
—¿Estás segura? No quiero dejarte… —insisto para cerciorarme de que Sophie está conforme.
—Brooke, por favor —interrumpe—. Ahora te lo digo como amiga, no como superior en la empresa. Si te escucharas hablar en este momento… Hace semanas estabas apagada, funcionando por inercia. Ahora tienes luz. Y eso, en nuestro mundo, vale oro. Quédate donde puedas encenderla más. Yo me apaño.
Las palabras de Sophie me sacuden con intención. Me descubro emocionada, como si alguien hubiera dado permiso para expresarse a una parte de mí que llevaba años esperando ser escuchada.
—Gracias. De verdad.
—No me des las gracias todavía —dice entre risas—. Cuando vuelvas, quiero un manuscrito prometedor. O, quién sabe, quizá consigues una editorial y se publica. Además, ahora que lo pienso, contar con una reportera internacional también tiene sus ventajas, gustará a nuestras lectoras.
—Sophie…
—Prométeme que vas a aprovechar el tiempo para escribir, pero también para terminar de decidir lo que quieres. Vive, Brooke, solo así vas a tener contenido que compartir. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —respondo sincera.
—Bien. Y una cosa más.
—¿Sí?
El tono de Sophie cambia. Se vuelve suave, casi fraternal.
—No tengas miedo de lo que salga de ti mientras escribes. Lo que duele, que duela. Lo que sane, que sane. A veces para avanzar hay que mirar atrás, aunque asuste. Confía en que podrás sostener lo que encuentres.
Mis ojos se humedecen. No lo esperaba.
—Intentaré hacerlo.
—Hazlo. Corto aquí, que tengo una reunión de última hora. Pero me escribes mañana por la mañana, ¿vale? Quiero saber cómo te vas sintiendo.
—Lo haré. Gracias, Sophie. En serio.
—Anda, cuídate.
Cuelgo la llamada con Sophie y, por primera vez en horas, noto mi cuerpo.
El cansancio suave en los hombros y un hormigueo en el estómago, que ahora me está pidiendo algo más que café.
Pongo música suave —un vinilo antiguo que encuentro en la estantería, italianísimo— y me sirvo una copa de vino blanco frío.
Ceno en una pequeña mesa en el jardín, envuelta en una manta ligera, mientras el cielo me conquista con un negro estrellado que solo existe en estas costas.
Pienso en Sophie, en mi libro, en Ryan… y en Vale.
¿Qué estará haciendo Vale en estos momentos?
Ante la duda, decido iniciar la videollamada de los martes.
—¡VALE! ¿Qué tal estás? ¿Ya has puesto fecha para tu boda con James? —digo con cierta ironía.
—¡brOOKE! —grita ella en ese tono suyo que es medicina—. ¿Estás viva? ¿Te has convertido ya en un icono literario internacional? Y sobre la boda, casi está, en nada te llega la invitación —responde divertida.
—¡La espero, la espero! —río—. En cuanto a lo de icono literario internacional, estoy en ello. Algún día tendrás una amiga famosa. Por cierto, estoy cenando en la terraza la pasta más buena que he probado nunca.
—Tía, qué envidia —resopla—. Aquí está lloviendo a mares y mi jefe ha decidido que hoy es el día perfecto para recordar que existo. Me ha pedido mil ilustraciones de looks con prendas reinterpretadas. Suerte que, por lo menos, estoy trabajando desde casa.
—Te puedo mandar una botella de limoncello , seguro que te ayuda.
—Ayuda todo lo que venga de Italia. Oye, ¿qué película vemos esta noche? Porque no vayas a creer que con esta llamada te libras de nuestra sesión. Te dejo elegir, ya que estás en pleno retiro creativo. —Hace comillas al aire, burlándose con cariño.
—Algo ligero —digo pensándolo—. Nada que me haga llorar más.
—Perfecto. Comedia romántica en estado puro. Diálogos previsibles, doble bando de amigos consejeros, chico que corre detrás de la chica al final… ¿Qué tal Cómo perder a un chico en 10 días ?
—Firmo.
Sincronizamos la película con la habilidad que solo dos mejores amigas con años de práctica pueden tener.
Siento paz. Esa clase de paz que no viene de huir, sino de parar.
La que da saber que, aunque todo en tu vida esté cambiando, hay cosas que nunca lo harán.
Como esta llamada. Como ella. Como la sensación de que, por muy lejos que estés, sigues perteneciendo a algún sitio.
Pienso: «Qué suerte, entre todo lo cambiante, tener cosas que permanecen».