25. Rumbo a Milán #2
—Vámonos a Ralph’s Bar. Está cerca, y necesitamos comida real, no cucharitas de degustación o mini-brioches del tamaño de un pulgar.
Asiente como si hubiera propuesto la mejor idea del siglo.
El lugar es pequeño, pero elegante y muy cálido. Nos sentamos junto a la ventana. Sophie deja caer su móvil sobre la mesa como si fuera un arma descargada.
—Puedes respirar —me dice—. La mañana ha salido bastante bien.
—Gracias a tu entrenamiento militar —bromeo.
Se ríe, pero enseguida su mirada se pierde por el interior del restaurante con un gesto que no le había visto antes. Uno suave, melancólico.
—¿Sabes qué? La primera vez que vine a Milán fue hace diez años. Yo no tenía ni idea de nada. Nada. Me mandaron, como asistente de dirección, a cubrir un show de una marca cuyo nombre ni siquiera sabía pronunciar.
La escucho. Sophie no suele abrirse de esta manera.
—Llegué sola, sin contactos. Recuerdo que nadie me hacía caso. Y aun así, venía cada día a tomar un café aquí, justo en este sitio. Me hacía sentir…, no sé, como si perteneciera un poco a este mundo.
La camarera trae nuestras bebidas. Sophie me mira con una atención nueva, más vulnerable.
—Lo que te quiero decir es que vas muy bien, Brooke.
Mucho mejor que yo en mis inicios. Esta industria es una gran universidad y, como en toda carrera de fondo, aprendes cayéndote y levantándote.
Tú tienes buen instinto. Y eso no se aprende.
Yo era Andy Sachs en El diablo viste de Prada —ríe—.
En la primera parte de la película, claro.
—Gracias, Sophie. Tengo mucha suerte de aprender a tu lado.
—No te diré que no. —Soltamos una carcajada al unísono—.
La directora del medio donde yo crecí era la altivez del sector encarnada en alguien real: déspota, creída y oportunista.
Pero, mira, también me enseñó mucho… a base de terapia de choque.
—Sostiene su vaso un segundo, como si saboreara un recuerdo—.
Y gracias a todo eso, hoy estamos aquí, a punto de sentarnos en un lugar privilegiado en el desfile de Alberta Ferretti.
—Pues sí, Sophie. Es que lo pienso y no me lo creo. ¿Quién le iba a decir a la periodista freelance de hace unos meses que estaría trabajando contigo y cubriendo cosas así? Si alguien me lo hubiera vaticinado entonces, habría pensado que estaba loco.
—Lo sé. —Sonríe—. Pero ya sabes lo que dicen de las oportunidades…
Tú las has aprovechado todas. Y tienes esa sensibilidad tuya, esa mirada.
Eso gusta, Brooke. Mucho. —Se queda pensativa un momento, como si enlazara una idea con otra—.
Por cierto, no te he vuelto a preguntar —dice—, ¿qué tal con el piso?
—Bueno, esta semana me he dedicado a ordenar los libros y los vinilos… que acabo de empezar a coleccionar. ¡Tienes que ver la edición especial de Rumours , de Fleetwood Mac! Es alucinante. El próximo día que vengas a casa, recuérdamelo.
—¡Vale! Me lo apunto, Brooke. Y tengo muchas ganas de repetir la quedada con Alessia.
Creo que las tres formamos muy buen equipo.
Hacía tiempo que no encajaba tan bien con un grupo.
He pasado los últimos años demasiado centrada en el trabajo y…
, bueno, cuando te quieres dar cuenta, voilà! , el tiempo te recuerda que ha pasado.
—Bueno, Sophie, el tiempo se ha portado muy bien contigo, ¿eh? Qué te diría tu niña pequeña si te viera ahora… Aunque, claro, no todo va a ser siempre perfecto —comento.
Este me parece un buen momento para confesarle a Sophie —y, en realidad, al mundo entero, porque nunca antes lo había dicho en voz alta— que en los últimos días hay algo que me ronda sin descanso.
Una necesidad irrefrenable. No solo seguir con Entre Sorbos , sino acercarme a mis lectores de otra forma: con una novela. Una historia autobiográfica.
Sé que muchos dirán que estoy loca. ¿En qué momento del día escribiría?
Pero mi historia con Ryan ha removido partes de mí que ni sabía que existían.
Y necesito contarlas. Necesito desahogarme y, al mismo tiempo, mostrar una faceta mía que jamás he explorado: más íntima, menos temerosa del que dirán, más dispuesta a perdonar —aunque a veces me cueste más que a los demás— y, sobre todo, más capaz de querer.
—Por cierto, Sophie —suelto de pronto—, quiero contarte algo como amiga… y pedirte algo como redactora jefa. A ver qué te parece.
—Venga, Brooke…, sorpréndeme —dice con una sonrisa de quien espera cualquier cosa.
—Mmm… Te conté que tengo un blog, ¿no? Pues he pensado en dar un paso más allá.
Me gustaría escribir una novela. Creo que si pongo en ficción lo que he vivido este último año, con algunos cambios, pero manteniendo la esencia…
, acabaré de profundizar en esa parte de mí que creía dormida. Me apetece compartirlo con el mundo.
—¡Dios! ¡Me chifla la idea! Escribir es lo tuyo. Y si puedes sacar algo bueno de lo que pasó con Ryan… Aunque continúas sin responderle la carta, ¿no?
—Sí, eso sigue igual. Pero no importa. Haya terminado o no nuestra historia, me quedo con lo compartido.
Lo único es que… he estado pensando… —La miro un segundo intentando calibrar cómo decirlo—.
Creo que necesitaría alejarme unos días de Nueva York para poder estar en calma.
Para inspirarme. Para sacar todo lo que llevo dentro…
Pero entiendo que quizá me necesitas en la redacción.
—Brooke, ¿quieres soltarlo ya? ¿Qué propones? —dice Sophie, sonsacándome la información que estoy dosificando por fascículos.
—En una de nuestras primeras quedadas, Ryan y yo coincidimos en que viviríamos en algún rincón de Italia…
Así que no vería mala idea trasladarme unos días.
Hablaría con Fio, mi antigua compañera de piso: seguro que tiene buenas recomendaciones sobre en qué zona podría alojarme.
He pensado en pedirme unos días a mediados de marzo, justo cuando termina la Semana de la Moda de París y, con ella, la época de mayor trabajo en la redacción.
Podría hacer el reporte de esa semana y después seguir escribiendo en remoto, claro, dándote el apoyo que necesitaras.
«Además, sería una oportunidad de oro para practicar el idioma».
Sophie me mira unos segundos, evaluando posibilidades.
—Déjame consultar en mi agenda las próximas coberturas presenciales y ver cómo puedo organizar los equipos, ¿vale? En cuanto lo tenga claro, te digo. Pero, con todo lo que has trabajado, creo que podremos cuadrarlo. Te lo mereces.
—Sí, claro. Fenomenal.
Sophie da un último sorbo a su café, mira de reojo el reloj y se incorpora.
—Venga, tenemos que irnos ya. No quiero llegar con el tiempo justo al desfile de Alberta Ferretti. Esos minutos previos son clave —hace un gesto circular con la mano—: ambientación, invitados, estilismos, energía… Todo cuenta.
Recojo mis cosas y la sigo hacia la puerta. Al salir, la ciudad parece subir el volumen: taxis pitando, tacones golpeando el pavimento, flashes disparándose por todas partes, anticipando lo que está a punto de ocurrir.
Llegamos al recinto y los invitados se aglomeran sin orden alguno en la entrada principal. Sophie saca las acreditaciones; una azafata las toma como puede, las escanea con un lector portátil y, de pronto, su expresión cambia.
— Prego, signore. Síganme, por favor.
Nos abre paso entre la multitud. Sophie me lanza una mirada rápida, comprobando que sigo bien el frenético ritmo del momento.
«Que alguien me pinche, por favor. Ahora sí que estoy soñando» .
Pasamos por detrás de un telón semicerrado, cruzamos un pasillo tapizado de moqueta negra y aparecemos frente a la pasarela.
Todavía están ajustando las luces. El equipo de producción se mueve con suma coordinación; sus gestos transmiten la adrenalina que recorre el ambiente.
La azafata se detiene ante una fila de sillas alineadas, cada una con un dosier y una caja con lazada de la firma. Señala dos asientos.
— Couture Journal , ¿verdad? —Sophie asiente—. Aquí, por favor. Que disfruten del desfile.
Parpadeo sin poder evitarlo, esperando la reacción de Sophie, que parece ya saber cuál iba a ser nuestro lugar en el show .
A mi derecha, varios fotógrafos improvisan un photocall para iconos de la industria como Demi Moore, Lila Moss o Chiara Ferragni…
¡Incluso Keira Knightley está ocupando ya uno de los asientos de la hilera opuesta de la pasarela!
—¿Perdona? —pregunto en voz baja inclinándome hacia Sophie—. ¿Nosotras… aquí?
Me quedo quieta intentando procesarlo. Primera fila. Donde se sienta la gente que importa. Donde se ve cada costura, cada zancada, cada detalle.
—Brooke —susurra Sophie agarrándome del brazo—, mantén la compostura. Estamos en el front row . Delante de media industria.
Nos sentamos. Las luces bajan un punto. La música empieza a vibrar.
«¿Dónde pongo las manos? ¿En el regazo? ¿En el dosier?
¿En el móvil como si supera lo que hago?
». De repente lo entiendo: voy a recordar este momento cada vez que dude de si puedo lograrlo.
«Ojalá pudiera mandar una foto a mi yo de hace años. Le diría: “Míranos. Lo conseguimos”».