Tras los focos 26. Voces lejanas
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26. Voces lejanas

Voces lejanas

RYAN

Es curioso: cuanto más tiempo paso encerrado en este palacio, menos casa siento que es.

Y, si soy sincero, nunca creí que pudiera ser distinto.

Incluso cuando vivía entre estas cuatro paredes, siempre pensé que lo grande me esperaba fuera.

Supongo que eso es la libertad: que lo que tienes se te haga pequeño a medida que pasa el tiempo.

Que empieces a cuestionarte si algún día podrás dejar de sumar expectativas, esas que solo complican más la posibilidad de estar conforme con lo que la vida te entrega mientras avanza.

Son las diez y media de la mañana y estoy sentado sobre la manta de cashmere de Hermès con la que mamá ha decidido decorar mi habitación.

Intuyo que es nueva: aún conserva esa suavidad intacta de lo recién estrenado.

Nada más despertar me he duchado y me he puesto un suéter beige de cuello vuelto, combinado con unos vaqueros.

Nada de trajes. Un look simple, civil, perfecto para afrontar con comodidad la jornada de hoy.

Un día en el que, después del comunicado mínimo que el equipo de crisis del Principado lanzó poco después del estallido del escándalo de papá, intentando mitigar sus efectos, debo empezar a imaginar qué diré en la entrevista que tarde o temprano tendré que conceder en televisión. Ni siquiera lo hago por ellos.

La población —y Brooke— merecen saber la verdad.

Toda. Lo que he escondido durante años y los motivos que me llevaron a hacerlo.

Sé que no siempre he estado acertado con mis acciones.

Pero lejos queda ya la impulsividad del chico de dieciocho años que llegó a Nueva York buscando hacerse un hueco como director de cine indie , tras dejar atrás una corte casi a escondidas.

No tiene nada que ver con la lucidez —ni con la culpa— que ocupan el cuerpo del hombre de treinta y pico que soy ahora.

Rompiendo con el ensimismamiento que me invade, llaman a la puerta con dos golpecitos secos: es el jefe de gabinete.

—Señor…, hay algo que debería ver.

«¿Qué ha pasado ahora?». A estas alturas, ya nada puede sorprenderme. Menos viniendo de cualquiera de los que se mueven aquí dentro.

—Adelante —murmuro sin levantarme de la cama.

Lleva en la mano una carpeta negra, gruesa, con el escudo del Principado en relieve dorado. La apoya en la mesilla sin invadir más espacio del necesario, aunque la habitación parezca pertenecerme todavía menos desde que él ha entrado.

—Ha salido nueva información en relación con la fotografía publicada la semana pasada —dice midiendo cada palabra—. El equipo de análisis ha recopilado datos sobre la joven que aparecía con usted.

Mi pecho se tensa sin que yo lo decida.

—¿Sobre ella? —pregunto intentando que no se note demasiado el interés.

—Por protocolo —confirma—. Dada la situación, Su Alteza el príncipe nos pidió que la investigáramos. Un cribado completo: quién es, de dónde viene y hacia dónde va.

«¿Han estado rebuscando en Brooke? ¿Siguiéndola?». La impotencia me invade de golpe. La rabia también, aunque sé que el hombre que tengo enfrente solo está cumpliendo órdenes. Es papá. Siempre papá. ¿Qué más dará quién es Brooke? Ella nunca ha sido el problema. El problema he sido yo.

El jefe de gabinete abre la carpeta y pasa unas páginas, deteniéndose en una en concreto. Me la acerca con dos dedos, como si manipulara algo delicado.

—Creí que desearía verlo.

El papel aún está caliente de la impresora. En la parte superior, el nombre de Brooke al completo. Su dirección. Sus estudios. Su recorrido profesional. Y entonces lo veo: capturas impresas de varias entradas del blog Entre Sorbos . El mundo frena en seco.

—Pero… pero ¿qué es esto? —pregunto a trompicones—. ¿Qué tiene que ver Brooke con este blog?

—Señor —responde con calma—, Entre Sorbos es su blog.

Ella está detrás de cada una de esas entradas.

Hemos comprobado que comenzó a escribirlo cuando usted empezaba a destacar como director de cine.

Por la información que usted compartió sobre su vida en Nueva York, consideramos que querría saberlo.

—Hace una pausa cargada, como si esperara mi reacción—.

Además —continúa—, sus padres comentaron al equipo que deseaban conocer cómo había reaccionado esa chica al escándalo en el que usted se vio envuelto tras su declaración en Tribeca.

Como le dijimos, no fue muy inteligente por su parte.

Entendemos que no está acostumbrado a hablar frente a multitudes, pues casi siempre las ha evitado…

, pero comprenderá que, ahora mismo, no conviene que nadie siga interpretando sus palabras.

Por eso decidimos comprobar si la joven con la que se vio en Nueva York estaba hablando más de la cuenta.

—Pero ¿en qué se basan? —pregunto incapaz de creer que el blog que llevo meses leyendo como un salvavidas pueda ser suyo—.

Yo solo les conté lo justo: que vivo como director de cine independiente con el pseudónimo de Ryan Blake, y que conocí a una chica que fue un apoyo importante para mí. Nada más.

¿Cómo iba a ser Brooke? Si salió corriendo cuando descubrió que había ocultado cosas de mi vida… Si esto fuera cierto, ¿acaso ella no estaría haciendo lo mismo?

—Señor —dice él manteniendo el tono profesional—.

Fechas, tono… Al principio, cuando lanzó sus primeras películas, el blog realzaba su trabajo y mostraba una admiración bastante evidente hacia usted.

Eso cambió de forma drástica tras su comentario en el festival.

Después, a medida que avanzaba su relación con la joven, según suponemos, dejó de hablar de su cine y empezó a centrar los escritos en su propio trabajo como periodista de moda y, sobre todo, en sus sentimientos hacia alguien que encaja con la descripción de usted.

Enamoramiento, decepción…, imaginamos que cuando descubrió quién era usted en realidad.

Señala la carpeta. Y prosigue:

—Necesitamos que revise con atención todos los documentos y que sea claro con nosotros sobre la relación que los une —dice mientras va marchándose de la habitación—.

En realidad, quien puede confirmar si Entre Sorbos es de la chica…

es usted. Estamos convencidos de que ha estado ignorando señales bastante evidentes desde el primer día.

¿Evidencias claras desde el primer día? La frase me persigue, como si hubieran visto, con casi ninguna información sobre ella, algo que yo me negué a mirar.

La verdad es que… siempre sentí una conexión extraña leyendo ese blog.

No solo que me entendiera: era como si me descifrara.

Como si las palabras no fueran escritas por una desconocida, sino por alguien que podía ver mis rincones más silenciosos.

Y esa sensación —esa certeza que jamás quise admitir— se intensificó la primera noche que pasé con Brooke en mi apartamento.

Su manera de escucharme, de completar mis ideas, de anticipar lo que iba a decir…

Era la misma cadencia que había leído mil veces en Entre Sorbos .

La misma manera de mirar el mundo. La misma sensibilidad.

Las mismas heridas y la misma vulnerabilidad.

Trago saliva. De repente, todo parece encajar con una brutalidad que me deja sin aire.

Ella. Ella era quien escribía todo eso mientras yo, idiota, creía que estaba hablando con un fantasma que me acompañaba en la distancia.

Intento ordenar mis pensamientos, pero la culpa, el asombro y el miedo se mezclan en un único nudo que no sé por dónde empezar a deshacer.

¿Sería su admiración secreta la que la condujo a echar fuego por la mirada —y por la boca— el primer día que nos vimos en aquella cafetería?

Lo peor es que tendría todo el sentido del mundo.

Y sus contradicciones habituales, cuando me decía algo y yo era capaz de leer en su rostro que la historia era muy distinta en su interior.

Necesito hablar con ella. Ahora. Mirarla a los ojos. Pedirle la verdad. Darle la mía. No puedo soportar otro minuto sin escucharla decir que todo esto…, que nosotros…, no fue una casualidad. Pero no llego a terminar esa idea. Alguien vuelve a golpear la puerta desde fuera. Una sola vez, firme.

—Señor —interrumpe de nuevo el jefe de gabinete—, el equipo lo espera en la sala de Estrategia para revisar las líneas de la entrevista oficial. Debemos empezar ya.

Siento cómo el corazón se me desploma un poco.

Odio el título falso que sostengo ahora mismo, pero recuerdo por qué lo hago y cuál es mi objetivo para no perder el foco.

Odio que siempre haya algo que me arranque de lo que importa.

Levanto la vista hacia la carpeta abierta, hacia las páginas que contienen lo que, al parecer, es la voz de Brooke…

Y la cierro despacio, como si cerrar esa cubierta fuera, también, un acto de traición hacia nosotros dos.

Deber.

Corazón.

Una guerra interna que llevo años librando y que, por primera vez en mucho tiempo, me está rompiendo por dentro.

—Ya voy —respondo, aunque ninguna parte de mí quiera hacerlo.

Mientras camino hacia la puerta siento que cruzo un umbral invisible: uno donde soy consciente de la urgencia de separar ambas vidas —la que me sigue exigiendo el Principado y la que quiero con Brooke— de forma drástica, pues nunca podrán coexistir sin que alguna de ellas salga herida.

Apenas tengo tiempo de terminar ese pensamiento cuando, al girar hacia el pasillo, encuentro a la directora de comunicación esperándome. Seguramente llevaba minutos ahí aguar­dando a que saliera. Su postura es rígida, el rostro serio. Sujeta un bloc de notas aferrado al pecho.

—Señor —dice con una inclinación breve—, el gabinete ya está reunido.

Otro recordatorio más de que la vida pública con la que han decidido cargarme no sabe esperar.

Asiento sin pronunciar palabra.