25. Rumbo a Milán
Rumbo a Milán
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La cola de taxis del aeropuerto de Milán-Malpensa nos recibe como si fuera el primer desfile de la semana: una procesión interminable de coches blancos, maletas y prisas.
Es el primer día de la Semana de la Moda de Milán y me encuentro tan emocionada que apenas noto el cansancio del vuelo.
Sophie logró que añadieran un acompañante al equipo de cobertura y, tras mis múltiples insistencias, aquí estoy: con ella y con un montón de equipaje que tenemos que acomodar en el hotel contrarreloj.
Por suerte, no formamos parte del espectáculo de taxímetros ya parpadeando.
Nuestro transfer ha llegado. A lo lejos, un hombre de traje negro sostiene un cartel con nuestros nombres.
El trayecto hacia el hotel Bvlgari empieza siendo prometedor.
Durante los primeros minutos, Milán parece una postal amable: un anochecer tranquilo, fachadas elegantes y scooters zigzagueando con su habitual despreocupación.
Pero basta con acercarnos al centro para que todo se desmorone.
El tráfico se vuelve un enjambre: furgonetas de producción bloqueando cada cruce, fotógrafos ocupando carriles, modelos posando entre masas en movimiento.
El chófer resopla en silencio mientras mueve la cabeza de un lado a otro.
—Pero ¿qué pasa? ¿Está todo el mundo invitado al cóctel de esta noche o qué? —le digo a Sophie sin saber ya cómo colocarme en el asiento.
—Pues sí, eso parece, Brooke. Bienvenida a la Fashion Week —ríe—. Venir aquí es activar el modo supervivencia. Ni más ni menos.
—No se preocupen, señoras, en nada llegamos. Si logramos doblar ese camino, pueden bajarse ahí mismo —interviene el chófer, avanzando a trompicones.
Después de unos diez minutos, salimos del coche, dejando lo peor del atasco detrás de nosotras.
Arrastramos las maletas como podemos, envueltas en un mar de gente que no entiende, o no le importa, que llegamos tarde al evento inaugural.
A veinte metros, el cartel del hotel brilla entre el caos como un espejismo.
El Bvlgari Hotel Milano se esconde en una calle privada del centro, en un palacio milanés del siglo XVIII renovado.
Incluso bajo la luz tenue de farolas, leds y luna, desprende ese tipo de distinción que obliga a modular la voz.
Empujo la puerta y el ruido de fuera no desaparece del todo.
Solo cambia de forma. El lobby del Bvlgari, por lo general silencioso, está invadido por la fauna de la Semana de la Moda: asistentes corriendo con carpetas, fittings de última hora, estilistas concediendo entrevistas, periodistas ampliando contactos, un grupo de influencers franceses quejándose por teléfono a la vez…
El suelo oscuro refleja destellos de flashes improvisados.
La recepcionista mantiene la sonrisa, aunque su mirada pide refuerzo.
—¿Esto es normal? —susurro a Sophie, esquivando a un tipo con un portatrajes que casi me arranca el brazo.
—Durante las Semanas de la Moda, sí —responde—. Y espérate, todavía no has visto nada.
La mezcla es extraña: lujo silencioso atacado por una tormenta de moda.
Sofás de cuero negro conviviendo con chaquetas de plumas, vasos de café apoyados donde no deberían estar, maletas abiertas mostrando maquillaje, tacones y prendas cubiertas con fundas protectoras reciclables.
A la altura de la recepción, una mujer de relaciones públicas reparte acreditaciones sin detenerse ni un segundo.
—Por favor, díganme que ustedes solo vienen a hacer el check-in —suplica el conserje con una sonrisa casi heroica.
—De momento, sí. Si pudiéramos subir a las habitaciones, sería un placer. Después iremos al cóctel inaugural.
El conserje pestañea resignado.
—Por supuesto que sí. Todo el mundo va al cóctel inaugural.
Bajamos de nuestras habitaciones casi corriendo, con los abrigos en la mano y repasando si todo está en su sitio: acreditación, móvil, labial para hidratar.
En la recepción nos explican que el cóctel tiene dos ambientes: uno interior, en el bar central, y otro fuera, para los que quieran hacerse los valientes con el frío de finales de febrero.
Sophie me mira como si esa gente perteneciera a una secta nórdica.
—¿Quién en su sano juicio se iría fuera? —susurra.
La respuesta llega sola: un grupo de invitados pasa por nuestro lado riendo con abrigos peludos desbordantes mientras comentan que quizá se los terminarán quitando porque la terraza está repleta de estufas.
—Olvida lo que he dicho —rectifica Sophie.
Avanzamos hacia el bar interior. El espacio es increíble: una barra circular negra, rodeada de taburetes altos.
En el centro, jarrones escultóricos se mezclan con marcos joya colgantes; todo colocado para dar la bienvenida a quien se aventure a entrar en la órbita de la sofisticación milanesa.
Pero lo más impresionante, en realidad, es la gente.
Personajes que parecen más importantes de lo que son.
—Siento que he entrado en una centrifugadora de perfume caro —le digo a Sophie, que ya está escaneando el lugar.
—Pues prepárate para lo de fuera.
Y tiene razón. Al abrir la puerta y asomar la cabeza, el aire helado me golpea de lleno.
En el exterior, la escena es distinta, aunque igual de caótica: un mosaico de mesas, cojines de colores, sillas trenzadas y palmeras que fingen ser tropicales a pesar del frío.
Música de fondo, copas chocando y chicos y chicas llevando estilismos de las últimas colecciones: abrigos quarterback , muy Armas de mujer ; pantalones de estampado rosa con sello de pasarela italiana; bolsos de piel marrón chocolate.
Influencias llegadas de la mano del cottagecore : pañuelos a la cabeza, Barbour y botas de agua para triunfar con la estética Balmoral durante los meses venideros.
—Esto es surrealista —digo.
—Esto —responde Sophie— es Milán.
La noche termina mucho más tarde de lo que debería.
Entre el cóctel y los saludos forzados, cuando por fin conseguimos marcharnos, son casi las doce.
Me dejo caer en el sofá del lobby con una última copa para descansar un momento.
Sophie, en cambio, abre el portátil con la energía residual de quien lleva años entrenando para esto. Coloca el planning en pantalla:
—Solo voy a revisar que no haya llegado nada raro —dice, más para sí misma que para mí.
En ese instante, su móvil vibra. Una vez. Dos. Tres.
Levanta una ceja.
—¿Ves? —murmura—. La moda nunca duerme.
Se inclina hacia la pantalla. El brillo azul le ilumina la cara. Desde el sofá, veo cómo sus labios se tensan.
—Dime que son memes —ruego—. O tu madre mandando recetas.
—Ojalá —suspira mirándome por encima de la pantalla—. Es Gucci.
Eso me despierta más que un espresso.
—¿Qué ha pasado?
Sophie lee en voz alta:
—«Querida Sophie: Por motivos de organización interna, la visita al showroom de mañana se traslada a una hora más tarde. Nueva hora: doce. Disculpe las molestias».
Sophie deja caer el móvil en la mesa y me mira.
—Preparémonos para el efecto dominó.
—Vale —digo incorporándome—. Una hora más tarde. No es para tanto, ¿no?
Sophie lanza una risa cortísima, sin humor.
—Brooke, pero ¿tú has repasado nuestra agenda?
Tenemos la entrevista con la diseñadora Chiara Bellotti a las doce, Fendi a las tres en punto y el desfile de la tarde a las cinco.
Si Gucci se mueve a las doce, el showroom se solapa.
Y no podemos jugárnosla con Gucci, no después de que nos hayan metido en la lista definitiva a última hora.
—A ver…, si mantenemos la entrevista a la hora acordada, vamos a llegar tarde a ella —murmuro—.
Habría que moverla… El problema es que, cuando hablé con Bellotti, solo me dio ese hueco como opción.
—Me quedo unos segundos en silencio, pensando—.
¿Y si la llamo mañana a primerísima hora e intento que nos cuele después, sobre la una?
Las preguntas están rematadas y tampoco son tantas…
Yo creo que podríamos ir bien —propongo.
—Venga, Brooke. Haz eso, entonces. Usa ese don de gentes tan magnético que he visto que has ido adquiriendo.
Su móvil vuelve a vibrar. Otro correo.
—¿Ahora qué? —pregunto, ya resignada.
—La PR de Fendi —dice leyendo—. ¿Seguimos confirmadas para mañana a las tres? Genial… —Se lleva la mano a la frente—. No podemos quedar mal con ellos tampoco; son de los grandes anunciantes de la revista.
Suspira, apunta con el dedo el planning y toma aire.
—Entonces, Brooke, mañana, nada de desayuno en mesa. Antes del café, llama a la diseñadora. Y en cuanto te confirme, que esperemos que lo haga, salimos para allá. Después seguimos la ruta que acabamos de definir.
A las siete, la alarma suena con un ding leve pero implacable, como si me estuviera dando órdenes claras: llamar a Chiara Bellotti antes del café.
Me hago un moño improvisado mientras me envuelvo en el abrigo y salgo al balcón de la habitación.
Son las 7.04 cuando marco. Respiro hondo.
Intento sonar segura y encantadora, aunque los nervios siguen ahí, agazapados.
A las 7.10, la entrevista está confirmada para la una.
—No sé cómo lo has hecho, pero te voy a poner un altar —dice Sophie, que a pesar de la hora ya está arreglada.
—Magnetismo —respondo imitando su tono de la noche anterior.
Sophie pone los ojos en blanco, pero sonríe.
Salimos del Bvlgari con la sensación de que, por una vez, hemos ido un paso por delante de la vorágine. Los tres grados de temperatura del exterior nos despiertan del todo mientras avanzamos hacia la calle donde nos espera el transfer .
Gucci a las doce. Entrevista a la una. Fendi a las tres. El maratón empieza.
Al marcharnos del estudio de Bellotti, Sophie mira el reloj:
—Nos queda una hora libre. Si no comemos ahora, no comemos hasta después del desfile. ¿Ideas?
No lo dudo ni medio segundo: