Tras los focos 24. Dirección Upper East Side
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24. Dirección Upper East Side

Dirección: Upper East Side

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Y así, casi sin darme cuenta, los días se me escapan entre los dedos, y cuando miro de nuevo el calendario, ya es febrero.

Me acostumbro al ritmo frenético de la redacción, a la voz segura de Sophie llamándome por mi nombre, a sus comentarios que, lejos de intimidarme, me impulsan como pocos.

Hemos hecho buenas migas; una complicidad que no esperaba, pero que agradezco cada día al cruzar su cubículo de cristal.

Valentina se marchó hace unas semanas, y la echo de menos.

Aunque parece estar más que entretenida hablando con James, porque sus teléfonos no descansan desde que se vieron en aquella cafetería: llamadas, audios, risas, acentos mezclados.

También se fue Fio: ya no hay vuelta atrás.

Thomas regresó a Liverpool, y allí continúa trabajando en remoto ahora que la mentoría en Columbia ha terminado.

Todos se han ido, cada uno a su lugar. Yo siento que el mío está justo aquí…

Esta mañana, a primera hora, antes de ir a trabajar, me he desviado en metro hasta Sutton Place, desde donde contemplo Queens a distancia. Mi casa, que cada vez siento menos mía.

Aquí, con el ruido del East River como único acompañante, me descubro pensando en quién fui… y en quién soy ahora. En todo lo que he dejado atrás sin saberlo. En todo lo que estoy empezando sin darme cuenta. Nueva York me transforma, a su manera.

He perdido la cuenta de las veces que he releído su carta desde que la recibí hace quince días.

Todavía no sé qué me dolió más: si la sinceridad incompleta de sus palabras…

o lo tarde que llegaron. Durante semanas, lo único que tuve de él fue silencio.

Silencio absoluto. Excepto por ese absurdo ápice de esperanza que James le confió a Vale, suplicándole que creyera en él «pese a todo».

Como si eso fuera suficiente. Y entonces llegó la carta.

Una carta escrita desde un palacio europeo, con tinta elegante, con un «Brooke» que aún hoy me perfora el pecho.

Si cierro los ojos, una parte de mí siente alivio.

Pero basta con abrir el móvil o mirar el periódico para recordar por qué quiero meterme debajo de la cama cada mañana.

Por qué silencié sus llamadas en cuanto hui de aquella oficina después de leer el documento.

¿Qué se supone que hace alguien como yo cuando, de pronto, protagoniza titulares bajo la etiqueta de «la misteriosa acompañante del heredero del pequeño Principado de Lirianne»?

Y, por si fuera poco, justo debajo aparece otro titular incluso más desastroso en el que el padre de Ryan es «acusado de poner en riesgo el patrimonio histórico del país por un negocio con un inversor americano».

Maravilloso combo. Perfecto para poner patas arriba vidas ajenas.

No sé si algún día podré mirarlo a los ojos sin sentir que algo se rompe…

y permitirle explicarse. Y, siendo sincera, tampoco puedo dejar mi vida en pausa hasta que eso ocurra, si es que ocurre.

Además, ahora mismo necesito continuar centrada en mí. En mi trabajo.

En la oficina, Sophie se planta frente a mi mesa con su habitual aplomo.

—Brooke, ¿tienes listo el reporte del contenido que hiciste en la Semana de la Moda?

—pregunta sin levantar la vista de su agenda—.

Aparte de la entrevista a Sienna Caruso, que subimos a la web, quiero ver el tráfico que ha generado en redes sociales el material del backstage en el que estuviste. ¡No te olvides de añadirlo!

—Sí, sí. Hoy lo termino y te lo envío. —Sonrío—. Pero te adelanto que ha funcionado fenomenal. ¡Ya soy toda una experta en coberturas de Semanas de la Moda! —añado, buscándole la reacción—. ¿Puedo ir contigo a Milán? Sé que a Londres no llego, pero…

—Brooke, pides demasiado —sonríe Sophie—, pero déjame gestionarlo. No sé si será posible meter a alguien más del equipo…, aunque me encantaría tener tu punto de vista conmigo esos días. Lo podemos hablar con más calma en la cena.

Asiento con una sonrisa. Ahora que Thomas y Fio se han marchado del piso, he pasado unas semanas algo movidas mientras buscaba nuevos compañeros.

Al final, no me ha hecho falta encontrarlos: una compañera de la redacción me dio el chivatazo de un piso de alquiler en el Upper East Side, un universo diminuto de elegancia contenida, y quizá la señal para que empiece a construir algo solo mío.

El propietario es amigo de su familia, y por eso (y porque por fin tengo un contrato indefinido) puedo permitirme alquilarlo sola: el precio está muy lejos de lo que es habitual en la zona.

Apenas acabo de mudarme, pero se lo comenté a Sophie y me propuso que, ya que vamos a ser vecinas, podríamos inaugurar mi nueva vida con una cena.

Algo nerviosa por la perspectiva de cenar con mi jefa, invité a una persona con la que sé que conectará al instante, la única mujer que conozco tan icónica como ella: Alessia.

Salgo del taxi justo frente a mi nuevo piso, envuelta en la luz dorada del atardecer.

El Upper East Side me recibe con una mezcla de elegancia sobria y perros, de nuevo, con mejores abrigos que los míos.

Las farolas empiezan a encenderse. El edificio está en una de esas calles tranquilas, arboladas, con fachadas de piedra color piel y puertas talladas en madera.

Frank, el portero, me facilita el acceso con una sonrisa profesional y subo en un ascensor que, lejos de provocarme miedo, me resulta encantador por crujir lo justo, para después abrir la puerta del tercero B, un rincón en el que ya empiezo a pensar como hogar.

La cocina abierta mantiene el mismo aire nórdico que el resto del piso: roble blanco, una paleta cremosa con toques negros, texturas suaves y pequeños detalles en latón como si fueran joyas discretas.

Hay accesorios hechos a mano —un cuenco de cerámica irregular, una tabla de madera tallada, un jarrón que parece provenir de un mercadillo danés— que convierten el espacio en algo íntimo y acogedor.

Pido sushi y, mientras espero a que llegue, suena el timbre.

Alessia viene, tal y como imaginaba, con un dos piezas de elevadas hombreras en el color tendencia de la temporada, decorado con broches y corbata, como solo ella sabe llevarlo. ¡Ah! Y, por supuesto, uno de esos bolsos enormes que tanto le gustan.

—Vale, esto es… —susurra nada más entrar, dejándose caer el bolso mientras lo observa todo—. ¡Un catálogo! Y del bueno. Texturas, tonos, ritmo visual…

Sophie tampoco tarda en llegar. Aparece con un estilismo digno de resucitar a Katharine Hepburn: pantalón de pinzas oversize en un morado ciruela —seguro que de The Row—, suéter funnel neck y botas altas de piel de una elegancia casi obscena.

Yo las he recibido con un jersey de cuello vuelto negro y una falda de tubo de piel, a tono, combinados con medias negras un poco tupidas para sobrevivir —con éxito— a las temperaturas gélidas de la ciudad. Claro, no he podido resistirme al pañuelo a la cabeza.

Abrimos una botella de vino blanco frío, les enseño el resto del piso y en un rato estamos sentadas en el suelo del salón, con el sushi desplegado sobre platos recién estrenados y palillos desparejados que Sophie ha encontrado en un cajón, después de que se me olvidara pedirlos en la comanda.

Ríen cuando intento coger un nigiri y casi se me escurre.

Yo río también, porque, por fin, la ansiedad que llevaba semanas cargando empieza a desvanecerse un poco.

—Brooke, te veo aquí —dice Alessia señalando alrededor—. Literalmente. Te imagino editando desde esa mesa, preparando tu café de especialidad por las mañanas… Incluso saliendo a correr por Central Park.

—¿Salir a correr? —se burla Sophie—. Brooke, ¿tú corres?

—Depende —respondo—. ¿Cuenta caminar muy rápido?

Las tres reímos. La risa, cálida, de la que no escucho desde hace tiempo, llena el piso.

Más tarde, mientras ellas discuten —por enésima vez— sobre el eterno debate entre funcionalidad y estética, yo me acerco a la ventana.

La calle está tranquila. Una pareja se despide con un beso en la puerta de enfrente.

Y hoy, por primera vez en semanas, no he pensado en huir.

Ni en titulares. Ni en fotos filtradas. Solo en lo que quiero.

En mí. Y, sí…, también en Ryan. Pero no en el heredero europeo que ocupa los periódicos, sino en el hombre que me escuchaba, que me leía, del que me enamoré sin darme cuenta.

—Brooke —llama Sophie desde el suelo—. Estás muy callada… ¿Te encuentras bien?

—¿Es por Ryan? —susurra Alessia.

Sophie no dice nada, aunque sus cejas se alzan en una interrogación silenciosa. Habrá visto las fotos del misterioso príncipe de Lirianne en la prensa rosa, pero por lo que parece no ha reconocido a su acompañante como la joven a la que contrató hace poco más de dos meses.

Animada por el vino y la compañía, y sintiéndome lo bastante tranquila como para hablar de ello, decido compartir la historia con ella.

Pone los ojos como platos cuando le explico que el reputado director de cine Ryan Blake es, en realidad, parte de la realeza europea, y que tuvimos lo que yo creí que era la mejor relación de mi vida antes de que todo saltara por los aires.

—Y en este momento, aunque lo echo de menos, no puedo responder esa carta sin sentir que me rompo un poco —termino—.

No dejo de darle vueltas. No fue solo que no me dijera quién era…

, es que ahora mi cara está en todos los medios.

Y me conoce. Sabe que por mucho que me guste el glamour y el lujo, odio ser el centro de atención.

—Lo sé —dice Alessia con suavidad—. Y también sé que no te ha ocultado algo pequeño. Si lleva tanto tiempo escondiendo su pasado… tiene que haber un motivo. No un capricho. Un motivo real.

—En cualquier caso, lo mejor que puedes hacer es centrarte en ti —interviene Sophie con esa serenidad que a veces me desconcierta—. Si algún día él quiere verte de verdad, te encontrará.

—¿Y James? ¿Has vuelto a hablar con él? ¿O lo has visto? —pregunta Alessia.

—¿A James? —Me río—. ¡Qué va! Lo único que sé de él es por Vale, que, como no tiene suficientes chicos en el mundo, tiene que darle conversación a él. Desde España, además.

—¿James y Vale siguen hablando? —Alessia abre los ojos interesada.

—¿Quiénes son esos? —pregunta Sophie, algo perdida.

—James es el mejor amigo de Ryan… y Vale es mi mejor amiga.

Sé que parece un chiste —sonrío, encogiéndome de hombros—, pero sí, siguen hablando desde que Vale vino de visita.

Ya me lo advirtió ella: flechazo histórico.

Aunque admito que, en ese momento, pensé que exageraba…

, es algo habitual en ella. No es que me moleste, a James le tengo muchísimo cariño.

Solo que… se me hace raro hablar con él sin que mi cabeza vuelva a Ryan.

Es como si fuera imposible separarlos del todo.

—Te entendemos, Brooke —dicen ambas casi a la vez.

Esa noche duermo poco, pero bien. Es raro.

Me despierto en mi nuevo piso, después de la cena con las chicas, con una sensación extraña, como si algo se hubiera puesto en su sitio dentro de mí sin que yo lo notara.

La habitación está silenciosa. La luz entra en diagonal por la ventana y cae sobre las cajas a medio desempaquetar.

Pongo en marcha la Smeg y me apoyo, como siempre, en el marco de la pared mientras es­pero.

Observo todo aquello que hace que mi hogar sea mi hogar, allá donde vaya: dos libros, mi portátil, la cafetera, la taza que me regaló Fio, un jersey que Vale se dejó cuando vino, mi neceser, los cargadores… Me siento en paz aquí, como si por fin pudiera respirar.

Esta mañana, el Upper East Side me da la bienvenida con un cielo blanco, del que parece colgar la nieve que han anunciado para dentro de un par de días, y un aire frío y limpio que despierta de golpe.

El barrio, aunque de día, sigue igual que anoche: sereno, con tiendas abriendo en lugar de cerrando, vecinos paseando a sus perros y un portero que parece tenerme ubicada de toda la vida.

—Buenos días, señorita.

Mientras camino hacia la redacción, tengo la sensación de que todo aquí huele a comienzo, que incluso el silencio tiene un tono distinto, como si el barrio estuviera aprendiendo a conocerme. Miro a mi alrededor y siento un tirón leve: parece que por fin empieza a pertenecerme algo.