23. El regreso #2
Mi madre intercambia una mirada rápida con Wilfred. No hace falta que hablen; ambos saben que es inevitable.
—En su despacho —responde ella al final—. El servicio le está llevando un té. Le pedimos que se mantuviera cerca… por si aparecías.
Cerca.
Mi padre.
Suena casi irreal.
Respiro hondo, me pongo en pie. Tras subir las escaleras, caigo en la cuenta de que la alfombra azul que decora parte de la planta superior sigue desprendiendo ese olor a polvo y lavanda que me devuelve a mi niñez.
En cierto modo, tengo la sensación de que hay partes del palacio que permanecen intactas desde el día que me fui, como si nadie se hubiera atrevido a tocarlas tras mi marcha.
Me detengo ante una puerta entreabierta.
Antes siempre permanecía cerrada; solo él podía acceder.
Él y uno de los tableros de ajedrez; el de madera.
Pero cuando la empujo, suavemente…, no hay ajedrez.
Hay una taza humeante sobre un periódico arrugado en la alargada mesa.
Y mi padre, sentado en una butaca baja, sujetando un cuaderno abierto sobre las rodillas. Escribe algo, con gafas de lectura.
Mi corazón se detiene un instante. No sé por qué, pero esa imagen me impacta más que todo lo anterior.
Él, escribiendo. Él, sin coraza. Él, con una lámpara encendida y uno de sus cojines en terciopelo verde.
Un hombre. No un príncipe. De pronto, levanta la vista y sus ojos se posan en mí y hace un gesto leve con la cabeza, seco, casi impersonal.
—Ah —dice, como si yo fuera un emisario tardío—. Has llegado. Bien. Ya era hora.
Yo aprieto la mandíbula.
Mi padre deja el cuaderno, se quita las gafas y las coloca sobre la mesa. Luego se reclina un poco en la butaca.
—Supongo que quieres que te explique esto —dice, sin preámbulos, señalando la portada del periódico.
—Sería un buen comienzo —respondo.
Suspira exasperado, como si fuera una pérdida de tiempo justificar algo que para él está clarísimo.
—Como no parecías tener intención de regresar al sitio al que perteneces… —hace un gesto vago con la mano— tuve que ponerme creativo. Comprenderás que, con un asunto de semejante gravedad entre manos, tu deber es actuar acorde a quien eres en realidad y apoyar a tu familia.
La sangre me hierve en las venas. Se inclina y toma un dosier grueso de uno de los cajones. Me lo tiende. Lo abro. Maquetas. Planos. Gráficos.
El Centro Internacional de Congresos y Eventos del Principado.
—Me asocié con un empresario americano —explica orgulloso—. Un proyecto ambicioso, moderno, diseñado para situarnos en el mapa. Turismo de alto nivel. Congresos. Ferias. Inversión extrajera. Algo grande. Imposible de ignorar.
Me quedo mudo.
Mi madre aparece en la puerta, se pasa una mano por la frente, agotada.
—Cállate ya… —murmura dirigiéndose a papá—, por favor…
Él continúa como si no hubiera oído nada.
—Pensé: «Si hago suficiente ruido, lo verá desde donde esté». Se encoge de hombros. Y como nunca has hecho caso omiso a las malas gestiones…, funcionó.
—¿Provocaste una crisis… para que volviera? —pregunto incrédulo.
Mi padre mantiene el rostro impasible.
—No iba a humillarme rogando —lo espeta como si fuera evidente—. Sabía que si el Principado se metía en un asunto lo bastante grande, tú aparecerías. Siempre has sido cabezota, hijo.
Me río. No porque sea gracioso. Simplemente no tengo otra reacción posible.
—Negocias terrenos históricos. Pones en riesgo patrimonio cultural. Firmas un contrato abusivo con un inversor americano. Y todo eso… ¿para llamar mi atención? ¿Pretendes que me crea que lo has hecho por mí, cuando nunca has estado a mi lado?
—Se trata de una inversión estratégica —responde sin pestañear—. El futuro del Principado. Además, es lo que siempre has querido, ¿no? Modernizarlo… Apostar por lo libre y no encorsetado…
—Papá, ya sabéis por qué me marché. Aquí todo funcionaba con reglas de otro siglo: saludos milimétricos, cenas formales cada dos horas y un calendario social pensado por gente que no ha sonreído desde 1950.
Si había una manera de ser príncipe aquí, era la antigua.
Y lo siento, pero no podía permitirme seguir creciendo en una armadura en la que no encajaba.
—Las reglas eran las únicas que yo conocía, Ryan —dice con unos ojos que, por primera vez, buscan a alguien que los comprenda—.
No pretendía encerrarte —añade levantando la mano—.
Era la forma en que siempre se han hecho las cosas aquí.
Y reconozco que me enfadó que te marchases y te librases de todo, como si fuera tan sencillo.
A mí jamás se me habría ocurrido… Supongo que por eso mi asesor y yo evitamos que recibieras ninguna carta, ni mía ni de tu madre.
No las merecías. Estaba dolido porque nos dieras la espalda, sí, pero esto no va de sentimientos o añoranzas.
Te estoy hablando de nuestras responsabilidades. De lo que somos.
Permanezco en silencio intentando asimilar todo lo que esta visita está metiéndome en la cabeza a presión.
—Alistair, explícaselo ya —dice mamá.
Mi madre se acerca, con el teléfono en la mano. Lo desbloquea. Me lo muestra.
—Ryan…, no solo salió nuestro escándalo. Estás apareciendo tú también.
La fotografía en pantalla me arranca el aire del pecho.
Es Nueva York. Soy yo. Con Brooke. Nuestra cita en el ballet. La acompaña un titular:
EL PRÍNCIPE DE LIRIANNE REAPARECE EN NUEVA YORK CON UNA MISTERIOSA ACOMPAÑANTE
Algunas fuentes dicen que Ryan de Lirianne podría llevar años escondido tras la faceta de Ryan Blake, el misterioso director de cine que ha conquistado los circuitos independientes.
Mi padre entrecierra los ojos, molesto.
—Debiste ser más cuidadoso —dice, como si ese fuera el verdadero problema.
—¿Qué pretendíais que hiciera? Construí una nueva vida, con un nombre nuevo, como acordamos.
Durante todos estos años nadie me ha reconocido.
He evitado multitudes, entrevistas, cualquier sitio donde pudiera sobresalir.
Excepto contadas ocasiones en las que me permití estar entre gente de verdad.
Pero ese día…, justo ese día… Y solo fui al ballet.
En Nueva York. A ver una obra. Acompañado, sí, pero no esperaba que nadie me mirase.
Ni que me buscasen después de tanto tiempo.
Respiro, tenso. Siento un nudo subir desde el estómago hasta la garganta.
—¿Quién lo haría ahora si nadie lo hizo durante los primeros meses?
Mi madre intercambia una mirada rápida con mi padre. Él desvía la vista. Ella se adelanta un paso.
—Ryan —dice con una suavidad nueva—, tenemos entendido que hubo alguien que sí intentó encontrarte. Durante mucho tiempo.
Entonces caigo en la cuenta.
—Amélie.
—En efecto. Aunque tampoco lo consiguió… hasta ahora.
Tengo que parar un momento para poner en orden la estampida de pensamientos que empieza a marearme.
¿Amélie? ¿Amélie ha hecho esto? Sabía que estaba buscándome, que no descansaría hasta encontrarme, pero no imaginaba que fuera capaz de llegar a este extremo para conseguir lo que quiere.
Que haya filtrado a la prensa una fotografía tan personal es algo que no esperaba, ni siquiera de ella.
Pero, pensándolo bien, supongo que se ha dado cuenta de que, para obligarme a regresar, antes tendría que desarticular la nueva vida que tanto me ha costado construir…
y temo que esté a punto de conseguirlo. Por no decir que el escándalo que ha provocado mi padre le habrá dado la oportunidad idónea para poner su plan en marcha.
De pronto, me siento agotado. Parece que todo aquello que me esforcé por dejar atrás ha vuelto de golpe para torturarme, para arrasar con la vida que he elegido de forma consciente, sin imposiciones, justo cuando empezaba a permitirme disfrutarla del todo.
—De las fotos me encargo yo —termino por decir, con un cansancio que no intento ocultar—. Y en relación con tu imagen pública, papá…, ya veremos qué puedo hacer.
Mi madre me mira con una preocupación renovada.
—Ryan… —mamá respira hondo—, no sé quién es esa chica, pero si es importante para ti, deberías avisarla.
Ahora la noticia está en redes locales, pero la prensa internacional ya empieza a comentarlo.
No tardará en extenderse. Y con tu carrera en el mundo del cine…
, sabes que los medios de allí se interesarán tarde o temprano.
Cuando eso pase, ella quedará todavía más expuesta.
Van a mezclarlo todo, hijo, dos escándalos en uno.
No respondo. No tengo fuerzas. Asiento apenas y salgo al pasillo. Nada más cruzar la puerta, me topo con Wilfred. Me sostiene la mirada —esa que siempre lo dijo todo sin una sola palabra—, pero esta vez no tarda en hablar.
—He oído lo que le ha dicho su madre sobre esa chica —murmura—. Es por ella, ¿verdad? Por la que afirmó que no quería venir sin solucionar algo que no estaba… donde debería. Si es así, Ryan, haga caso a Beatrice. Escríbale. No sé qué pasó, pero…
—¿Que qué pasó? —lo interrumpo, riéndome sin humor—.
Wilfred, leyó el documento de renuncia sin tener ni idea de mi antigua vida.
No quería hacerle daño. Ni que sintiera que el chico del que se había enamorado venía de un mundo distinto al suyo…
y bastante oscuro, aunque eso ella ni se lo imagina, supongo.
Wilfred niega con la cabeza.
—Ryan, no importa de dónde venga. Importa lo que hace con ese pasado cuando crece.
No sé nada de su nueva vida, pero sé quién es.
Si ella estuvo a su lado fue porque lo quería de verdad.
Y debería haberse sincerado. Lo habría entendido.
Tal vez no al principio, pero con el tiempo seguro que lo habría hecho.
Cierro los ojos un instante.
—No lo sé. Por cómo es ella siento que, si le hubiera contado todo desde el principio, jamás se habría permitido conocerme como lo hizo. Pero me arrepiento, Wilfred. La echo de menos.
Él me observa, sin juzgar.
—Pues escríbale —dice simplemente.
—Antes de intentar recuperarla —respiro hondo— tengo que arreglar esto. Todo esto. Y tú me vas a ayudar, Wilfred.
Una sonrisa suave le asoma en las comisuras.
—Siempre, Ryan. Para eso estoy. —Y, alcanzando una pequeña caja de una repisa, añade—: Su dormitorio está tal como lo dejó. Pensé que quizá querría tener esto ahora.
Son cartas. Todas las cartas de mamá. Dieciséis años que nunca llegaron a mis manos.
Sostengo la caja contra el pecho y subo las escaleras hacia mi habitación.
Necesito estar allí para abrirlas, tumbado en mi cama, con el silencio suficiente para soportar el dolor que ya sé que me va a causar su lectura.
Es curioso cómo hay cosas que nunca cambian.
Mi habitación siempre fue la estancia más sobria de este palacio.
Nada de decoraciones estridentes ni muebles que parecieran reliquias.
Mi madre la decoró con una mezcla de gusto y ternura: tonos suaves, luz cálida, un escritorio de madera clara…
, pero eso lo veo ahora. Entonces, incluso este espacio parecía dispuesto a arrebatarme el aire.
Hay sensaciones que solo los años te enseñan a procesar.
Corro las cortinas azul ceniza para ganar intimidad, me descalzo y me dejo caer sobre la colcha.
Con los cojines mullidos apoyados en el cabecero, enciendo la luz tenue de la lámpara de la mesilla y me dispongo a abrir la caja que me ha dado Wilfred.
Saco la primera carta. Leo dos líneas. Y cierro los ojos.
No puedo. Así que agarro papel y bolígrafo y hago lo único que ahora mismo sé que me mantendrá en pie: escribirle a ella.
A Brooke. Porque si hoy he aprendido algo es que los secretos siempre encuentran el camino de vuelta.
Y no pienso permitir que ella enfrente este revuelo sola.