Tras los focos 22. Sueño americano
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22. Sueño americano

Sueño americano

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Pulso el botón del ascensor del One World Trade Center y respiro hondo.

Es mi primer día tras las vacaciones de Navidad y no puedo dejar de pensar en lo mucho que han significado para mí estas fiestas.

He terminado el año con el corazón hecho trizas y Valentina se ha encargado de mitigar ese dolor haciendo lo que mejor se le da: devolverme la risa incluso en los momentos en que las lágrimas afloran solas.

Hemos descubierto juntas la Nueva York de invierno, la de los cristales empañados, las bufandas y las bebidas calientes que parecen respirar.

Hemos buscado cobijo tanto en los lugares obligados para quien viene de paso como en rincones que sentía que debía mostrarle antes de que se marchara: mis cafeterías y librerías preferidas.

Hoy, con un desamor a cuestas y unas ganas tremendas de dejarlo atrás, empiezo enero centrada en mi carrera.

Y me resulta imposible subir las plantas de uno de los edificios más prestigiosos e históricos de toda la ciudad sin sentir que estoy ascendiendo a una vida nueva. Porque, en cierto modo, lo es.

Todavía me estoy acostumbrando a formar parte de la plantilla de Couture Journal como periodista. «¿Qué hace una chica como yo frente al despacho de la gran Sophie Brown?». No termino de asimilarlo.

Hoy no es un martes cualquiera, pues llevo pocas jornadas inmersa en esta nueva rutina, teniendo en cuenta que, después de la entrevista, solo vine dos días para aprender a manejar lo básico.

Antes de cruzar la enorme puerta de cristal que se abre a la redacción, dejo el café que he pedido por el camino en Ralph’s Coffee en una mesa baja repleta de los últimos números de la revista.

Luego, me ajusto el suave pañuelo grisáceo de M iremos viendo el proceso.

La miro sin poder articular palabra. Me limito a asentir y ella continúa con la asignación de propuestas: reportajes para print , coberturas para digital, revisiones de última hora…

Todo transcurre tan rápido que apenas tengo tiempo de respirar; solo escucho nombres, fechas, desfiles, firmas y algún que otro suspiro de mis compañeros.

Yo permanezco en silencio, todavía asimilando el peso de lo que acaba de encomendarme.

Sophie sigue con su agenda imparable mientras todos apuntan con rapidez.

Finalmente, da por concluida la reunión.

Las sillas se mueven, los bolígrafos se guardan y el sonido habitual de la redacción vuelve a instalarse entre nosotros.

Estoy a punto de salir cuando noto que Sophie se detiene a mi lado.

—Y, Brooke… —susurra con calma—. Sorpréndeme.

Y entonces sé, con una certeza arrolladora, que hoy es el principio de algo mucho más grande de lo que jamás he imaginado.

La jornada llega a su fin mucho antes de que mi cabeza pueda alcanzarla.

Entre correos, notas garabateadas y la adrenalina de los encargos de Sophie, el día se me ha ido como si alguien hubiera pasado las páginas demasiado deprisa.

Cuando por fin cierro el ordenador, la redacción está casi vacía.

Las luces blancas bañan el espacio en un tono que embellece el papel satinado de las revistas que ornamentan la mayoría de las mesas.

Me quedo ahí sentada, con las manos sobre el teclado, respirando.

Luego me levanto despacio, como si no quisiera romper la magia del lugar.

Camino hacia la salida, pero solo recorro unos pasos: me detengo casi de inmediato frente a uno de los pósteres de las portadas icónicas.

Cindy Crawford, Linda Evangelista, Kate Moss, Michelle Obama, Zendaya…

, mujeres que llevo años admirando desde la distancia.

Y ahora estoy aquí, a centímetros de aquello que antes solo veía en pantallas y en revistas que guardaba como tesoros.