21. Desconcierto #2
—Y Ryan… —Su tono cambia. Más bajo. Más triste—.
Su madre lo sabía. Sabía que encontró aquella carta.
Me lo contó ella, Ryan. La carta que nunca debió leer.
La que hablaba de un amor que su madre no podía permitirse.
Entendió entonces por qué se marchó sin mirar atrás.
Entendió ese dolor. Y entendió que no quisiera formar parte de un lugar construido sobre secretos que nunca le pertenecieron.
—No sé ni qué decir, Wilfred. Es demasiado… —susurro agotado.
—No estuvo bien, Ryan. Sé que no lo estuvo. Pero hicieron lo que creyeron necesario para mantener en pie lo que ya estaba resquebrajándose por dentro.
Lo imagino frotándose la frente, como solía hacer cuando estaba preocupado por mí.
—Ryan, yo sé que usted no quiere ser parte de nada turbio. Y lo entiendo, el Principado tiene sombras…, demasiadas. Pero también sé que siempre tuvo claridad. Coraje para hacer lo que creía correcto, incluso de niño.
Su tono se suaviza.
—Si algún día decide volver para cambiar algo, créame cuando le digo que sería la única persona capaz de hacerlo. La única. Pero no pienso presionarle. Solo quería que lo supiera.
Hace una pausa larga, como si dudara antes de continuar.
—Y Ryan…, ya que le tengo al teléfono, hay algo más que debo decirle —añade.
Mi estómago se tensa—. Amélie. Está intentando por todas las vías contactar con usted, sobre todo desde que saltó la noticia de su padre.
Ha movido cielo y tierra para lograr una señal suya.
Pregunta por usted cada vez que ve a sus padres. Y no se cansa, Ryan. No lo hará.
No digo nada. Me masajeo la nuca. Esto empieza a superarme.
Wilfred sigue:
—Usted sabe cómo es. Crecieron juntos. La familia de Amélie siempre fue cercana al Principado… y todos daban por hecho que acabarían juntos algún día. Sus padres. Los suyos. Todos.
Amélie.
Solo escuchar su nombre me trae imágenes demasiado nítidas.
La recuerdo retocándose su moño perfecto sin mirarse siquiera, con ese gesto calculado que la hacía parecer una portada de revista incluso a los doce años.
Sus vestidos, repletos de apliques de pedrería en forma de flores al estilo Jenny Packham, tan delicados como impecables.
Siempre derecha, siempre tan correcta. Su perfume a peonías y bergamota que anunciaba su llegada antes de que cruzara cualquier puerta.
Demasiado perfecta para mí.
Demasiado de linaje real.
Demasiado hecha para encajar en un molde del que yo siempre quise huir.
—Sí…, ya lo intuía —murmuro finalmente pasándome la mano por la cara—. Alguna vez llamó a este teléfono. No lo cogí, pero supongo que era cuestión de tiempo que intentara llegar a mí por todas las vías posibles.
Respiro hondo, procurando que no me tiemble la voz.
—Wilfred, necesito pedirte un favor. Haz lo que sea para desviar su atención. Lo que sea. No quiero que Amélie empiece a buscarme de verdad, no ahora. No con todo lo que tengo que arreglar en mi vida.
Silencio.
—Haré lo que pueda, Ryan —responde él con suavidad—. Siempre haré lo que pueda por usted. Me ha alegrado tener esta conversación, escuchar su voz —añade con esa calidez que me desarma—. De verdad. Cuídese, por favor. Y… seguiremos en contacto. Aunque sea solo por aquí.
—Gracias, Wilfred —respondo, sintiendo un nudo en la garganta que no esperaba—. Yo también me alegro de haber hablado contigo.
Cuelga.
El silencio que sigue es tan denso que casi percibo su presencia en la habitación. Me dejo caer sobre la cama, mirando el techo como si allí fuera a encontrar alguna respuesta.
James. Necesito hablar con James. La única persona en Nueva York que sabe absolutamente todo: lo que fui, lo que soy, lo que intenté esconder… y lo que acaba de derrumbarse.
Tiene que ayudarme a pensar qué demonios hago ahora: con Brooke, con la que aún no he podido hablar y cuya herida he provocado yo mismo; con el desastre que ha ocasionado mi padre, que me arrastra aunque no quiera; y conmigo, que ya no sé ni quién soy en medio de todo esto.
Miro mi teléfono actual sobre la mesilla.
Lo apagué antes de quedarme dormido y sigo sin ser capaz de encenderlo y enfrentarme a lo que venga.
Quizá porque sé que, a partir de ahora, nada va a ser sencillo.
Sin darme más tiempo para pensar, alargo la mano, lo cojo y pulso el nombre de James, que aparece de los primeros en el registro de llamadas.
—¿Ryan? ¡Qué sucede! Quedamos en vernos en un par de horas, ¿qué ha pasado que no puede esperar? Son las siete menos cuarto de la mañana —dice James nada más descolgar.
—Me ha llamado Wilfred. Desde el Principado. Es por mi padre —respondo sin rodeos.
—¿Cómo? ¿Wilfred? ¿Desde el Principado? A ver, cuéntamelo bien porque no entiendo nada.
—No sé si lo has visto en las noticias, pero mi padre ha vuelto a liarla. No ha podido ser más irresponsable. Ha vendido parte del patrimonio del Principado para construir un «centro de eventos», o lo que sea que él entiende por eso… No he querido seguir leyendo.
—Ryan…, sabía que tarde o temprano volverían a causarte problemas.
¿No tuvieron suficiente con intentar encerrarte de niño?
Te hicieron firmar ese documento para que renunciaras a tu apellido y «no mancharas la imagen de la casa principesca» al querer irte…
, y ahora son ellos los que te buscan. ¡Cuando les suplicaste que no lo hicieran! ¡Es increíble!
—Lo sé. Ha sido lo primero que he pensado al hablar con Wilfred. Pero dime…, ¿qué quieres que haga, James?
—¿Qué quieres hacer? Mejor dicho, ¿qué puedes hacer? —me devuelve la pregunta.
—No lo sé…, estoy confundido. Wilfred me ha pedido, por favor, que vuelva a casa. Que el Principado cada vez está peor y que el único que puede suavizar los daños soy yo. Según él, mi madre me necesita y la población espera que el heredero hable.
—¿Crees que después de tantos años confían en que aparezcas salvando a tu padre? —cuestiona James, en ese tono entre irónico e indignado que solo él puede manejar.
—Claro. Wilfred me lo ha dicho. No tengo ni idea de lo que estarán diciendo por allí, pero lo que está claro es que, tras mi huida, borraron mi nombre de todas partes. Nadie podía mencionarlo. Pero eso fue porque, durante todos estos años, no hubo una crisis de esta magnitud…
—Quizá lo mejor sí sería que fueras, Ryan —dice con más calma—. No para salvarle a él, sino para ver la situación de cerca. A fin de cuentas, nunca dejaste de ser el heredero…, ni siquiera con la dichosa firma aquella.
—Ya. Por eso mismo. Es que… por un lado creo que debería ir. Pero por otro… siento que antes tengo que solucionar lo de Brooke. Aunque claro, eso tampoco lo sabes.
—¿Qué ha pasado ahora? —pregunta James en un tono de temerse lo peor.
—Ayer vino conmigo a la oficina para coger unos papeles que necesitaba para la reunión de hoy.
Quería ahorrar tiempo y le pedí que abriera el cajón con la llave.
Y claro, adivina qué encontró. El documento de renuncia.
Salió corriendo, James. Ni siquiera me dio tiempo a explicarle nada. No quiere saber de mí.
James deja escapar un suspiro ensordecedor.
—¿Ves lo que te digo, Ryan? Durante estos años no te ha afectado porque estabas completamente centrado en tu trabajo.
Te bastaba con desaparecer bajo tu fachada de director, sin vínculos, sin compromisos.
Pero ahora… ahora tienes a alguien que te importa.
Que te importa de verdad. Y es ahí cuando te das cuenta de que el pasado no se queda quieto.
Te ha seguido aunque tú corrieras en su día para huir de él.
Cierro los ojos. Su voz se mezcla con mis propios pensamientos, que llevan horas haciendo ruido.
—¿Y cómo lo soluciono? ¿Qué hago, James? No puedo pensar con claridad. Necesito hablar con Brooke, pero ella no quiere ni verme. Y al mismo tiempo tengo que enfrentarme al Principado, dar la cara por un hombre que lleva dieciséis años sin interesarse lo más mínimo por mí.
James guarda un silencio breve, aunque lleno de intención.
—Lo primero, Ryan, es que respires —dice, finalmente, con una firmeza contenida—. Respira. No vas a arreglar todo a la vez. Ni lo de tu padre, ni lo de Brooke ni lo que ocurrió hace dieciséis años. Pero sí puedes decidir qué paso dar ahora mismo.
Guardo silencio.
Noto el pulso acelerado, la presión en el pecho. Pero también un resquicio de claridad.
—Ya sé lo que tengo que hacer. Creo que lo he sabido desde que he leído la noticia —susurro.
Y por primera vez en años, no tiemblo.
Voy a volver al Principado.
Voy a arreglar el desastre que dejé atrás.
Voy a enfrentarme a mi padre, a mi nombre, a mi pasado.
Lo haré por mí.
Y cuando todo esté en orden, volveré a por Brooke.
Porque ella merece a un hombre que no tenga que esconderse.
Y pienso convertirme en ese hombre.