21. Desconcierto
Desconcierto
RYAN
¿Qué se hace cuando el pasado del que tanto has estado huyendo destruye tu presente y amenaza con romper tus planes de futuro?
Es una pregunta que no me deja en paz desde ayer.
Sigo dando vueltas en la cama. Son las dos de la madrugada y no consigo entender cómo he podido ser tan gilipollas.
¿Qué esperaba? ¿Que podría deshacerme de mis raíces sin que, tarde o temprano, se rebelaran contra mí?
Era inevitable. Lo ingenuo fue pensar que no recaería sobre lo que más me importara en ese momento.
Ahora me pregunto, como Fleetwood Mac en Landslide : «¿Puede el niño dentro de mi corazón elevarse por encima?
/ ¿Puedo manejar las estaciones de mi vida? ».
Brooke sigue sin responder a mis llamadas.
No quiere verme. No quiere hablarme. Y la entiendo.
Ha salido corriendo de la oficina después de descubrirlo y no he sabido nada de ella desde entonces.
Me he acercado a su casa, pero no ha querido abrirme, a pesar de que la luz ha estado encendida hasta bien entrada la noche.
Odio eso de ella: que no sea capaz de darme la oportunidad de explicarme, como cuando se tragó la rabia más de lo debido por aquel comentario desafortunado…
¡Qué manía con no soltar lo que siente! ¿Lo hará algún día? ¿Será capaz de perdonarme?
Mientras continúo torturándome, mi cuerpo empieza a rendirse.
La tensión, la culpa y la falta de sueño se me pegan a los huesos como un peso insostenible.
Intento mantenerme despierto, seguir dándole vueltas a lo mismo, encontrar una salida…
, pero la tormenta interna termina por aplastarme. Y, sin darme cuenta, me quedo dormido.
Apenas cuatro horas más tarde, me despierto sobresaltado.
No abro los ojos por una pesadilla, sino por el móvil antiguo, que vibra sin descanso en el interior de la mesilla de noche.
Me incorporo con la cabeza embotada, la boca pastosa y la sensación de haberme pasado por encima un camión.
Alargo la mano, abro el cajón y lo cojo a tientas.
La pantalla me deja helado.
Ochenta y siete llamadas perdidas. Un mensaje.
Todo de un número oculto.
Tardo varios segundos en reaccionar. Ni siquiera sé si estoy entendiendo bien lo que veo. Antes de devolver ninguna llamada, abro el mensaje de texto y solo un enlace adjunto que me redirige a un diario en línea al pincharlo. Algo en mi estómago me avisa de que nada bueno va a aparecer.
La portada de la noticia que se abre en primer plano me golpea como un puñetazo:
EL PRÍNCIPE ALISTAIR DE LIRIANNE, IMPLICADO EN LA VENTA ILEGAL DE PATRIMONIO HISTÓRICO DEL PRINCIPADO PARA LA CONSTRUCCIÓN DE UN CENTRO DE EVENTOS PRIVADO
Hay fotografías del edificio, del terreno, de documentos filtrados.
Y en medio de este circo, la identidad de ese hombre iluminado como un faro en destrucción.
Siento un vuelco que me deja sin aire. Hace más de dieciséis años que no regreso al Principado de Lirianne.
Desde mis dieciocho, cuando decidí firmar aquella renuncia oficial como miembro de la casa principesca.
La misma que ha hecho que Brooke se marche sin querer saber nada de mí.
«Para protegerme», aseguraron mis padres.
En realidad, les vino bien para quitarse de encima el problema que siempre fui para ellos.
A partir de la firma de este documento, queda extinguido su nombre, su título y cualquier derecho derivado de su pertenencia al Principado de Lirianne. La Casa no volverá a mencionarlo en acto alguno, registro oficial o comunicación pública. A efectos del Principado, usted deja de existir.
Repito: «A efectos del Principado, usted deja de existir». Esas palabras fueron las que acepté en su momento. Y las he cumplido, de hecho.
Entonces ahora…, ¿por qué me llaman? ¿Qué tengo que ver yo con el desastre que ha provocado él? ¿Por qué tantas llamadas? ¿Y por qué justo hoy?
El móvil vuelve a vibrar entre mis dedos.
Número oculto. Otra vez.
En esta ocasión respondo.
—¿Sí? —digo. Espero que alguien al otro lado me explique qué narices está pasando.
—¿Alteza? Soy Wilfred. No cuelgue, por favor. Necesito hablar con usted… Creo que aquí requieren su presencia, aunque nunca lo vayan a admitir —dice en ese tono cariñoso que recuerdo tan bien.
—¿Wilfred? ¡Dios mío! ¡Cuánto tiempo! Tenía entendido que te habías marchado del principado poco después de que yo me fuera… ¿Cómo estás? Jamás habría imaginado que eras tú quien llamaba —respondo sorprendido.
Wilfred es, probablemente, la persona por la que más cariño siento de toda esa casa.
Siendo yo niño, ya era el chófer de la familia.
Nuestra relación se apagó cuando me fui, pero él siempre ocupó un lugar especial en mí.
Fue como un segundo padre: quien me cuidó y me aconsejó cuando el mío estaba demasiado ocupado, al parecer, según veo ahora, en comenzar a mover sus ventas ilícitas… Es surrealista.
—No…, terminé quedándome —responde con un suspiro leve, como si arrastrara años de cansancio contenido—. Lo hice por su madre. Ella…, bueno, sinceramente, consideré que no podía dejarla sola con su padre. No en aquel momento. No después de todo lo que empezaba a moverse en la sombra.
—Siempre noté el aprecio que le tenías. Y ella también. Nunca hizo falta que lo dijeras en voz alta. Wilfred, es que no me lo puedo creer. ¿Dónde queda la imagen respetable que tanto le ha obsesionado a mi padre? Jamás pensé que fuera tan bueno engañando.
—Alteza, escúcheme. Sé que no me va a dar la respuesta que espero, pero se lo ruego: vuelva. Aunque no quiera admitirlo, el príncipe necesita su ayuda. Está fuera de sí, como loco.
—¿Y qué quieres que haga yo? A mí nunca me escuchó…, ¿por qué lo haría ahora? Mi opinión jamás le ha importado.
—Aunque no lo crea, su padre y su madre sabían que iba a destacar donde fuera. Sabían que ellos no podían darle lo que buscaba, y no supieron gestionarlo mejor. Las normas rígidas y estúpidas de la Casa de Lirianne les superaron. Está claro que priorizaron lo que no debían.
—No creo ni que quieran verme. Por lo que he leído, mi padre no ha cambiado. ¿Y mamá? ¿Dónde está?
—Su madre fue la más inteligente. Supo hacer ver que lo apoyaba, pero en realidad lo tenía calado y se mantenía lejos de sus asuntos. Ella se alegrará de verle. Creo que, aunque siempre ha sabido mantenerse firme, ahora le necesita más que nunca.
—Wilfred… Sabes el cariño que te tengo, y que siempre he agradecido lo que hiciste por mí, pero no puedo volver. No ahora. No con mi vida patas arriba.
—¿Dónde está ahora, alteza?
No puedo decírselo. Fui yo quien pidió marcharse. Y también quien aceptó firmar, bajo juramento, con tal de huir y desaparecer. Exigí que no se me buscara, jamás. Y tengo demasiadas cosas que resolver aquí, en la vida que he construido durante estos años.
Y ahí está el verdadero motivo.
Por eso debo mantener en el anonimato mi verdadera identidad.
Por eso no puedo permitir que nadie se me acerque demasiado.
Porque Ryan Blake… no existe.
Nunca existió.
Mi nombre real siempre fue Ryan Philippe, príncipe heredero del Principado de Lirianne.
—Wilfred…, no puedo decirte dónde estoy. No ahora. Mi vida aquí se ha desordenado más de lo que imaginas, y tengo que recomponerla antes de enfrentarme a cualquier cosa.
—Hijo…, solo piénselo. No hablo de que regrese oficialmente ni de que se exponga.
Sería únicamente entre usted y yo. Nadie más tiene por qué saber dónde está si no quiere.
Pero entienda algo: aunque a ojos internos del Principado haya firmado aquel documento…
, a ojos del mundo sigue siendo el heredero.
Y la gente va a esperar que diga algo. Que actúe.
Este escándalo es demasiado grande, incluso para su padre.
—Wilfred…, dime una cosa. ¿Cómo gestionaron mi huida?
¿Cómo lo taparon? En su momento no quise buscar nada relacionado conmigo, pero lo cierto es que sigo sin entender cómo se las arreglaron para silenciar que el heredero del Principado desapareció de un día para otro.
¿Cómo pudieron actuar como si nada? —Me escucho respirar, alterado—.
No quiero volver a involucrarme en nada de eso.
No pienso ser parte de los manejos turbios, ni de los silencios ni de las apariencias del Principado.
Lo he visto demasiado cerca. Y si algún día regreso…
, será para cambiarlo todo. Para hacerlo de otro modo.
A mi manera. Según mis valores, no los suyos.
Hasta que eso no sea posible, no tengo nada que hacer allí.
Al otro lado de la línea, Wilfred guarda silencio unos segundos. Puedo oír cómo respira, cómo intenta ordenar lo que va a decirme.
—Ryan, usted no imagina lo difícil que fue.
Para todos, en realidad. —Su voz suena cansada, envejecida por recuerdos que nunca quiso decir en voz alta—.
Su huida no se gestionó. Se ocultó. Su padre contó a los medios que se había retirado a aprender relaciones internacionales en el extranjero, que quería intimidad, y ordenó que nadie hablara del tema.
Que su nombre no volviera a mencionarse.
Que todo siguiera como si nada. Algunos medios han tratado de localizarle, claro, pero parece que usted también ha sabido ocultarse, porque nadie le ha encontrado nunca.
Hasta que ha pasado esto y no me ha quedado más remedio que buscar su contacto entre los archivos de su padre.
—Hace una pausa—. Y su madre… su madre aceptó el silencio porque pensó que así le protegería.
Porque sabía que era lo único que podía hacer sin perderle del todo.
Traga saliva, como si esas palabras le abrasaran la garganta. A través de la línea percibo su esfuerzo por continuar hablando, pero también sé que va a intentarlo todo para que yo vuelva. No me equivoco.