Tras los focos 20. La gran mentira #2
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20. La gran mentira #2

No tenía intención de mirar, pero la hoja de papel grueso que ha quedado en la parte superior del montón llama mi atención y no puedo resistirme a echar un vistazo.

Mis ojos se detienen en la primera línea del documento, adornado con un membrete desconocido y un sello oficial que tampoco identifico.

Un texto en el centro, contundente. Y una firma al final que no debería estar ahí.

No.

No puede estar ahí.

El corazón me golpea el pecho como si quisiera salir.

La respiración se me rompe en la garganta.

Me quedo quieta, con la carpeta entre las manos, incapaz de entender del todo lo que estoy viendo…

y aun así sabiendo, con esa lucidez que llega en los peores momentos, que este documento no pertenece a nadie más que a él.

El impulso aparece antes que el pensamiento. Suelto las hojas encima de la mesa y echo a correr hacia la salida. No puedo mirarlo. No puedo ni respirar en la misma habitación que él.

No lo reconozco.

Y lo peor es que una parte de mí evidencia que siempre intuí algo. Que la versión de mí misma que desconfiaba tenía razón. Que he sido una ingenua de cuento por abrirme así.

Estoy en shock. Todo lo que compartí con él —mi pasado, mis heridas, mis vacíos más ocultos— se me clava en las entrañas como un error irreparable. Mi presente. Mi futuro. Cada palabra que dije confiando en él se me vuelve en contra de golpe.

Los planes. Las promesas. La vida con él que empezaba a atreverme a imaginar.

¿Dónde queda todo ahora?

No lo sé. No sé nada. Solo corro. Corro sin mirar atrás mientras, a pesar del frío, las lágrimas me arden en las mejillas. Un tipo de dolor que no responde a la lógica, el que te deja desnuda porque confiabas ciegamente. Ese golpe que solo puede darte alguien a quien le has entregado todo.

—¡Brooke, espera! ¿Adónde vas? —escucho su voz detrás.

Lejana. Como si viniera de otra vida.

Yo no puedo parar.

No deben de ser ni las siete, pero esta vez no vuelvo a casa en metro.

Pido un taxi casi sin pensar. Solo quiero desaparecer, poner distancia.

Cuando el coche arranca, saco el móvil. La pantalla se ve borrosa entre las lágrimas y el reflejo de las luces, pero aun así busco un nombre: Valentina.

No sé qué hora es en España. La necesito.

La única persona capaz de calmarme es ella.

Mi mejor amiga. La que siempre está, aunque se encuentre a miles de kilómetros.

El tono de llamada suena dos veces, y entonces su voz.

—¿Brooke? ¿Qué pasa? —murmura Vale con voz de dormida.

—¿Vale? ¿Estás ahí? ¿Te he despertado? —pregunto sin poder contener las lágrimas.

—Brooke…, estás llorando. Relájate, por favor. Respira. ¿Qué ha pasado?

Mi respiración sigue acelerada, como si no pudiera llenar los pulmones del todo.

—Ha sido Ryan. He encontrado algo… —Me llevo la mano a la boca intentando frenar el temblor—. No podía creerlo cuando lo he leído. Vale…, me ha mentido. Todo este tiempo. No es quien dice ser. —Permanezco en silencio unos segundos para tratar de controlar el sollozo—. ¿Qué hago ahora?

—Brooke, ¿cómo que te ha engañado? ¿Dónde estás?

—En un taxi. Voy camino de casa. He salido corriendo de la oficina.

Lo he acompañado a recoger unos papeles…

y ahí ha sido. No he podido quedarme. A lo mejor es injusto, pero no puedo soportar la idea de que otro hombre del que me enamoro piense que soy tan tonta como para ocultarme lo que quiera, para reírse así de mí.

Me he visto incapaz de enfrentarme a sus excusas.

—Y él, ¿cómo ha reaccionado?

—No lo sé. He escuchado cómo gritaba mi nombre cuando he salido, pero no le he dado la oportunidad de explicarse.

Solo quiero estar sola. —Me froto los ojos intentando ver algo entre las lágrimas—.

Y para colmo, esta mañana Fio nos ha dicho que en enero se va del piso.

Te lo juro, Vale…, ¿puede ir peor el día de hoy?

—No pienses eso, Brooke —dice mi amiga en ese tono que usa cuando quiere que la escuche de verdad—.

Vamos a hacer una cosa: nada más llegar al piso, ponte el pijama de tartán que te mandó tu madre para las noches frías, sírvete una copa de vino blanco, pide algo rico a domicilio y hablamos tranquilamente.

Yo me quedo contigo hasta que te duermas…

o hasta que me venza el sueño —ríe con suavidad.

—No, no, Vale… Tienes que dormir. De verdad…, duérme­te tú.

—No seas tonta y hazme caso. Te va a venir bien, ya lo verás. Además, ¿sabes qué? Voy a intentar adelantar el vuelo para ir a verte en Navidad. Total, me quedaba hasta después de Reyes. Puedo cogerme unos días más, que me los deben. ¿Te tranquilizaría?

No hace falta que responda. Vale me conoce demasiado bien. Sabe que jamás le pediría que gastara esos días en mí, pero también es consciente de que la necesito de verdad, a mi lado.

—Cuando llegues a casa, me llamas de nuevo y me cuentas lo que ha pasado —añade—. Pero por videollamada, ¿eh? Quiero verte la cara.

El taxi me deja en la puerta de casa. Subo las escaleras con las manos todavía temblando y las llaves tintinean sin compás al abrir la puerta. Entro, y el silencio me da de lleno. Al parecer, Fio y Thomas han salido esta noche. Me apoyo unos segundos contra la pared. Solo necesito un momento.

Sigo las instrucciones de Vale casi en automático: me descalzo, busco el pijama y lo abrazo contra el pecho antes de ponérmelo. Saco una copa, sirvo vino blanco y dejo que el frío cristal me calme un poco.

El móvil vibra en mi mano justo cuando termino de encender la lámpara del salón. Es Vale.

—¿Estás ya en casa? —pregunta una vez que acepto la videollamada. Su voz, aunque cansada, suena como un abrazo.

—Sí…, ya estoy —susurro.

—Bien. Déjame verte la cara.

Me acomodo en el sofá, llevando la copa conmigo. La primera lágrima cae sin permiso; intento disimularla, pero Vale la ve igual.

—Estoy aquí —repite—. No tienes que hablar si no quieres.

Asiento. El nudo de la garganta no desaparece.

La pantalla se ilumina otra vez. Un mensaje. Luego otro.

Ryan.

Brooke, por favor. Háblame. No te vayas así.

Dime dónde estás. Brooke, por Dios

Me quedo quieta.

—¿Es él? —pregunta Vale.

Asiento, incapaz de emitir sonido.

La llamada entra de golpe, sobreponiendo a la de Vale.

Llamada entrante de Ryan

La rechazo.

A los dos segundos, vuelve.

Llamada entrante de Ryan

—Brooke… —susurra mi amiga.

Aprieto los labios. Me siento pequeña. Rota. Confundida. El corazón me late tan fuerte que me cuesta escuchar la voz de Vale.

Los mensajes siguen llegando, uno tras otro, desesperados:

Estoy en la calle. Delante de tu casa, Brooke.

Por favor, sal. Necesito hablar contigo.

Brooke, déjame explicarte. No me hagas esto

Cierro los ojos. Vale está inmóvil al otro lado, como si supiera que no soy capaz de aguantar nada más hoy.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta ella.

Trago saliva.

No lo sé.

No sé nada, salvo que esta noche no puedo abrir esa puerta.

—Brooke…, respira. Estoy contigo. ¿Me oyes?

Asiento. Una lágrima más cae.

El móvil vibra otra vez, insiste, pero decido silenciarlo por pura supervivencia.

—Vale… —susurro—. No puedo hablar con él. No ahora. Ni siquiera sé si puedo hablar de lo que he visto.

—Entonces no lo hagas. Está bien.

Y así, con la luz tenue del salón, el pijama de tartán y la videollamada parpadeando sobre mis rodillas mientras Ryan sigue imparable desde la oscuridad del otro lado, sé que este capítulo de mi vida acaba aquí.