20. La gran mentira
La gran mentira
brOOKE
—Ryan… —susurro mientras le empujo suavemente con la rodilla—. Venga, cariño, muévete un poco. Tengo que desayunar y Fio nos espera a Thomas y a mí en el piso a primera hora. Dice que tiene algo importante que contarnos, y no quiero llegar tarde.
—Mmm… —gruñe, sin abrir los ojos, aferrado al edredón—. Dame un minuto…, ya voy.
Sé que no va a moverse. Siempre dice que «ya va» y siempre se queda un rato más, calentito.
Y la verdad, me encanta verlo así: despeinado, medio escondido.
Me dan ganas de meterme otra vez bajo las sábanas con él, sobre todo con los cero grados que hace fuera.
El frío se cuela por la ventana y me eriza la piel hasta dentro del pijama de seda.
Me acerco un poco más a la cama y le aparto un mechón de la frente.
—Si te quedas así mucho rato, me vas a convencer para no salir —murmuro.
Ryan sonríe sin abrir los ojos, esa sonrisa pequeña que me reserva solo a mí.
—Pues quédate —dice con la voz ronca de sueño—. Cinco minutos.
Cinco minutos… Ojalá. Pero Fio nos espera, y esa conversación de compis de piso es inaplazable. Aun así, me permito un segundo más mirándolo, sintiendo ese tirón de pecho que me recuerda lo rápido que me he acostumbrado a despertar con él.
—Venga, perezoso —le digo, pero ya sin fuerza—. Te preparo café si te levantas.
—Vale, vale… —responde, y se ríe bajito—. Ahora sí que voy.
Un par de minutos más tarde, aún continúa desperezándose en la cama. He cumplido mi promesa de hacer café, pero debo salir ya de casa o no llegaré a tiempo.
—Ryan, te dejo la taza en el mármol —le aviso mientras me ajusto la bufanda—. Ven, dame un beso, que me marcho ya.
Él se acerca medio dormido, me rodea la cintura con las manos frías y me da ese beso que siempre me deja con ganas de otro. Lo suelto a regañadientes y salgo de casa.
El trayecto en metro hasta Queens es el de siempre, pero hoy el frío cala distinto, como si la ciudad hubiera decidido que ya es invierno de verdad.
Cuando por fin llego, empujo la puerta y me quito el que es mi abrigo favorito, recto de mangas abullonadas y corte oversize , bajo la firma de Almada Label.
Después, deslizo la bufanda de cashmere por el cuello mientras el calor de casa empieza a envolverme.
Fio y Thomas ya están en el sofá, sentados muy juntos. Fio tiene las manos entrelazadas, como si estuviera repasando algo en su cabeza.
—Chicos…, tengo que deciros algo —empieza, respirando hondo—.
Ya sabéis que terminé el periodo de mentoría en Columbia antes de tiempo por las pruebas oficiales de la ESA…
Pensé que tendría más margen, pero no. Me voy en enero.
—Levanta los ojos, brillantes—. Quería avisaros con tiempo, para que podáis buscar a otra compañera o lo que decidáis…
Me sabe fatal dejaros. De verdad. Os voy a echar muchísimo de menos.
La voz se le quiebra en la última frase y, cuando intenta sonreír, una lágrima se le escapa antes de que pueda evitarla.
—Pero ¿ya te han asignado misión? —pregunto con curiosidad.
—No, no. La misión de la que os hablé sigue sin luz verde, así que no son los entrenamientos específicos. Pero sí empezaré las pruebas básicas, las de habilidades esenciales. Las que determinan si puedo ser apta para misiones concretas. Es un lío —dice Fio, riéndose un poco de sí misma.
—Entiendo… Jo, Fio. Te voy a echar muchísimo de menos.
Me siento orgullosísima de ti, pero al mismo tiempo no quiero que te vayas.
Hemos hecho un equipazo aquí los tres. No somos los mismos que cuando llegué.
—Los miro, consciente del cariño enorme que les tengo a ambos, incluso a Thomas, aunque me sorprenda darme cuenta de ello.
Thomas no dice nada, por supuesto. Fio y yo sabemos que, cuando algo le importa de verdad, se encierra aún más detrás de esa armadura gigante que lo protege. No esperamos que hable. No lo necesitamos. Su silencio ya dice suficiente.
—Pero bueno —continúa Fio secándose una lágrima mientras intenta sonreír—, todavía queda pasar la Navidad. Este año lo haremos juntos. Prometedme que vamos a exprimir al máximo mis últimos días en Nueva York.
—Me parece perfecto —digo—. Tengo un plan para vosotros. Al mediodía he quedado con Ryan cerca de Top of the Rock; ¿por qué no vamos ahora dando un paseo y nos pedimos una taza de chocolate con nubes y nata? Espero a que os duchéis y os cambiéis de ropa.
—¡Qué hambre, Brooke! —exclama Fio, y Thomas asiente, todavía silencioso pero con un asomo de sonrisa—. Me parece la mejor idea para combatir el frío que hace hoy.
El interior de La Maison du Chocolat en Rockefeller Center nos aleja del caos de Midtown.
En cuanto cruzamos la puerta, nos recibe un espacio elegante sin pretensiones: paredes en tonos chocolate y crema, iluminación suave, grandes ventanales y un aroma a cacao, mantequilla y café que invita a quedarse más de la cuenta.
Las vitrinas exhiben bombones y trufas como pequeñas obras de arte, concebidas para los paladares más exquisitos.
Cuando llega nuestra taza de chocolate caliente —humeante, con las nubes derritiéndose en la superficie—, el lugar se vuelve incluso más acogedor.
Es como si todo estuviera preparado para que el día avanzara con buen pie.
Después de dejar a Fiorella y Thomas terminándose su chocolate —los dos hablando con la boca llena de nata, incapaces de decidir si el bombón de caramelo o el de praliné es el mejor— me pongo el abrigo y salgo a la calle, donde el aire helado me golpea las mejillas.
Camino hacia la pista de patinaje de Rockefeller Center esquivando turistas que sostienen sus cafés y parejas que se amontonan para hacerse fotos bajo el icónico árbol.
Suenan villancicos de fondo, que acompañan a los patinadores en sus torpes bailes. Ryan ya debería estar aquí.
Aparece por fin, unos quince minutos después, justo cuando estoy a punto de llamarlo.
Sonríe, un poco culpable, y me toma de la mano mientras cruzamos a paso vivo entre el bullicio navideño de la plaza.
Llegamos con algo de retraso a Le Rock, la brasserie francesa que un conocido le recomendó y que teníamos pendiente.
Salimos casi tres horas más tarde —después de un steak au poivre para él y un duck aux épices para mí—, y me sorprende descubrir que ya está atardeciendo en Nueva York.
Ryan se ajusta la bufanda mientras caminamos por la acera, y yo meto las manos en los bolsillos del abrigo intentando conservar el calor.
La forma en la que esta ciudad sabe encenderse es única: luces blancas rodeando los troncos de los árboles, escaparates repletos de guirnaldas, y un hilo lejano de melodías navideñas que se mezcla con los pitidos del tráfico.
Las calles están llenas, pero no con ese aire agobiante que trae el verano; hay una especie de suavidad en la multitud.
Parejas cargadas con bolsas de compras, niños reclamando juguetes, perros con abrigos que ya quisiera medio Manhattan, vendedores ambulantes cuya voz entusiasta consigue volver más llevadero el letargo del anochecer.
De pronto, él se detiene un segundo, como si recordara algo.
—¿Te importaría acompañarme a la oficina un momento? —dice volviéndose hacia mí con una sonrisa leve—. Necesito recoger unos documentos para la reunión de mañana. Prometo que no tardamos nada.
—Claro —respondo sin pensarlo.
Nos ponemos de nuevo en marcha.
—¿Tienes oficina por aquí? —pregunto sorprendida—. Pensaba que trabajabas más desde casa o desde los rodajes.
—La uso poco —responde—. Es más para reuniones que para trabajar.
Pasados unos veinte minutos, Ryan señala la puerta de un edificio.
—Es aquí.
La oficina es tan discreta como él: una puerta de cristal, ningún rótulo que indique actividad dentro, paredes blancas sin decorar y, en el interior, solo una mesa larga rodeada de sillas. Al fondo, una pequeña habitación contigua alberga un escritorio y multitud de cajas apiladas.
Ryan deja sus llaves sobre la mesa y se inclina hacia una pila de carpetas abiertas junto a la entrada.
—Un segundo… —murmura hojeando los papeles—. Me faltaba revisar esto antes de mañana.
Pasa las páginas con rapidez, concentrado, como si hubiese encontrado algo que tiene que resolver en este mismo instante. Sin mirarme, agrega:
—¿Te importaría ir tú a la sala del fondo? Es donde está la documentación que te decía, en una carpeta azul. Debería encontrarse en el cajón que verás debajo del escritorio. Está cerrado, pero tienes la llave en un sobre, en la estantería de la derecha. Si no lo ves, avísame.
—Claro —respondo.
Camino hacia la habitación en cuestión. La luz es más tenue allí y el aire huele a papel viejo y cartón.
Se nota que no viene muy a menudo por aquí.
En la estantería encuentro el sobre blanco que me ha dicho Ryan, con una pequeña llave en el interior.
Me agacho frente al mueble bajo y encajo la llave en la cerradura.
Cede con un clic, pero el cajón ofrece resistencia, como si la madera hinchada por la humedad se negara a abrirse del todo.
Raspa contra el marco antes de deslizarse con un quejido áspero.
Dentro distingo varias carpetas apiladas sin ningún orden evidente.
Busco la azul, pero no está a la vista. Arriba del todo hay una carpeta marrón, gastada, con los bordes doblados.
Parece bastante antigua; las gomas que deberían mantenerla cerrada han cedido completamente, de manera que queda entreabierta, y cuando la cojo para apartarla, su contenido resbala hacia el exterior, desparramándose por el cajón.
Con la sensación de estar entrometiéndome donde no me llaman, recojo los documentos haciendo una pequeña pila, y me dispongo a devolverlos al interior de la carpeta.