19. El otro lado de la moneda #2
A lo largo de las casi dos horas que dura la película, Brooke y yo nos hemos convertido un poco en Jesse y Céline.
Nos hemos dejado llevar por sus diálogos, sus silencios, sus sarcasmos…
y, como ellos, nos hemos permitido simplemente disfrutar del presente.
Tanto es así que Brooke aprovecha la música de los créditos para meterse, por fin, en ese asunto que lleva guardándose desde que coincidimos en la cafetería.
—Me sorprendió mucho viniendo de un director como tú, Ryan.
Ni siquiera te conocía lo suficiente como cineasta, y aun así juzgué lo que escuché.
Sé que debería haber preguntado o investigado más, pero…
«preocuparse menos por demostrar que son fuertes y más por interpretar buenos personajes».
¿Cómo esperabas que tu público interpretara una frase así?
—Lo sé, Brooke, pero… ¿qué querías que hiciera? Yo no encajo en las multitudes, ni en la prensa ni en los focos. Ya lo habrás visto. Tergiversaron lo que dije.
Hago una pausa, respiro, y continúo:
—La verdad es que llevaba semanas peleándome con el estudio para que aceptaran que mi próxima película (la que proyectaba estrenar el año que viene) estuviera guionizada por una mujer.
No quisieron. Según ellos, los personajes femeninos que propuso «no parecían lo suficientemente fuertes».
Y me encendí —admito exasperado—. No lo entienden.
¿Acaso tenéis que estar todo el tiempo demostrando lo fuertes que sois?
Sois vosotras mismas, artistas. Y con eso debería bastar.
Ahora creo que no tendría que haber hablado de un tema que no me afecta, pero en ese momento me salió así.
Veo en sus ojos que agradece mi verdad.
—Alessia me contó algo de esta polémica en la gala —dice—. Cuando me vio tan ofuscada por una declaración sacada de contexto. Debí escucharla antes de juzgarte.
Guarda silencio. Baja la mirada. Tiene ese gesto de quien intenta acomodar dentro de sí una realidad distinta a la que ha estado percibiendo hasta ahora.
—Bueno, no eres la única que lo hizo —le digo, pensando en la autora del blog que ocupa tantos de mis pensamientos.
Pero este no es el momento de entregarme a fantasías absurdas, no cuando estoy aquí con una mujer de carne y hueso que me gusta más de lo que nadie me ha gustado en mucho tiempo. Me arrimo a ella y continuó:
—Si yo hubiera escuchado lo mismo que tú, habría reaccionado igual. Cualquiera lo haría. Lo importante es que estamos aquí. Y que por fin hemos podido hablarlo.
Ella aprieta los labios, frustrada.
—Sí…, pero me siento como una inútil.
Rodeo a Brooke con mis brazos, solo para intentar subirle el ánimo, pero es ella quien me sorprende acercándose y rozando mi boca con la suya.
El beso llega sin aviso, cálido, seguro, como si nuestros labios hubieran sido diseñados para encontrarse así.
No es un beso cualquiera. Después de haber pasado la noche juntos y de hablar por fin de algo que llevaba pesándole más de lo que imaginaba, percibo en su respiración una calma nueva, una placidez que me contagia.
Cuando el beso se disuelve, Brooke se aparta apenas unos milímetros. Lo justo para mirarme. Sus ojos tienen un brillo diferente, como si algo importante hubiera terminado de asentarse dentro de ella.
No dice nada. Yo tampoco lo hago. Y no hace falta. Apoyo mi frente contra la suya, todavía rodeándola con los brazos. Su respiración está tranquila, más tranquila que en toda la mañana. Me regala una sonrisa sutil, una de esas que duran poco pero que lo dicen todo.
—Gracias —susurra.
—¿Por qué? —pregunto bajito.
—Por… esto. —Hace un gesto vago con la mano entre nosotros que simula abarcarlo todo: el beso, la conversación, la noche pasada—. Por escuchar. Por no huir.
Sonrío.
—No pienso irme a ninguna parte.
Ella respira hondo, como si necesitara guardar esa frase en algún sitio seguro. Y luego ladea la cabeza, observando el Roxy Cinema vacío a nuestro alrededor.
—¿Nos vamos? —pregunta con una voz tranquila, casi suave.
—Sí —respondo sin soltar su mano—. Este sótano nos va a coger cariño si nos quedamos más.
Brooke ríe. Ese sonido… ese sonido sí que podría quedarse a vivir aquí. Y también en mí.
La ayudo a levantarse y subimos las escaleras juntos, sin prisa. Al salir al lobby del hotel, el mundo parece distinto. No sé si es el aire fresco o lo que acaba de suceder entre nosotros, pero la ciudad ya no pesa tanto.
—Tengo hambre —admite ella mientras ajusta su bolso al hombro.
—Perfecto —digo—. Hay un lugar de food truck cerca que hacen unas quesadillas de escándalo. Y si no te convence, podemos improvisar, de nuevo como Jesse y Céline.
Brooke sonríe, resignada a que mis referencias cinematográficas van a perseguirla para siempre.
—Vamos —dice al tiempo que cruza la puerta del Roxy conmigo—. Pero yo elijo el postre.
—Trato hecho.
Paseamos por las calles húmedas de septiembre.
Camino muy pegado a ella, atraído por una especie de fuerza magnética que me impide separarme demasiado.
Cogemos varias quesadillas y, ya que ninguno quiere que la noche termine, añadimos una crepe de chocolate para compartir.
Seguimos andando mientras hablamos. Ella me mira de vez en cuando, como si estuviera asimilando que es ella, y que soy yo. Yo le devuelvo la mirada igual.
Cuando llegamos a su edificio, después de bajarnos del coche, se detiene, se gira hacia mí y me lanza media sonrisa que ya empiezo a reconocer como peligro.
—¿Subes? —pregunta en un tono neutro…, pero sus ojos son incapaces de mentir.
La miro un segundo más, el justo para saber que este momento va a cambiarlo todo. Asiento despacio.
—Claro que subo —respondo—. No quiero irme ahora.
Y cuando sigo sus pasos, algo me dice que estoy cruzando un límite del que ya no habrá vuelta atrás.