Tras los focos 19. El otro lado de la moneda
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19. El otro lado de la moneda

El otro lado de la moneda

RYAN

No puedo dejar de pensar en cómo ha temblado cuando me he inclinado para besarla.

Sigue pegada a mí, como si el salón entero conspirara para acercarnos aún más.

La tensión entre los dos es tan intensa que apenas recuerdo cómo se respira.

La miro, completamente rendido a ella, deseando que la noche nos pertenezca sin interrupciones.

Llevo una mano a su nuca y el tercer beso se convierte en un cuarto, y luego en un quinto que me hace olvidar el resto del mundo.

Me descalzo sin molestia alguna, solo para acercarme a su altura, aunque ella, al haberse desecho de sus tacones, aún tiene que alzar bastante el cuello para encontrar mis ojos.

—Sé que al principio te tenía cruzado, pero… no voy a mentir: llevo tiempo sintiendo esta necesidad de acercarme a ti, aunque no quisiera admitirlo —reconoce.

—Brooke, a veces solo tienes que dejarte llevar. Y en este caso, espero que lo hagas conmigo.

La acerco hasta que su espalda toca la isla de la cocina.

Me detengo un instante para mirarla, y casi pierdo el control cuando me devuelve una sonrisa que lo dice todo sin necesidad de palabras.

Olvidada la cena, la tomo por la cintura y la alzo con facilidad para sentarla sobre el mármol, sin dejar de sostenerla. Ella mantiene sus manos en mis hombros.

—Recuéstate —susurro.

Obedece, inclinándose hacia atrás, y sus piernas quedan a ambos lados de las mías, invitándome a pegarme un poco más.

Me inclino sobre ella, y lo único en lo que puedo pensar es en su respiración acelerada rozando mi boca, marcando el ritmo entre los dos.

En sus ojos veo la conjunción perfecta de nervios y deseo, un reflejo exacto de lo que me está pasando a mí.

La tensión es tan eléctrica que cada movimiento parece inevitable.

—Ryan… —susurra Brooke, cogiéndome de la camisa para arrastrarme hacia ella con más impaciencia de la que esperaba.

—Estás preciosa. ¿Quieres seguir?

Me resulta imposible apartar la vista de la peca de su mejilla; hay algo obscenamente atractivo en ella. Su respiración se agita. Sus pupilas, demasiado sinceras para este momento, me desarman.

—Sí —responde, como si por fin se rindiera a lo evidente.

Le sujeto la cara con ambas manos, sintiendo cómo se estremece ligeramente bajo mis dedos. En el instante en que mi boca encuentra su cuello, ella deja escapar un suspiro que me enciende la piel.

—No pares… —me pide con una risa nerviosa que estalla cuando nuestros labios vuelven a rozarse.

El espacio entre nuestros cuerpos desaparece. Brooke se apoya en la encimera e inclina la cabeza hacia atrás. Está espectacular con el cabello cayéndole sobre los hombros. Termino de deshacerme de su vestido.

Tiene esa forma de mirar, intensa, curiosa, como si buscara leerme por dentro constantemente… No hay muchas cosas que me hagan sentir tan vivo.

Brooke me atrae hacia ella sujetándome por mi cadena de plata.

Me ladea la cabeza y su boca se desliza por mi cuello.

Siento un escalofrío que me recorre entero.

En cualquier momento voy a perder la compostura.

Sus dedos se enredan en mi camisa, tirando de ella hasta medio desabrocharla.

No sé si intenta quitármela o simplemente necesita tocarme, pero yo también empiezo a quedarme sin aire.

El resto del salón desaparece; solo existe esta urgencia leve, que llevamos tiempo conteniendo.

—Brooke… —Mi voz suena rota.

La alzo con cuidado y ella rodea mi cintura con las piernas. Su risa se mezcla con la mía mientras avanzamos a trompicones hacia el dormitorio. La pared del pasillo nos detiene un segundo. La lámpara se sacude al chocar cuando ella vuelve a besarme, más profundo esta vez.

—Mírate… ¿Dónde quedó la señorita «todo bajo control»? —digo con esa sonrisa que uso para provocarla adrede.

—Cállate y ven aquí —responde riéndose contra mi boca.

Llegamos a la habitación casi sin darnos cuenta. Caemos sobre la cama con una torpeza que hace del momento algo tierno y especial. Mis manos recorren su espalda y ella me busca con una confianza que no habíamos compartido hasta ahora.

Su respiración se acelera. La mía también.

Incluso a oscuras, me parece ver cómo le brillan los ojos, el único faro que necesito en estos momentos.

Por primera vez, nos rendimos a la experiencia de sentir.

Nada más. El mundo se reduce a nosotros dos, a ese segundo suspendido entre lo que éramos y lo que estamos a punto de ser.

Esta noche no podría asegurar si es ella quien me está salvando, o si soy yo quien se está perdiendo en ella.

Me despierto antes de lo que debería. Puede que sea por la luz, por el calor… o por el miedo a que todo haya sido un sueño.

Abro un ojo. Brooke está a mi lado. Dormida. Recogida en sí misma. El pecho me aprieta. No sé si es por ella o por la culpa que me invade cuando pienso en lo que todavía no sabe de mí.

Sacudo la cabeza. No ahora. Ahora no.

Ella se mueve, muy poco, pero lo suficiente como para que la sábana se deslice y su pelo se extienda por la almohada. Parpadea, perdida, y cuando por fin enfoca la vista, me mira.

Me mira a mí. Se queda quieta. No dice nada, solo observa.

Sé que está teniendo una batalla contra sí misma dentro de su cabeza.

Lo noto. Lo huelo. La conozco lo suficiente como para saberlo.

No es que esté distante; es que todavía no me ha dado la oportunidad de aclararle algo que sigue reconcomiéndola.

Y aunque no debería tardar en hablarlo…, no quiero arruinar este momento.

Le paso la mano por la cintura y tiro suavemente de ella hacia mí hasta que su cabeza se posa en mi pecho.

Hay conversaciones que todavía no hemos tenido.

Secretos que continúan flotando en el aire.

Culpas que me siguen persiguiendo.

Pero ahora mismo… ella está aquí. Y yo también. Elijo a Brooke, y elijo quién soy cuando estoy a su lado.

Son las ocho y media de la mañana cuando, después de pasar más de una hora abrazados sin decir gran cosa, por fin saltamos de la cama para ducharnos.

El agua nos despeja lo justo para volver a parecer personas.

Luego bajamos al local que está justo debajo, ese que presume —con razón— de hacer los mejores açaí bowls y yogur griego con granola de todo el SoHo.

Desayunamos sin prisas y después la acompaño a casa, caminando juntos por una ciudad que aún bosteza en este último lunes de septiembre.

Antes de que Brooke cierre del todo la puerta de su apartamento, no puedo evitar frenarla con una sonrisa que se me escapa sola. Me he quedado con ganas de más, y quiero seguir pasando el día con ella.

—Tengo una sorpresa para ti —le digo—. ¿Tienes algo que hacer esta tarde?

—¿Esta misma tarde? —sonríe ella con incredulidad.

—¿Qué te parece si quedamos a las seis en punto frente al Roxy Hotel? Esta vez vístete cómoda, me lo vas a agradecer.

Ella abre la puerta un poco más, me mira con los ojos entrecerrados y se ríe.

—¡Qué miedo me das, Ryan! Pero supongo que he decidido confiar en ti.

Paso la mañana leyendo guiones para posibles proyectos y contestando correos que he pospuesto por estar fantaseando con Brooke, pero que ahora reclaman mi atención de forma inevitable.

También hago una llamada que será clave para el plan de esta tarde, a un contacto que me debe un favor.

Tras lo que me parece una eternidad, por fin puedo salir de casa de nuevo y conducir hasta el lujoso hotel boutique, donde aparco a la hora acordada.

Puntual. Brooke llega con unos minutos de retraso.

—¿Tan formal es la sorpresa? —pregunta mirando la fachada art déco , como si intentara adivinar qué he planeado.

Sonrío.

—Depende. ¿Te dan miedo los sótanos?

—¿Qué? —Frunce el ceño divertida—. No me digas que tu sorpresa huele a humedad.

—Confía un poco en mí. —Le tiendo la mano.

La acepta. Primer punto a mi favor. Entramos en el lobby del hotel, con ese ambiente que rinde homenaje al pasado cinematográfico y musical de la Nueva York de los años veinte.

Ella intenta leer las señales, buscar carteles, averiguar hacia dónde nos dirigimos… Pero no hay nada. Solo un camino discreto con una escalera medio escondida.

—Ryan, ¿qué es este sitio?

—Un pedacito de la ciudad que casi nadie conoce.

—¿Y por qué me da la sensación de que lo has reservado solo para nosotros?

—Porque soy muy convincente —digo guiñando un ojo.

Cuando llegamos abajo, nos da la bienvenida un cartel iluminado: ROXY CINEMA . Pequeño, íntimo, elegante. Un cine independiente para cinéfilos como yo, o como Brooke, que se queda quieta. Y puedo ver cómo algo se ilumina en su interior.

—¿En serio? —susurra.

—Ciento dieciocho butacas. Pero hoy solo dos están reservadas —explico abriendo la puerta del cine—. Las nuestras.

Dentro, las luces están bajas. La alfombra roja huele a historia. Las butacas de terciopelo parecen sacadas de una película. En el fondo, sobre una mesa rectangular, nos esperan dos cócteles de autor y un par de cuencos enormes de palomitas, dulces y saladas.

Brooke baja las escaleras de la sala con una sonrisa que intenta disimular y se sienta a mitad de una fila, exactamente donde yo habría elegido.

Cuando me acomodo a su lado, la pantalla se enciende.

Nuestras rodillas se rozan. Guardamos silencio…

hasta que ella, incapaz de resistirse, rompe el momento.

—¿Y cuál va a ser la película que proyecten para nosotros? —pregunta intrigada.

— Antes del amanecer —respondo—. Como Jesse hizo con Céline, yo también te habría convencido para recorrer Viena de noche contigo.

—Me gusta —dice con una mirada llena de complicidad.