Tras los focos 18. La magia del ballet #2
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18. La magia del ballet #2

Yo no respondo. No puedo. Una mezcla de vértigo y emoción me invade. Cierro los ojos un instante. Respiro.

Y ahí mismo, la escena se difumina. Durante las siguientes veinticuatro horas, todo lo que hago es en piloto automático, hasta que ya es por la tarde y apenas queda un rato para que Ryan pase a por mí.

Abro el cajón donde guardo mis pendientes.

Elijo los más delicados. Son las 18.05. El vestido me espera sobre la cama.

Me lo ha enviado Alessia esta mañana: ha conseguido que un showroom me cediera el diseño.

«Vas a estar espectacular», ha escrito en la tarjeta que acompañaba la pieza.

Esta noche, gracias a ella, voy a deslumbrar con un vestido y un blazer de la colección de primavera de Carolina Herrera.

Una confección en tul con palabra de honor, microvolantes, corte ajustado y largo midi acampanado, adornada con cristales.

En cuanto a los complementos, he culminado el look con salones en charol negro con delantero en punta y clutch en piel con solapa, y un broche a modo de cierre.

Respiro, abrazo a Fio, que me suelta un silbido de admiración cuando paso por el salón, y salgo de casa.

La noche de hoy promete ser de película.

Las escaleras del Lincoln Center están repletas de invitados ascendiendo hacia la entrada principal, enfundados en tejidos oscuros, brillos elegantes y perfumes que flotan.

Ryan me ofrece su brazo antes de desaparecer entre la multitud, y ese gesto envolvente me anuncia lo que está por venir.

En la fachada iluminada del New York City Ballet me veo reflejada: este vestido, que deja los hombros al descubierto y alarga visualmente el cuello, estiliza como ninguno.

Una apuesta minimalista que se eleva por completo bajo las luces del entorno.

Él, a mi lado, con chaqueta de esmoquin negra de solapas en pico de seda, camisa blanca con gemelos diminutos, pajarita negra, pantalón a juego, zapatos en charol negro y su Cartier, el mismo con el que desfiló en la gala.

Ryan encaja con todo: con la ciudad, con la noche… y, sorprendentemente, conmigo.

Tras ascender por los escalones de moqueta borgoña, que te sumergen en la experiencia nada más llegar, un acomodador nos guía hasta nuestras butacas.

Camino junto a Ryan, aprovechando esos segundos para contarle algo sobre la función que estamos a punto de presenciar: un tributo a la exuberancia de Nueva York, con coreografía de Balanchine y música de Gershwin.

Puro Broadway clásico, jazz sofisticado y nostalgia neoyorquina, una emulsión que solo los años veinte y treinta podían tener.

—Es como ver una novela de Fitzgerald hecha movimiento —suspiro.

—Suena perfecto para esta noche —responde.

El cuchicheo del público llena el teatro con un telar de voces suaves y de risas contenidas.

Las luces tenues bañan la sala y hacen brillar los programas que la mayoría sostenemos con la mano.

En el foso, los músicos afinan sus instrumentos.

Detrás del telón, se intuyen los bailarines preparándose.

De pronto, los focos comienzan a descender lentamente.

El murmullo cesa en cuestión de segundos.

El silencio se vuelve solemne. Sé que lo que está a punto de ocurrir es tan efímero como precioso.

Cuando miro a Ryan, lo encuentro inmóvil, con la mirada fija en el escenario; y al sentir la mía, él responde del mismo modo.

Hay en ese intercambio algo sutil, casi imperceptible para cualquiera salvo para nosotros.

Nuestra compenetración fluye con naturalidad, como un gesto ensayado al milímetro que acompasa la función.

Ellas, con minivestidos de danza confeccionados en capas para otorgar movimiento, se mueven dentro de una paleta que va del fucsia al celeste, intensificada por destellos joya, dejándose llevar por la melodía como si volaran.

Ellos evocan la vida urbana de la ciudad, con trajes negros de reflejos sutiles que la iluminación, medida con intención, se encarga de realzar.

El espectáculo llega a su fin y los aplausos hacen vibrar la sala. El alumbrado se enciende y, mientras el público comienza a levantarse, Ryan se inclina hacia mí con esa naturalidad que siempre me desarma.

—¿Te apetece cenar en mi casa? —susurra, como si fuera una continuación íntima de la función.

Apenas sonrío. La proposición me ha tomado por sorpresa, pero me hace muy feliz.

Frunzo los labios para contener una risa suave.

—¿Cenar en tu casa después de tanto glamour? —digo alzando una ceja. Y después de un segundo, añado—: Vale…, pero solo si pedimos algo indecentemente sencillo. Me encantaría, Ryan.

Mi respuesta afirmativa queda suspendida entre nosotros mientras dejamos atrás el bullicio del Lincoln Center y pedimos un taxi.

Al llegar, Ryan abre la puerta principal de su edificio y me indica con la mano que pase primero.

Cuando cruzo el umbral de su apartamento, me invade una paz que pocas veces he experimentado.

No es uno de esos lugares llenos de luz, decoración familiar y mobiliario bonito…

, pero hay algo en él que es suficiente para mí.

Nada más entrar, me fijo en la alfombra marrón oscuro que ocupa el centro del salón.

Por su apariencia, intuyo que es nueva, así que no dudo en descalzarme.

—Los puedes dejar allí, si quieres —me aclara señalando el mueble de metal que tiene en el recibidor.

Tras sentir cómo el frío del suelo me cala en los pies, me dirijo hacia el sofá. Al momento, Ryan se acerca lentamente por detrás y, antes de que pueda girarme, me tiende una copa de vino acompañada de una curva divertida en los labios.

—Blanco y bien frío, como te gusta.

—No dejas de sorprenderme, Ryan. Gracias —digo con una sonrisa traviesa.

Él no tarda en recorrerme de arriba abajo con la mirada, buscando esa brizna de picardía que ya no pretendo esquivar. Juega con la comisura de su boca, y no hay gesto que deshaga mis defensas con tanta facilidad.

—Ven, Brooke, siéntate aquí —me dice señalando la alfombra mientras acumula cojines en el suelo y apoya la espalda en el borde del sofá—. ¿Qué te apetece cenar? Tengo quesos y embutidos. Podríamos comerlos con pan, frutas, frutos secos… y una botella de vino extra.

—Me has leído la mente. ¡Qué hambre!

Durante los próximos minutos, Ryan orbita por el salón, recolocando cojines y vasos, como si necesitara que todo estuviera perfectamente alineado, y después se dirige a la isla de la cocina para empezar con los preparativos.

Me tomo la libertad de acercarme y abrir los armarios, uno a uno, hasta encontrar los platos mientras él corta el queso.

Al volverme, después de haberle dado la espalda apenas unos segundos, su mirada vuelve a rozarme.

Nuestros ojos se enganchan. Todo a nuestro alrededor parece contraerse, como si el aire se retirara para dejarnos solos.

Él da un paso. Yo respiro hondo sin pensarlo.

Y cuando su mano roza la mía —un roce casi accidental— el resto se vuelve inevitable.

Sus labios buscan los míos. Un beso que ya no contiene nada, que promete y que me vuelve vulnerable.

Y justo cuando el calor de nuestras bocas amenaza con borrar cualquier distancia, me aparto apenas un milímetro, lo suficiente para reconocer que, en él, encuentro todo lo que me hace bien.