18. La magia del ballet
La magia del ballet
brOOKE
El taller de cerámica huele a madera, arcilla húmeda, jazmín marchito y a notas de vino tinto con frutas negras.
Una mezcla imposible que, por alguna razón, consigue calmar a Alessia más rápido que cualquier terapia, o eso me ha contado.
Fuera, la ciudad sigue rugiendo bajo una lluvia fina; dentro, en cambio, el tiempo discurre con una lentitud nueva.
La luz del local es cálida, emitida por bombillas retro que cuelgan del techo sujetas por nudos de cuerda.
Los tornos funcionan como auténticas herramientas de relajación, con un zumbido suave y constante que te invita a entrar en un universo en el que la serenidad es la soberana de la ecuación.
Con las manos hundidas en la arcilla y el pelo recogido con un lápiz manchado de esmalte rosa seco, giro el torno con una concentración que solo interrumpo para darle un sorbo al vino —siempre de uva blanca—.
El cuenco que estoy moldeando empieza a inclinarse demasiado hacia un costado, pero no me importa.
He aprendido que la arcilla, igual que la vida, rara vez sigue las instrucciones al pie de la letra.
Cuando la campanilla de la puerta tintinea, no levanto la vista. Sé perfectamente quién es.
—Llegas tarde —digo con una sonrisa que se adivina incluso sin verla.
Solo entonces levanto la mirada, dejando el torno girando despacio.
—Y necesitas vino —añado—. Urgentemente.
Alessia toma asiento a mi derecha, en el espacio que le he reservado nada más entrar en este refugio creativo.
Llevábamos sin vernos desde la noche de la gala y decidimos ponerle remedio.
Y, por supuesto, tengo que contarle lo que pasó anoche con Ryan.
Nuestro primer beso. Los labios de Ryan todavía siguen reclamando territorio en mis pensamientos.
He pasado la noche entera dando vueltas en la cama, intentando averiguar cómo afrontar una situación que se me ha ido completamente de las manos.
Necesito compartirlo con alguien que lo conozca tan bien como ella; al fin y al cabo, según me dijo en la cena, coincidieron durante la promoción de la primera película de Ryan y, desde entonces, no han dejado de escuchar el uno del otro.
Nos ponemos al día con el trabajo, ella me cuenta sus proyectos y yo le informo de mis artículos, hasta que siento que, si no hablo de lo que ocupa la mayor parte de mi atención, voy a estallar.
—Alessia, hay algo que tienes que saber —murmuro con una sonrisa tímida.
—¿Qué te ha pasado esta vez? ¿En qué te has metido? —replica con ojos cómplices.
Por un instante me quedo clavada, incapaz de soltar una sola palabra.
—A… Anoche nos besamos.
—¿Cómo? ¿Quiénes? No hablas de Ryan, ¿verdad?
Alessia lo entiende en cuanto me mira. Pocas veces he estado tan nerviosa. No dejo de marear el pincel agitándolo en todas las direcciones posibles.
—¡No me lo puedo creer, Brooke! ¡Ya me lo estás contando con todo lujo de detalles! —insiste sin esconder su entusiasmo.
No puedo evitar reírme con su reacción.
—Pues… todo comenzó por la mañana, cuando me lo encontré en una librería.
Allí los dos nos sinceramos y admitimos que nos gustaría volver a vernos, así que quedamos para la tarde.
Fuimos a un micro abierto de jazz y terminamos el día sentados en un banco cualquiera, comiendo pizza y besándonos bajo las luces nocturnas de Manhattan. Ya sabes…
—¿En qué clase de película vives tú, Brooke?
Me parece asombroso que hace unos días me estuvieras hablando de tu devoción por la narrativa de Ryan, el blog, la rabia que tenías por su declaración…
y de las dudas que arrastrabas sobre tus sentimientos.
Te noto bastante más tranquila con todo eso, ¿no?
—Bueno…, tengo que admitir que aún hay cosas que no terminan de cuadrarme.
Por ejemplo: cuando alude a su vida pasada, parece que hay algo anclado ahí, algo de lo que nunca quiere hablar.
Me confesó que no mantiene relación con su familia, pero poco más.
Tampoco puedo quejarme, porque yo no le he contado todavía que estoy detrás de Entre Sorbos .
Debo admitir que, desde hace un tiempo, soy más de tu opinión: creo que alguien usó esa intervención para dañar la imagen de Ryan.
Por lo que le he conocido, no me encaja que viniera de él.
Cuando llegué no era tan consciente de los intereses ocultos que hay detrás del mundillo y las noticias que lo envuelven, pero ahora que estoy más cerca de todo eso lo veo mucho más claro.
—Lo que te decía… —Asiente con la cabeza—. Parece que ahora estás dispuesta a darte la oportunidad de conocer quién es realmente, y a no dejarte influenciar. ¿Tendrá que ver con lo que ya sientes por él?
Me quedo mirando a Alessia sin saber muy bien cómo reaccionar.
—Mmm… —río—. Puede ser, sí. Es que descubrir que, en realidad, es mejor de lo que yo pensaba cuando analizaba sus películas me ha hecho darme cuenta de que quiero averiguar cada uno de los pedazos que lo han convertido en el hombre que es hoy.
Cuando estoy con él siento que hablamos el mismo lenguaje, que no tengo que traducirle lo que llevo dentro. Y eso nunca me había pasado.
—¡Qué bien, Brooke! ¡Me alegro muchísimo por ti! Cada vez te conozco mejor y te mereces una historia así. Me tienes que informar de todo, ¿eh? Y debes atreverte a contarle quién eres tú también. Ya sabes a lo que me refiero.
Alessia y yo hemos conectado de una forma tan especial como inesperada.
¿Sabéis esa sensación que aparece cuando una persona centrada en su carrera, sin ninguna intención de tener pareja formal, termina aconsejando a otra que, desde niña, soñó con un cuento de princesa?
Pues ese es, más o menos, el resumen de lo que nos une.
—Sí. Gracias, Alessia. De verdad.
—Por cierto, Brooke, te lo iba a decir antes, pero con tantas emociones… Sé que tu mayor aspiración ahora mismo en la ciudad es conseguir un puesto fijo como redactora en una revista de moda, ¿verdad?
Afirmo con un gesto de cabeza, expectante. Ese sería mi sueño, pero no es nada fácil hacerse un hueco en esta ciudad.
—El otro día coincidí en una fiesta de cóctel con Sophie Brown, la redactora jefa de Couture Journal —continúa—.
Me contó que buscan a alguien para su equipo.
Quieren a una periodista que tenga disponibilidad para cubrir alfombras rojas y viajar durante las Semanas de la Moda.
Y pensé que nadie podría hacerlo mejor que tú.
¿Te parece si me mandas tu currículum y se lo reenvío?
—¿Sophie Brown? —chillo—. ¡No me lo creo! La admiro tantísimo… Empezó como becaria en Couture Journal y mira adónde ha llegado… ¡Sería un auténtico placer aprender a su lado!
—¿Eso es un sí? —pregunta Alessia, sonriente.
—¡Claro! —respondo con un brillo que no puedo contener.
—Estupendo, pues quedamos así. ¡Ah! Y antes de que se me olvide: mañana es la inauguración de Who Cares? , en el New York City Ballet. Me han dado dos invitaciones, pero me es imposible ir… Y como me has contado lo bien que te fue con Ryan…, ¿no querrás, por casualidad, proponérselo?
Esta mujer tiene que explicarme cómo lo hace para tener una red de contactos tan amplia: parece que no haya un solo evento para el que no tenga invitación.
—Pero ¿seguro que no puedes ir? A mí me encantaría, claro. Es otro de mis sueños en la ciudad: disfrutar de un ballet.
Y… ¿qué mejor ocasión para acercarme a Ryan? Esta mañana me ha escrito diciendo lo bien que lo pasó ayer. Parece que esta vez nos costará menos volver a vernos, que ambos hemos firmado un acuerdo silencioso para dejar de lado nuestros miedos por ahora.
Alessia se gira hacia su bolso, un modelo oversize en ante de la colección Le 5 à 7 de Saint Laurent, en el que puede esconder media vida.
Lo ha llenado de charms coloridos, grandes y pequeños, hasta convertirlo en algo completamente suyo.
Nadie rescata la estética Y2K como ella —con perdón de Jane Birkin—.
Porque, seamos sinceras, ¿a quién se le ocurriría combinar semejante complemento con camiseta y abrigo floral y pantalón de cuadros?
A Alessia, claro. Y por eso no puedes dejar de mirarla.
Empieza a rebuscar en el fondo con decisión, apartando llaves, una libreta, un pintalabios y hasta crema de manos. Sus dedos aún tienen restos de pintura verde, pero no parece importarle.
—Aquí están —dice, finalmente, sacando dos invitaciones rígidas con la delicadeza de quien sostiene algo valioso. Las coloca sobre la mesa, frente a mí, con cuidado de no mancharlas.
Durante la siguiente media hora, finjo calma mostrando mi faceta más artística.
Estoy pintando en tonos pastel la taza que, al final, he hecho, difuminando las tonalidades con una esponja pequeña.
Es casi terapéutico ver cómo los colores se funden, aunque mis manos tiemblan por el simple hecho de pensar en el posible plan con Ryan.
Por fin me decido a sacar el móvil y, por un segundo, me sorprende lo nerviosa que estoy.
Hago una foto a las entradas y se la envío a Ryan. Escribo despacio, casi conteniendo la respiración.
Tengo invitaciones para el
ballet demañana. Te apetece
acompañarme?
Cuando el mensaje sale disparado, la taza casi acaba en el suelo.
Alessia se inclina hacia mí con una sonrisa enorme.
—Ay, Brooke…, esto promete.
El móvil tiembla sobre la mesa apenas un minuto después de enviar la foto. El sonido es tan suave que cualquier otra persona ni lo notaría, pero a mí me recorre la columna como un chispazo. Lo miro.
Será un placer. Te recojo en taxi a las 18.30? Según la entrada, el espectáculo comienza a las 20
Mi corazón da un vuelco brusco.
—¿Qué ha dicho? —pregunta Alessia inclinándose con ojos brillantes.
—Que… —trago— que viene a recogerme —respondo con un hilo de voz que intenta sonar normal pero fracasa.
Alessia suelta un gritito ahogado, de esos que hacen eco en el pecho.
—Brooke, parece que te vas al ballet con Ryan.