Tras los focos 17. Tensión palpable #3
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17. Tensión palpable #3

—No quiero que hables de algo si no te apetece, pero sí me gustaría conocerte mejor —termino diciendo.

—No pasa nada. Me complace ese interés.

—Cuidado con lo que dices, puedo hacer muchas preguntas —bromeo alzando una ceja—. Por ejemplo…, ¿cómo te ha tratado el amor?

—Esa es una pregunta peligrosa —ríe—. Pero puedo responder… si empiezas tú. ¿Te parece si terminamos las copas, salimos y compramos algo de cenar en alguno de los puestecitos que hay justo enfrente?

Lo miro sin decir nada; me limito a terminar mi vino de un trago y a coger su cazadora vaquera del respaldo para tendérsela después con una sonrisa.

Él me imita y nos dirigimos hacia la salida del local.

Lo escucho reír tras de mí. Fuera, la noche neoyorquina brilla con los puestos iluminados.

Elegimos un par de slices de pizza y buscamos un banco cercano.

El aire fresco nos envuelve mientras seguimos hablando.

—¿Y entonces, Brooke?

—Te advierto que soy demasiado difícil para hablar de amor.

—Seguro que no es para tanto, venga. ¿Has estado enamorada alguna vez? —pregunta.

—Sí…, una vez —admito—. Pero fue hace mucho, en la época del instituto y del colegio mayor.

Se llamaba Pol, y llegó dispuesto a engancharme con sus indecisiones.

Primero me hizo creer que le importaba… y acabó dejándome por Sara, una chica con la que él había crecido.

Luego volvimos y rompimos en más de una ocasión, y, para colmo, con los años terminó liándose con una de mis amigas.

Decidí que había tenido suficiente. Entonces, elegí centrarme en mi vida profesional.

Ha habido más chicos, sí, pero ninguno ha calado lo suficiente…

o quizá tampoco he dejado que eso sucediera.

Es una de las razones por las que decidí empezar de cero en otro lugar.

—Sabes que no todo el mundo es igual, ¿verdad? Hay personas que te recuerdan por qué no merecen tenerte en su vida y otras que lo darían todo por no perderte.

Mientras me abro, sus ojos me envuelven con una ternura que abruma, una complicidad silenciosa que dice más que cualquier frase. Hay algo en él que me hace sentir vista de verdad.

—¿Y qué opinas sobre el olvido? —prosigue Ryan, encadenando preguntas antes de que pueda abrir la boca.

—Creo que a veces es necesario pasar página aun sabiendo que hay huellas que nunca se borrarán del todo.

Para mí, no es algo negativo. Simplemente te presentas como alguien que supo querer y vivir con la intensidad justa.

O sea…, es obvio que acabas admitiendo que tu futuro no está al lado de la persona que creías…

, pero eso no significa que un pedacito de ese «alguien» no camine ahora contigo.

Supongo que es una visión demasiado romántica y cruda del amor, pero así lo veo yo.

Ryan se queda sin saber qué decir, así que aprovecho para atacar.

—¿Y qué hay de ti? ¿Cómo ha tratado el amor a esta estrella silenciosa? —le devuelvo con una sonrisa ladeada.

—No muy bien…

—No me lo creo, Ryan. Sé sincero —expreso sin poder evitarlo.

—No me he enamorado nunca. O eso creo. No le he llorado al amor —me dice, como queriendo reservar la última pizca de ego que le queda en su interior.

—¿No ha habido nadie que se haya colado en este corazón?

¿Y de dónde sacas las ideas para esas películas tuyas?

—bromeo mientras apoyo la mano sobre su pecho en un gesto ligero, casi de juego.

Pero, en cuanto siento el ritmo firme de su respiración bajo mis dedos, algo vuelve a cambiar; la sonrisa se me congela un poco.

—No…, nadie —responde descendiendo ligeramente la mirada—. Aunque hubo una chica.

Me quedo quieta, con los dedos todavía sobre su camisa. La chica de la que habló con James en la cena.

—¿Una chica? —pregunto en voz baja sin retirar la mano del todo.

—Amélie —pronuncia su nombre casi con cuidado, como si pesara—. Según mis padres, era la chica ideal, lo decían desde que éramos pequeños. Crecimos unidos, supongo que por eso todos esperaban que acabáramos…, no sé, juntos de alguna manera.

Hace una pausa, y su respiración se vuelve algo más tensa contra mi roce.

—Pero yo nunca sentí nada por ella —continúa—. Se lo dije. Y aun así, hasta hace poco seguía buscándome. Me llamaba a un teléfono viejo que aún guardo, no sé si por nostalgia, por nuestra amistad o porque me da miedo decepcionar a mis padres del todo.

—¿Y ahora qué piensas? —susurro.

—Yo… no lo sé —murmura, y hay algo en su tono que no alcanzo a descifrar—. Fue más complicado de lo que parece.

Decido no insistir; siento que ya he ido bastante lejos. Estoy a punto de cambiar de tema cuando él sonríe, me pasa el pulgar por la comisura del labio y me quita un resto de salsa de pizza.

—Desastre —murmura divertido—. La verdad, Brooke, es que cuando estoy contigo se me olvida todo lo demás.

Y antes de que pueda responder, noto cómo se inclina hacia mí, la risa aún suspendida entre los dos.

Me mira fijamente, y algo parece encajar en su interior.

El aire se llena de un silencio expectante; siento cómo mi respiración se vuelve torpe, como si mi cuerpo supiera lo que está a punto de ocurrir antes que mi mente.

Sin que pueda asimilarlo, Ryan acorta aún más la distancia y sus labios rozan los míos en un gesto inesperado, tan impulsivo como inevitable.

En un segundo, mis dudas se desvanecen como si nunca hubieran existido. No podría apartarme aunque quisiera.