Tras los focos 17. Tensión palpable #2
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17. Tensión palpable #2

Fio tiene razón, lo sé. Pero mi sexto sentido no para de insistirme en que hay detalles que no encajan, aunque soy incapaz de hacer que prevalezcan sobre lo que siento.

Y lo que siento… ya es demasiado fuerte.

Aun así, las dudas me persiguen: ¿quién es la chica de la que oí hablar a Ryan en la cena?

¿Por qué evitó contarme nada de sus padres?

Solo dijo que todos tenemos nuestros secretos y se escabulló como si mencionar el tema le quemara la boca.

Estoy a punto de preguntarle a Fio si sabe dónde está Thomas cuando un golpe seco, seguido de un ¡auch!, retumba desde el despacho hecho habitación.

Las dos nos giramos.

La puerta se abre de repente y nuestro casi compañero de piso aparece tambaleándose con unas enormes gafas de realidad virtual puestas y completamente despeinado. Tampoco falta su bata de laboratorio.

—¡Dios mío! —exclama Fio llevándose la mano al pecho—. ¿Quieres matarnos del susto?

Thomas se detiene, respira hondo como si hubiera corrido un maratón y se quita las gafas con dramatismo.

—Vale. Creo que definitivamente no era buena idea hacer la prueba piloto sin leer las instrucciones antes —dice.

—¿Qué… era eso? —pregunto mientras me paso la americana por los hombros.

Fio resopla, acostumbrada a estas escenas.

—Un experimento de la empresa con la que colaboramos en la mentoría de Columbia —explica Fio—. Están desarrollando un entorno inmersivo para simular hábitats espaciales y evaluar la respuesta del cuerpo humano. Thomas se ofreció voluntario.

—Me lo pidieron —añade él ofendido—. Y he sobrevivido, miradme.

—Sí, sí, eres todo un héroe, Thomas —dice Fio rodando los ojos—. Anda, intenta no matarte.

—Bueno, yo tengo que prepararme —digo, volviendo a examinar mi armario.

Para el plan de hoy creo que elegiré una blusa lencera de color nácar, con una apertura frontal en pico que aporta el punto femenino y sensual que necesito esta noche.

La acompaño con una falda midi sastre en tono gris.

Botas altas, tacón de aguja, puntera afilada…

Demasiado arriesgado, quizá. Pero no puedo evitar querer impresionar.

Sin joyas, solo mis pendientes de botón de siempre.

Completo el conjunto con un bolso de cuero negro —de esos que enamorarían a las chicas normcore —, discreto pero seguro, como una extensión natural de mí.

Dejo toda la ropa sobre la cama, esperando pacientemente a que llegue su momento de brillar, y me dirijo a la cocina para prepararme algo rápido.

Cuando por fin he comido, me he duchado y maquillado de forma elegante, pero natural, me asomo por la ventana que da a la calle.

Ryan ya está ahí, apoyado en el exterior de su coche.

Luce una camisa cruda con ligera caída, entreabierta, que contrasta a la perfección con el brillo de su cadena de plata, y un pantalón de traje marrón chocolate cropped . ¡Qué guapo es y está!

Bajo las escaleras a toda prisa, y nada más verme, me abre la puerta trasera y rodea el coche para entrar por el lado contrario.

Intento resistirme, pero cuando lo miro, asumo que todas mis dudas sobre él penden de un hilo cada vez más precario.

¿Cómo lo consigue? Siempre he sido capaz de dominar cualquier situación con mi racionalidad, pero él logra dejarme desnuda, y no precisamente en el sentido literal, que es lo que más me preocupa.

Él no conduce; lo hace James. Segundos antes de arrancar, mientras estrecho la mano de su amigo, noto la mirada embobada de Ryan clavada en mí.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —pregunto alzando ligeramente las cejas.

—Nada, ¿no te puedo mirar? —responde con una sonrisa descarada, aunque hay algo suave en sus ojos, algo que no encaja con su tono burlón.

—No, no es eso —me río, intentando sonar relajada mientras me recoloco en el asiento—. Mira si quieres, no me importa.

—¿Estás segura? —dice inclinándose un poco hacia mí, pero sin invadir—. Es que veo que te pones un pelín tensa cuando te miro fijamente.

—¿Yo tensa? —espeto más rápido de lo que pretendía; él arquea una ceja divertido—. No te equivoques, Ryan.

Su sonrisa me ablanda, casi imperceptiblemente.

—No me equivoco —susurra, y durante un segundo parece que el tiempo baja la velocidad. Como si él estuviera reconociendo algo que lleva días intentando ignorar… y yo también.

Aparto la mirada, procurando controlar una estúpida sensación de calor que me sube por el cuello. El coche avanza entre las calles iluminadas y ninguno dice nada más, pero la tensión —buena, dulce, nueva— se queda flotando entre los dos.

Cuando llegamos, Ryan baja primero.

Me tiende la mano sin pensarlo, como si le saliera de forma natural.

—Vamos —dice suave.

Y por alguna razón absurda, tomar su mano me resulta más fácil que soltarla.

Entrar al Village Vanguard es como atravesar una grieta en el tiempo.

El local se esconde en un sótano del Greenwich Village, bajo un toldo rojo con letras desgastadas que susurran historias de jazz de otra época.

Al descender las escaleras, me impresiona el techo bajo, casi opresivo, como si el lugar te invitara a escuchar con más atención.

Las paredes verdes están cubiertas de fotografías en blanco y negro de músicos que, en el fondo, no creo que fueran muy distintos a nosotros.

Música y charlas, eso es todo. Los fantasmas del jazz, les dicen.

Hay instrumentos colgados a modo de reliquias: trompetas apagadas por el tiempo, viejos saxofones deslustrados.

El escenario, con sus cortinas de terciopelo rojo, los focos mínimos, el piano de cola, el contrabajo apoyado en la esquina y la batería esperando.

En ese sótano, Nueva York late distinto: más lento, más profundo.

Un espacio donde las historias se cuentan entre notas.

—¿Qué quieres para beber, Brooke? —La voz de Ryan me saca de mi ensimismamiento; estaba absorta, estudiando cada detalle a mi alrededor para no perderme nada.

—Para mí, vino blanco, por favor. Si puede ser, el más afrutado que tengan. Gracias.

No puedo parar de sonreír. Me siento como una quinceañera en sus primeras veces y no acabo de comprender el motivo.

Veo cómo Ryan se aleja para pedir las bebidas y, con cada uno de sus pasos, mi análisis sobre él va ganando profundidad.

Esta tarde siento algo parecido a lo que sentí en el evento.

Es como si el latido del reloj me acercara, poco a poco, a aquel que para algunos es la estrella más enigmática y para mí, alguien capaz de guiarme por los caminos más profundos, íntimos e inexplorados de mi interior.

Mientras espero, una banda se sube al escenario y se presenta brevemente antes de arrancar con una introducción lenta. Me dejo envolver tanto por las notas que me sorprendo cuando Ryan se coloca a mi lado y me alarga la copa.

—Toma, aquí tienes —dice con ese matiz rasgado que tanto me acelera.

—Gracias.

Al levantar la mirada, veo que se ha pedido una Brooklyn Brown Ale: una opción con cuerpo y carácter, perfecta para él. No puedo apartar la vista; su barba de pocos días le da un aire aún más irresistible.

—Bueno, Brooke, cuéntame algo de lo que todavía no hayamos hablado —me dice mientras recorre cada una de mis facciones, como si quisiera memorizar todas ellas.

Pienso en algo que no le haya contado todavía, algo con lo que sorprenderlo.

—Pues… te voy a confiar un secreto: me obsesiona la Fórmula 1 desde niña. Acabé provocando que mis padres se engancharan a la pantalla domingo tras domingo, esperando que los semáforos se encendieran.

—¿Tú? ¿Viendo monoplazas en movimiento?

—Sí. —Emito una risa ruidosa al descubrir su cara de sorpresa—.

Después de cada beep… beep… beep… de las luces rojas, el rugido ensordecedor te libera, aunque pueda parecer contradictorio.

Creo que siempre hay un instante de calma justo en medio de la tormenta, esa fracción de segundo en la que la adrenalina lo inunda todo.

—Me gusta que hables de esto con tanta pasión. Tus ojos lo dicen todo —se ríe. Hace una breve pausa antes de continuar indagando en mi vida con genuina curiosidad—. ¿Y qué lugares del mundo te quedan por descubrir? ¿Tenías otras opciones, además de Nueva York?

—Me imagino viviendo en París o en algún pueblecito perdido de la costa Amalfitana. El primero lo elegiría por la moda, y el segundo, si pudiera trabajar en remoto y dedicarme solo a escribir.

—Yo también me he imaginado viviendo en Italia, al menos durante unos meses…, desconectado de todo lo de aquí —admite él.

Por un segundo, me quedo obnubilada, fantaseando y reconociéndome, junto a él, en una de esas casitas cerca de la playa.

—A ti creo que te veo más en París —continúa—. ¿Cómo sería dirigir una de las grandes revistas de moda en la capital francesa? ¿No lo has pensado nunca?

—Sería un auténtico sueño, sí…, pero mi verdadero sueño siempre fue Nueva York —aclaro con la mirada brillante—.

Llegar aquí, perderme en su ritmo, sentir que formo parte del corazón de la moda.

Esa idea de éxito rápido, intenso, algo caótico.

Todavía espero saborear eso antes de mirar a otro lugar.

—Claro que sí, Brooke. Date tiempo. Ya irás descubriendo hacia dónde quieres ir. No necesitas pensar en París ahora, sobre todo si no sabes si ese destino llegará o si siquiera lo desearás cuando lo haga.

—Hablas como si te hubiera pasado algo parecido. ¿Debería saberlo, Ryan? —pregunto con una sonrisa curiosa.

—La verdad es que crecí en un entorno muy cerrado, con expectativas muy claras sobre quién debía ser y qué camino debía seguir.

Mis padres nunca aceptaron que yo quisiera dedicarme al cine.

Hubo muchas discusiones… y, al final, me marché.

Hace años que no hablamos. No hay rencor, solo distancia —carraspea—.

Prefiero dejar atrás esa parte de mi vida.

Por unos minutos, nos quedamos callados, limitándonos a escuchar la banda, que ahora toca un tema algo más ani­mado.