17. Tensión palpable
Tensión palpable
brOOKE
Nueva York deambula hoy bajo un cielo gris que no parece que vaya a aclarar.
A través de la ventana observo cómo el asfalto mojado convierte semáforos y marquesinas en acuarelas en movimiento.
La lluvia repiquetea contra los taxis amarillos y las escaleras de incendios, y retrasa las manecillas de la ciudad, como si el otoño hubiera echado el freno a su prisa.
Ayer sustituí las sábanas de lino por el edredón y la manta que me regaló mi hermano, una estampa beige que he coronado esta mañana con una vela de pumpkin spice .
Que los termómetros hayan comenzado a caer en picado significa una cosa: Valentina y yo hemos abierto el cajón de las películas cálidas y dulces para ver juntas en nuestras videollamadas.
Hoy no es martes, sino viernes, pero ha tocado Notting Hill .
Mi mejor amiga siempre me recuerda mucho a mi madre en esto: intentar escuchar los diálogos con ella al otro lado es imposible.
Su afán por comentar el más mínimo detalle de la trama la convierte en una narradora de cine, muy a mi pesar.
Aun así, tengo que admitir que, esta vez, yo tampoco me he callado.
Acostumbro a relacionar el habla de los personajes y los escenarios que recorren con mi propia vida, por lo que me ha sido imposible no mencionar a Ryan mientras miraba la pantalla.
No ha pasado ni una semana desde que nos vimos por última vez, en nuestro primer encuentro a solas.
Ni él me ha escrito, ni yo a él. Pero no puedo dejar de pensar en lo cómoda que estuve, incluso sabiendo que es la persona de carne y hueso que se esconde tras ese enigmático director de cine independiente que tanto idolatraba.
Me cuesta ser yo misma cuando me dedico a levantar muros frente a otra persona.
Eso me sucede, sobre todo, en los momentos en los que más pequeña me siento.
Pero con él fue distinto. Solo le hizo falta una tarde para hacerme ver que está bien ser tal y como soy.
—Brooke, ¿y por qué no le escribes? —pregunta Valentina, inquieta.
—No, ni de broma. O sea…, no debería. No tiene sentido que lo haga yo. Él es el que tiene cosas sin resolver. —Aunque nuestro encuentro fue genial, sigo sin poder sacarme de la cabeza la conversación que oí de pasada la noche de la gala—. Y sus valores…, bueno, en parte todavía me chocan.
—Brooke, no lo sabes. Andas suponiendo otra vez, encajándote en una opinión que quizá, con el tiempo, veas que es absurda. Y tú tampoco estás siendo del todo sincera… Todavía no le has dicho que eres la responsable de ese blog que tanto lee. ¿O sí?
—No, pero… ¿de qué parte estás exactamente? —pregunto intentando sonar indignada sin conseguirlo del todo.
—De la tuya, claro. Pero tienes que empezar a expresar lo que sientes, si no quieres que se te acumule y luego explotes.
—Ya… lo sé. Es solo que con él me cuesta. Siento que puedo ser yo misma, pero a la vez no logro abrirme del todo.
—Si tienes dudas, pregúntale. Y tampoco le estás pidiendo matrimonio por proponerle veros de nuevo…
—¡Lo sé! —resoplo—. Bueno, lo pensaré. Un poco.
—¿Cuántas veces te has arriesgado con alguien desde las idas y venidas de Pol?
—¿De verdad? Con nadie…
—Pues eso. Y no lo digo por él, porque ya sabes que fui la primera en aconsejarte que te lo tomaras con calma. Pero hay personas ahí fuera dispuestas a darte lo que mereces. Y para que eso pase, han de conocerte.
—Lo sé, tienes razón…, pero todavía me produce respeto. Cuando sepa qué voy a hacer, te lo contaré, ¿vale?
—No seas tonta, anda —protesta mi amiga—. Será que no me has aguantado tú a mí mil veces… Llámame para lo que sea. Te quiero.
Al colgar el teléfono, me visto, me calzo mis zapatillas crudas de Lacoste y salgo a la calle de inmediato.
En la cena de después de la gala, Alessia me recomendó la obra de Emily Dickinson como clave para inspirarme.
Nunca he leído poesía, pero me habló de Dickinson como una mujer adelantada a su tiempo y me convenció.
Me subo al metro hacia Housing Works Bookstore en busca de algún ejemplar que me inicie en la lectura de esta autora.
Además de ser un lugar especial, esta librería está en el que, como bien saben mis lectoras, es uno de mis barrios favoritos de todo Manhattan.
Al subir los escalones de la entrada y abrir la puerta de cristal, me absorbe un murmullo cálido, como si la ciudad entera hubiera decidido refugiarse allí.
El aire huele a páginas envejecidas y a café recién molido.
El local está enmarcado por techos altos.
Las lámparas industriales iluminan el espacio, dándole un aire vintage .
Las estanterías, murallas de madera oscura, y las columnas blancas envuelven a quienes ocupan el lugar.
Algunos hojean libros, otros teclean en sus portátiles como si se les fuera la vida en ello, y un par de mesas susurran y gesticulan para hacerse entender sin romper la serenidad que reina.
En lo alto, una escalera de caracol conduce a una galería con más estantes.
Subo y me detengo un instante bajo una de las guirnaldas de luces.
Respiro hondo, aprieto la correa de mi bolso y avanzo hacia el interior.
Quizá este es el lugar perfecto para encontrar a Emily Dickinson y, con ella, seguir encontrándome a mí.
Cuando me acerco a la sección de poesía, lo veo.
Ryan.
El libro que sostiene en las manos es Hojas de hierba , de Walt Whitman.
No me ha visto todavía. Me quedo clavada en el suelo.
El aire se vuelve más denso, imposible de respirar.
Días enteros convenciéndome de que lo mejor era poner distancia.
Y ahora aparece, justo aquí. Ya no escucho las tazas ni las conversaciones que hace un segundo me apabullaban.
Solo lo escucho a él pasar las páginas, lento, ajeno a mi presencia.
Mi mente se llena de preguntas. ¿Qué hace aquí?
¿Por qué siempre está en el mismo sitio que yo?
¿Es casualidad, o de algún modo el destino está intentando decirme algo?
Esto ya parece una escena de Cuando Harry encontró a Sally .
Ryan alza la vista, como si hubiera notado el peso de mi mirada.
Sus ojos tropiezan con los míos y en este instante lo único que se me ocurre es quedarme quieta.
Él arquea una ceja, sorprendido pero tranquilo, y levanta el libro apenas unos centímetros.
—Whitman. No es mala compañía para un mediodía de viernes. Me recuerda quién fui y quién no quiero volver a ser.
Sigo sin moverme, como si mis pies se hubieran hundido en el suelo de madera.
Apenas logro responder, con un hilo de voz.
—Dickinson…, yo busco a Dickinson.
Él sonríe, como si la coincidencia fuera un secreto compartido. Y yo sigo preguntándome, sin atreverme a decirlo en voz alta, si de verdad ha sido casualidad encontrarnos aquí…
—He estado pensando mucho en ti estos días, Brooke, pero no sabía si… —la voz se le quiebra— si volver a escribirte.
Me quedo muda, con la garganta cerrada. ¿Se supone que este es el momento de confesarle que yo también llevo noches enteras pensando en él?
—Yo también he pensado en ti…, pa… para ser sincera —logro musitar con la voz entrecortada.
—La verdad es que me supo a poco la última vez que nos vimos. En escasas horas descubrí tantas cosas de ti… Y aun así, me quedé con ganas de más.
Respiro hondo, y sin pensarlo demasiado, dejo escapar:
—¿Qué te parece si nos volvemos a ver? Esta tarde… ¿cómo lo tienes?
Ryan ladea la cabeza sorprendido pero con unos ojos pícaros.
—¿Me estás pidiendo una cita, Brooke?
—Llámalo como te venga en gana. Solo… quiero verte otra vez. Sé de un micro abierto de jazz por aquí cerca, dicen que está muy bien. Podríamos ir y luego cenar algo por ahí.
—¿Jazz? Empiezas a conocerme, ¿eh? Me gusta cómo suena… —responde—. A las cinco paso a buscarte —dice clavando sus ojos en mí.
—Perfecto, Ryan —acepto sin poder disimular mi amplia sonrisa.
—Por cierto, deberías probar los muffins de arándanos que hacen aquí. Son mis favoritos.
—Odio los arándanos…
—Tú te lo pierdes. Nos vemos luego —replica con esa atractiva sonrisa imposible de olvidar mientras baja las escaleras.
Desde la planta superior, le observo comprar los muffins y pedir para llevar lo que parece ser un chocolate caliente.
Cuando sale del local, yo sigo sin poder respirar con normalidad.
El corazón me late a mil y cada intento de relajarme es inútil.
Encuentro el libro que buscaba y me aferro a él como si me diera estabilidad.
Acto seguido, pido un café. Una vez lo tengo en mano, camino hacia la salida y tiro de la puerta con prisa, buscando el aire de la calle como si fuera lo único capaz de calmarme.
Llego a casa rápidamente. Nada más cruzar la entrada, corro hacia mi habitación. Tengo unas tres horas para comer, decidir qué ponerme, ducharme y maquillarme antes de que Ryan llegue. Fio me sigue hasta mi cuarto, algo desconcertada por mi llegada dramática.
—¡No te lo vas a creer! —exclamo—. ¿Con quién crees que voy a pasar la tarde hoy?
—Mmm… Pues no sé, ¿con Alessia? —responde Fio con una mezcla de duda y expectación.
—No, con ella hemos dicho de quedar, pero aún no hemos fijado día. Con Ryan —lanzo, como quien suelta una verdad difícil de digerir.
—¡Por fin! Llevabais días sin hablar, ¿no?
—Sí, sí. Pero me lo he encontrado en Housing Works y… me he atrevido a decirle que he estado pensando en él y que me gustaría verlo de nuevo —aclaro algo nerviosa.
—¡Bien! —celebra Fio alzando las manos—. Así me gusta, Brooke. Cuando lo conozcas más, ya decidirás si quieres deshacerte del Ryan imbécil, o si resulta que ese Ryan, en realidad, no existe.
—Sí, haré eso, a ver qué tal va… ¡Deséame suerte!
—¡Hazme caso, Brooke! —responde con media sonrisa—. Las cosas salen mejor cuando te dejas llevar, sin expectativas.