16. La galería del West Village #2
Antes de que Ryan pueda aparecer, bajo las escaleras del piso y lo espero en la calle.
De pronto, una descarga recorre mi cuerpo, como si algo se encendiera dentro de mí y me dejara paralizada.
Todavía no lo veo, pero sé que se acerca por detrás.
Cuando estoy en su presencia, siento que todas las capas con las que he construido mi coraza a lo largo del tiempo se deshacen, una a una.
Aún le quedan algunos metros para alcanzarme, lo noto, pero su «¿Brooke?
» ya resuena en mis oídos como un susurro pegado a mi piel.
Me obligo a girarme hacia él, con el pulso disparado.
Ambos nos perdemos en los ojos del otro, aunque fingimos lo contrario sin éxito alguno.
Esto es un puto duelo, ¡maldita sea! ¿Por qué no deja de desafiarme?
«Brooke, respira. Mantén la calma», me repito sin descanso.
Puedo con esto. Podemos ser amigos. No hay razón para que lo que me despierta no pueda mantenerse a raya.
Sí, amigos. Eso me digo como un mantra. Entonces reparo en él, en cómo ha aparecido hoy.
Un cliché que es una absoluta perdición: camiseta blanca de manga corta —de esas que parecían hechas para James Dean—, combinada con una cazadora vaquera y unos jeans rectos en azul oscuro.
Todo en él respira esa estética vintage americana que mezcla las dosis perfectas de rebeldía y desenfado.
El cinturón de cuero oscuro le ajusta la cintura como si hubiera nacido con él.
Pero lo que de verdad me hipnotiza son las botas cowboy.
Pocas personas lo saben, pero tengo una fascinación casi secreta por los nativos americanos y la estética wéstern.
Y ahí está él, con esas botas, como si supiera exactamente dónde apretar para hacerme temblar.
—¿Lista? —me pregunta, como si no hubiera notado nada extraño entre nosotros.
—Hace calor para tanto vaquero, ¿no crees? —respondo, incapaz de apartar la mirada de sus botas.
Él no deja de sonreír. Me parece que está disfrutando más que yo.
—Sé que te gustan, Brooke. No intentes fingir que no te las pondrías.
—No, qué va —lo corto enseguida—. Realmente no sé quién te enseñó a vestir. Deberías aprender de los expertos —le suelto, en clara alusión a mí misma.
—¿Crees que alguien como yo tiene algo que aprender de alguien como tú? —ríe, con un sonido irónico que me enerva.
—Si me hicieras caso, hasta podrías pasar por alguien con gusto.
—Ya veremos, Brooke. No sufras —añade—. Es hora de empezar nuestra cita.
—Esto no es una cita, Ryan, no te confundas. Estoy quedando con un amigo al que me apetece conocer más.
Ambos sabemos que este jueguecito de «amigos» es insostenible, pero no quiero dar mi brazo a torcer.
Suelto un «mmm» mientras pienso cómo fingir que no me afecta averiguar qué plan nos tiene preparado, aunque últimamente me obligue a improvisar.
—No me mates… Sé que dije que te encargaras tú de esta quedada y que te olvidaras de las cafeterías, pero he pensado que mejor cogemos el coche y damos una vuelta por el West Village. Siempre aparece algún sitio mono donde sentarse… ¿Qué te parece?
—No dejas de sorprenderme, ¿eh? —Su mirada chispea—. Me parece bien. Justo iba a decirte que, después, podríamos pasar por allí. En la galería Noir el aire entre nosotros se espesa—. Su hermana, Lily, y su mujer, Charlotte, murieron en un accidente de tráfico hace años.
Guarda un segundo de silencio, luego añade en un murmullo:
—Supongo que por eso mi relación con Maggie es más fraternal que otra cosa.
—Perdona… —La voz se me apaga. Me siento torpe, imprudente.
—No pasa nada —responde con calma, como si quisiera sacarme de esa incomodidad—. Y volviendo a nuestra conversación…, sé salir de casa sin James. De hecho, siempre lo intento. Otra cosa es que mi agenda me lo permita.
Nada más aparcar, nos sentamos en la primera cafetería que vemos, justo en la esquina de la calle.
—También aquí tienes que elegir asiento —me suelta Ryan, picándome otra vez.
—Sí —respondo con una carcajada involuntaria—. En todos lados. Es por culpa de mis padres… En casa cada quien tenía su lugar asignado, inamovible, por cierto. Creo que eso alimentó que me volviera tan cuadriculada con detalles como estos.
—¿Usas a tus padres como excusa? —No deja de mirarme, con una ceja arqueada—. Brooke, eso no está bien… Di que te encanta ser tú quien elija lo suyo frente a los demás y no pasa nada. Estás conmigo, no tienes que disfrazar lo que eres…
—Es verdad, ¡tonto! —le respondo medio riendo, medio a la defensiva.
—Por cierto, ahora que hablas de tus padres… Cuéntame sobre ellos. ¿Tienes hermanos también?
—Sí, un hermano pequeño.
—¡Ah, con razón eres tan mandona! ¿Era tu marioneta cuando vivíais juntos? Ahora lo entiendo todo —suelta Ryan con esa sonrisa que me crispa.
—¡Cabrón! Déjame continuar… —Hago una pausa antes de seguir—. Mi padre es americano, y mi madre, española. Se conocieron en un viaje de mi padre a Madrid… Siempre pensé que, en algún momento, sería yo quien viniese a vivir aquí.
—¿Y los echas de menos? —pregunta con un deje más serio—.
Aún recuerdo cuando vine yo… Se hace complicado emigrar y empezar de cero solo.
Creo que, una vez que das ese paso, ya nunca vuelves a ser el mismo.
—Permanece callado durante unos segundos, como si hubiera hablado más de la cuenta—.
Suerte que el trabajo me mantuvo ocupado desde el primer día.
—Sí, los echo de menos. Pero nos llamamos como mínimo una vez a la semana, así siento que no los tengo tan lejos… Los tres trabajan y es difícil que puedan venir a verme. Aparte del coste de los billetes de avión, claro, que tampoco es poca cosa.
—Bueno, poco a poco vas haciéndote a la ciudad —dice apoyándose en el respaldo—. Los años aquí transcurren a otra velocidad, ya lo verás. Aunque supongo que habrás empezado a percibirlo… ¿Cuándo llegaste?
—En junio.
—¡Ah! Entonces no… Pero lo irás notando. —Me observa con interés—. ¿Y en qué revista de moda trabajas, por cierto? No me lo llegaste a contar.
Río, bajando la mirada hacia el suelo antes de responder.
—Como redactora fija, en ninguna… Soy freelance.
En Madrid empecé a colaborar con Vogue España , y sigo haciéndolo desde aquí: es más fácil conseguir oportunidades con las grandes viviendo en Estados Unidos.
De hecho, en julio me contactaron desde Women’s Wear Daily y, desde entonces, también escribo para ellos.
Ahora solo espero que, en algún momento, alguna redacción americana me fiche como parte de su plantilla.
Él asiente y me mira sin responder. Me siento incómoda hablándole de mis sueños cuando estoy segura de que él ha cumplido ya todos los suyos.
—¿Y tú qué? —le pregunto con un atrevimiento que me sorprende incluso a mí—. ¿Me vas a contar algo que no sepa nadie de ti? Presiento que tienes mucho escondido…
No sé por qué, pero cada vez que me cruzo con sus ojos siento que guardan un mundo entero, uno que poco tiene que ver con el director brillante que todos conocen.
Y sin embargo, ¿quién podría saber más de él que yo?
Me he pasado años desmenuzando sus guiones, analizando cada elección estética, cada actor que escogía para dar vida a sus proyectos.
Es raro: es como si lo conociera desde siempre y, al mismo tiempo, no supiera nada.
Quizá por eso me perturba tanto. Porque sé que puedo leer su mente, como si compartiéramos un código secreto.
Ambos lo sabemos; lo sentimos desde el primer día en la cafetería.
Pero ¿quién es Ryan en realidad? ¿Dónde vivió antes de llegar a Nueva York?
¿Tuvo una infancia feliz? Son preguntas íntimas, casi impertinentes, soy consciente de ello.
Pero ahora que he aceptado esta cita quiero conocer al Ryan humano, no al director.
Lo miro y lo único que siento es un impulso casi doloroso: necesito saberlo todo de él.
—Supongo que todos tenemos nuestros secretos. —Hace una pausa breve, apenas perceptible—. Quizá algún día. Más adelante.
Me quedo quieta, sin saber si insistir o callar. Su gesto lo dice todo: es un muro. Un muro con grietas, pero un muro al fin y al cabo.
Él desvía la vista hacia la calle, como si con eso pudiera cortar la tensión.
—¿Qué te parece si vamos tirando hacia la galería? —propone cambiando de registro con una facilidad que me desconcierta.
Asiento, aunque por dentro sigo atrapada en la revelación. Una parte de mí quiere respetar su silencio, otra solo quiere arrancarle cada secreto a tiras.
La galería está a unas calles. La sala, inspirada en el art déco , está bañada por líneas geométricas, espejos y lámparas de cristal con luz tenue.
La gente se mueve despacio entre cuadros y esculturas que rinden homenaje a los sueños dorados, la pérdida de la inocencia y la búsqueda del brillo efímero de la década de los veinte.
En las paredes, retratos de Scott Fitzgerald, Hemingway y Dalí.
No faltan las copas de vino. Nos sirven las nuestras y hablamos de todo y de nada: pintura, cine, moda, viajes…
, hasta anécdotas absurdas que no tienen ninguna importancia.
No ocurre gran cosa, y sin embargo siento que esa normalidad me incluye de una forma inesperada en su vida.
Aunque agradezco que la tensión incómoda de hace un rato se haya disipado, no puedo dejar de preguntarme en qué estaría pensando él para que su rostro se ensombreciera de esa manera.
Cuando salimos, ha oscurecido. El aire fresco de la noche me despierta más de un escalofrío. Terminamos la copa en las escaleras del edificio, sentados uno al lado del otro, riéndonos de cosas cotidianas.
Al final, me acompaña en taxi hasta casa.
Culpa compartida; tras el segundo vino, conducir deja de ser una opción.
Nos detenemos frente al portal, demasiado cerca como para fingir que no pasa nada.
Él guarda silencio y, por un momento, parece que va a decir algo…
o acercarse un poco más. Yo solo puedo bajar la vista hacia sus labios, pensando en lo mucho que me gustaría que se atreviera a besarme.
Ryan, en cambio, permanece inmóvil, aunque su mirada busca la mía con una intensidad que me deja sin aliento.
El tiempo se estira, espeso, y me sorprendo conteniendo la respiración.
Entonces, sin esperarlo, se adelanta un paso y me rodea con los brazos.
Es un abrazo torpe, de esos que das cuando no sabes qué hacer, pero lo bastante largo como para desarmarme. Cuando se separa, esquiva mis ojos.
—Hasta la próxima —dice con una media sonrisa—. Ha sido divertido verte hoy.
—Lo mismo digo. Ha sido bonito conocer al Ryan de verdad, no al que todos ven.
Esta tarde me confirma lo que no quería admitir.
Aunque iba con el freno echado, la charla de hoy me ha dejado clara una cosa: estoy perdida.
Con él todo fluye más de lo que pensaba.
Es normal, cercano, alguien con quien puedo hablar y ser yo.
Y, lo peor de todo, lo único que sé ahora es que no quiero dejar de verlo, ni de escucharlo ni de tenerlo cerca.