Tras los focos 16. La galería del West Village
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16. La galería del West Village

La galería del West Village

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El agua caliente me cae sobre la cabeza y me quedo inmóvil, como si la presión del chorro pudiera aclararme un poco las ideas.

Me enjuago el pelo despacio, disfrutando del olor a limpio.

Mientras la espuma resbala, pienso en lo que tengo por delante hoy: un café con Fio y, después, un paseo por el SoHo.

Uno de esos recorridos matutinos que se sienten como un regalo propio.

No uso secador. Desde que me quemé el pelo en la adolescencia —raíz incluida— juré que nunca más.

Da igual la estación: dejo que el pelo se seque al aire, a su ritmo.

Frente al espejo, me maquillo con calma, aunque apenas lo necesario: crema hidratante, protector solar y un toque de colorete rosado para aparentar buena cara.

Ah, y el gloss , mi gran aliado (siempre que no sople el viento, claro).

Espero a Fio en el salón, ajustándome las zapatillas de rejilla beige sobre los sillones que colocamos bajo los cuadros cósmicos que Thomas se trajo del coworking al que fueron la semana pasada, porque —al parecer— uno de los participantes quería deshacerse de ellos.

Remato el look con vaqueros de tinte claro y una camiseta tipo polo de rayas horizontales en crudo y berenjena, dos piezas que nunca fallan si lo que buscas es bailar al son de las tendencias sin prescindir de una comodidad extrema.

Cuando Fio está lista, bajamos juntas hasta The Quiet Cup. El olor del espresso recién molido nos recibe nada más cruzar la puerta.

Con las tazas humeantes sobre la mesa, Fio suspira y suelta sin rodeos:

—¡A Thomas y a mí nos han invitado a la Universidad de Columbia a conducir algunas sesiones de mentoría! —Sus ojos se iluminan—. Me hace muchísima ilusión saber que voy a transmitir mi pasión por la biotecnología espacial y la astronomía a las generaciones más jóvenes, como hicieron conmigo.

—¿Qué dices, Fio? ¿Y eso? —respondo con entusiasmo—. ¡Es increíble!

—En el coworking conocimos a Natalia Becker, doctora e investigadora de Columbia.

Le impresionó nuestra forma de pensar y nos animó a colaborar como mentores en un programa de emprendimiento biotecnológico —explica gesticulando con las manos—.

¡Nos ha citado el lunes que viene para una formación con otros mentores, y el martes arrancamos!

—¡No me lo creo! —digo llevándome las manos a la boca—. ¡Felicidades! Tanto Thomas como tú os lo merecéis.

Fio sonríe, algo nerviosa, y da un sorbo a su café.

—Gracias, Brooke. Todavía me cuesta creérmelo —susurra con excitación e incertidumbre.

Durante un momento, solo se oye el tintinear de las cucharillas contra la porcelana, y pienso en lo lejos que te puede llevar una pasión, y en lo rápido que pueden cambiar las cosas cuando por fin te encuentras en el lugar correcto.

Tras dos horas de conversación ininterrumpida y anuncios reveladores, me despido de Fio en la puerta de la cafetería y echo a andar en dirección al SoHo.

Recorro las calles del creativo barrio, sin rumbo fijo, y me entretengo imaginando la vida que promete cada escaparate.

Camino y camino, hasta que los pies me llevan a adentrarme en Central Park.

Allí me dejo caer en un banco, como si la ciudad entera me hubiera empujado a detenerme.

Otoño resulta, definitivamente, la mejor época para admirar el parque: se tiñe de un dorado resplandeciente, una paleta de hojas rojas, ocres y amarillas.

El aire es fresco, con un halo melancólico.

La luz del sol, suave, se filtra entre las ramas desnudas.

Central Park se convierte en un remanso de calma dentro del bullicio neoyorquino, con parejas caminando del brazo, ancianos leyendo el periódico bajo el abrigo, corredores atravesando los distintos caminos como si nada pudiera detenerlos.

Es sábado y, según el calendario que me marqué para el blog, hoy debería repasar los estrenos de cine de los últimos días y cotillear, a mi manera, los mejores y peores looks de las respectivas alfombras rojas.

Desde mi artículo sobre Ryan y sus declaraciones, mis lectoras han aumentado, y parece que les gusta que me muestre un poco más cercana y vulnerable, así que me he propuesto dos cosas: una, dirigirme a ellas con confesiones más íntimas, para que me conozcan un poco más, y dos, centrarme en sucesos de moda.

Al principio no quería mezclar mis escritos personales con mi trabajo, pero quizá así consiga, al fin, un puesto fijo en la industria de esta ciudad, que es a lo que aspiro.

Aún sentada en el mismo banco, cojo el portátil y respiro hondo, como si las palabras fueran a decidir mi destino.

Pero lo cierto es que me cuesta concentrarme.

Por mucho que intente descifrar cortes, tejidos y terminaciones, hay algo que no me suelta: la profundidad de su mirada.

La tengo grabada en la cabeza como si hubiera ocurrido ayer.

Y luego está el mensaje. El que me envió hace varios días y al que aún no he contestado.

Lo he dejado en espera, como si el tiempo pudiera hacerlo por mí.

Tal vez porque en la cena con James y Alessia escuché, aunque fuera sin querer, que en su vida todavía queda alguien del pasado.

Y yo, que no quiero malinterpretar ni dar pie a nada, he preferido mantener la distancia. Hasta ahora.

Vuelvo a mirar la pantalla. El cursor parpadea como si me acusara de cobarde. Una parte de mí quiere aparentar que no me importa lo más mínimo. A la otra, en cambio, le gustaría preguntar todo aquello que no debo.

Al final, me obligo a teclear algo sencillo y directo:

Hola, Ryan. Me gusta la idea.

Pero no me fío de que sepamos guardar las formas en una cafetería, dado nuestro historial. Ve buscando otro plan. Cómo lo tienes para vernos esta tarde?

Pulso la tecla de «Enviar» y cierro los ojos un segundo. Siento el vértigo inmediato de quien se lanza al vacío sin red. Y entonces, solo entonces, me doy cuenta de que el corazón me late tan acelerado que parece que acabo de correr medio Central Park.

No tarda ni dos minutos en contestar. Miro de reojo su mensaje, tan desenfadado como inesperado:

Eres cabezota, eh? Pero te dejo ganar, venga…

A las 16 paso a buscarte por casa.

Ponte ropa elegante

Lo releo tres veces… como si así pudiera descifrar lo que realmente quiere decir. ¿Ropa elegante para qué? ¿Por qué consigue darle la vuelta a la conversación cuando creo tenerla bajo control?

Intento ser profesional y centrarme en el artículo que estoy escribiendo, pero al cabo de un rato me rindo y cierro el portátil con un golpe seco que me sacude los nervios. No puedo escribir, no cuando tengo la cabeza hecha un nudo. Lo deslizo dentro del bolso y, sin un respiro, busco el teléfono.

—Dime que ya has salido del gimnasio —suplico en cuanto Valentina contesta a mi llamada.

—Justo entro en el coche, ¿qué pasa? —responde con la voz entrecortada de alguien que acaba de dejarse el alma en una clase de spinning .

—Estoy perdiendo la cabeza, Vale. No entiendo nada. Siempre lo hace. Siempre me deja con más dudas de las que ya tenía.

—¿Ryan?

—¿Quién si no? —respondo, yendo a coger un taxi.

—Respira, Brooke. Vamos, hazlo conmigo. Inhala… Exhala…

—No quiero respirar —interrumpo, aunque obedezco—. Quiero que me diga qué pretende de una maldita vez.

—Ya sabes que no funciona así. ¿Dónde estás ahora?

—Llegando a casa.

—Brooke, lo que necesitas en este momento es tu ritual de relajación. Sabes que funciona cuando tu cuerpo pide con urgencia un poco de calma —dice Valentina con una firmeza que me ancla.

Se me escapa una sonrisa medio amarga. Ella siempre sabe qué decir y cómo poner solución a mis problemas.

Y tiene razón. Nunca he sido de las que dejan la habitación hecha un desastre; en mí reina el orden absoluto.

O al menos eso quiero creer. Cuando necesito distraerme, no basta con recoger lo visible: abro cajones, desempolvo libretas viejas, repaso bolígrafos gastados y releo cartas de puño y letra que guardo como tesoros.

Una en particular: la que me hicieron mis tíos y primos cuando me gradué en Periodismo.

Cada vez que la abro me encojo un poco por dentro.

Lloro, sí, pero también me siento más cerca de casa.

Siguiendo el consejo de Valentina, me encamino hacia el piso en busca de un ápice de calma, que termino encontrando a medias.

Lo cierto es que, poniendo orden, el tiempo parece pasar más rápido y enseguida llega la hora de comer, y la tarde.

En cualquier momento Ryan tocará el timbre.

Recojo las tazas y los vasos que Fio y yo dejamos olvidados en la mesa.

Esta vez no tengo que ocuparme de las cosas de Thomas: no lo veo desde antes de la gala.

Sus padres están de visita y se hospeda con ellos en un hotel cerca de Times Square.

Me cambio de ropa sin perder un segundo.

Rescato un pantalón largo en satén amarillo mantequilla que reservo para ocasiones especiales y lo combino con un top de cuello halter de color negro.

Me planto también los peep toes con estampado de leopardo clásico que me compré después de que Fio me animara a sumarme a la tendencia con pequeños guiños.

Podría caminar sobre ellos durante horas y, además, estoy segura de que le gustarán.

No puedo evitarlo, cada gesto mío busca ahora provocarlo; quiero ver su cara cuando descubra que no me dobla.

Y no me avergüenza admitirlo: la provocación siempre ha sido mi refugio cuando siento que algo amenaza con hacerme soltar las riendas.

Como retoque final, me aplico un poco más de gloss .