Tras los focos 15. Entre bambalinas
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15. Entre bambalinas

Entre bambalinas

RYAN

Las cámaras me observan como si buscaran arrancar lo más oculto de mí.

James me lo advirtió: debía concienciarme.

Sé que solo se trata de un documental, pero, teniendo en cuenta que va a narrar la historia que se esconde tras Unscripted —la película que cambió mi vida—, creo que es totalmente lícito sentir que no dejan de interrogarme.

Mientras me ajustan el micrófono de corbata sobre la camisa, que me han puesto en contra de mi voluntad, pienso en escribir a Brooke.

Ya han pasado cuatro días desde que nos conocimos debidamente en la gala y me siento absurdo: estoy aquí, rodeado de periodistas, productores y técnicos, y lo único que me importa es una historia que apenas ha comenzado.

Nunca nos habíamos planteado lanzar al mundo un producto audiovisual que revelara, al detalle, cómo se impulsó la producción que me posicionó como director de cine indie .

Para mí fue el inicio de Unscripted , pero también mi renacer en una ciudad completamente nueva.

Es algo que muy pocos saben, pues me encargué de que permaneciera oculto, aunque siempre soñé con aportar mi grano de arena a una red de cineastas comprometidos con historias auténticas.

Fue un lanzamiento que la crítica nicho calificó, con el tiempo, como un debut revolucionario, alejado del sistema de los grandes estudios de la industria.

Y, además de despertar interés entre una discreta masa de fans, también obtuvo una presencia abrumadora en los festivales de cine independiente más reconocidos y en revistas especializadas enfocadas en promover caras nuevas y creadores con personalidad.

Decidí, desde el comienzo, que me mantendría distante, apartado de las tendencias del momento y de los altos presupuestos.

Que proyectaría narrativas poco convencionales centradas en la expresión artística y no en el éxito comercial.

Mis títulos siempre han brillado más que yo.

Y lo cierto es que no me importa; al contrario, es algo que me permite controlar mi imagen pública.

Nunca he sido la cara visible en eventos masivos: las personas que me rodean se han encargado de asistir en mi representación.

Menos James, claro. Él evita los focos tanto como yo.

Estoy convencido de que muchos de los seguidores que admiran mis trabajos no saben ni quién soy.

Y no hablo siquiera en un plano más emocional, sino en cuanto a mi aspecto físico.

Las luces rojas de las cámaras continúan descansando.

Cada vez estoy más confundido. James me mira con esa expresión que precede a una puñalada disfrazada de broma.

El equipo del documental está cambiando de posición las cámaras; los focos no dejan de apagarse y encenderse como si respiraran.

Aprovecha el murmullo del parón para soltarlo, casi en un susurro:

—Y el artículo de ese blog que te gusta, ¿todavía te preocupa?

El comentario me desarma más que cualquiera de las preguntas que estaban haciéndome sobre Unscripted .

Nadie en este rodaje tiene idea de lo que me importa ese rincón anónimo en internet.

Salvo James. Puedo reírme, fingir indiferencia, responder con cierta ironía.

Pero en mi cabeza resuena la voz del blog que parecía estar escrito solo para mí.

Cuando lo leí por primera vez, supe que algo había cambiado en mi interior, que la estabilidad por la que había estado peleando, de repente, no tenía sentido alguno. Toda ella llamaba a la locura. Me estaba invitando a vivirla a través de sus letras como nunca nadie lo había hecho antes.

No necesitaba verla para sentirla. Estaba en cada palabra, en cada pausa, en la manera que admiraba mi trabajo como director con una claridad sin igual, sin adulación hueca, sin exageraciones.

Había en sus textos una dulzura que no conocía límites, capaz de arrancarme sonrisas en los días más grises, y una fuerza escondida que emergía de pronto en una frase, como quien golpea la mesa y te obliga a modificar el rumbo de tu mirada.

Esa mezcla me sostuvo más de lo que me gusta admitir.

Y entonces, algo cambió. Su estilo, su voz.

Como si, de un día para otro, hablara otro idioma.

Uno nuevo, más afilado, más directo. Sus palabras empezaron a dejarme sin aire, parecían clamar algo que no alcanzaba a entender.

Y ahí fue cuando perdí la poca cordura que me quedaba.

Porque, si antes me atraía su dulzura, ahora ese doble filo era lo que me mantenía enganchado.

Con la chica del blog me une una fascinación emocional e intelectual que nunca antes había saboreado. Me descubro vulnerable desde la distancia, atrapado en sus textos. Jamás imaginé que algo tan imperceptible pudiera ser tan real.

James sigue mirándome, esperando una respuesta.

—¿Todavía piensas en ello? —repite tratando de sonsacar la confesión.

Siento la urgencia de las cámaras preparándose de nuevo. La luz roja está a punto de encenderse. Lo miro de reojo, sin intención de dar explicaciones.

—Siempre pienso en demasiadas cosas.

Él sonríe, y yo sé que es porque me conoce como si fuera su hijo.

Decido pedirle su contacto a Alessia. Es la única salida lógica.

Formal, inocente, sin doble intención aparente.

Le digo que necesito hablar con Brooke por un tema de trabajo, aunque sé que no me cree ni por un segundo.

Estoy convencido de que intuye la verdad: que detrás de esa excusa lo que busco es desnudar mi miedo, ver si lo que siento tiene correspondencia o si es otra ilusión fabricada por mi incansable imaginación.

Saco el teléfono. La pantalla se ilumina, haciéndome saber que soy el único que queda en el plató. James me espera fuera. O eso supongo. Abro el chat. Mis dedos dudan sobre el teclado.

«Hola, dueña de todas las cafeterías de Manhattan. Soy yo, Ryan. Le he pedido tu número a Alessia. Te apetece quedar un día?».

Leo las palabras como si no fueran mías. Me parecen torpes, demasiado confiadas y demasiado frías. Las borro.

Pruebo otra vez.

«Sé que puede sonar extraño, pero me gustaría verte. Tomar un café…, hablar sin guiones ni cámaras. Qué te parece?».

Lo elimino de nuevo. Me quedo mirando la pantalla en blanco un buen rato, hipnotizado, como si esperara que ella escribiera por mí.

El corazón me golpea con fuerza en las costillas.

La risa se apodera de mí de repente, sin previo aviso.

He dirigido escenas imposibles, he coordinado a cientos de personas en rodajes caóticos, he tomado decisiones contrarreloj…

y ahora tiemblo por un mensaje. No es miedo a ella.

O quizá también. Es miedo a mí. A lo que pueda pasar después.

A confirmar que ese vértigo que siento cada vez que pienso en Brooke es real, tangible.

Y, a la vez, miedo a perder la magia de lo desconocido, de la idealización.

Porque, mientras que la chica del blog sigue siendo un misterio, Brooke se está convirtiendo en una apuesta definitiva.

Respiro hondo. Vuelvo a escribir.

«Brooke, me preguntaba si te apetecería quedar un día. Algo tranquilo, sin más. Me gustaría verte».

Mejor. Tiene la sencillez que busco. Pero otra vez dudo y lo borro.

El set está en total silencio. James vuelve a entrar y me lanza una mirada desde la otra punta, como si intuyera la batalla que me consume.

Lo intento de nuevo.

«Un café el próximo fin de semana? Me gustaría verte».

Borrado.

Cada versión me parece mucho peor que la anterior.

Y sin embargo, cada mensaje borrado me acerca a lo que de verdad quiero decir: que tengo miedo.

Que estoy cansado de huir. Que la vida es demasiado corta como para seguir escondiéndome detrás de pantallas, focos y fantasmas.

Me llevo una mano al rostro, cansado. Pienso en ella riendo, en esa manera que tiene de inclinar la cabeza cuando te está escuchando, en la calma extraña que me da su presencia.

Pienso en las noches leyendo el blog, en el vértigo de sentir que alguien me habla desde un lugar al que no puedo llegar.

Y entonces entiendo que no se trata de elegir entre ellas.

Se trata de elegirme a mí. De dejar de posponer.

Escribo sin pensar demasiado:

Hola, Brooke. Soy Ryan. Le pedí tu número a Alessia. Te apetece quedar un día y pasamos un rato juntos?

Escojo yo la cafetería

No lo borro. Permito que las palabras respiren un instante en la pantalla.

Lo releo una vez, con el pulso acelerado, consciente de que ese mensaje no es solo un puñado de letras, sino un salto al vacío.

No quiero abrirme a nadie por miedo a las consecuencias.

No me gustaría que Amélie lo descubriera y volviera a insistir en que regrese.

La conozco: mis padres soñaban con nuestro matrimonio, y a ella le convenía más que a nadie.

Antes de que la duda me alcance de nuevo, pulso «Enviar».

El sonido leve de confirmación me golpea.

Ahí está. He cruzado la línea. Me quedo mirando la pantalla, quieto, como si esperara que algo ocurriera al otro lado de inmediato.

Lo que siento no es euforia, tampoco temor.

Es algo distinto. Una paz nueva, extraña, como si al soltarlo hubiera recuperado una parte de mí que llevaba demasiado tiempo escondida.

No hay marcha atrás. He dado el paso. Por mí, y por todas las veces que he callado.

Por fin.