Tras los focos 14. Locos años veinte #2
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14. Locos años veinte #2

Alessia apoya la barbilla en una mano y me observa con curiosidad.

—Y si finalmente se va…, seguro que encuentras a alguien encantador para compartir piso, si decides seguir haciéndolo. Nueva York está lleno de personajes interesantes.

—Sí, pero a algunos preferiría conocerlos solo en las películas —bromeo dirigiéndole a Ryan una mirada furtiva, provocadora. Me sorprendo al ver que sus ojos ya están puestos en mí, pese a que James continúa hablando y esforzándose en mantener la atención de su amigo.

Ella suelta una carcajada y me mira como si quisiera escarbar más allá.

—¿Y tú qué escondes, Brooke? Tienes cara de ocultar algún secreto.

—Es todo un enigma —dice Ryan metiéndose en nuestra conversación—. Normalmente leo bien a la gente, pero contigo ni siquiera sabría decir si te arrepientes de haber empezado una nueva vida o si sientes que has nacido para estar en el seno de Manhattan.

—¡Ryan, a lo tuyo! —lo corto antes de que pueda decir nada más.

Ryan alza las manos en señal de rendición, y él y James se levantan para salir a fumar. Según nos dice, aunque el director no soporta el olor a tabaco, su amigo del alma no logra dejarlo, por lo que no tiene más opción que acompañarlo cada vez que el vicio lo llama.

—Tal vez… —le digo a Alessia retomando la charla algo más tranquilas.

Dudo un segundo, pero algo en su actitud me anima a seguir—.

La verdad es que tengo un blog. Es anónimo, nada del otro mundo, pero ahí puedo expresar lo que no digo en voz alta.

Firmo con Entre Sorbos . Pero no se lo cuentes a nadie.

—Un diario público, pero sin nombre —dice probando las palabras—. Me gusta.

—Al principio era solo un pasatiempo —respondo bajando un poco la voz—. Escribía sobre cine, sobre lo que me gustaba de ciertas películas, la dirección, la magia de las alfombras rojas… Cosas así.

—¿Y lo lee alguien? —pregunta con una sonrisa que mezcla curiosidad y picardía.

—Más personas de las que imaginaba. Aunque…, bueno, me da cierta vergüenza admitirlo, pero mucha gente me sigue porque escribo sobre las películas de… Ryan Blake, precisamente.

—¿Nuestro Ryan? ¿Él?

—Sí. Al principio eran textos de admiración, sobre su estilo narrativo y su dirección, su forma de contar historias.

Pero luego… —Me muerdo el labio—. Tras el lío de sus declaraciones, me decepcionó.

Mi último artículo, de hecho, fue para criticarlas.

Antes lo pintaba casi como un genio; después, como un hombre al que había que bajar del pedestal. Quizá sea mejor así.

Alessia me observa en silencio, esperando algo más. Sus ojos me invitan a soltar lo que llevo semanas guardando.

—Lo curioso… —añado al final— es que él se dio por aludido.

—¿Cómo que se dio por aludido?

—Compartió parte del texto de la entrada de mi blog en su cuenta de X, insinuando que estaba dispuesto a hablar con quien fuera para contar su versión. Lo que más lo indignó fue notar el cambio de tono en mis escritos.

—¿E hiciste algo al respecto? ¿Reaccionaste? —Alessia pone los ojos como platos.

—Nada. —Me encojo de hombros, aunque por dentro siento el nudo de aquel instante—. No tiene ni idea de que soy yo quien escribe, y prefiero que siga siendo así.

La sorpresa aún domina el habla de Alessia cuando me disculpo para ir un momento al aseo.

Al volver a la mesa, de camino veo que James y Ryan están en la entrada, de espaldas a mí, aparentemente concentrados en la conversación.

No es mi intención cotillear, pero no puedo evitar oír que James le pregunta:

—Tío, ¿y qué vas a hacer con ella?

—No hay nada que hacer —responde Ryan en un tono áspero.

—Vamos, no me digas que ya lo has resuelto. Esa chica no parece dispuesta a soltar el pasado.

Ryan suspira molesto.

—No es pasado que yo eligiera… —hace una pausa breve— ni que yo quisiera.

James alza las manos como quitándose de en medio y con una sonrisa forzada intenta rebajar la tensión.

—Vale, vale, no te pongas así. Solo te digo que tarde o temprano tendrás que enfrentarlo.

Se dan la vuelta y se dirigen a la mesa; yo espero unos segundos antes de seguirlos. No tengo ni idea de qué iba eso, pero el tono grave de Ryan se me queda grabado en el cerebro.

No es que Ryan y yo hayamos hablado demasiado en toda la noche, pero he notado que compartimos miradas y cierta complicidad que va más allá de las palabras.

Hay algo en él que me atrapa, como un imán que no entiendo y que no sé cómo gestionar conmigo misma.

Y, aunque no quiero dejarme llevar por una fantasía, diría que a él le pasa lo mismo.

El problema es que, después de lo que he escuchado, no puedo evitar cambiar de gesto.

Me vuelvo seca, distante. No tengo derecho a enfadarme, lo sé, pero la rabia me brota sola, como si me estuviera traicionando a mí misma.

No puedo evitar preguntarme quién es esa chica de la que hablaban, la que logra que Ryan parezca tomarse algo en serio por una vez.

Ryan le pide a James que me lleve a casa. No hay miradas largas ni palabras que intenten salvar la noche, solo un gesto cortés que me deja la sensación de haber arruinado algo que ni siquiera había empezado.

Regreso a Queens, a mi vida tranquila y sin focos, a un piso demasiado pequeño y a calles que ya conozco. Pero me voy con la certeza incómoda de que, por más que lo intente, no conseguiré dejar de pensar en él.