14. Locos años veinte
Locos años veinte
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A la salida, Ryan se adelanta para ir a buscar las chaquetas de todos en el guardarropa.
Yo me quedo rezagada junto a Alessia. Del tal James no hay rastro.
Alessia me ha chivado que es el agente de Ryan, y solo de pensar en la ola de críticas que habrá tenido que manejar en las últimas semanas, tras las declaraciones de su representado, siento tanta empatía por él que es como si ya lo conociera.
—James me ha dicho que nos va a alcanzar luego, una vez que estemos ya en el restaurante. Primero tiene que pasar por casa para acostar a su hija —señala Ryan.
—¿Seguro que no está intentando librarse un ratito de ti? —le pincho.
Él me lanza una media sonrisa incrédula.
—Para que lo sepas, aparte de mi mánager, James es mi mejor amigo, la persona que se encuentra detrás de cada una de mis burradas. Así que no, no creo que esté intentando librarse. Aunque te cueste creerlo, hay gente a la que le gusta pasar tiempo conmigo.
—Me imagino, me imagino… —murmuro con una sonrisa torcida, cabizbaja, dando a entender que, en efecto, no me lo creo.
—Brooke, vamos a cenar en un lugar que algo me dice que va a encantarte… —comenta obviando mi respuesta.
Me quedo mirándolo, intentando averiguar por qué lo tiene tan claro.
Tomamos un taxi que nos deja en la entrada de un restaurante llamado Le Veau d’Or.
Parece un lugar suspendido en el tiempo: a diferencia del salón en el que se ha celebrado el gran encuentro de la noche, no grita lujo, aunque, en cierto modo, sí que lo susurra.
Las paredes son de madera oscura y los espejos que decoran la sala están empañados, haciéndome rememorar una época en la que la elegancia bebía más de la discreción que de la ostentación.
Las lámparas colgadas tiñen de ámbar cada uno de nuestros gestos.
Todo lo que ocurre aquí aparenta tener un aire francés de lo más magnético.
Las mesas, vestidas con manteles blancos, parecen estar colocadas lo suficientemente cerca como para escuchar el murmullo de los comensales más cercanos, pero a la vez se ven envueltas en una intimidad que hace que cada plato se convierta en una confesión.
A nuestra derecha, me fijo en una mujer enfundada en un blazer vintage firmado por Chanel Haute Couture, con botonadura dorada y una camelia blanca a modo de broche.
A su izquierda, un señor, junto a su bloc de notas, sostiene uno de esos bolígrafos Montblanc que cualquier escritor, entre los que me incluyo, desearía tener en su colección.
Mientras tanto, en la barra, apoyado sin terminar de sentarse en una de las sillas altas de piel color whisky, otro hombre hace sonar su Dupont clásico con ese chasquido tan característico.
Apostaría a que todos ellos están disfrutando de una tranquila soledad elegida.
El maître , que parece reconocer a Ryan, nos conduce a una de las mesas: él y yo nos sentamos en el banco de cuero, y Alessia, en cambio, elige la silla, dejando la otra libre para cuando James decida hacer acto de presencia.
Mientras cenamos delicias como pâté en croûte y poulet à l’estragon hablamos de la gala y explico el motivo de mi presencia allí y mi trabajo.
Tengo una sensación un tanto extraña, como de estar en un escenario íntimo, en el que nada se exhibe y todo se insinúa.
Y no hablo de los elementos materiales que nos rodean.
Siempre he creído que se me da bastante bien leer entre líneas, y con un trabajo como el mío no tengo problemas a la hora de charlar con gente nueva, pero ahora siento que estoy en una danza alrededor de los temas importantes, que debo parecer cortante y ocultarme o, si no, habré perdido el juego.
«¡Menuda gilipollez! Esto va en contra de todo lo que siempre defiendo —me digo—. ¿Cómo vamos a crear conexiones reales si nos empeñamos en esconder lo que somos?».
En ese momento un hombre que se acerca a nuestra mesa interrumpe el hilo de mis pensamientos.
—¡Hola, chicos! ¡Perdonad! Asuntos familiares… Una hora más tarde…, pero ¡ya estoy aquí! ¿Cómo va la cena?
—James, siéntate, venga. ¿Te apetece cenar o pasas directamente a los cócteles de Temple Bar? —dice Ryan, confirmando lo que ya imaginaba—. ¿Y cómo está la niña de mis ojos?
Por un momento, no entiendo a qué se refiere y pienso que habla de alguna chica, hasta que caigo en que se trata de la hija pequeña de James a la que tenía que acostar antes de venir.
Noto el peso de la mirada con destello burlón de Ryan, entretenido con mis gestos.
Quizá son imaginaciones mías, pero cada palabra suya parece destinada a provocarme.
—Está estupendamente. Pero no cenaré, lo he hecho con Maggie. Ahora ya duerme, así que tengo todo el tiempo del mundo. Podemos ir al Temple cuando queráis.
—Hace siglos que no piso ese bar, ¡qué ganas tengo de volver! —exclama Alessia poniéndose en pie.
Mientras escucho a James, me fijo en su aspecto: cuarenta y tantos, cabello ondulado castaño oscuro, esos ojos azul acero que parecen atravesarte y una mandíbula marcada que, por cierto, comparte con Ryan.
Incluso le ha dado tiempo a cambiarse de ropa: vaqueros oscuros y unas zapatillas de deporte negras impecables.
El tipo de hombre seguro y agradable que gustaría a cualquier mujer, aunque un poco mayor para mí.
Eso me hace pensar en Valentina: le encantan los hombres mayores.
Contengo una sonrisa imaginando su reacción si conociera a James.
Nos dirigimos al lugar donde terminaremos la noche, un bar icónico del que he oído hablar, aunque todavía no he tenido la oportunidad de visitarlo desde que estoy en la ciudad.
Es precisamente la clase de sitio que me gusta: un espacio clandestino y con muchísima historia.
El trayecto lo hacemos todos juntos en el coche de James, algo que me sorprende porque nadie en Nueva York parece conducir; aquí todo el mundo se mueve en taxi, en metro o, según he visto en la gala de hoy, con chófer privado.
Por suerte, Ryan se sienta junto a él en la parte delantera y tengo un poco de espacio y tiempo para procesar lo que estoy viviendo esta noche.
Cuando por fin nos detenemos ante las puertas del bar, me doy cuenta de que lo reconozco perfectamente: es uno de los escenarios de Subway Hearts , la segunda película de Ryan.
—Brooke, ¿ves lo que decía? Este bar era el favorito de artistas e intelectuales a finales de los años ochenta —me cuenta Ryan—. Tú te dedicas a la moda, ¿no? Quizá te interese saber que Lauren Hutton y Helen Marden lo frecuentaban.
Aunque me aseguro de que mi cara no me delate, me gusta que me haya escuchado hablar de mi trabajo y que intente trasladarme su entusiasmo por este lugar.
También me sorprende que mencione a modelos y artistas del mundo de la moda en lugar de hablar de su propia obra; de hecho, apenas ha nombrado su trabajo, y eso que tiene motivos para presumir de su éxito.
En cualquier caso, no pienso confesar que conozco este sitio porque él mismo, sin saberlo, me lo mostró.
No sé a qué estamos jugando, pero siento que si revelo mis cartas y lo mucho que admiro su obra tendré más posibilidades de perder.
—¿Ah, sí? Me encanta estar en lugares que ocuparon personalidades tan icónicas.
Además, ahora mismo, con ese cuadro —me giro para señalar el que tengo justo detrás— me siento como F.
Scott Fitzgerald en los locos años veinte.
¿Lo conoces, Ryan? Es Saturday Night , de Archibald Motley.
Evoca el Harlem Renaissance y toda la extravagancia de la época.
—¿Te gusta Fitzgerald? —pregunta con una mirada cómplice—.
Es de mis escritores favoritos. Lo llamaban la voz de la era del jazz (un género que me obsesiona).
Su impulso vitalista y su carácter autodestructivo lo llevaron a formar parte de la Generación Perdida. ¿Cómo empezaste a interesarte por él?
—En El gran Gatsby escribió: «La ciudad que se ve desde el puente de Queensboro es siempre la ciudad que se ve por primera vez, en su primera y salvaje promesa de todo el misterio y la belleza del mundo». Y siento que esa es exactamente mi visión de Nueva York.
—Ahora lo comprendo —dice asintiendo despacio—. Esa celebración de una época dorada llena de sátira, excesos, café interminable y moda desenfrenada sigue persiguiendo a los espíritus bohemios incluso hoy. Y déjame adivinar… Seguro que no puedes dejar de sentirte como una flapper .
Lo miro sin disimular mi sorpresa. Conectar con alguien a través de gustos culturales es de las mejores sensaciones del mundo…, incluso si se trata de él.
—No voy a negarlo —respondo con una sonrisa—. Me fascinan: mujeres libres, hedonistas, que rompieron con la idea de la mujer discreta y «correcta».
—Ya decía yo… ¡Se te nota, Brooke! ¿O será que sé leerte? —asegura Ryan, recuperando ese aire de superioridad que tanto me irrita.
—Esta vez me siento contigo —le digo a Alessia mientras ella nos pide sendas copas de vino blanco.
—Ya era hora —responde con una sonrisa amplia—. Creía que me estabas evitando.
—¿Evitarte? —Me río—. Eso es imposible, tu alegría y tu don de gentes son demasiado contagiosos.
—Son dos de mis mejores cualidades, ¡qué te voy a decir! —bromea con su encantador acento británico—. Pero bueno, cuéntame. ¿Cómo te está tratando la ciudad? ¿Ya te sientes como en casa?
Me quedo en silencio un momento, pero decido contarle lo que me preocupa.
—Creo que Fiorella va a tener que mudarse otra vez… Me ha dicho esta mañana que ya lo hablaremos con calma. Pero como soy de adelantarme a los acontecimientos, prefiero prepararme desde ya.
—Fiorella no me ha comentado nada… —responde Alessia frunciendo levemente el ceño—. Solo te diría que no te precipites. Si todavía no está confirmado…, quizá termine quedándose, o incluso no se marche hasta dentro de bastante tiempo.
—Lo sé, tienes razón. Supongo que me asusta quedarme sola tan pronto. Apenas estoy aprendiendo a hacerme a la ciudad.