Tras los focos 13. La chica del café
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13. La chica del café

La chica del café

RYAN

El corazón me da un vuelco extraño. No sé por qué ella parece reconocerme antes de que yo pueda hacerlo. Una sacudida leve, como un eco del pasado, me advierte que esta noche no terminará como todas las demás. Es ella. La chica del café.

Lo que no acabo de comprender es la imagen inesperada que me golpea con la fuerza de un impacto seco antes de girarse del todo: el instante en que hallé la carta en el despacho de mi madre, escrita a un amor prohibido que dejó ir por unas exigencias que, muy en el fondo, sé que no la convencían.

Aquella fue, sin lugar a duda, la gota que colmó el vaso, la revelación que me empujó a huir de casa jurándome que a mí no me ocurriría lo mismo.

Por eso, entre otras cosas, me marché. Por eso supliqué que no me buscaran.

Nuestros ojos se encuentran por encima del ruido de las copas y de la música, y en esa fracción de segundo suspendida tengo la certeza absurda de que puede verme por dentro.

De que, entre todos los que llenan el salón, solo ella es capaz de leer lo que escondo.

Su mirada me atraviesa como un espejo al que no puedo mentir, como si todo lo que he intentado ocultar durante años —los miedos, la huida, la máscara que llevo pegada— quedara desnudo bajo sus pupilas.

El tiempo parece dilatarse, detenerse en ese momento.

No existen los invitados, ni los focos ni los murmullos: solo la tensión que vibra entre los dos, como si hubiéramos sido arrastrados hasta aquí por algo que nos trasciende.

Y entonces llega el torbellino. Una fuerza que, en segundos, cose las grietas que dejaron aquellas veces en que pensé que no resistiría.

No lo veo venir, pero me cala. Es una corriente que me sacude desde dentro, una combinación imposible de vértigo, calma y miedo.

Noto el pulso acelerarse y, al mismo tiempo, la respiración detenerse, como si mi cuerpo no supiera qué hacer con lo que siente.

Nunca me había pasado. No así. No con alguien a quien, en realidad, no conozco.

Su presencia altera el orden de las cosas, me obliga a mirar hacia lugares que había sellado a conciencia.

Me pregunto quién es ella realmente, de dónde viene esa sensación de familiaridad que no logro explicar.

Es como si la recordara de una vida pasada.

Al mirarla, lo entiendo con una claridad que abruma: tomé la decisión correcta al irme.

El juramento que hice, asegurando que no viviría con secretos que me condenaran de la misma forma, de repente obtiene el mayor sentido del mundo.

Y cuando dice que acepta mi invitación, apenas escucho el resto.

Siento cómo dentro de mí todo se recompone, como si esa palabra —sí— bastara para alterar el rumbo de la noche.

No sé qué me inquieta más: la idea de volver a verla o lo que esa certeza empieza a remover en mí.