12. Miradas suspendidas
Miradas suspendidas
brOOKE
—Señorita, ¿va a subir o no? —me apremia el señor del transfer en un tono de estar repitiéndolo por enésima vez—. No tenemos todo el día.
No he podido reaccionar con mayor agilidad. Cuando Alessia me ha escrito diciéndome que debía estar en el portal en media hora, han empezado a asaltarme los nervios.
Me subo al coche con las piernas temblando y el bolso a medio cerrar. Durante el trayecto, dejo los ojos en reposo y comienzo a imaginar, con todo lujo de detalles, lo que está a punto de ocurrir. Como se suele hacer cuando se vive algo por primera vez.
Las ruedas del transfer se detienen frente a la elegante fachada de ladrillo rojo del hotel, con cristaleras lo bastante grandes como para reflejar con intensidad la poca luz del día que queda.
Al alzar la vista, lo primero que capta mi atención es la bandera estadounidense ondeando.
Antes incluso de poner un pie en el suelo, admiro la impecable escenografía que rodea a los grandes eventos del Upper East Side.
Una alfombra oscura guía a los invitados hasta la puerta principal.
A cada lado, hileras de setos recortados en macetas delimitan un pasillo casi ceremonial.
Los porteros, vestidos con uniformes azul medianoche, me reciben con una sonrisa contenida mientras los valets se encargan de los coches que se suceden uno tras otro.
Me quedo fascinada nada más cruzar. Los vestidos de las mujeres parecen recién salidos de las páginas de una revista y sus zapatos de tacón resuenan contra el suelo de mármol logrando la fusión más cautivadora.
Los hombres, en cambio, contrastan con sus trajes oscuros y pajaritas.
Accedo al interior maravillada, pero apenas pongo un pie en el salón, mi noche se tambalea, sin previo aviso.
No puede ser. Ahí está él. Sobre el escenario.
Diciendo palabras que ni escucho; me basta con cómo las dice.
Es ridículo: quiero girarme e irme, pero mis ojos se quedan pegados a ese hombre, como si fueran más honestos que yo.
¿Cómo se puede admirar a alguien y querer huir de él al mismo tiempo?
No tengo respuesta. Solo sé que no debería sentir esto.
Pero lo siento. Si bien no lo admitiría ni aunque me pagaran.
Menos aún tratándose de alguien que mira el mundo —y a mí— como si le perteneciera.
No puedo permitir que se note lo que provoca en mí.
«¿Qué demonios hace él en mi primer evento? Ni siquiera sé si quiero saberlo. Seguro que quedarse en casa no entraba en sus planes: la oportunidad de volver a atrapar los focos siempre puede más que él».
Y entonces ocurre. Su voz se quiebra cuando nuestras miradas chocan.
«¿Soy yo la causa? ¿O hay algo más que se me escapa?».
Como si de un chispazo se tratara, una voz me saca de mis pensamientos. Me había quedado tan enfrascada en ellos que no he reparado en que Alessia me ha visto y ha llegado hasta mí.
—¿Brooke? —Alessia se acerca con la seguridad de quien domina el terreno, radiante, tendiendo los brazos—. Qué alegría que hayas venido.
Es tal como me la había imaginado por lo que me contó Fio.
A sus treinta largos, irradia la confianza de alguien que sabe que tiene Manhattan a su alcance.
Piel clara, corte soft bob —el reinante entre las aliadas incondicionales de la sofisticación sin rigidez— y pecas sutiles, realzadas por la ausencia total de maquillaje.
—¡Hola, Alessia! —le respondo aún deslumbrada—. ¡Qué elegante estás con ese traje blanco estilo zoot suit ! Sucumbir ante el power dressing en el marco de noches como esta es tal acierto…
—Bien… ¡Y gracias, Brooke! No sabía si optar por este look que, claramente, no sigue el protocolo…
¿Esmoquin con chaleco, camisa de seda con corbata y pantalón de silueta acampanada?
Las inspiraciones del dandismo negro me pierden —me cuenta con una sonrisa abierta—.
Ven conmigo. Te presentaré a algunos amigos que han querido acercarse hoy.
No puedes irte sin conocerlos. ¿Estás nerviosa?
—me pregunta al percatarse de mi mirada huidiza, que se va y vuelve sin control.
—Sí, un poco. No estoy habituada a tantos flashes.
—No digas eso, parece que estás hecha para esto. Solo tienes que acostumbrarte a no pasar desapercibida.
Quizá no ande del todo desencaminada, pero todavía me hace sentir más inquieta al escucharlo.
—¿Ves aquella pareja junto al piano? Él es el director de una de las galerías más emblemáticas de Manhattan, y ella es editora de una influyente revista de arte —me señala Alessia sin detener la marcha—.
Por allí está la diseñadora cuya colección viste a las actrices del momento, con un diseño lencero de cuello halter en matices violetas —de Alaïa, apunto, reconociéndolo al primer vistazo—.
Y ese caballero de traje gris, ¿lo ves? La mujer a su lado, con un vestido verde azulado estilo capa y guantes de ópera a juego, es la presidenta de la fundación que organiza el encuentro de hoy y recauda millones cada año.
Es quien ha presentado antes al homenajeado de la noche.
—Increíble… ¿Y ese invitado de honor? ¿Dónde está? —pregunto fingiendo indiferencia mientras bajo la voz para que solo ella me escuche.
—¿Todavía no conoces a Ryan Blake? Seguro que te has fijado en el partidazo que ha subido antes al escenario. Cuando él aparece, todos giran la cabeza al mismo tiempo. Aunque, en realidad, quien lo conoce sabe que no desea para nada ser el centro de atención.
—No puedo llegar a entender cómo alguien que protagonizó tal revuelo mediático puede ser el invitado de honor de una gala impulsada por una fundación de mujeres.
—Me esfuerzo por sonar neutral, como si ese nombre no me quemara la lengua—.
¿Tú lo entiendes? ¿O no tienes ninguna opinión al respecto? —replico a Alessia con cierta firmeza.
—¡Sí, claro! Por supuesto que tengo una opinión. Pero, Brooke, no sabes la otra mitad de la historia. Esa que nadie cuenta. Sinceramente, creo que, de toda su declaración, los medios se quedaron solo con un titular demasiado fácil.
—Mmm, no sé yo —interrumpo—. Siempre es igual con estos tipos. Cualquier excusa les vale para abstenerse de asumir las consecuencias de sus actos.
—Sé a lo que te refieres, pero creo que en este caso es distinto.
Lo que no salió en la entrevista es que Ryan Blake llevaba semanas peleando para que el estudio con el que trabaja aprobara una película guionizada por una mujer.
Me lo confirmó Lauren Kim, mano derecha de Abigail Monroe, cuando quisieron verificarlo antes de otorgarle definitivamente el galardón a Blake.
El caso es que la película por la que él luchaba fue rechazada porque «los personajes femeninos no parecían lo bastante fuertes».
Eso lo sacó de quicio. Estaba furioso; por eso dijo aquella frase tan torpe, queriendo criticar el cliché, no a nosotras, las mujeres.
Creo que lo que pretendía dar a entender es que las mujeres no necesitan demostrar que son fuertes a cada segundo; necesitan que se les permita crear o interpretar personajes completos, auténticos.
Toda mi indignación se desestabiliza. Si lo que me cuenta Alessia es cierto, debo admitir que aquello que yo había tomado como una prueba de su arrogancia era otra cosa: rabia mal expresada, pero con un fondo que nadie —ni siquiera yo, una fan incondicional de Ryan Blake— quiso percibir.
—Vaya…, la verdad es que no sé qué decir —me limito a responder, todavía procesando lo que acabo de escuchar.
—No digo que lo expresara de la mejor manera posible —me tranquiliza Alessia—. Y, si no lo conoces, es normal que lo juzgases… Pero ¡hoy vamos a poner solución a eso! Ven, te lo presentaré.
Antes de que pueda reaccionar, Alessia me ha cogido por el brazo y me arrastra hacia Ryan Blake.
Esto es lo último que esperaba de la noche, y solo puedo suplicar internamente que no recuerde nuestro encuentro en la cafetería.
Nos acercamos a él, que está de espaldas y parece ensimismado contemplando a los grupitos de gente que viene y va.
—¿Ryan? —escucho que dice Alessia—, ¿cómo te sientes siendo el superinvitado de honor?
Ryan se da la vuelta. Creo detectar cierto reconocimiento en sus ojos cuando me ve, pero si me recuerda, no lo demuestra. Se centra en Alessia y le dedica una sonrisa algo cansada.
—No muy bien… Ya me conoces, no es que este despliegue de glamour sea mi entorno favorito.
Asiento como una tonta mientras me pregunto de qué se conocerán Ryan y Alessia.
Me suena que ella trabajó en eventos relacionados con el cine al principio de su carrera, así que quizá sea de eso.
En cualquier caso, si una persona tan firme y decidida como parece ser Alessia defiende a Ryan Blake, incluso a costa de su propia reputación, debe de tener motivos para ello.
Pero sigo sin estar segura de si lanzarme a conocerlo es lo adecuado para mí.
—Quiero presentarte a Brooke —dice Alessia entonces, sacándome de mis pensamientos.
Con una media sonrisa, él me tiende la mano. Procuro que la mía no tiemble al estrechársela.
—Sí, ya nos conocemos. Intentó desalojarme de mi mesa favorita en mi cafetería de confianza, ¿verdad?
—No vi tu nombre escrito en ella. —Arqueo una ceja, procurando mantenerme seria.
Sus palabras me descolocan totalmente, ¡sí que me ha reconocido!
Y ha esperado al momento más oportuno para decir algo sobre nuestro encuentro…
Me invade una sensación de bochorno mezclada con rabia, y rezo por que no se note demasiado el color rojo del que mis mejillas deben de estar tiñéndose ahora mismo.
—Veo que ya habéis roto el hielo —bromea Alessia.
—Digamos que tuvimos… un pequeño desacuerdo territorial —dice Ryan con una sonrisa elegante cargada de reto.
No puedo dejar de mirarlo. Hoy no luce su característica chupa negra, pero he descubierto que el traje le sienta como si hubiera sido cortado directamente sobre su piel.
Cada costura abraza con precisión la forma de sus hombros y la línea de su espalda.
La tela oscura no alcanza a domar la fuerza que se adivina debajo; más bien la enmarca.
Cuando se mueve, el borde de la camisa se abre apenas, lo suficiente para dejar entrever parte del tatuaje que esconde en el pecho.
No es un descuido: es una provocación involuntaria que me quema la garganta, que me obliga a apartar la mirada y, al mismo tiempo, me condena a buscarlo de nuevo.
Y mientras observo, pienso en lo que no se ve.
En esos rumores sensacionalistas sobre una cadena rota en su muñeca y una inscripción en latín escondida en su espalda.
Nunca los he visto, por supuesto. Solo existen capturas borrosas en el relato de alguien que juró haber trabajado con él.
Pero los he imaginado tantas veces que casi puedo sentirlos bajo mis dedos.
Respirar el mismo aire que él no debería alterarme, pero aquí estoy, intentando parecer normal.
No sé qué hacer con las manos. Paso los dedos por la tela del vestido, acaricio el broche del brazalete, como si de pronto nada encajara bien en mí…
Básicamente, me convierto en una persona incapaz de existir sin hacer ruidos nerviosos con algún accesorio.
No voy a caer. No pienso caer en sus encantos.
Me da exactamente igual que esté aquí. De hecho, lo voy a ignorar el resto de la noche, cuando termine esta conversación.
Mi cabeza gira por cuenta propia y me topo con su mirada.
Directa. Inoportuna. Parece que me hubiera estado esperando.
El pulso me late en las sienes, como si todo mi cuerpo estuviera atrapado en ese punto invisible que nos une.
Intento apartar la vista, pero mis ojos no obedecen.
Él tampoco rompe el contacto. Es… incómodo.
De esos silencios visuales que te obligan a pestañear y perder. Y, como era de esperar, pierdo yo.
El murmullo de voces sigue envolviendo el salón, aunque yo apenas lo oigo.
Mi atención está puesta en él, tan seguro, tan impecable, como si la sala entera estuviera pensada para sostenerlo.
Alessia lo decía: que era distinto, que su comentario había sido un error, que detrás había mucho más de lo que la prensa había querido contar.
Deseo creerla, de verdad que sí. Pero mi carácter no me lo pone tan fácil.
Prefiero probar, cuestionar, no entregarme sin más.
Termino por perderme en sus ojos, y siento que mi desafío empieza a volverse contra mí.
Su presencia elegante me desarma, su calma me irrita y me atrae a partes iguales.
No sé cuánto más podré fingir que no me interesa lo más mínimo.
Alzo la copa, dibujo una sonrisa que mezcla resignación e ironía, y le hablo directamente, sin apartar los ojos de los suyos.
—Nada que una ciudad llena de cafeterías no pueda resolver, ¿no?
—Manhattan llena de cafeterías… suena tentador, pero la ciudad tiene mucho más que ofrecer —dice, mirándome—. ¿Por qué no te lo demuestro? Acompáñame a cenar. —Se gira hacia Alessia—. Vente tú también. Así nadie pensará que intento acapararla.
Siento un cosquilleo en el estómago, una punzada de curiosidad fusionada con alarma. Parece tan seguro de que aceptaré… Como si siempre consiguiera todo lo que quiere.
Podría limitarme a reír, a encogerme de hombros, a rechazar la invitación.
Pero una parte de mí, la fan incondicional de su cine, la que ha pasado horas y horas escribiendo sobre él en el blog, se resiste a negarse.
Me quedo mirándolo, incapaz de decidir si está seduciéndome, manipulándome o…
arrastrándome a algo mucho mayor de lo que imagino.
Contra todo lo me había prometido, acepto el primer movimiento de su juego.
—Si crees que me dejaré encandilar tan fácilmente, te equivocas. Pero sí, iré a esa cena.