Tras los focos 11. La gran noche #2
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11. La gran noche #2

Que el reconocimiento en el cine me llegara de un momento a otro ha demostrado tener sus luces y sus sombras.

Cuando aterricé en Nueva York, con la mayoría de edad recién cumplida, enseguida comencé a ir a una cafetería muy distinta del Book Club que frecuento ahora.

Por el tipo de café que servían, no por su gente.

Estaba repleta de hombres trajeados, bien puestos; no eran de la misma tinta que yo.

Pero aquel lugar me dio algo inesperado: me permitió conocer a la persona que me presentaría al equipo con el que acabaría rodando mi primera película como director.

James. Me fichó por una mezcla extraña de ingenuidad y visión que, según él, se notaba a kilómetros.

Recuerdo nuestro primer encuentro: una conversación absurda e interminable sobre cine underground .

Al final, se inclinó hacia mí y me dijo que si quería rodar algo, necesitaría gente, no permiso.

Llegué a la ciudad empujado por mi obsesión con O’Hara.

En especial por «Steps», su poema-declaración de amor a la Nueva York de los años cincuenta.

Ese letrista de lenguaje cotidiano logró conmoverme: me hizo creer que yo también podía ser artista aquí, sin credenciales, sin currículum.

Por eso sigo en esta ciudad. Puse todo mi empeño en aquella producción, aunque no tenía respuestas para ninguna de las preguntas que me asaltaban.

Jamás había participado en un proyecto así.

Mi única formación provenía de biografías, memorias y catálogos de festivales que encontraba en la enorme biblioteca de mis padres.

No tuvo una gran repercusión, pero poco a poco comenzó a llegar a más gente, un público que, sin ser de masas, apreciaba lo que quería transmitir.

Mi historia con el indie quedaría sellada, pese a mis objeciones más profundas.

En aquel momento, las inseguridades me precedían, como si anunciaran mi llegada antes que yo mismo.

Pero, sorprendentemente, parecía no importar.

—¿Ryan? ¿Estás ahí? —El suave golpeteo de James en la puerta de mi escondite me devuelve al presente—. ¿Te sientes bien?

—Sí —respondo seco.

—Sal cuando estés listo —dice James mientras escucho cómo se deja caer al otro lado—. Solo quiero que sepas que no estás solo.

Silencio. Yo sigo respirando a trozos, como si el oxígeno viniera por fascículos.

—No tienes que demostrar nada —añade—. Ni a ellos ni a mí.

Pausa. Su voz cambia, como si estuviera rememorando algo que yo ya olvidé de mí mismo.

—Cuando te conocí, eras decidido. Peleabas por lo que creías, incluso cuando nadie apostaba por ti. Creciste solo en esta ciudad gigante, sin tenerlo fácil, y aun así te movías como si pertenecieras a este lugar. Te juro que nunca he visto a nadie tan seguro… incluso cuanto tú no lo sentías así.

Me encojo en el suelo, acurrucado contra la pared. Siento la garganta seca; odio la sensación. No sé de quién habla. Ese chico seguro de sí mismo no puedo ser yo.

—Siempre te sales con la tuya a la hora de calmar situaciones críticas —logro decir—. Yo solo quería hacer lo mismo esta vez.

Siento un roce leve contra la puerta, como si su mano descansara en ella. Un gesto que me asegura que sigue ahí, esperándome.

—A mí me pagan por hablar y medir, Ryan. A ti te escuchan porque creen en ti.

Trago saliva.

—Pero estoy fallando.

—No —dice en un tono bajo, firme y cálido—. Estás teniendo miedo. Son cosas distintas.

Una pausa.

—Respira conmigo —pide.

Y, por primera vez, lo intento.

Abro la puerta despacio. James me sostiene la mirada, callado.

No dice nada; simplemente abre los brazos.

No de par en par, solo lo justo para que yo pueda decidir.

Me acerco. Las palabras sobran. Camino sin detenerme.

El pasillo que conduce al salón principal se despliega ante mí como si estuviera preparado para mi regreso, y ahora lo veo con otros ojos.

El mármol blanco y negro del suelo, decorado con geometrías perfectas, brilla bajo la luz dorada de las lámparas de pared.

Los espejos enmarcados en latón duplican mi figura, asegurándose de que mis pasos sean imposibles de ocultar, por mucho que, ahora mismo, lo único que quiera sea pasar desapercibido.

Respiro hondo, escondiendo bajo llave todo aquello que he mantenido a resguardo durante años.

La cara de póquer vuelve a ocupar su sitio.

Una máscara ensayada en mil estrenos. A medida que avanzo, el murmullo de la gala se vuelve más nítido: el tintineo de las copas de champán y las risas medidas, sobre todo.

Los invitados rezagados que se han quedado en el pasillo se giran hacia mí, creando un efecto dominó calculado al milímetro.

Sus gestos y saludos son exactos, ni uno más ni uno menos: apretones de manos, inclinaciones de cabezas, sonrisas pautadas…

Todo un acuerdo social en el que, por alguna razón, parece que hoy soy el absoluto protagonista.

El contraste no deja de crecer: por dentro todavía vibran en mí las palabras del discurso y las pulsaciones aceleradas en el camerino donde me refugiaba minutos antes, pero por fuera aparento tener la clave para sumergirme en un mundo dominado por trajes impecables, joyas exquisitas y perfumes que se mezclan en el aire.

Camino entre ellos con la seguridad de quien se ha hecho experto en fingir que está en el lugar idóneo, aun cuando su interior grita lo contrario.

Sigo avanzando hasta llegar al gran salón, y el espacio se abre en una explosión de lujo y excesos sin igual: techos elevados, cortinas pesadas y mesas altas exhibiendo el catering más apetecible.

Me limito a ofrecer saludos cordiales, sin prácticamente alzar la mirada hacia ninguno de los presentes.

Paseo la vista por la sala, y justo al frente, en una línea recta que desemboca en la barra del fondo, de espaldas, una chica sostiene su copa.

Hay en su postura, en sus gestos y en la estética de su silueta una familiaridad imposible de nombrar.

La chica, por fin, se gira del todo, y cuando su rostro se revela por completo, el aire se atasca dentro de mí: ella otra vez.