Tras los focos 11. La gran noche
21%

11. La gran noche

La gran noche

RYAN

Esta noche las luces me ciegan igual que entonces. Los focos que me apuntan me recuerdan, en cierto modo, a las farolas que custodiaban mi hogar en Lirianne. Sobre todo por la manera en que parecían querer deslumbrarme la última noche que pasé allí.

La casa en la que transcurrieron mi infancia y mi adolescencia no era una cualquiera, al menos no para mí.

Se trataba de un lugar hecho por y para ella.

Mi madre, claro. Ni siquiera la opinión de papá contaba.

Todos los rincones que la conformaban llevaban su nombre.

Quizá esa sea la razón por la que ahora me cuesta tanto rememorarla.

Las farolas de hierro forjado de la entrada ya dejaban entrever que existía un muro invisible, aunque infranqueable, entre la realidad y el universo al que uno estaba a punto de acceder.

Si cierro los ojos, puedo ver la casa con la misma nitidez que si estuviera allí de nuevo.

Una vez cruzado el umbral, te daba la bienvenida un recibidor con suelos de madera oscura, una alfombra neutra y una escalera ancha cubierta por un stair run ner sujeto con barras doradas.

Los techos eran altos, los ventanales estaban vestidos de lino, las flores permanecían siempre frescas —y solo en jarrones de porcelana azul— y los espejos con molduras doradas irradiaban un resplandor intenso.

Los salones principales eran íntimos y, además, las construcciones favoritas de papá.

Recuerdo verlo poco por casa, dado que siempre estaba trabajando en alguno de sus proyectos secretos; sin embargo, cuando aparecía, se pasaba horas en los sofás mullidos en tonos crema, abrazado a los cojines de terciopelo verde, frente al tablero de ajedrez de mármol.

Mi padre no jugaba para desconectar, sino para esconderse detrás de la estrategia.

«Las fichas son más fáciles de manejar que las personas», me decía si, por casualidad, compartíamos espacio.

Las chimeneas estaban respaldadas por cuadros ecuestres y retratos familiares que, por cierto, odiaba con todas mis fuerzas.

Y no por quién aparecía en ellos, sino porque me obligaban a ser consciente de que, por mucho que quisiera, no podría escapar de aquello.

Lo que sí adoraba era ver las mesas cargadas de libros enormes.

Por aquel entonces, solo quería hacerme mayor para imaginarlos en mi propio hogar, también rodeados de velas.

Al final, cuando me marché de esa casa, fueron lo único que deseé llevar conmigo.

Para papá y mamá, cada rincón ofrecía el mejor equilibrio entre grandeza y refugio.

¿Por qué yo no lo sentía así?

Desde luego, me habría facilitado las cosas con ellos. Aunque supongo que, en ocasiones, poco puedes hacer cuando se trata de modificar un destino que ya está escrito para ti.

Cuando cumplí los quince años ya había aprendido que el lujo cotidiano también puede expresarse a través del café de primera hora, especialmente si está preparado por el servicio en una cafetera Breville.

Mi madre, en cambio, optaba todos los días por encender la tetera de cuadros blancos y azules de MacKenzie-Childs y acompañar su té inglés con un brioche tostado untado con mermelada casera.

Aun sabiendo que la casa contaba con un enorme comedor presidido por una mesa larga de madera envejecida y una lámpara de araña digna de admirar, la cocina era el verdadero corazón del hogar.

Y después, por orden, venían los baños: auténticas joyas silenciosas.

Quizá suene extraño, pero se convirtieron en mis espacios preferidos de la casa, los lugares en los que me refugiaba cuando no quería ser encontrado.

En ellos hallabas sillones, con mantas elaboradas en Escocia en un telar de Jacquard, en los que podías pasarte horas y horas con cualquier texto de poesía que te facilitara soñar con algo más grande incluso que tú mismo.

Durante mucho tiempo elegí a Baudelaire y Les Fleurs du mal , pero después sentí la necesidad de pasarme a O’Hara y Lunch Poems .

Esta última obra me permitía fantasear con la libertad y la reinvención que poco después comenzaría a dominar mi interior.

Los versos que dormían en la profundidad de ambos lomos me hicieron como persona y, gracias a ellos, logré encontrar la puerta de salida.

—Ryan, tienes que prepararte. —La voz de James me devuelve a la realidad—. En cinco minutos sales al escenario a pronunciar tu discurso.

—Sí, ya voy. Necesito agua, Cap. —Sí, así es como le llamo cuando está a mi lado ejerciendo de mánager oficial: envuelto en un traje oscuro, gafas de cristales tintados y su habitual reloj de estilo militar.

Mientras James corre a buscar la bebida, cierro los ojos y respiro hondo. El sonido de los latidos de mi corazón se apodera por completo del lugar. Bum, bum, bum…

James me trae el agua un momento más tarde.

La manera que tenemos de afrontar este tipo de galas benéficas mi mánager y yo es muy similar, como si estuviéramos sujetos al mismo manojo de nervios.

Él trata de tranquilizarme y me recuerda que solo tengo que subir ahí arriba y recitar el escrito que me ha preparado, como si lo que más deseara en el mundo fuera agradecer a la Fundación de Mujeres en el Cine y al MET que me hayan concedido el título de invitado de honor esta noche.

Después, bajar las escaleras procurando, si puede ser, no caerme en el intento.

No dejo de dar vueltas a las reacciones que provocaron mis últimas declaraciones.

Siento que nadie entendió lo que realmente intentaba decir.

No ha comenzado el acto y ya estoy deseando marcharme.

Odio estar en sitios en los que todo el mundo cree conocerte cuando, en realidad, nadie lo hace.

De lo atacado que me encuentro, no dejo de girar los gemelos con el escudo de Lirianne por los que me he decantado, mi única concesión a un sentimentalismo discreto.

Cruzo los dedos para que nadie se fije en el grabado diminuto.

Eran de mi madre y, aunque viví durante muchos años limitado por sus órdenes, me permiten acordarme de mis raíces, de los vínculos que me empeño en apartar de mi vida pero que se resisten a desaparecer del todo.

Los gemelos son la joya de la corona del conjunto que he escogido para hoy, prestando minuciosa atención al detalle.

Llevo un white tie : frac negro en lana fina, chaleco blanco de algodón piqué, camisa de cuello de ala y pajarita rígida de seda mate, junto con zapatos Oxford de charol, lisos y perfectamente lustrados.

Aunque en un primer momento me cabreó que me prohibieran ponerme mi chupa de cuero de confianza, debo admitir que este atuendo —más elegante y serio— me queda de lujo.

La percha ayuda. Está mal que yo lo diga, pero siempre se me han dado bien los trajes; será cosa de sangre.

Para rematar, pañuelo de bolsillo blanco y mi Cartier Tank, encargado de ejercer como broche de oro de la máscara de esta noche.

—Hoy nos acompaña un hombre al que debemos agradecer su labor en el cine independiente y su empeño por abrir espacio a las mujeres dentro de él. Por favor, demos un caluroso recibimiento a… ¡Ryan Blake! —anuncia Abigail Monroe, presidenta de la Fundación de Mujeres en el Cine.

Me obligo a caminar hacia el atril. La voz me tiembla, las piernas vacilan. Pero, al final, consigo hacer acopio de la fachada de seguridad que siempre me esfuerzo por proyectar hacia el exterior.

—Buenas… buenas noches a todos. Gracias por apoyar una causa tan especial. Es un placer para mí —empiezo mientras fijo la mirada en James intentando no perder el foco— estar hoy aquí en calidad de invitado de honor.

Entonces lo siento: aunque ahora mismo haya cientos de miradas puestas en mí, creo percibir una distinta, una que me hace sentir diferente, todavía más observado.

No puedo evitar buscar entre el público a quién pertenecen esos ojos que me escrutan con más intensidad que ningunos. Los encuentro. Son los suyos.

En el instante en que nuestras miradas se encuentran, mis músculos se tensan, como si el aire se volviera más cargado.

No debería reconocerla…, pero lo hago. Y si ya estaba nervioso, ahora siento que las palabras se me atascan en la garganta.

Aun así, hago un esfuerzo titánico para que encuentren el camino y para que mi conmoción se note lo mínimo posible.

Cuando termino el discurso, bajo del escenario y veo cómo las cámaras marchan tras de mí y los aplausos aumentan.

Sin pensarlo, aligero el paso y me escabullo como puedo tanto de la prensa como de los invitados que se creen con el derecho a invadir mi espacio personal.

Me encierro en el primer cuarto libre que veo en el hotel para poder tranquilizarme.

«¿Por qué me ha afectado tanto verla entre el público? ¿Qué tiene esa chica de especial?».

Empiezo a jadear. El aire no entra, o entra demasiado rápido. Las manos me hormiguean, como si no fueran mías. El pecho se me cierra.

«Otra vez no. Aquí no».

Apoyo la espalda en la pared. El suelo parece inclinarse.

A veces me pregunto cuándo dejaré de huir. Me encuentro en uno de los escenarios más glamurosos de Manhattan y, aun así, siento el mismo vacío que me invadía cuando paseaba por casa de niño, sin mucho que hacer más que esperar a que el tiempo pasara mientras la ansiedad me devoraba por dentro.