10. Manhattan
Manhattan
brOOKE
La ciudad empieza a latir en sintonía con el crujir del manto de hojas secas que cubre el suelo.
Nueva York no es la misma en septiembre, y nosotros tampoco.
Desde que me mudé, Valentina y yo nos prometimos, mínimo, una videollamada cada semana.
Elegimos los martes. Y lo cumplimos, incluso cuando el ritmo frenético de nuestras agendas y el vaivén de la diferencia horaria intenta desajustarnos.
Éramos conscientes de que la distancia no resultaría sencilla: Vale y Brooke siempre han sido inseparables.
Nos conocimos durante el máster de especialización en Comunicación y Marketing de Moda.
Por entonces yo aún vivía en el Colegio Mayor Antonio de Nebrija, donde me había alojado durante mis años de Periodismo en la Complutense.
Sin embargo, bastaron cuatro semanas para que Valentina y yo decidiéramos compartir el piso de la avenida de América.
Más allá del grupo de Pol y compañía —Alex, Clara y él siguieron formando parte de mi día a día, ya que coincidíamos en la misma residencia universitaria—, Valentina se convirtió en la mejor amiga que cualquier chica podría desear.
Aquel apartamento fue testigo de nuestros primeros pasos en la industria: ella, abogada de profesión y defensora de la moda sostenible y la segunda mano por vocación; yo, una periodista entusiasmada con mis primeras colaboraciones como redactora.
Entre trabajos, decepciones amorosas y charlas interminables sobre familia y sueños, aprendimos a confiar la una en la otra.
Y, en más de una ocasión, suspiramos juntas por un futuro tranquilo, con un buen vino y una tarde lenta como telón de fondo.
En definitiva, somos de esa clase de amigas que, cuando una falta, todos preguntan por la otra.
Aun así, aquí estamos, cerrando cada conversación con un «esto no es lo mismo sin ti», seguido de un «ojalá estuvieras aquí».
Y yo, que continúo creyendo en las pequeñas certezas, pienso —como diría nuestra querida Carrie Bradshaw— que aquellos a quienes amas siempre están contigo y, con suerte, nunca más lejos de un vuelo de distancia.
Hoy me ha llamado a las ocho de la mañana. Acababa de abrir los ojos y he decidido quedarme boca abajo, con los pies encajados en el cabezal. Es mi posición favorita cuando me siento sobrecargada.
Aun así, no he dudado en atender: se trata de Valentina, y es nuestro momento favorito de la semana.
Aunque solemos llamarnos tras largas jornadas de trabajo, hoy ha sido distinto.
Ayer, justo antes de acostarme, le envié uno de esos mensajes que escribes sin pensarlo demasiado.
Necesitaba que alguien se pusiera en mi piel, que me dijera qué era lo que me atormentaba desde hacía semanas y por qué.
Y no existe nadie mejor que ella para hacerlo.
Soy de darle quinientas vueltas a todo, lo sé, pero mis obsesiones rara vez tienen que ver con chicos.
Al menos no desde hace unos años. Desde que Pol apareció en mi vida y todo lo que era estable se vino abajo, me prometí que no volvería a pasar por aquello.
¿Cómo iba a conseguirlo? Simple: convenciéndome de que, en realidad, no era de esas.
No necesitaba a ningún hombre a mi lado para enfrentarme a una sociedad que todavía parecía dictada por sus impulsos.
Era fuerte, inteligente, independiente, con un trabajo que me apasionaba y con los mejores amigos que cualquiera querría.
¿Qué más podía necesitar? Nada, en absoluto.
Sin embargo, debo admitir que, aunque siempre lo he tenido claro, en los últimos días los consejos de Valentina sobre mis relaciones han empezado a resquebrajar mi férrea postura.
Según ella, no se trata de que yo sea cerrada, sino de que he tenido malas experiencias: personas que entraron en mi vida sin intención de quedarse y se encargaron de dejarme sin un ápice de confianza en los demás.
Durante mucho tiempo me empeñé en rescatar historias pasadas para traerlas al presente, como si eso me ayudara a comprender por qué no funcionaron.
¿Será verdad, como dice Vale, que lo que necesito es explorar nuevos círculos?
—¿Qué ha pasado? Te noto más alterada de lo normal. ¡Cuéntame! —me pide con inquietud.
—Vale… —Trago saliva—. ¿Recuerdas que me encontré con Ryan en aquella cafetería y me sacó de quicio con el absurdo jueguecito de la silla?
Estaba tan cabreada que escribí una entrada en el blog, completamente fuera de mí, no sé si ya la has leído…
Es que después de ese estúpido comentario en televisión que ni el entrevistador tuvo el valor de rebatir, va y se cree con el derecho de robarse un lugar que es mío.
¿Qué esperaba? ¿Que no tuviera consecuencias?
¡Menuda educación habrá recibido en casa! ¡Menudo gilipollas!
—¡Cálmate, Brooke! —me corta Vale—. ¿No crees que estás exagerando? Es solo una silla de cafetería y, por mucho que te moleste, no lo conoces lo más mínimo.
—¿Exagerando? —repito indignada, sintiendo cómo la ira me arde en el pecho.
—¡Sí! —responde Vale—. Creo que…
—¡No! —la interrumpo elevando el tono antes de que pueda terminar—. No lo entiendes… ¡Escúchame! —insisto mientras mi voz se deshace en fragmentos. No logro asimilar cómo Ryan Blake, ese director que me hizo sentir tan acompañada sin apenas conocerlo, ha podido decepcionarme tanto.
—Sí, sí que te entiendo, Brooke, pero intento que veas la situación con perspectiva.
Mira que normalmente soy yo la impulsiva de las dos, y aun así hoy pienso que deberías tomártelo menos a pecho.
Sé que no estuvo acertado con el famoso comentario, pero ¿qué quieres hacer?
¿Ir a buscarle y decirle de todo? Creo que te vendría bien relajarte y aprovechar que ya te estás haciendo a Nueva York.
Vívela con más satisfacción que nunca, sin que nadie te lo nuble.
¡Y menos un director de cine que va a su aire!
—No, no. Es que eso no se lo permitiré. Espero no volver a verlo jamás —respondo.
—Así me gusta.
Aunque ahora nos separe el Atlántico entero, mi amiga sigue siendo la única persona capaz de hacerme entrar en razón cuando se lo propone.
Y eso, para quienes la conocemos bien, no sorprende.
Con un nombre que impone —Valentina de la Vega—, un físico que destila poder —melena castaña clara, ondas de peluquería, ojos hazel y un rostro perfectamente enmarcado— y una familia de empresarios dedicados a la construcción, ha forjado un carácter fuerte, decidido y, a veces, arrebatador.
Quizá por eso, aunque siempre me he considerado la voz racional entre las dos, su ímpetu ha sabido ponerme en mi sitio cuando más lo necesitaba.
Al colgar la llamada de Valentina, Fio golpea suavemente con los nudillos para avisarme de que va a entrar en la habitación.
Se sienta en el lado izquierdo de la cama: el derecho es mío, ya lo sabe.
Nos quedamos un instante mirando la ventana, en silencio.
El día está gris y parece que la lluvia va a adueñarse de las calles en cualquier momento.
Fio me observa con sus dulces, aunque penetrantes, ojos verdes.
Hoy se ha arreglado —con el maquillaje nuevo que ha estrenado para resaltar sus pómulos marcados y esa nariz respingona que envidio cada vez que la miro— para ir, junto a Thomas, a un espacio coworking donde debatirán sobre el desarrollo de sistemas capaces de producir alimentos, generar oxígeno y reciclar agua en misiones espaciales de larga duración.
Según me ha contado ella, aquella estructura con la que me encontré al llegar al piso el primer día servía precisamente para eso: para estudiar cómo se comportan los seres vivos fuera de la Tierra.
Pero desde que ha cruzado la puerta, me ha dado la impresión de que quiere decirme algo que no puede esperar.
—Brooke, te he escuchado mientras hablabas con Vale —musita disculpándose con la mirada—.
Déjame decirte una cosa. Solo quiero aconsejarte sobre algo que me hubiera gustado entender mucho antes: toda historia tiene dos, a veces más, versiones.
Y aunque es probable que la tuya sea la más coherente, asegúrate de conocerlas todas.
Únicamente con la información completa podrás sacar una conclusión que no te haga daño —sentencia.
—Lo sé, Fio, lo sé —replico con convicción—. Pero es que, para mí, esto tiene mucho que ver con los valores de una persona y me resulta casi imposible no precipitarme en mis juicios.
—No estoy defendiendo a Ryan, porque justificar una metedura de pata así no tiene ningún sentido.
Pero, por tu bien, solo te recomiendo que averigües quién es realmente y qué esconde tras la fachada que muestra al mundo.
Y más, viendo lo que está provocando en ti.
Porque, por mucho que quieras ocultarlo, tus gestos te delatan.
Tras sus palabras, se hace el silencio. No digo nada; me limito a sostenerle la mirada, como si mis ojos pudieran darle las gracias por sus sabias recomendaciones.
—¿Cómo estás tú? —le pregunto—. ¿Cómo sigue tu preparación para el primer vuelo espacial?
—La selección como astronauta de reserva es solo la primera puerta —asegura con un tono que mezcla nervios y determinación—.
Ahora debo mantenerme en forma para estar en condiciones óptimas, mientras no comiencen las primeras prácticas, en las que trabajaremos habilidades técnicas y operaciones básicas, sistemas de naves, ejercicios de supervivencia, caminatas espaciales, buceo…
Sin olvidar la divulgación científica y los idiomas.
Después, si finalmente dan luz verde a la nueva misión que se prevé, llegará el entrenamiento más exhaustivo.
Como soy italiana, será en Colonia. —Se levanta de la cama y hace una pausa breve antes de añadir—: Estoy a la espera de que me confirmen algunos papeles, pero lo más probable es que tenga que mudarme de nuevo… Iremos hablándolo, Brooke.
Debo admitir que la profesión de Fio y Thomas se me hace enorme, casi inalcanzable.
Me quedo algo descolocada, pero no por mucho tiempo.
Thomas aparece en el marco de la puerta, y su aspecto para la quedada —esa camisa setentera con cuello amplio y estampado psicodélico, las gafas redondas, los calcetines chillones y el pelo rebelde— consigue devolverme de golpe a la realidad.
Vuelve a sonar el teléfono avisándome de un nuevo mensaje.
Es Alessia Thomson, la amiga interiorista de Fio y, según ella, la reina de las relaciones públicas.
Fio me contó que había recibido información sobre una gala benéfica organizada por la Fundación de Mujeres en el Cine y el Museo Metropolitano de Arte en Manhattan.
Una de esas fiestas que reúnen a los rostros más reconocidos del mundo del arte: actores, directores, periodistas, estilistas, escultores, comisarios y conservadores, consultores de interiorismo…
En fin, la gente más top del momento concentrada en un mismo lugar.
El sueño de cualquiera que necesite empezar a hacer contactos para abrirse camino. Finalmente leo el mensaje:
Hola, Brooke! Soy Alessia Te escribo porque Fio me dijo que estabas deseando empezar a moverte como freelance en Nueva York y pensé que esto podría interesarte.
Esta noche se celebra el encuentro del año en el exclusivo hotel The Mark y estará presidido por un invitado de honor aún secreto.
Me gustaría que asistieras a la gala benéfica.
Qué te parece si te acercas y nos conocemos? Espero tu respuesta!
Contengo la respiración. Se me ha acelerado el pulso al pronunciar en voz alta el nombre de ese lujoso espacio. Siento que este es el tipo de mensaje que estaba esperando: el que podría hacer que los engranajes de mi nueva vida empiecen a girar, por fin.
Cuando cae la tarde y la ciudad empieza a encender sus luces, me pilla preparándome para la ocasión frente al espejo. Siento que cada detalle cuenta.
He decidido apostar por un clásico: el vestido negro palabra de honor, recto, impecable, que guardo como joya desde que lo heredé de mi abuela.
Es un tesoro bajo la firma de Giorgio Armani, de líneas puras, capaces de desafiar el tiempo.
No necesita artificios; basta con deslizarlo sobre mi piel para que la silueta se estilice con una elegancia que nunca defrauda.
Con un escote tan sensual como femenino, hombros al descubierto y un largo que cae hasta rozar el tobillo, este vestido es la máxima expresión de sobriedad y sofisticación.
Lo acompaño con unos kitten heels negros de charol sellados por Khaite, el tipo de zapato que regala comodidad sin dejar atrás ni un destello de glamour.
Elevo el estilismo con un brazalete dorado y un reloj de pulsera, estrecho, que brilla lo suficiente sin robar protagonismo.
En las orejas, unos pequeños pendientes de diamantes.
Me recojo el cabello en un moño bajo, pulido, liberando un par de mechones para suavizar el rostro.
En cuanto al maquillaje, elijo la naturalidad con un toque de atrevimiento: labios burdeos, la piel luminosa —para no opacar el lunar de mi mejilla derecha— y una sombra de ojos que me acentúa la mirada.
Me observo en el espejo y por un instante me cuesta reconocerme. Ya no soy la chica que llegó de Madrid llena de dudas; soy alguien que está a punto de entrar en un mundo que hasta ahora solo había contemplado desde la distancia.
Respiro hondo, cojo la americana y sonrío.
Manhattan me espera.