Tras los focos 9. Miradas furtivas
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9. Miradas furtivas

Miradas furtivas

RYAN

Cuando necesito silencio, conduzco hasta el Parque Estatal Minnewaska.

Allí todo se detiene con el sonido del agua y el canto de las aves de fondo.

Supongo que por eso me gustan los libros a medio leer y los marcadores con manchas de café: me enseñaron que, lejos de los focos, existen lugares que son pausa. Solo hay que saber encontrarlos.

Hoy, sin embargo, mi mañana ha empezado como tantas otras: en una cafetería silenciosa, buscando el mejor sitio para tomar mi espresso. No imaginaba que alguien interrumpiría mi rutina de forma tan brusca.

¿Quién demonios era esa chica que acaba de marcharse echando humo?

Sus pómulos marcados hacían que sus ojos ámbar destacaran aún más; era imposible evitar fijarse en ella.

Y, sobre todo, ¿qué quería de mí? Nadie suele reconocerme: soy cuidadoso con mi imagen y, sinceramente, tampoco estoy entre las estrellas más brillantes del cine americano. Por lo menos, no todavía.

He crecido rodeado de personas frías y calculadoras que en público lucían su mejor ingenio. Conocidos de papá y mamá que usaban su ropa impecable, su presencia en eventos y sus amistades estratégicas para custodiar obsesivamente su reputación. Pero lo suyo… lo suyo era distinto.

Parecía, como diría papá, una mujer de las que ya no quedan.

De esas que no son capaces de fingir, ni siquiera para ocultar su indignación ante un desconocido un poco capullo.

Sí, lo admito, no ha sido mi mejor momento.

En mi defensa alegaré que nunca pensé que un simple rincón de cafetería pudiera tener una dueña tan feroz.

Me reclino en la silla después de ir al aseo y levanto la mirada de forma brusca para encontrar una pizca de complicidad a mi alrededor.

Alguien que entienda tan poco como yo lo que acaba de suceder.

Sin dejar de darle vueltas, le dedico una sonrisa breve a la camarera y levanto dos dedos en el aire para pedir.

Intento leer The New Colossus , de Emma Lazarus, pero lo cierto es que ya no logro concentrarme.

Después de terminarme mi café, salgo del lugar a paso firme.

Me cubro la cabeza con una gorra que casi duerme conmigo y los ojos con mis infalibles Ray-Ban.

Camino sabiendo exactamente adónde voy. A menudo aprovecho estos tramos de regreso a casa para pensar en lo que ha cambiado mi vida desde que me mudé al SoHo.

Es mi momento favorito del día. Debería estar volviendo junto a James; no deja de repetirme que un director como yo, artífice de algunos de los mejores títulos indie , no debería recorrer la ciudad en solitario a plena luz del día, aunque suelo asegurarle que exagera.

La verdad es que, como digo, paso desapercibido para la mayoría de los mortales.

A ojos de los demás, James es uno de los grandes mánagers de la industria; para mí, mucho más que un pilar.

Podría decirse que es mi mano derecha y un buen amigo.

Cada vez que he cometido algún error, allí ha estado defendiéndome a capa y espada.

En ocasiones, poniéndose a mi favor, incluso cuando no lo merezco.

Llevo toda la vida queriendo exprimir Nueva York y sus infinitas oportunidades como director, aunque, teniendo en cuenta que los contactos de mis padres estaban a casi dos mil quinientas millas en Los Ángeles, me costaba imaginar que pudiera lograrlo desde aquí.

Ellos siempre prefirieron la estabilidad, los planes con garantías.

En el séptimo arte, las posibilidades se heredan y los apellidos pesan más que cualquier idea.

Yo, en cambio, nunca he sabido moverme entre certezas.

Al abrir la puerta, el eco es lo primero que me recibe.

Como de costumbre, el apartamento se empeña en recordarme que estoy solo antes incluso de cruzar la entrada.

El suelo de cemento pulido y las paredes de ladrillo visto siguen ahí, desnudos, como el día en que me instalé.

No hay cuadros, ni plantas ni nada que diga que esto, en realidad, es un hogar.

Es un piso industrial, frío, funcional… Justo como lo quiero: sin huellas de nadie más, sin recuerdos que duelan.

Camino hasta la estantería de hierro que ocupa media pared. También vacía, como suele estar. Una vez pensé en llenarla con libros, premios, discos…, algo que me hiciera parecer menos nómada. Nunca lo hice.

Me detengo en el segundo estante, sobre el que descansa el único objeto que me he decidido a colocar en él.

La hija de James, Maggie, me regaló una foto enmarcada de los dos en la reciente celebración de su octavo cumpleaños, y que define de maravilla la relación que nos une.

Insistió en que «una casa sin fotos no es una casa».

Vuelvo a sonreír al pensarlo. Quizá tenía razón.

Quizá este apartamento estaba esperando algo de mí que no había contemplado antes.

El móvil suena sobre la mesa y hace temblar el vaso de agua que me he servido al llegar.

Es James. Cada cierto tiempo salimos a comer con Maggie, así que ya imagino lo que va a decirme al descolgar.

Es la niña de mis ojos. Nuestro vínculo se hizo más fuerte cuando Charlotte y Lily —mujer y hermana de James respectivamente— fallecieron en un accidente de tráfico hace cinco años.

Desde entonces, James se volvió más protector de lo habitual, y yo decidí que ella no iba a sentirse sola jamás.

—¿Ryan?

—Sí, sí, aquí estoy —replico alzando la voz por la molesta mala cobertura que suele haber en mi apartamento.

—Maggie y yo vamos a Sardi’s. ¿Te apetece apuntarte? Venga, te pasamos a buscar.

Cuando quiero contestar, ya ha colgado. Así es James: no admite un no por respuesta.

Últimamente la soledad en la ciudad me acecha más de lo que quiero admitir.

Porque aunque ninguno de los dos tengamos pareja formal, James al menos comparte su día a día con su pequeña.

Y no, nunca me he planteado ser padre a mis treinta y cuatro, pero cada vez que los veo juntos, aunque intente evitarlo, algo me reconcome por dentro.

Mientras bajo las escaleras sigo pensando en lo mucho que pesan las ausencias.

Mi infancia me dejó demasiados vacíos: una madre dura, un padre ausente, un cariño que nunca estuvo a mi alcance.

Y aun así, cuando salgo a la calle y veo a James y Maggie, tan cómplices, a través de la ventanilla del coche, entiendo con claridad lo que más anhelo: alguien con quien compartir lo cotidiano.

En el trayecto, a diferencia de otras veces, apenas hablo. Me limito a contemplar la ciudad desde la ventanilla, perdido en mis pensamientos. Durante la comida, Maggie rompe el silencio con una inocencia que me desarma:

—¿Tú también tienes a alguien especial, Ryan?

—Maggie me estaba contando que tiene un nuevo amigo en el colegio, uno al que está muy unida. Ahora quiere saber si los demás tenemos la misma suerte —aclara James, supongo que por el desconcierto que debo de haber mostrado. Parece que la pequeña me haya leído el pensamiento.

Sonrío apenas y niego con la cabeza. James me mira buscando complicidad.

Ambos sabemos que eso no es verdad.

Cuando reviso la hora en el teléfono, ya es tarde. Le digo a James que no hace falta que me acompañe, que puedo volver solo. Y así lo hago.

Regreso caminando despacio por la acera.

Saludo con un gesto breve a un par de conocidos, mientras el crujir de las hojas secas marca el ritmo de mis pasos.

Todo a mi alrededor parece difuminarse, salvo la imagen que brilla en la pantalla de mi móvil: el blog Entre Sorbos .

Esos textos que, aunque me avergüence admitirlo, me consuelan y me hacen sentir visto.