Tras los focos 8. Destino cruzado
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8. Destino cruzado

Destino cruzado

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« Así que era aquí adonde me llevaba la dirección » , me digo mientras observo la puerta.

Nunca había oído hablar de Book Club Bar, otro refugio, al parecer.

Aunque esté situado en el corazón de Nueva York, parece tener cierta magia que hace que no pase desapercibido.

Es una cafetería-librería con las paredes de ladrillo caravista, marcadas por poemas garabateados a base de tiza blanca.

También destacan las estanterías, rebosantes de volúmenes antiguos.

Cada rincón invita a la pausa. Lámparas de mesa junto a sillones de cuero desgastado, pilas de libros sobre las mesas y un aire perfumado con el tueste de los espressos que no dejan de salir de la barra.

¿Las tazas? De cerámica artesanal, como me gustan.

Estudiantes merodean con sus cuadernos repletos de anotaciones, escritores buscan inspiración en una penumbra conseguida por las luces ambarinas que dominan el espacio y parejas comparten sus confesiones más íntimas.

Todo al ritmo de un fondo musical dictado por un jazz que logra ponerte los pelos como escarpias en cuestión de segundos.

Desde la distancia, bautizo con la mirada la que será mi mesa confidente a partir de ahora.

Es la única mesa alta, con sillas con respaldos de piel, y se encuentra en un rincón, medio escondida por la sombra que provocan las cortinas color burdeos que separan el ajetreo del bar de la zona más tranquila.

Me acomodo en ella como si me esperara desde siempre.

Saco la libreta, abro el portátil y dejo que el primer café del día me acompañe mientras escribo mi última propuesta aceptada en Vogue : cómo las prescriptoras conquistarán el street style este otoño e invierno con piezas boho-chic .

En la pantalla, las palabras se suceden solas: vestidos vaporosos con volantes, botas altas de ante, bolsos con flecos, accesorios metalizados, tips de figuras icónicas que arrasaron en la primera década de siglo XXI como Sienna Miller o Kate Moss…

Me detengo un segundo, dejo que el vapor del café roce mi rostro, y observo.

A mi derecha, una mujer bebe un café americano con unos grandes auriculares y un vestido de gasa rosa pálido que parece estar firmado por Ulla Johnson, combinado con un cárdigan fino en verde oliva.

El sombrero, a juego, decora la silla donde descansa un bolso de efecto acolchado.

Es justo la imagen que quiero describir: cómo moldeará esta chica, con un estilo tan definido, su prenda cuando el frío empiece a morder las calles.

Imagino que rindiéndose al layering : esa superposición de capas que, año tras año, se convierte en la excusa perfecta para jugar con todas nuestras estéticas favoritas a la vez.

Los días hasta principios de septiembre se deslizan con una cadencia que se vuelve costumbre. Mi rincón, las caras que se repiten, el gesto cotidiano de abrir el ordenador: todo empieza a formar parte de una rutina que me ancla en la ciudad y, sin darme cuenta, me regala un sentido de pertenencia.

Hoy el metro ha tardado más de lo normal y, cuando al final empujo la puerta de la cafetería, el reloj del local marca mi retraso de veinticinco minutos.

Lo primero que noto es el bullicio del que siempre intento escapar.

Y, para colmo, cuando llego a mi mesa me doy cuenta de que otro chico lo ha hecho al mismo tiempo que yo.

Lleva gafas de sol aunque se encuentre en el interior, algo que nunca he podido entender, y mucho menos si va a estar leyendo, a juzgar por el libro que tiene en la mano.

Pero quién sabe lo que piensan estos neoyorquinos.

Enseguida deposita el tomo con el que carga sobre la superficie de madera, como reclamando el espacio.

Podría dejarlo pasar, pero soy como Rory Gilmore con su árbol favorito de Yale: no puedo sentarme en otro lugar, no es lo mismo.

Además, hemos llegado prácticamente al mismo tiempo, ¿por qué cree que tiene más derecho que yo a sentarse aquí?

Hay otras mesas libres. Coloco también mi libreta sobre la mesa y me dirijo al chico con toda la determinación que soy capaz de reunir.

—Perdona, sé que suena raro, pero es que vengo aquí cada día y…, bueno, esta es mi mesa.

—Ahora es la mía. ¿O acaso tiene tu nombre escrito? —replica el chico sin inmutarse, arqueando levemente una ceja entre mechones de negro azabache.

—No, pero es donde cada mañana me siento para…

Él se inclina hacia atrás y me interrumpe, con una sonrisa ladeada en el rostro y un tono arrogante que me saca de mis casillas.

—Pues hoy no.

—Idiota —murmuro.

—Encantado —concluye sonriendo fanfarrón.

Me quedo sin réplica mientras termina de sentarse. Hay algo en él que me resulta familiar, pero no soy capaz de dar con ello. Quizá lo he visto antes por aquí, quizá…

Entonces se quita las gafas de sol para mirarme.

El pulso se me dispara cuando por fin entiendo a quién tengo delante, pero los nervios iniciales enseguida son sustituidos por rabia.

Decepción. Todo lo que he sentido últimamente cada vez que me encontraba con una noticia suya.

Tiene un físico que podría enloquecer a cualquiera: altura peligrosamente efectiva, ojos grisáceos, casi metálicos. Aunque a mí esto nunca me ha importado.

—Así que es verdad. Eres tan arrogante como aparentas en televisión.

Por primera vez su expresión cambia. Alza la vista rápido como si lo hubieran pillado en falta.

—¿Sabes quién soy?

—Al principio no he caído, pero está claro. Ryan Blake. Al parecer, lo de reírte de las mujeres no es algo que te limites a hacer en tus discursitos de alfombra roja.

—¿De qué hablas? —Sus ojos grises me atraviesan, serios, como una advertencia—. No tienes ni idea de lo que dices.

—No necesito saber más. Ya sé quién eres: un idiota que cree que siempre puede salirse con la suya.

Cojo mi libreta de un tirón y me marcho, cerrando bruscamente la puerta. Fuera, el viento me golpea, pero no logra apaciguar el calor de mis mejillas. No sé qué es peor: que haya intentado justificarse sin razón o que haya notado cómo su mirada me seguía mientras me alejaba.