7. Café de coordenadas
Café de coordenadas
brOOKE
El calor de la calle nos golpea al salir de Beacon’s Closet. Sostengo la bolsa como si fuera un trofeo.
—Te lo dije —insiste Fio—, esa chaqueta te va a subir el ánimo cada vez que te la pongas. Ya lo verás.
Todavía no me lo creo.
—Oye, Fio, ¿te apetece seguir con nuestro día de chicas yendo a dar una vuelta por Smorgasburg? —propongo—. No sé si has estado, pero he leído que es un mercadillo de comida de Williamsburg. Podríamos picar algo. Así conozco más zonas.
—¡Claro! Me parece muy buena idea. He ido alguna vez; me recuerda mucho a mi infancia. Hay pasta fresca y, si te soy sincera, está buenísima. ¿Cogemos taxi o prefieres el metro?
—Metro, ¿no? He visto que tardamos unos veinte minutos.
—Perfecto, Brooke. ¡En marcha!
El traqueteo del vagón nos acompaña un rato hasta que subimos las escaleras hacia la calle. Nada más salir, huele a pan recién hecho y a especias. Frente a nosotras, uno de los mil puestos del mercadillo se ilumina con los rayos de sol que apaciguan la brisa en algunos puntos del recorrido.
—¡Mira! ¿Es ese el puesto de pasta fresca que decías?
—Sabía que lo encontraríamos.
Fio me guiña un ojo y echa a andar delante.
Yo la sigo sonriendo.
—¿Y si cogemos algo para llevar? Cerca hay unas mesas al aire libre en las que podríamos sentarnos a comer. ¿Cómo lo ves? —pregunta Fio mirándome de reojo.
—¡Vale! ¿Qué me recomiendas como buena italiana?
—Mmm —murmura pensativa—. La otra vez pedí tagliatelle burro e salvia . Es el plato estrella de mi nonna Bianca. Está hecho con mantequilla derretida y hojas de salvia crujientes. ¡Delicioso! Te sugiero que lo pruebes.
—Venga, va, te hago caso. Me has convencido.
—Yo también vuelvo a apostar por el mismo plato. ¡Qué hambre!
Nos entregan los dos pedidos en grandes táperes transparentes y nos movemos de nuevo, buscando el sitio del que hablaba Fio.
—Fio, ¿y de dónde te viene ese exquisito gusto por la cocina rústica? ¿De pequeña vivías con tu abuela? —le pregunto, intentando conocer un poco más de su familia.
—Pasé la mayor parte de mi infancia en el valle del Chianti, en la Toscana, porque mis padres trabajaban en Florencia: mi padre es chef, y mi madre, física.
Crecí con mi abuela, el alma de una casa de piedra con buganvilla y terreno salpicado de olivos.
De hecho, son los culpables de esta cicatriz que tengo aquí —asegura levantándose ligeramente la camiseta por detrás y enseñándome la parte baja de la espalda.
—Debe de ser alucinante la atmósfera que se respira, ¿verdad? —le digo sin disimular mi curiosidad por lo que aún no he tenido la oportunidad de vivir.
—Lo cierto es que me siento muy afortunada de haber nacido allí.
Además, soy la pequeña de cuatro hermanos.
Los tres mayores se mudaron muy jóvenes a Bolonia para desarrollar sus carreras como abogados, y mi abuelo ya no vivía.
Por eso mi relación con Bianca se volvió mucho más estrecha.
Para mí era como tener una mejor amiga, pero con la dosis de experiencia que nos falta a esa edad.
—¡Qué bonito es poder atesorar esos recuerdos con tu abuela!
Llegamos a una explanada repleta de mesas metálicas, gente con comida de distintos puestos y música suave que sale de un altavoz escondido. El murmullo constante se mezcla con el sonido del viento de los árboles.
Fio se acomoda en una silla y deja los dos táperes sobre la única mesa que queda libre. Luego, me devuelve la pregunta con una sonrisa:
—¿Y tú, Brooke? ¿Qué recuerdo familiar guardas con más cariño?
Permanezco pensativa unos segundos repasando los buenos momentos.
—Supongo que elegiría alguno de los que compartí con mi madre.
Hubo un día en que mi padre no había llegado a casa: estaba dando clases particulares de inglés a uno de sus alumnos del colegio.
Mi hermano pequeño se encontraba con nuestros abuelos, así que nos quedamos las dos solas.
Nos pusimos a hacer collages con recortes de revistas de moda que llevábamos coleccionando durante años.
Y eso no fue todo: también elaboramos una tarta de manzana y escuchamos jazz de fondo, buscando inspiración.
Por sencilla que fuera, esa tarde se me quedó grabada.
—Veo que tu conexión con la moda viene de lejos, ¿eh? —comenta Fio con complicidad.
—Sí, aunque tardé en darme cuenta de lo importante que realmente era para mí.
A medida que fui creciendo, fui consciente de que la moda estaba mucho más presente en mi vida de lo que imaginaba.
En los gustos de mis padres, por ejemplo: la estética Ivy League (por la que suspiro cada vez más) o el cine clásico, con sus pinceladas de glamour y atemporalidad.
También en mi obsesión por desgranar armarios que no eran los míos, en la facilidad para probar mil estilos distintos y adaptarlos a mi manera de ser, en esa costumbre de elegir siempre según la sensibilidad que me transmitía algo…
No sé, detalles que he ido captando a lo largo del tiempo.
—Qué bien, Brooke —dice removiendo distraída la pasta con el tenedor—. Nadie descubre quién es de un día para otro.
Asiento despacio reconociendo que tiene razón.
—Por cierto —añade tras un breve silencio—, tengo una amiga que trabaja en PR, Alessia Thomson.
Es interiorista, reconocida por su extensa red de contactos en la Gran Manzana, y trabaja como freelance para distintas firmas del mundo del arte.
Creo que podrías caerle bien… y quizá os apetezca conectar.
Nunca sabes de dónde puede salir algo interesante.
—Claro —respondo sin saber muy bien qué decir. Me siento muy agradecida por su propuesta, porque en Nueva York es casi imposible avanzar sin contactos. Y menos en un mundo como el de la moda—. Suena genial.
Vuelve a girar las tagliatelle con un gesto distraído, luego levanta la mirada y sonríe.
—Ah, y hablando de planes —dice—, durante el verano siempre proyectan películas en Bryant Park. Esta tarde ponen Ghost . ¿Y si vamos? Sería la guinda perfecta para nuestro día de chicas —propone Fio.
—Mi madre estaba loca por Patrick Swayze… —le digo con un deje de ternura—. De hecho, su película favorita es Dirty Dancing .
—No me extraña, Brooke. ¡Es una leyenda! Entonces ¿te parece bien? —pregunta con esa mezcla de intensidad y dulzura que la caracteriza.
—Sí, sí, claro. ¡Vamos para allá!
Después de subirnos al taxi y atravesar la ciudad durante poco más de quince minutos, llegamos a nuestro destino.
El césped de Bryant Park está cubierto de mantas y bolsas de picnic.
La pantalla blanca domina el centro como un faro, y poco a poco el bullicio se desvanece mientras las luces de los rascacielos comienzan a brillar.
Desde donde estamos sentadas, se aprecia cómo los frondosos árboles luchan contra el cielo violáceo del atardecer, para ver quién consigue robarnos más la atención.
Cuando las primeras notas de la película llenan el parque, Fio susurra:
—¿Preparada para llorar un poco?
—Por favor, si no lloro con Ghost , retírame el carnet de romántica —le contesto riendo—. Chiss, que empieza —susurro divertida.
A mitad del filme, el aire se vuelve más denso y se hace un silencio cargado.
A nuestro alrededor, todos parecen contener la respiración.
Fio mantiene la mirada fija en la pantalla, sin pestañear, con la barbilla apoyada en las rodillas.
Cuando la película termina y la música de Unchained Melody inunda la plaza, la multitud suspira al unísono.
Yo también lo hago, aunque intento disimularlo.
Fio me lanza una mirada rápida, como si me hubiera pillado, y esboza una sonrisa sin pronunciar palabra.
Los créditos aparecen y la gente estalla en aplausos suaves. Nos quedamos quietas, en silencio, durante unos segundos.
Más tarde, mientras caminamos entre la marea humana que se dispersa por la Sexta Avenida, le digo:
—La próxima vez tenemos que ver algo de Ryan Blake, Fio.
Estoy segura de que te gustará. Sabe retratar esos amores silenciosos, imperfectos, un poco torpes.
No hay música épica ni fuegos artificiales, solo miradas y gestos pequeños que lo cambian todo.
Es cine indie en estado puro —le digo entusiasmada—.
¡La clase de historia que toda mujer querría vivir!
—Veo que empiezas a verme venir, ¿eh? —me dice en un tono entre jocoso y cariñoso, como si le hiciera ilusión que ya pudiera leerla un poco—. Pero me parece genial.
—Creo que necesito algo dulce después de tanta emoción —bromea Fio mientras abre la puerta del taxi que nos lleva de vuelta a casa.
—Tú siempre necesitas algo dulce —le respondo riendo.
El coche arranca a toda velocidad y avanza esquivando vehículos, peatones y luces, como si Nueva York corriera en paralelo a nosotras.
Fio me mira de reojo.
—Ahora que pienso… —dice en ese tono suyo cargado de travesura—, creo que deberías volver a probarte la chaqueta.
—Me has leído la mente, Fio.
Al coger la bolsa y sacar mi nuevo objeto de deseo, me fijo por primera vez en que un panfleto asoma del bolsillo interior.
—¿Esto qué hace aquí? —murmuro enseñándole el papel.
—¡Uy! ¡A ver! —responde cogiéndolo de mis manos—.
Las letras están algo desgastadas, pero, por lo que puedo leer, parece el anuncio de una cafetería de especialidad en el East Village, del día de su inauguración.
Creo que es una invitación. No se ve muy bien el nombre del local, pero hay una dirección. ¿Y si te acercas mañana, Brooke?
—¿Crees que debería ir? —Algo en mi interior me dice que esta podría ser la aventura que andaba buscando, un pequeño misterio en esta nueva ciudad.
—Brooke, los cafés son tu paraíso. Quizá es la señal que tanto has estado esperando —susurra Fio. Y siento cómo su voz me llena de emoción, provocándome un estremecimiento que me sacude por dentro—. Quién sabe, quizá el destino trata de decirte algo.
—Es cierto…, tienes razón.
La ciudad sigue girando a nuestro alrededor, pero yo solo puedo pensar en esa dirección incompleta.