6. Reliquias
Reliquias
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Cuando he abierto los ojos esta mañana, todavía arrastraba el nubarrón de melancolía de ayer.
No hay peor sensación que ese vacío que te invade al recordar una etapa de tu vida que, aunque fue bonita en su conjunto, terminó dejándote un poso amargo.
Sumida en mis pensamientos, apenas me he dado cuenta de que ha salido el sol.
Llevo casi dos horas sentada en la cama, con el ordenador sobre las piernas, avanzando en un reportaje sobre cómo las nuevas generaciones están transformando el consumo de moda haciendo que la ropa de segunda mano conquiste los vestidores.
¿Existe algo mejor que invertir en una reliquia de tu firma favorita mientras contribuyes a aminorar el consumismo excesivo? Además, se trata de artículos únicos y limitados, con una rareza e historia que hacen que, en muchas ocasiones, sean de valor incalculable.
Imaginaos: salís a pasear una mañana de sábado y decidís ir en busca de esa tienda vintage de la que todo el mundo habla.
Nada más entrar en el afamado local, dais con una gabardina de Burberry por un precio irrisorio.
Ya os lo digo: vais a sentiros las más afortunadas al tener en vuestras manos una de las confecciones más atemporales que existen; una prenda que, aun con pequeñas actualizaciones, regresa a nuestros armarios cada año.
Aunque siento un furor absoluto por investigar los modelos de negocio emergentes que mueven la industria, esta vez el escrito es, en realidad, una petición de Women’s Wear Daily , otro medio de comunicación para el que miles de chicas desearían trabajar.
Al despertar, he visto un correo en la bandeja de entrada que no había abierto todavía, y me ha levantado el ánimo de golpe. Eran ellos.
Asunto: Colaboración freelance - WWD
Hola, Brooke:
¿Qué tal? Soy Oliver Hayes, de Women’s Wear Daily . Me ha pasado tu contacto Carlota Sinclair-James.
Te escribo para trasladarte nuestro interés en contar contigo como colaboradora freelance en la sección de «Tendencias», centrada en el mercado americano.
A Alice Cooper, nuestra coordinadora editorial, y a mí nos gustaría que comenzaras a trabajar en un reportaje sobre el auge de las tiendas vintage , con el objetivo de analizar tu estilo.
Será mi compañera quien te facilite las condiciones generales y resuelva cualquier duda.
Si pudieras tenerlo listo en el plazo de una semana, sería genial.
Quedo pendiente de cualquier cosa que necesites. Seguimos en contacto,
O. H.
No puedo imaginar un comienzo mejor. Hace menos de dos meses que llegué a Queens y ya he recibido mi primera oferta de trabajo, que no solo me ilusiona, sino que también me ayudará a andar algo más desahogada con los gastos.
Carlota Sinclair-James, redactora jefa en Vogue España , ha sido mi superior desde que entré en la empresa, y, si no fuera por ella, probablemente no estaría aquí.
Para preparar la prueba lo mejor posible, le he pedido a Fio que me acompañe a recorrer las tiendas de segunda mano más icónicas de Manhattan.
Salimos a media mañana rumbo al sur, justo cuando el sol se filtra entre los edificios de ladrillo.
Fio insiste en que el tour no puede empezar sin un café, así que paramos en The Quiet Cup para coger un café y un matcha para llevar, con un par de bagels con semillas y aguacate.
Tras reanudar la marcha, la idea de poder ver a Fio como astronauta en un futuro vuelve a perseguirme.
La imagen me resulta tan hipnótica como surrealista, así que abordo el tema.
—Dime la verdad. No sé cómo puedes mantener la calma sabiendo que podrías ir al espacio. Yo me estresé solo firmando un contrato de alquiler… y eso que no implicaba salir de la atmósfera.
—Supongo que porque he pasado años estudiando lo que pasa allá arriba —se ríe—. Cuando entiendes los procedimientos y los riesgos…
—¿Riesgos tipo «te quedas sin oxígeno» o riesgos tipo «pierdes la vista y nadie te avisó»?
—Más bien lo segundo —dice—. Si la presión de los ojos se altera en órbita, puedes perder visión.
—Genial —asiento—. Entonces el espacio no solo quiere matarte, también pretende hacerlo sin que lo veas venir.
—Cuando entiendes eso, el miedo se vuelve… manejable.
—Claro —digo—. Como el alquiler. Solo que allí el casero es el universo y no acepta quejas. Pero, Fio, ¿y eso no te disuadió?
—Empecé en Bolonia, en una universidad llena de hombres que creían que la biotecnología era cosa de testosterona.
Incluso una profesora me dijo que las italianas éramos «demasiado emocionales» para adentrarnos en la carrera y sacarla con éxito.
Luego, como te conté, me trasladé a Múnich, ciudad a la llegué pensando que pasaría años y años diseñando prototipos para laboratorios que nunca usaría nadie que se pareciera a mí.
Tuve la suerte de que al final no fuera así.
Y también aprendí que no debo dejar que las inseguridades decidan por mí.
La miro en silencio mientras doy un sorbo a mi café.
—Cuando me contactaron desde la ESA, lo supe: lo había conseguido.
Samantha Cristoforetti alcanzó el hito el 23 de noviembre de 2014, siendo miembro de Futura (Expedición 42/43).
Y si las cosas van como deben, en un futuro, yo también entraré en la lista de mujeres que han hecho historia en el espacio.
Se inclina un poco, seria, pero con los ojos brillantes.
—No quiero ser la única. Solo una mujer pionera.
Fio vacía su matcha como quien cierra un capítulo.
Nuestra primera parada es What Goes Around Comes Around , en pleno SoHo.
Desde fuera, los escaparates son una cápsula del tiempo: blazers de Dior alineadas, bolsos de Chanel que parecen vestigios de otra época y un maniquí con una chaqueta negra de tweed que me mira como si me conociera.
Dentro, el suelo cruje con cada paso y las dependientas susurran; parece que estén custodiando secretos de estado.
Caminamos hacia el Village. En Beacon’s Closet, Fio encuentra una cazadora de cuero que parece haber sobrevivido a infinidad de conciertos.
Yo, una chaqueta con una cruz fantasía que me recuerda al diseño de Christian Lacroix, adornado con joyas valoradas en diez mil dólares, que llevó con jeans la modelo israelí Michaela Bercu para la primera portada de Vogue USA producida por la editora jefa Anna Wintour en noviembre de 1988.
Bercu, que fue fotografiada por el alemán Peter Lindbergh, protagonizó toda una revolución, abriendo camino a mujeres tan corrientes como glamurosas.
Me quedo mirando la pieza, suspendida en una percha que no alcanzo a coger.
Quiero probármela, notar cómo cae sobre mis hombros, creer —aunque sea por unos minutos— que vestida con esa chaqueta todo es posible.
Hay diseños que tienen ese algo que te hace ver el mundo como un lugar en el que atreverse.
Como este que acabo de encontrar: sinónimo de empoderamiento, feminidad y ostentosidad, una fusión de elementos con los que convive, a la vez, la elegancia más depurada.
Me gusta perderme por tiendas que me sorprendan, y qué mejor que hacerlo al lado de alguien que ve la moda desde un prisma tan parecido al mío.
Fio y yo tenemos estilos muy distintos, pero siempre encontramos ese punto en común que nos permite escucharnos y descubrir qué tendencias hacen suspirar a la otra.
Mientras a ella la mueve añadir toques masculinos a sus looks —como hoy, por ejemplo, que ha rescatado una bomber que perteneció a su padre para sobrevivir a los aires acondicionados—, a mí me apasiona todo lo que tenga que ver con la atemporalidad y el romanticismo.
—Venga, Brooke, pide que te bajen la chaqueta y pruébatela. Aún no sabes por cuánto la tienen; quizá es menos de lo esperado.
Mientras llamo a la dependienta, veo que Fio fija los ojos en mí, como si pudiera leerme la mente.
—No hagas lo de siempre —me dice—. Si sientes que debe ser tuya, no lo dudes. ¿Quieres saber lo que creo?
Me río, pensando en lo mala influencia que es.
—Es una inversión como ninguna otra. Este diseño es una alhaja en toda regla, el broche de oro que le falta a tu armario, Brooke. ¿No ves que lo tienes todo negro, beige y blanco? Por lo menos que se respire en él una pizca de opulencia.
La dependienta descuelga la prenda y me la entrega, haciéndose a un lado para que pueda mirarme en el espejo que hay justo enfrente.
Me enfundo en ella y, de inmediato, vuelve a mí ese afán por coleccionar prendas que rinden homenaje a las grandes creaciones de la historia de la moda.
No puedo imaginar lo que debió de ser ver a alguien posar mezclando alta costura con moda de calle, rompiendo con todas las convenciones estéticas.
No dejo pasar más tiempo e introduzco la mano en la chaqueta para agarrar la etiqueta y revisarla con la esperanza de que no sea tan cara como imagino.
Contengo la respiración. La miro dos veces: el precio roza lo simbólico para una confección así.
No tiene sentido. Podría haber salido de un atelier parisino.
Los bordados, los relieves, el juego de texturas…
Todo me recuerda a la creación original, pero no es Christian Lacroix.
Es de Balmain, por lo que no resulta extraño que conserve ese mismo pulso teatral, esa necesidad de convertir la aguja en espectáculo.
Me miro una última vez en el espejo. Fio me observa, con esa media sonrisa que solo pone cuando sabe que ha ganado.
—Tienes razón —susurro—. Me la quedo.
Ella aplaude bajito, como si acabáramos de celebrar algo más grande que una compra.