5. Madrid
Madrid
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Ernest Hemingway dijo una vez que Madrid rebosa tanta literatura, poesía y música por sus cuatro costados que ella misma es un personaje literario.
Recuerdo la primera vez que vi Medianoche en París . Algo se encendió en mí, como si Gil Pender hubiera pronunciado en voz alta lo que llevaba años pensando: esa nostalgia por tiempos que no vivimos, ese anhelo de otra vida, de otra versión de uno mismo.
Cuando me mudé de Las Rozas a una residencia estudiantil del barrio de Justicia para cursar bachillerato, creí —como él— que ese cambio de rutina me abriría la puerta a la vida idealizada que siempre había soñado.
Una vida mejor. Una vida más mía. Y durante un tiempo lo fue.
Con creces. Un nuevo rumbo que me regaló, desde el primer momento, lo que no había encontrado antes: el espacio para descubrirme y reconstruirme.
Para mí, sigue siendo el mejor obsequio a cualquier edad.
Pero, como suele ocurrir, la burbuja en la que vivía terminó por estallar y las calles que antes me ilusionaban empezaron a pesarme demasiado.
Esa etapa supuso infinidad de cosas para mí: el periodo que me enseñó a vivir sola sin sentirme sola, el escenario de mis pequeñas costumbres y la forja de mi familia elegida.
Fue, además, el lugar en el que, por primera vez, comprendí el verdadero significado de Unscripted , de Ryan Blake, que tiñó mi percepción de cada cara, cada esquina y cada atardecer sobre los tejados de Justicia.
Fantasear era gratis… y fácil en mi antigua ciudad.
La soledad dejó de ser enemiga: se volvió hábito, aliada y refugio, y aún la echo de menos.
Lo que no resultó tan sencillo fue entender que también allí, entre todo lo bueno, alguien conseguiría hacerme pedazos. Incluso hoy, todavía da vueltas en mi cabeza la misma pregunta: ¿es por él que sigue costándome tanto entregarme?
Este pensamiento me ha acompañado durante años más de lo que me habría gustado, como una gota de agua que corre lenta por el cristal y deja tras de sí una huella permanente. No importa cuánto lo analice, no encuentro una explicación que me satisfaga por completo.
Una de las típicas ardillas pelirrojas de los parques de Nueva York cruza correteando por delante de mí y me devuelve a la realidad.
Hoy he decidido tomarme el día libre. He dejado el ordenador y los correos sin responder, he cerrado la puerta del piso y me he dirigido a Gardens Park, ese rincón de Sunnyside que Fio y Thomas me presentaron hace unas semanas como un oasis de silencio en pleno bullicio neoyorquino.
Sin duda alguna, es lo más parecido a un jardín secreto.
Llevo en la mano mi termo favorito, que ahora desprende un delicioso olor a café recién hecho.
Nada más entrar en el recinto me he dispuesto a buscar el sitio ideal: un roble antiguo cuya copa de follaje frondoso proyecta un mosaico de luz y sombra sobre la hierba.
Despliego el mantel que le he pedido prestado a Fio y me siento con la espalda apoyada en el tronco y las piernas cruzadas.
Aspiro hondo con la intención de pasar un rato disfrutando del sol y la brisa.
Pero entonces, un sonado chapoteo rompe la calma.
Dos niños se salpican el uno al otro, pisoteando el agua que ha quedado estancada tras la última lluvia en el camino de adoquines que atraviesa el parque.
Al oírlo, algo en mi interior se agita y una imagen se desliza otra vez por mi memoria.
El olor a tierra mojada me lleva de vuelta a él.
Tenía dieciséis años. Tras terminar la última clase del primer día, salimos a la calle.
Acabábamos de conocernos, pero yo ya intuía que ese pequeño grupo, formado por dos chicos y dos chicas, iba a convertirse en algo muy importante para mí.
Eran Clara, Judith, Alex y Pol y, aunque todavía no lo sabíamos, llegaríamos a ser nosotros contra el mundo.
Desde el primer segundo noté que los ojos de Pol brillaban de otro modo.
Con la intención de calmar el calor que apretaba a las tres de la tarde, nos acercamos al parque más próximo para la clásica batalla de agua.
El sol caía a plomo sobre nuestros hombros, así que todos agradecimos el efecto refrescante de las gotas frías salpicando nuestra piel.
Cada vez que alzaba la vista, la mirada de Pol me encontraba y los demás se desvanecían.
No necesitábamos articular palabra. Sentía que lo conocía de siempre, como si nuestras almas hubiesen coincidido mucho antes de hacerlo nosotros.
Fue un impulso puro, sin tiempo para el miedo ni para la lógica, como lanzarse al vacío y esperar que el viento te sostenga.
Me rendí a ese momento, dejándome empapar por completo. Si hubiera sabido el final, quizá no me habría lanzado… Pero si supiéramos desde el principio cómo acaba todo, nunca nos atreveríamos a saltar. Puede que eso sea lo más bonito de la primera vez que nos enamoramos.
Un simple juego de niños hizo que algo cambiara dentro de nosotros.
A partir de entonces, y durante los siguientes dos años, fuimos acercándonos cada vez más: a sentarnos juntos en el aula, a compartir recreos, a celebrar fiestas en grupo en nuestras respectivas casas, a experimentar las primeras salidas a discotecas como los dos adolescentes que éramos.
Con el tiempo, lo que comenzó siendo una amistad inocente se transformó en algo más.
Nuestra relación tardó unos pocos meses en formalizarse.
Todo era nuevo, urgente, torpe y emocionante a la vez.
Recuerdo las primeras risas que terminaban en ataques de vergüenza, las miradas que se alargaban demasiado sin saber por qué, los paseos interminables en los que ninguno se atrevía a dar el primer paso.
Al fin, el tan esperado beso llegó una tarde cualquiera, casi sin pensarlo, con el nerviosismo de dos personas que no saben bien ni qué hacer con las manos.
Luego vinieron las caricias tímidas, los mensajes a escondidas, las promesas que solo pueden hacerse a esa edad, cuando uno cree que todo durará para siempre.
Entonces llegó el segundo curso y, cuando quedaba apenas un mes para terminar, todo cambió: tras pasarse unas semanas distante, como ausente, me confesó que no había superado a su exnovia.
Sara, una chica de su barrio con la que había crecido, su primer amor de la infancia.
Tenían demasiadas idas y venidas, de aquellas que solo los más jóvenes entienden, hasta que, poco a poco, la relación se fue diluyendo y cada uno siguió su camino.
Aun así, decía que no se veía con fuerzas para continuar conmigo; que, por más que lo intentara, seguía anclado a aquello.
Y, desde aquel día, dejó de hablarme. No hubo explicaciones ni más miradas en los pasillos: solo silencio y frialdad dentro del instituto, como si lo nuestro nunca hubiera existido.
Ahí fue cuando todo empezó a encajar. Era verdad que en más de una ocasión me había hablado de ella, aunque nunca le di demasiada importancia.
Incluso me había enseñado algunas fotos de cuando eran pequeños: cenas familiares, cumpleaños, reuniones de verano entre vecinos que se habían hecho amigos de tanto coincidir en los locales del barrio.
Bajita, rubia, de ojos claros… Todo lo que yo no tenía.
En su momento lo vi como una simple amistad de infancia, nada más.
Pero, al saberlo, entendí que no me lo había contado todo y que, en el fondo, parte de él nunca había dejado de pertenecerle.
No volví a ser la misma. Con él aprendí, a golpes de incertidumbre, lo que significa entregarte a alguien que aún carga con su pasado, o que no está dispuesto a dejarlo atrás.
Me prometía amor, pero vivía mirando hacia otra persona.
«Te quiero», decía. Y yo terminé descubriendo que esas palabras podían ser tan frágiles como el cristal.
Incluso ahora, a miles de kilómetros de él, a salvo en la isla que se ha convertido en mi refugio, me debato en la duda constante: ¿me quiso alguna vez, en lo más profundo, tanto como yo lo amé?
Una ráfaga de aire fresco me devuelve al presente, sacudiendo mis cavilaciones.
De vuelta en el piso, dejo caer las llaves sobre la cama y enciendo la luz tenue de la mesilla de noche.
Saco una caja desgastada del fondo del armario y, al abrirla, mis dedos tiemblan al tocar un puñado de fotos antiguas: mi yo adolescente, y él, a mi lado.
Un nudo en el pecho me impide tragar saliva.
Ahí lo sé: hay algunos fantasmas que parece que nunca se van a ir por completo.
Esa fue la primera vez que Pol me rompió el corazón. No sabía que vendrían muchas más.