Tras los focos 4. Las vías del tren
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4. Las vías del tren

Las vías del tren

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De Ralph Lauren aprendí el verdadero significado de hygge , ese término que nos invita a crear, de forma consciente, una atmósfera acogedora en el hogar.

Aunque es cierto que el invierno es la estación que con mayor facilidad nos impulsa a sumergirnos en un espacio tan confortable como delicado —encendiendo nuestra vela favorita y arropándonos con esa mantita que parece tener el poder de hacer desaparecer los problemas del mundo exterior—, para mí, el hygge es, en realidad, un estilo de vida.

Un arte que procuro aplicar también durante los meses más cálidos del año.

Con el tiempo, he comprobado que, pese a los altibajos que todos enfrentamos, es fundamental atrevernos a romantizar lo que nos rodea.

Cuidarnos con pequeños gestos: empezar el día con ese café de tueste artesanal recién comprado, escuchar la playlist que nos enviaron para hacernos sentir un poco más en casa, o, en mi caso, abrir las ventanas cuando escribo en mi blog.

Nada me gusta más que notar la leve brisa mientras dejo que me arrolle el sonido de las teclas.

Me acabo de despertar y he decidido que hoy voy a publicar una nueva entrada en el blog, sin duda una de las más especiales: la primera desde que estoy en Nueva York. Pero antes, como cada mañana, necesito consumir mi elixir matutino favorito.

Me dirijo a la cocina y recorro con la vista este espacio al que ya he empezado a llamar hogar.

No puedo esperar para estrenar la cafetera rosa con la que llevaba años soñando —una de mis primeras compras en la ciudad— ni la taza que me regaló Fio ayer.

Me detengo y apoyo la espalda contra el marco que separa el salón de la cocina, agradecida del silencio que me concede el haber amanecido la primera.

El zumbido de la Smeg llena las cuatro paredes.

Cierro los ojos y me envuelve una sinfonía de notas dulces y afrutadas, un sutil toque de canela y un leve matiz floral que, aunque sea por un instante, me hacen sentir ya en casa.

Con esa misma sensación, abro el portátil y comienzo a volcar mis pensamientos bajo el título de «Las luces y sombras de Ryan Blake».

Ryan Blake es el genio que se ha apoderado por completo de mi mente y, poco a poco, también de cada una de mis publicaciones.

Ojalá me diera igual.

Ojalá me gustara menos.

Y ojalá no me hiciera sonreír, como un caso perdido, con cada uno de sus estrenos.

Un año atrás, no me habría creído que llegaría el día en que escribiría estas palabras. Jamás imaginé que Ryan Blake —el hombre que me hizo devorar cine indie con solo sentir su mirada detrás de la cámara— pudiera decepcionarme.

Pero aquí me encuentro, con el café encajado en el hueco entre el sofá y yo, y el sonido de Nueva York filtrándose por la ventana. Intento reconciliar lo que siento con lo que sé.

Ryan Blake es hoy la sensación silenciosa de Hollywood.

Lo tiene todo, empezando por una filmografía impecable que te invita a adentrarte en una Nueva York que refleja el interior de cada uno de sus transeúntes.

Una visión única que acerca al público a la soledad que experimentan los personajes en medio de la multitud y que profundiza como ninguna otra en la búsqueda de identidad.

Blake da voz a los barrios periféricos de la ciudad; los encuentros de las figuras principales en sus obras son fugaces y nos sitúan en ese punto preciso donde lo viejo y lo nuevo conviven.

Durante años, escribí sobre él con un fervor que no me importaba admitir. Pero ya no. He puesto fin a esa devoción. Ryan Blake era mi absoluta debilidad, mi inspiración, mi director predilecto. Hasta que habló.

Hasta que abrió la boca y dejó claro que, por mucho que brille detrás de la pantalla, no es más que otro hombre que, en definitiva, no ha entendido nada.

El pasado mes de junio, coincidiendo con mi llegada a la isla, Manhattan acogió el Festival de Cine de Tribeca, uno de los epicentros clave para los cineastas y los amantes del cine independiente.

Y un escenario, en principio, enfocado a la visibilidad de nuevas voces y formatos que acabó siendo testigo de una de sus mayores meteduras de pata.

Un periodista, situado en uno de los extremos de la press line , le preguntó su opinión sobre la clara tendencia en Hollywood a presentar protagonistas femeninas como mujeres fuertes e independientes.

A él, que apenas suele dejarse ver en este tipo de acontecimientos, no se le ocurrió nada mejor que responder con un rotundo: «Las mujeres en el cine deberían preocuparse menos por demostrar que son fuertes y más por interpretar buenos personajes».

Menudo gilipollas. Lo dijo sin un ápice de duda, con una seguridad insultante. Como si las mujeres en la industria llevaran décadas entretenidas con algo sin importancia. Como si las historias que quieren contar carecieran de valor.

Recuerdo el instante en el que escuché esa declaración.

Estaba en una cafetería, hojeando una revista de moda mientras mi café con leche se enfriaba cuando, de pronto, salió en la pantalla de un televisor colgado en la pared.

Era una de las pocas apariciones que hacía en público, pues es muy celoso de su intimidad.

Vestía su chupa de cuero de la suerte, desafiando el calor y el sentido común, unas gafas de sol que le cubrían medio rostro y una gorra que terminaba de asegurarse de que su aspecto quedaba oculto casi por completo.

Al oírlo se me heló la sangre. Sentí una punzada en el estómago que, desde entonces, no he podido sacarme de encima. Deseé que se tratara de un malentendido o un corte de edición. Pero no: era su opinión. Y, sobre todo, mi gran decepción.

Así que aquí estoy, escribiendo sobre él como tantas veces…

, aunque en esta ocasión desde una posición radicalmente distinta.

Ni siento admiración ni rabia: solo la herida que me infligieron sus palabras.

Lo peor es que no dejo de escribir. Sigo dedicándole mis líneas —lo más íntimo que puedo ofrecer— porque, por mucho que me duela, su arte continúa siendo el mejor que he visto nunca.

Mi devoción por él roza lo religioso: si Ryan Blake filma, yo examino cada plano; si estrena, me convierto en jurado y fan al mismo tiempo; si se lanza a experimentar como un loco, tampoco me lo pierdo. Y si se comporta como un auténtico payaso, lo mismo.

Con la intención de despejar la cabeza y relacionarme con gente —algo que mi trabajo freelance en casa no me permite demasiado—, cruzo la puerta del piso para no saltarme la hora de gimnasio con la que me he propuesto cumplir religiosamente.

Antes, me enfundo en el conjunto que me envió el equipo de prensa de Alo Yoga, una de esas firmas de ensueño para hacer deporte yendo monísima, y que aún no había estrenado: un matching set que evoca los años noventa, formado por un top de tirantes y un short con cordón en rosa empolvado y ribete blanco a contraste.

Llevo poco tiempo y, de hecho, sigo sintiéndome fuera de lugar entre tantas máquinas y tantos cuerpos fibrados, pero desde hace un par de semanas el gimnasio de la avenida principal de Sunnyside se ha convertido en un refugio, y me regala un momento único para despejar la cabeza en mi propio rincón de paz.

Tras una sesión tan agotadora como satisfactoria, me dirijo a la cafetería favorita de Fio: el lugar en el que se enamoró por primera vez…

y donde le rompieron el corazón. Se trata de un establecimiento con paredes casi enteras de cristal y olor a café recién molido que ocupa una esquina tranquila del barrio.

Desde aquí veo los bancos del parque y no puedo evitar soñar con las vidas ajenas: ¿en quién pensarán?

¿A quién echarán de menos? ¿Cuándo se les terminará ese contrato de trabajo por el que tanto han peleado? ¿Cuál será su próximo gran paso?

Son preguntas para las que probablemente nunca tendré respuesta, pero esa incertidumbre es mi inspiración.

Fiel a mi profesión, intento descifrar las personalidades y trayectorias de quienes me rodean a partir de los estilismos que llevan.

Las piezas de ropa dicen mucho más de lo que parece: revelan estados de ánimo, intenciones e, incluso, contradicciones.

Un traje de grandes dimensiones puede esconder inseguridades; unas zapatillas gastadas pueden hablar de la agenda ajetreada de quien las luce; un diseño de aires minimalistas puede gritar necesidad de control.

A veces, basta un detalle —un broche, una costura torcida o un hilo suelto— para contar una historia entera.

Así, observo, recojo impresiones y las transformo en palabras. Me adueño de esos mundos interiores y, en silencio, los moldeo para dar vida a mis artículos.

Ser periodista de moda no es solo hablar de tendencias, tejidos o siluetas.

O, por lo menos, no es el tipo de periodista que yo quiero ser.

Es leer entre líneas, contar historias. Descubrir qué motiva un gesto, por qué alguien elige un tono vibrante en lugar de uno neutro, o qué hay detrás de remangarse hasta el hartazgo.

Cada elección tiene una razón de ser, y yo quiero descubrir qué es lo que mueve a las personas a tomar las suyas.

Aunque no puedo mentirme a mí misma: lo que realmente me gustaría, aparte de seguir creciendo en esta industria como redactora, es vivir de lo que escribo para mí, de mi pequeño secreto.

Por suerte, el tiempo sabe colocarte donde debes estar. Desde que tomé la decisión de venir a esta ciudad ya no busco respuestas fáciles ni repito las mismas preguntas. Solo soy yo, sentada frente a mi café, mientras las aspas del reloj giran implacables llevándome cada vez más lejos de quien fui.