3. Zona 0
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Lo malo de romper con algo es que hay una parte de ti misma que nunca vuelve a ser igual. Y, aun así, tienes que seguir avanzando, ya no por la persona que eres en el presente, sino por la que pretendes llegar a ser en el futuro. Cada paso que das es por y para ella.
—¡Brooke, ven! —me llama Fiorella desde el salón—. Coge las dos copas de vino que hay encima del mármol de la cocina y siéntate con nosotros.
Llevo aquí unos minutos y apenas he podido ver el piso.
Está reformado y es amplio, con grandes ventanales en el salón: un espacio abierto en tonos grises y madera clara que integra la cocina, delimitada únicamente por un marco rectangular.
Y bajo una de las ventanas, un sofá color terracota que rompe con el parquet.
No sé cómo Fiorella pretende que llegue hasta ellos; no os miento si os digo que he pisado pocos pisos más desordenados que este y, bueno, ya podéis imaginarlo, también hay pocas cosas que me pongan tan nerviosa…
Pero estoy intentando ser la nueva yo. Y a la nueva yo no le asustan los cambios ni ningún espacio lleno de trastos.
O de eso intento convencerme mientras avanzo a trompicones con las copas en las manos.
—Tengo que preguntarlo: ¿qué es esto? —Señalo la mesa central, donde descansa el extraño aparato que todavía no he logrado identificar.
—Forma parte de un experimento en el que trabajamos en conjunto Thomas y yo.
Es una caja acrílica con luz led, sensores de humedad y temperatura y pequeñas plantas creciendo en condiciones muy medidas —explica indicándome la estructura—.
Ya te contaré para qué sirve, pero ahora tengo algo muy fuerte que anunciaros.
Thomas y yo la observamos en silencio, expectantes.
—Me han seleccionado, entre casi veintitrés mil candidatos, como astronauta de reserva de la Agencia Espacial Europea. ¡Acabo de recibir el mail de confirmación!
La miro perpleja, no me lo puedo creer.
—¿Perdona? —dice Thomas pestañeando incrédulo.
—¡Espera, espera! ¿Cómo que astronauta? —curioseo—. ¡Antes no me has contado nada de esto!
Vuelvo a ver la emoción en los ojos de Fio. Parece que todo su cuerpo vibre de felicidad.
—Sí —dice con el rostro iluminado por la ilusión—.
Llevo años preparándome para ello. Seré la segunda mujer italiana en llegar tan lejos.
¿Sabíais que, hasta ahora, solo Samantha Cristoforetti ha estado en el espacio?
Una, en toda nuestra historia. No quería adelantar nada hasta estar segura de conseguirlo.
Sus ojos brillan, pero su voz se vuelve firme.
—Y si todo va bien…, formaré parte de una de las primeras misiones tripuladas mayoritariamente por mujeres. No es solo mi sueño: es una deuda pendiente.
Por la expresión que pone Thomas, presiento que algo no va del todo bien. El ambiente en la sala parece enrarecerse. El amigo de Fio se cruza de brazos y no duda en soltar la mayor de las sandeces:
—¡Vaya! Qué curioso… Años hablando de elegir a los mejores candidatos y ahora, por lo visto, lo importante es que sean mujeres.
Estoy a punto de saltar, pero veo que Fio no duda en ponerlo en su sitio.
—No. Lo importante es que durante décadas los mejores candidatos también fueron mujeres, pero las estadísticas nunca lo reflejaron. Ahora solo estamos equilibrando la balanza.
—Claro, claro. Igualdad… hasta que ya no os conviene —asegura Thomas resoplando.
—Thomas, ¿de verdad quieres seguir por ese camino cuando podrías estar celebrando que vas a vivir con una astronauta? —intervengo antes de que la tensión aumente.
—Con un poco de suerte, en unos años podré saludarte desde el espacio —cuenta Fio mirando a Thomas con media sonrisa.
—Bueno…, supongo que eso sí que sería impresionante… —cede él con un encogimiento de hombros.
—Entonces ¡por la futura Fio en órbita! —Lanzo un brindis para aliviar el ambiente. Me encantará verla lograrlo. Lo poco que sé de ella me hace pensar que puede dejar esa huella que tanto anhela en el mundo.
—¡Por el futuro! —responde Fio mientras choca su copa con la mía. Aunque termina obviando la actitud de su amigo, durante unos segundos le sostiene la mirada, desafiante.
—Fio, necesito ir a comprar un par de cosas para poner en orden mi habitación y prefiero amanecer con ellas. ¿Te vienes? —dejo caer, cambiando de tema por completo.
—¡Claro! Espera, me calzo y bajamos a por ellas.
En cuanto salimos por la puerta, estallo:
—¿Cómo aguantas a Thomas cada día? No quiero juzgar antes de tiempo, pero me saca de quicio cuando alguien dice lo primero que se le pasa por la cabeza sin pensar —me quejo exasperada.
—Desarrollé la habilidad de ignorarlo cuando le da uno de sus arranques —sonríe ella—. Terminas por acostumbrarte.
—Voy a necesitar un arsenal de paciencia —le aseguro—. Pero ahora mismo lo único que necesito es salir un rato de aquí. Creo que lo primero que haré será buscar una vela con aroma a «tranquilidad y cero discusiones».
—Te enseñaré el recorrido que suelo seguir cuando necesito que esta ciudad se silencie por unos minutos.
Al principio dudo que en una ciudad siempre en movimiento exista ese silencio que Fio me promete, pero resulta que tiene razón.
Nueva York puede ser desafiante en muchos sentidos, pero mientras camino junto a mi nueva amiga descubro que en ese continuo ir y venir de gente, sonidos y acontecimientos hay algo que me da paz, como si me estuviera convirtiendo en un pequeño engranaje más de esta isla, de este mágico lugar que nunca duerme.