Tras los focos 2. Las llaves
4%

2. Las llaves

Las llaves

brOOKE

—Parece que te conozco de siempre y ni siquiera hemos mantenido una conversación decente —le digo a Fiorella.

Me devuelve la mirada con sus ojos esmeralda llenos de curiosidad, como quien te da la razón sin necesidad de hablar. Tiene la tez clara y la melena rubia, con unas ondulaciones largas y marcadas que gritan personaje principal; las mías, en cambio, se quedan en un tono mocha profundo, discreto.

Siempre me ha parecido curioso cómo, en ocasiones especiales, conseguimos conectar de forma genuina con personas con las que nunca antes hemos cruzado caminos.

En realidad, no conozco una manera mejor de relacionarse con los demás; mi personalidad intensa no me permite verlo de otro modo.

O tal vez sea porque no se me da nada bien tratar con gente a la que sé que no me va a apetecer volver a llamar cuando me despida.

Conrad ha esperado a que llegase, me ha entregado las llaves del piso y se ha marchado sin intercambiar mucho más que un saludo cordial.

De eso hace ya un buen rato, pero Fiorella y yo seguimos en la misma mesa.

Me siento a gusto, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para conversar y conocernos.

—Entonces, Fiorella, ¿hace mucho que vives aquí? ¿Cómo llegaste? —pregunto intrigada.

—Va a hacer dos años ya. Soy de Florencia.

—¡Anda! Me encanta el italiano. Lo estudié en el colegio, quizá pueda practicarlo contigo.

— Che piacevole sorpresa! Claro, cuando quieras.

El caso es que me instalé en Múnich hace cuatro años, a los veintiséis, para trabajar en AstraBio, una empresa de biotecnología espacial que se centra en la investigación.

—Me quedo mirándola, atónita—. Básicamente, mi labor consiste en ver cómo se comportan ciertos organismos en condiciones espaciales.

—¡Guau! Qué interesante, ¿no?

—Sí, la verdad es que me encanta. A Nueva York vine gracias a un periodo de formación temporal.

En un principio, tuve que trasladarme aquí para la celebración del congreso Euro-US Summit on Biotech in Space, pero terminé quedándome.

Firmé un contrato, en teoría, por tres años.

Aunque nunca se sabe —dice con entusiasmo—. ¿Y tú, Brooke? ¿A qué te dedicas?

—Soy periodista de moda. Crecí en Madrid y elegí mi isla favorita para comenzar de cero.

Para los que adoramos esta industria, Nueva York es el punto de partida definitivo.

O, al menos, es lo que espero que sea. Escribo para Vogue —le explico sujetando mi café con ambas manos.

Y, aunque acabe de conocerla, algo me empuja a revelarle más de mí, algún aspecto íntimo.

No sé si es por su manera de hablar conmigo, que me inspira confianza, o porque siento que en esta nueva ciudad todavía no me conoce nadie que pueda juzgarme, pero, de todos modos, prosigo— y en mi blog anónimo, Entre Sorbos .

En él hablo de moda, pero, sobre todo, de mi devoción por la filmografía de Ryan Blake.

—Veo cómo Fiorella me mira, sin tener ni idea de quién es.

Le sonrío—. Ya te contaré más sobre él viendo alguna de sus películas —le prometo.

—¡Pues claro! Me muero de ganas. —Su entusiasmo es contagioso.

Intercambiamos un par de anécdotas más antes de que Fiorella le pida la cuenta al camarero. Estoy a nada de conocer el que va a ser mi barrio en los próximos meses y, para variar, mis tripas están empezando a hacer de las suyas.

En cuanto salimos por la puerta de la cafetería, mi nueva compañera comienza a contarme cómo fue su primer día en la ciudad mientras me va mostrando lo más destacado de los lugares por los que vamos pasando.

Debo admitir que las calles que recorremos me despiertan miedo y expectación a partes iguales.

Recuerdo que tuve la misma sensación con mi antiguo apartamento de Madrid, ubicado en avenida de América.

Un piso reformado, en una primera planta —una ventaja para quien no puede verse encerrada entre las cuatro paredes de un ascensor durante más de medio minuto— y con mucha luz, pero situado en una calle cuyas fachadas, al anochecer, transmiten un sentimiento muy distinto.

Paredes grises a medio hacer, coches aparcados con aspecto de haber sido olvidados y un silencio sepulcral que daban pie a imaginarse la más terrorífica de las películas.

Aunque tengo que admitir que, pasadas unas semanas, la primera impresión se transformó y ese rincón de Madrid se convirtió en una de mis zonas preferidas de la capital.

Basta con ver a Fiorella caminar a paso lento para que me relaje. Quizá sea por la tranquilidad que parece desprender, o por su apariencia dulce, como de muñeca. Me fijo en su atuendo y no puedo evitar comentarle:

—Ahora que lo pienso, Fiorella, te favorece mucho el conjunto double denim en azul bebé que llevas.

Siento auténtico furor por los sets de chaleco con botonadura dorada y microshorts de tiro alto.

Y si, además, se elevan con pendientes maximalistas a lo Schiaparelli como los tuyos…

¡Me alucina el momento de accesorio statement !

—¡Ay! —Me mira, dándome las gracias con afecto—. Yo también. Aunque tú lo combinarías mejor con zapatos de tacón, ¿no? Seguro que es más tu estilo…

—No te creas, desde hace unos años soy incapaz de bajarme de las zapatillas en mi día a día. Además, creo que debería atreverme con el animal print como tú… —confieso.

—Bueno…, siempre se ha dicho que no es un estampado para todo el mundo. Puedes probar a incorporarlo a tu look a través de algún complemento sutil… ¡En pequeñas dosis, Brooke! Tú eres la experta —afirma Fiorella buscando mi complicidad.

—Por lo que veo, a ti tampoco se te da nada mal, ¿eh? ¡Oye! —me doy cuenta de que he conseguido relajarme y estoy empezando a disfrutar del paseo—, presiento que este barrio tiene muchísima personalidad, ¿me equivoco? —pregunto observadora.

—No te equivocas, no —contesta mirándome con cierta ternura—.

Ya lo irás descubriendo. Cada rincón que ves forma parte del encanto de Sunnyside, aunque, a priori , no te lo parezca.

Cada uno de ellos guarda su propia historia —añade justo antes de soltar un suspiro cargado de intención—.

¡Y la zona está llena de locales increíbles!

Entonces, Fiorella se detiene y sonríe, y señala lo que sospecho que es uno de los establecimientos a los que acaba de referirse.

—¡Mira! Esa es The Quiet Cup, mi cafetería preferida.

Le brillan los ojos al decirlo. Me gusta la gente que se emociona.

Esas personas que, aunque hablen de las pequeñas cosas, lo hacen con una ilusión tremenda.

Como si sentirse vivo por ellas valiera la pena.

Y, aunque suene ingenuo, creo que sí la vale.

Por eso me encanta admirar a quien valora lo minúsculo con la misma intensidad con la que lo aprecio yo.

—Los dueños también tienen la lavandería más conocida del barrio.

Son los padres de una amiga. Ella es quien lleva la cafetería, que seguro que te inspira para escribir nuevos relatos en tu blog.

De hecho, yo aquí he tenido las mejores citas de mi vida —dice riendo un poco—.

Y, por supuesto, como no podía ser de otra manera, las decepciones más traumáticas.

Aunque bueno…, esas mejor ni mencionarlas.

—¿Quién es el capullo? Porque sí, aunque ni siquiera sepa quién es, sé que lo es —suelto sin pensar demasiado.

—«Capulla», diríamos entonces —se sincera manteniéndome la mirada—.

Pero tampoco fue solo culpa suya. —Hace una pausa breve—.

¿Sabes esas relaciones que deseas con todas tus fuerzas que salgan bien y, aun así, no lo hacen?

Pues eso. Con el tiempo creo que he llegado a entender lo que pasó, que es muy distinto a lo que pensé que estaba ocurriendo en aquel momento.

Se recoge el pelo con las manos, como si necesitara respirar mejor para seguir.

—Ella simplemente no estaba preparada para sentir lo que estaba sintiendo.

Y su entorno, por aquel entonces, pesó más que sus propios sentimientos.

Es lo que puede suceder cuando algo te pilla desprevenida…

, que, por no saber gestionarlo, lo dejas escapar.

Y, en esas ocasiones —hace un gesto con la mano, como diciendo que no hay nada que esperar—, es absurdo buscar culpables.

Le dedico una mirada cómplice que la anima a continuar.

—Creo que siempre habrá una parte de mí que se pregunte qué habría pasado si un día no hubiese dejado de hablarme sin más…

Si se hubiera atrevido a ir contra todos los que no querían vernos juntas.

Llevo año y medio sin tener noticias de ella.

¿Y sabes qué es lo peor? —Me clava los ojos y sonríe con tristeza, pero de pronto parece contenerse—.

Bueno…, mejor seguimos otro día, no quiero amargarte tu bienvenida a Nueva York con mis historias.

Antes de que pueda añadir algo, Fiorella levanta la vista hacia las escaleras de casa.

El poco sol que queda está empezando a esconderse, y la suave brisa consigue erizarme la piel.

No voy a olvidar lo que me ha contado, pero puedo esperar un poco a saber el resto de la historia.

Ahora es momento de conocer, por fin, mi nuevo hogar.

Y también de poner un poco de orden en mi cabeza.

—Por cierto —deja caer—, ya sé que oficialmente el piso es para las dos, pero te advierto que en ocasiones tendremos a un tercer compañero… De hecho, me parece que podrás conocerlo hoy mismo.

—¿Un tercer compañero? —La miro desconcertada sin entender muy bien a qué demonios se refiere. Conrad no me ha informado de esto, y que yo recuerde el piso solo tiene dos habitaciones.

—Sí, es… Bueno, es Thomas. Mi amigo y compañero de profesión, aunque yo lo llamo el caos andante.

Trabajamos en la misma empresa; él lo hace desde su casa, en Liverpool, aunque de vez en cuando viene para asistir a alguna conferencia y se aloja conmigo.

No te preocupes, no es peligroso…, solo es un desastre ambulante.

—¿Un desastre ambulante? ¿Qué quieres decir con eso?

—Imagina que convives con alguien que convierte el comedor en su propio laboratorio a todas horas.

El piso es el lugar donde sus ideas cobran vida…

, pero él no es capaz ni de recoger los platos.

Y eso sin hablar de los vasos: usa más en un solo día de los que una persona normal podría llegar a necesitar en una semana entera.

Es un torbellino absoluto, imposible de detener.

Aun así —hace una pausa, y sus hoyuelos aparecen como si se le escapara una confesión—, hay algo en él que te atrapa.

Tiene esa extraña habilidad de convertirse en un oasis de calma en medio del caos que él mismo crea, de ser ese alguien que te recuerda que no todo está perdido, incluso cuando el mundo parece estar dando vueltas en la dirección equivocada.

Hay algo en su tono que me hace intuir que Thomas no es solo un compañero más, sino alguien muy especial para ella. No sé por qué, pero decido fiarme de su criterio. Quiero conocer al caos andante.

—Bueno, creo que no puedo esperar más para verlo —digo mientras subimos las escaleras del edificio, bajo, de ladrillo oscuro, uno más entre los bloques de Sunnyside, con ventanas amplias y una entrada discreta en zona arbolada.

Aunque no lo pronuncie en voz alta, me temo que alguien tan impredecible como parece ser Thomas no encaja con mi incontenible manía de controlarlo todo.

Un caos dentro de mi zona cero. Qué maravilla.

Puede que eso sea justo lo que necesito: algo que me saque de la rutina que he llevado hasta ahora y me permita despegar en el país de mis sueños. ¿No dicen que para lograr nuevos resultados hay que atreverse a tomar caminos desconocidos? ¡Allá voy!

—Si consigues sobrevivir a Thomas, sobrevivirás a cualquier cosa —bromea Fio.

—Eso espero. —Sonrío sin poder evitarlo.

Al abrir la puerta y cruzar el umbral del que será mi hogar de aquí en adelante, una peculiar mezcla de olores me recibe.

La luz menguante se filtra a través de las cortinas del salón, dibujando sombras sobre un suelo cubierto de libros esparcidos aquí y allá, tazas vacías y un montón de ropa que parece haberse caído desde un sillón que apenas se sostiene en pie.

A mi izquierda, un par de zapatos descansan como si hubieran sido abandonados allí tras un día más pesado de lo deseado.

—¿Thomas? —lo llama Fiorella alzando la voz hacia el pasillo.

Unos segundos después, se oye un ruido metálico, seguido de un bufido y unos pasos acelerados.

Entonces aparece él: un hombre bastante más alto que yo —aunque eso no es algo difícil si tenemos en cuenta que rozo el uno sesenta de estatura—, de unos treinta y tantos, con rizos cobrizos despeinados, una bata blanca —que apenas contrasta con su piel— bajo un delantal atado de cualquier manera y un gran cucharón en la mano.

Tiene la expresión de quien ha sido pillado en medio de un experimento culinario de dudoso resultado.

—¡Ah! No sabía que habíais llegado —dice con media sonrisa y una naturalidad desconcertante.

—Brooke, te presento a Thomas. —Fiorella apenas puede contener la risa—. Thomas, Brooke. Más te vale no asustarla demasiado, acaba de aterrizar en la ciudad.

—¡Bienvenida! —anuncia Thomas, aunque ignora olímpicamente su petición—. Llegas en el momento justo para hacer de conejillo de Indias. He estado probando una nueva receta.

No me da tiempo ni a abrir la boca. Estoy demasiado ocupada observando sus calcetines largos, estampados con fórmulas matemáticas, cuando de pronto me enchufa la cuchara en la boca sin previo aviso.

El sabor es… indescriptible.

—Sorprendente, ¿no es cierto? —dice abriendo mucho los ojos.

Hago un esfuerzo por sonreírle, todavía sin poder identificar qué es lo que estoy comiendo—.

He descubierto que si combinas yogur con bicarbonato de sodio, se libera una dosis medible de CO2 comestible, que queda atrapado en forma de… ¡ pancakes volcánicos de bicarbonato!

Thomas me mira fijamente, expectante, e intuyo que mi expresión debe de estar delatando mi absoluto desconcierto, porque Fio interviene para socorrerme.

—Vamos, déjala respirar, que acaba de llegar. Ya habrá tiempo para tus degustaciones.

Sobre la mesa de centro reposa un aparato futurista que no consigo reconocer. Cada rincón de este lugar parece contar historias a medio hacer y, de alguna forma, siento que ya formo parte de ellas.