Tras los focos 1. Punto de partida
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Tras los focos

Tras los focos

Por Rebeca Domenech

© inepub.com

1. Punto de partida

Punto de partida

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Hoy me despido. De todos. De mí misma. Porque mi antiguo yo ya no volverá. Por primera vez en mucho tiempo, estoy segura de ello.

Quien me conoce bien sabe lo importante que es para mí estar en mi aeropuerto favorito del mundo, el John F.

Kennedy, recogiendo mi equipaje, unas cuantas maletas que aguardan para instalarse en mi próximo hogar.

Siempre percibí Estados Unidos como el país de mi padre antes que el mío, y quizá por eso no siento este destino como una llegada, sino como un regreso.

Durante años, cada vez que lo oía pronunciar el nombre del que fue el presidente número treinta y cinco, se avivaba en mí una idea que entonces creía utópica: verme trabajando en lo alto de un rascacielos mientras la ciudad que nunca duerme se brinda, solo para quien sepa mirarla, como se ofrece aquello que desde fuera se juzga inalcanzable pero no lo es.

Un horizonte romántico: el negro de la noche, las ventanas iluminadas y, detrás de ellas, alguien despierto, luchando por lo que cree. Y eso hago yo. Luchar.

Ayer me levanté de la cama, corrí a por el teléfono, llamé a Valentina, mi mejor amiga desde que aterricé en Madrid, y anuncié sin titubear:

—¡Estoy atacada! Después de tanto dudar, por fin me marcho.

Porque si hay algo que he aprendido con el tiempo es que lo que retrasas, en ocasiones, nunca llega. Y si aguardas el momento oportuno…, menos aún. A veces, incluso lamentas que esa oportunidad debía de ser justo la que acaba de pasar.

—Brooke, te irá bien. Y si no sale como imaginas, siempre puedes volver a casa. Aquí estaremos esperándote —me recordó Vale, con esa calma que me ancla.

—Lo sé… Y eso es justo lo que me da fuerzas para irme. Saber que te tengo hace que todo dé un poco menos de miedo —dije intentando que no se me quebrase la voz.

En el aeropuerto de mi nueva ciudad, y ya con las maletas en la mano, busco el móvil para llamar a mi madre e informarla del aterrizaje.

—¿Mamá?

—¡Brooke! ¿Has llegado bien? —me pregunta desde el otro lado del teléfono. Ella es de las únicas personas que saben lo poco que me gustan los aviones, y mucho menos cuando tengo que viajar sola. ¡Siento verdadero pánico! Aunque, como dice ella: «Lo que vale la pena, algo cuesta».

A pesar de no terminar de entender por qué tengo que cruzar el charco para crecer como periodista de moda, mi madre lo acepta. Intuyo que, en el fondo, sabe que ese no es el único motivo que me empuja a comenzar de cero. Nunca se me han dado demasiado bien las relaciones humanas.

Cambié cuatro veces de casa —y de colegio— a lo largo de mi infancia y adolescencia persiguiendo espacios donde las infinitas alergias respiratorias de mi hermano nos dieran tregua, saltos que llegaron acompañados de amigos y amores tan alentadores como efímeros.

Primero tocó Pozuelo de Alarcón, después Boadilla del Monte, seguido de Villaviciosa de Odón y, finalmente, Las Rozas, zona en la que hoy en día sigue residiendo mi familia.

Esa fue la semilla. La que ha provocado que, aun con los años, busque alejarme de las conexiones reales por miedo a que deba despedirme de nuevo. Tal vez por eso me apoya, aunque no sin cierta reticencia.

—Bien… El viaje ha sido un poco movido, pero he tenido menos miedo del que esperaba.

Supongo que es por la ilusión de llegar.

Voy a buscar un taxi. Puede parecer una tontería, pero ¡qué ganas tengo de coger uno, no pueden ser más icónicos!

—Para mi suerte, mientras hablo por teléfono, diviso uno libre tan pronto como salgo por la puerta del aeropuerto—.

Ahora iré a la dirección que me ha mandado Conrad, el propietario del piso.

Hemos quedado en una cafetería, ¿no te parece un plan de película?

Por lo que me ha contado, allí me presentará a Fiorella Moretti, mi nueva compañera.

A ver qué tal me va. En fin, luego te cuento, mamá… ¡Besos!

Cuando cuelgo para subirme al taxi, algo se agita dentro de mí.

Pienso en lo difícil que es perseguir tus sueños, sobre todo si hacerlo implica prescindir de la opinión de las personas que más quieres.

He crecido en un entorno bastante conservador, asentado sobre horarios de oficina y profesiones que aseguran, desde el inicio, una vida digna y estable.

Mis padres son maestros, y mi hermano, a sus veintitrés, ya trabaja en una empresa puntera de ingeniería mecánica.

Desde pequeña supe que no llegarían a comprender esas ansias mías por querer traspasar fronteras y vivir, en primera persona, aquella frase que interpretó Liza Minnelli sobre Nueva York: «If you can make it there, you can make it anywhere» .

Después de las interminables charlas que los tres se empeñaron en tener conmigo cuando empecé a organizar el viaje, hace ya por lo menos año y medio, me di cuenta de que intentarían que lo reconsiderara hasta el último momento. Pero aquí estoy.

Me he pasado horas en Pinterest, buceando entre frases de Mr. Wonderful, buscándole sentido a esa motivación impostada que todo el mundo, menos yo, parece encontrar.

¿Qué sucede cuando sientes que no has dado con «tu sitio» a los veintiocho años?

Cuando te resulta incómodo no cumplir con lo que se espera de ti.

Lo cierto es que, aunque sus mensajes son bastante simpáticos, todavía no he encontrado ningún eslogan optimista que me haya proporcionado paz.

Puede que sea porque, para ser sincera, nunca la he sentido.

Soy un manojo de nervios, herencia directa de mis padres, un rasgo potenciado tanto por mi eterno perfeccionismo como por mi pánico a defraudar.

Que perseguir tus metas puede ser un camino de lo más solitario es algo que solo aceptas cuando te acostumbras a sentirte, una y otra vez, como una funambulista inexperta a punto de perder el equilibrio y romperte en mil pedazos.

Literalmente. Y, sin embargo, es ahí, justo ahí en ese momento, cuando decides actuar.

Porque por muchos trenes que pasen, ninguno es igual. Los hay mejores y peores. Pero nunca pasan dos idénticos. Y eso, al final, te empuja. Terminas saltando. No sé si Nueva York me aportará lo que necesito, pero estoy dispuesta a averiguarlo.

Miro por la ventanilla del taxi e, incluso sin conocer el lugar, me doy cuenta de que llevamos un rato recorriendo las mismas calles una y otra vez. El conductor rompe por fin el silencio que nos ha envuelto durante todo el trayecto.

—¡Disculpe! Creo que debería bajarse aquí. Las calles están cortadas y no puedo acceder de ninguna manera…

Este pequeño contratiempo provoca que mi barriga decida, por sí sola, interpretar una extensa sinfonía.

La sensación, aunque no me es desconocida, tampoco me resulta agradable.

Para nada. Suelo colapsar cuando mis planes originales no salen como esperaba, y ser extranjera en una ciudad nueva, sin nadie que pueda echarme una mano, no ayuda en absoluto.

—De acuerdo… —susurro algo cabizbaja.

El taxista frena de manera brusca. Abro la puerta, me bajo del coche y me dirijo hacia el maletero.

Un acto, a priori sencillo, que en mí despierta un nerviosismo irrefrenable.

A las cinco y media de la tarde, la ciudad, como podréis imaginar, es todo menos amable.

En este preciso instante logro ponerme en la piel de quienes quedan, de primeras, abrumados por este infinito y vertiginoso entramado de calles y avenidas, que parece tener la maquinaria perfecta para hacernos sentir minúsculos.

—¿Puede ayudarme con las maletas, por favor?

No hace falta contestación alguna por parte del conductor.

Con su cara deja entrever que no va a realizar el más mínimo esfuerzo, así que solo me queda actuar.

Bajo las maletas y, como puedo, las coloco sobre la acera.

Mientras trato de ubicarme y ver qué dirección tomo, tengo que admitir que empiezo a estar más inquieta de la cuenta.

Resulta comprensible no saber cómo afrontar según qué tipo de situaciones, sobre todo cuando no son frecuentes y, además, te empujan a descubrir algunos aspectos de tu nueva vida.

Intento tranquilizarme y ser consciente de la inmensa suerte que tengo al estar paseando por calles que, unos días atrás, solo podía mencionar en voz baja, como si fueran un sueño demasiado grande para que se convirtiera en realidad.

—De acuerdo… —me digo a mí misma en alto tratando de calmarme—, según el GPS, si giro a la derecha y luego, de nuevo, a la izquierda, me encontraré justo en la esquina con Aubergine Cafe.

Es el sitio donde he quedado con Fiorella y Conrad.

En las fotos parecía una de esas cafeterías a las que toda chica sueña con acudir alguna vez, y no tanto por lo espectaculares que son por fuera, sino por lo que consiguen hacerte sentir por dentro.

Sigo las indicaciones que me da la aplicación —hasta ahora, mi amiga más fiel en esta ciudad desconocida—, y no tardo en distinguir el coqueto cartel del lugar.

—¡Ahí está! —voceo con el corazón latiendo más rápido de lo normal. Por desquiciada que pueda parecer a quien me oiga, hablar conmigo misma me calma; siempre ha sido así y no parece que eso vaya a cambiar en mi nueva vida—. ¡Por fin! Apenas me lo creo.

Cruzo el paso de cebra casi corriendo, y me lanzo hacia la puerta sin mirar.

La empujo con demasiada fuerza mientras intento arrastrar las maletas con la otra mano.

Doy tres pasos dentro y, de pronto, veo pasar la escena a cámara lenta: la maleta de mayor tamaño de mi equipaje se tambalea, pierde el equilibrio…

y cae justo sobre la mesa más cercana a la puerta de la cafetería.

¿Conocéis esa sensación de vergüenza intensa que te recorre de pies a cabeza?

Ese momento en el que el mundo parece detenerse y eres plenamente consciente de que hay al menos veinte personas mirándote como si fueras una atracción de circo.

Pues eso. Así me siento yo en este instante.

El rojo de mis mejillas no deja de aumentar y las piernas empiezan a temblarme, algo que no debería estar pasándome, sobre todo cuando tengo que cargar con unas cincuenta bolsas y maletas. Genial. Absolutamente genial.

Mis padres siempre me han llamado Mrs. Bean, haciendo referencia al cómico hombrecillo, patoso y de pocas palabras al que todo le sale mal, y la verdad…

no andan desencaminados. Ni siquiera me molesta que me comparen con él; todo lo contrario: es un apodo que me ha acompañado mientras crecía.

De hecho, entiendo que es una parte esencial de mí, de mi personalidad torpe.

De repente, reconozco a dos de los rostros que se han girado a mirarme: son Conrad y Fiorella. Nada como causar una primera impresión… arrolladora.