22. Sueño americano #2
Sigo avanzando pegada a los moodboards colocados en paneles de corcho, que parecen obras de arte: telas enganchadas en alfileres, fotografías Polaroid, paletas Pantone, recortes de pasarela.
Me sorprendo tocando uno de los trozos de organza clavados en una esquina, como si el tacto pudiera conectarme con ese universo del que siempre quise formar parte.
En el suelo, apiladas, veo cajas sin abrir con los nombres de las firmas más deseadas: Chloé, Jacquemus, Fendi, Dolce ya lleva aquí un par de semanas, pero es su primera vez en Nueva York y la ciudad tiene mucho que ofrecer.
La observo acercarse al memorial en homenaje a las víctimas de los atentados de las Torres Gemelas, aunque aún no se ha dado cuenta de que estoy aquí.
Me detengo a unos metros y le dejo su espacio.
La sensación de vacío, silencio y profundo respeto que envuelve este lugar te alcanza con solo acercarte, y quiero que ella pueda conectar con ello sin interrupciones.
Cuando empieza a alejarse de la Zona Cero, levanta la mirada y entonces me ve.
—Ay, hola, Brooke —dice abrazándome con fuerza—. No te había visto. ¿Cómo ha ido el día?
—Demasiado bien, Vale. Ni te lo imaginas. Estoy en una nube —río, soltando después un suspiro nervioso—. Y a la vez tengo miedo, porque la mismísima Sophie Brown me ha dicho que seré yo quien vaya a la Semana de la Moda y… me ha dado mucho trabajo.
—Brooke, pero ¿tú recuerdas cuando soñabas con esto en el piso de la avenida de América? Creo que ni por aquel entonces eras capaz de imaginarlo hasta tal punto.
—Qué va, imposible. Supera con creces mis expectativas.
Aunque supongo que, como en cualquier trabajo, llegarán situaciones crudas…
Pero no voy a pensar en eso ahora. —Sonrío, sin dejar de mirarla—.
¿Y tú, Vale? —pregunto—. ¿Qué has hecho para aprovechar tus últimos días de vacaciones en la ciudad que nunca duerme?
—Mmm… He ido a The Edge, en Hudson Yards. Lo había visto en vídeos de creadoras de contenido a las que sigo, y me parecía visita obligada.
—¿Y te has paseado por Freeman Alley? El famoso callejón del Lower East Side, un lienzo para los artistas callejeros.
—Sí, sí, ha sido lo primero que he visto hoy. Es un lugar tan misterioso como inspirador. —Hace una pausa breve y sonríe—. Ya sabes que soy una loca de los rincones más clandestinos y secretos de las ciudades. Y ahora… ¿adónde vamos, Brooke?
—Te iba a proponer tomar algo en el 230 Fifth Rooftop. Me han dicho que en invierno ponen iglús climatizados, y las vistas hipnotizan. Llevo tiempo queriendo ir.
—Genial… ¡Sí, por favor! —dice Vale mientras intenta cerrarse el abrigo negro oversize de Chanel que ha cogido prestado del vestidor de su madre y que hoy combina con vaqueros rectos y mocasines con calcetines gruesos, de esos que tienen pinta de calentar más que cualquier estufa.
Valentina es experta en armar los estilismos más fashion sin renunciar a un ápice de comodidad, por lo que no tengo mejor inspiración que ella cuando yo también quiero lograrlo. Y lo más importante: se las apaña como nadie para conseguir artículos de lujo a un precio de infarto.
—¡Pues en marcha! —digo con entusiasmo.
Avanzo dos pasos y me doy cuenta de que no me sigue. Me detengo y le lanzo una mirada interrogante. Al final, se decide a hablar.
—Brooke, no me mates, pero… debo confesarte algo.
Valentina lo suelta de golpe, con las manos escondidas en los bolsillos del abrigo y esa expresión de «sé que la he liado, pero juro que tenía mis razones».
Reanudamos la marcha por la acera nevada, la una al lado de la otra, rumbo a ese algo que hemos decidido tomar para celebrar mi primer día oficial.
La nieve, fina, no deja de caer. Miro a Vale de reojo.
—¿Qué has hecho ahora? —pregunto, preparada para cualquier cosa viniendo de ella y de su impulsividad innata.
Valentina respira hondo, como si fuera a tirarse a una piscina helada.
—Prometo que lo he hecho por ti —dice levantando las manos a la altura del pecho en señal de inocencia—. Pero… puede que ayer… consiguiera el número del amiguito de ya sabes quién.
Me detengo en seco.
—¿Perdona?
—Brooke, escucha. —Se gira hacia mí moviendo los brazos—. No lo encontraba por redes, ni tenía el contacto de Alessia ni de Fio… Y yo solo quería defenderte, ¿sabes? Así que… solo puede que… cogiera tu móvil un segundo cuando estabas en la ducha y mirase el historial de llamadas.
—¡Valentina! —exclamo entre indignada y muerta de risa—. No puede ser.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! —se apresura a decir—. Culpable. Pero es que vi que James también te había estado llamando y pensé: esto es una señal. Así que le escribí. Para pedirle explicaciones del imbécil de Ryan.
—¿Le escribiste?
—Y… he quedado con él. Esta tarde, a primera hora, antes de venir a recogerte.
Ya no sé si estoy temblando por el frío o por lo que me acaba de decir.
—¿Cómo que has quedado con él?
Valentina sonríe, esa sonrisa que aparece cuando algo la emociona más de lo que debería. Es que lo sabía. Lo pensé en la famosa cena. Me imagino por dónde va: no podría ser más su tipo.
—Nos hemos visto en una cafetería del SoHo —explica—. Yo solo quería pedirle explicaciones por lo que te hizo Ryan. Es decir, tu chico.
—No es mi chico, Vale —murmuro. Sigo sin querer saber nada de él.
—Bueno, pues el chico que podría haber sido tu chico si no se hubiera comportado como lo hizo. El caso es que James estaba trabajando hoy por allí, tenía una reunión cerca, y me ha dicho que podíamos hablar diez minutos.
—¿Y…? —le insisto, aunque mi voz suena más pequeña de lo que me gustaría.
Valentina se muerde el labio antes de continuar, como si no quisiera revelarlo todo de golpe.
—Y… Brooke… —susurra en ese tono que anuncia desastre—, es monísimo.
Me llevo una mano a la frente.
—Valentina, por Dios.
—Ya, ya lo sé. No debería ser lo primero que te dijera, pero es que es monísimo.
Alto, maduro, con ese cabello castaño oscuro, ojos azules…
Llevaba un suéter de cuello vuelto gris antracita y unos vaqueros anchos que no le podían favorecer más…
¿Me entiendes? —Hace un gesto con las manos para dibujar el aura de James en el aire—.
Y nada más sentarnos, me ha pedido disculpas. Bueno, no por él, sino por Ryan.
Mi corazón se aprieta.
—No debería preguntar, pero… ¿qué te ha dicho?
—Está mal, Brooke. Creo que necesita hablar contigo.
Ya sé que lo que hizo es una locura, y que quizá no estés preparada para afrontar quién es en realidad.
—Hace una pausa y baja la voz—. Pero se ve que no deja de hablar de ti.
Se ha marchado de la ciudad. James no me ha querido decir adónde, porque parece ser que está lidiando con un tema familiar que debe solucionar cuanto antes.
Y, cuando regrese, te buscará de nuevo. Dice que confíes en Ryan…
, aunque comprende que es difícil en tu situación.
Siento un nudo en la garganta y trato de disimularlo.
—Eso es… raro —musito—. No sé… ¿Se supone que tengo que esperar y confiar en él sin saber nada de su vida?
Porque eso es lo que conozco de él: nada.
Ya sé que me fui corriendo y no dejé que me diera ninguna explicación, pero estaba en shock, creo que es normal…
, y después de apenas unos días, dejó de escribir.
—Lo sé. Pero quizá deberías darle tiempo para que solucione lo que sea que tenga que solucionar y…
, luego, ya veremos qué pasa. Creo que, a pesar de todo, valió la pena que te abrieses a él.
Llevabas años sin sentir algo así y, aunque no haya sido perfecto, después de hablar con James tengo claro que lo que siente Ryan por ti es real, por mucho que haya mentido en otras cosas.
Intento procesarlo, pero Valentina sigue, porque es Valentina y la contención no es lo suyo.
—Y…, Brooke…, tengo otra cosa que decirte.
—¿Qué más puede haber? —pregunto, aunque en el fondo ya lo sé. Esa chispa en sus ojos es inconfundible.
Valentina se tapa la cara un segundo, avergonzada e ilusionada al mismo tiempo.
—¿Y si me apetece hablar con James de nuevo? ¿Te importaría si vuelvo a escribirle? Sé que es una locura, me marcho en dos días, pero…
—¿A James?
—Sí. —Su voz sale pequeña, casi infantil—. Y no me mires así. Ya sabes cómo soy. Creo en el amor a primera vista. Yo iba preparada para defenderte como una loba. Y de repente…, pum. Flechazo. De los fuertes. Pero te defendí de todas formas, eso ni lo dudes.
La escucho. Y aunque mi cabeza es un remolino, no puedo evitar sonreír.
—Lo que no te pase a ti, Vale… Y puedes hacer lo que te nazca, claro. Solo… cuídate. No quiero rescatarte de ningún drama transatlántico. Las relaciones a distancia son deporte extremo.
—Lo sé. Soy un peligro para la sociedad —bromea—. Pero un peligro adorable.
Llegamos a nuestro destino riéndonos. Desde la azotea del bar, observo las luces de la ciudad brillando alrededor, y siento como si las manecillas del reloj de mi historia con Ryan hubieran reanudado su marcha, muy despacio.
Me ha costado dejarle ir, pero, si soy sincera, una parte de mí todavía se aferra a la esperanza.
Una parte de mí, la más irracional y soñadora, quiere confiar en que volverá y, esta vez, sea sincero.