Capítulo 51
Engullidos por una serpiente
Un relámpago sesgó zigzagueante la oscuridad del cielo, seguido por una serie de truenos encadenados que retumbaron ensordecedores.
Me estremecí.
Se respiraba una lluvia inminente, un afilado viento soplaba oblicuo y enfurruñado. La tormenta se gestaba virulenta, como se gestaba en mi interior un pavor escalofriante ante lo que estaba a punto de acontecer.
Nos habíamos metido en las fauces de aquella serpiente de madera que nos miraba impertérrita y, ante nosotros, teníamos la manifiesta victoria de Horik sobre su eterno rival. Ver a Halfdan hecho prisionero, vencido y apaleado, sin brillo en su mirada ni gesto en su semblante, me sobrecogió.
Me volví para observar a Gunnar, quien, encima de aquel caballo blanco, a pecho descubierto con tan sólo las calzas negras y el cinto donde pendía su espada, con su leonada melena sobre los hombros, mirada fría y rictus duro, impresionaba.
Se veía tan peligroso, tan virilmente hermoso y tan feroz que cortaba el aliento.
Apenas unos instantes antes, cuando había aparecido de la nada esgrimiendo en su semblante un miedo atroz y una furia demoledora, el poder que había desplegado con tanta majestuosidad en la lucha dejaba claro que había sido tocado con el favor de los dioses.
Su destreza no tenía igual y, sin embargo, no sería suficiente para reducir a un número tan elevado de oponentes.
Horik se acercó con sonrisa jactanciosa hacia Hake y los Ildengum. Era un hombre corpulento, no muy alto, de mediana edad, rostro de huesos anchos y frente despejada, ojos separados y vivos, mirada aviesa y barba entrecana.
—Veo que tú también me traes presas —adujo complacido—. Han aniquilado mi ciudad, pero pagarán con dolor cada muerte.
Hake hizo a Gunnar el gesto para que se acercase.
—No me cabe la menor duda; si piensas ejecutarlo con el poste de sangre, la muerte será un premio para él —aseveró aquél concordante.
—He ideado una variante, mi buen Hake, porque el último hombre con el que lo intenté apenas pudo dar una vuelta entera al poste, dejándonos sin diversión.
—Caminar con el vientre abierto y las tripas clavadas a un madero, para enrollar tus entrañas al poste sin desfallecer, debe de ser toda una hazaña para cualquiera que no sea inmortal —resaltó el berseker con un tinte sardónico en su tono.
—Cierto —convino Horik—; por eso, esta vez he ingeniado la manera de alargar la agonía y evitar que el condenado se mueva. Será mi particular ofrenda a los dioses por regalarme la victoria.
Gunnar llegó a nuestra altura y clavó una significativa mirada en mí, y otra en el puñal que Hake portaba embutido en su cinturón. Me apercibí de cómo Hiram avanzaba hacia mi otro flanco. Me tensé aguardando una señal.
—¿Por eso tanto preparativo? Has despertado mi curiosidad, Horik.
—Verás —comenzó a decir entusiasmado el viejo rey—: he ordenado clavar esos pequeños postes en la tierra trazando un sendero con cuerdas que va cambiando de dirección cada pocos pasos, como un telar donde ir entremetiendo el hilo.
Sólo que el hilo serán las tripas de mi enemigo y la mano que maneje el telar, mi leal perro.
Hake se encogió de hombros manifestando su incomprensión en aquel gesto.
—Es sencillo —aclaró tras un carraspeo impaciente—: abriré el vientre de ese cuervo artero, extrayendo el sanguinolento cordón de sus entrañas, que ataré al cuello de mi perro.
Y luego, con una vara y un buen trozo de venado atado a ella, lo haré recorrer el sendero que hemos construido, despojando al cuervo de sus tripas hasta que el dolor o la muerte se lo lleven.
No irá al Valhalla, sino al más profundo abismo del Hel, quizá al Náströnd, donde su alma será ligada al inframundo sin poder ascender a la morada de los dioses, sufriendo el tormento eterno.
—De todas las torturas que he presenciado —arguyó Hake admirado—, te aseguro que ésta es la más cruel; te felicito por tan ingeniosa creación.
Horik enarboló una amplia sonrisa orgullosa y fijó los ojos en Gunnar, entrecerrándolos suspicaz.
—¿No es éste el temible ulfhednar que ha estado sembrando el terror en mi reino?
—Este mismo —respondió Hake, rotundo—. Suerte que está de nuestro lado. Y a propósito...
—Desprecio a Halfdan tanto o más que cualquiera de vosotros —interrumpió oportunamente Gunnar.
Horik alzó las cejas con cierta diversión y un atisbo receloso en su faz.
—¿Lo suficiente para abrirle el vientre? —inquirió astuto Hake.
—Lo suficiente, sí —respondió Gunnar sin titubear.
—Veo que tenemos verdugo —sentenció Horik—. No hagamos esperar más al cuervo. Desmonta, viejo amigo, bebamos mientras disfrutamos la ofrenda.
Hake se volvió hacia mí, señalándome que desmontara. Lo hice y me coloqué junto al caballo de Gunnar. Acto seguido, el berseker bajó de su corcel y palmeó con euforia la espalda de Horik.
—Tengo la garganta más seca que la cima de tus montañas —afirmó sonriente—. Un buen cuerno de cerveza, una buena hembra y una buena tortura, y dormiré como un bebé.
Horik estalló en una carcajada seca que le provocó un acceso de tos violenta.
—¿No te vale ésta? —preguntó el rey, fijando la mirada en mí.
Hake me escrutó con libidinoso interés, perfilando en sus labios una sonrisa taimada.
—Ésta es el motivo por el cual el cuervo se ha puesto en contra al ulfhednar . En cambio, yo no tengo nada que perder, pues ya lo tengo en contra. Así que esta noche su hembra cobijará mi verga tantas veces como la borrachera me lo permita.
No sé si fue la clara percepción de un movimiento raudo, o que mentalmente Gunnar y yo estábamos conectados, pero, casi al tiempo que él saltaba del caballo y se abalanzaba sobre Horik, amenazando su garganta desde atrás con su daga, yo le arrebaté el puñal a Hake e imité su acto.
—Sucia serpiente —siseó Gunnar letal—. Si quieres seguir respirando, ordena que suelten a mis hombres de inmediato y partiré permitiendo que contemples un nuevo día. Intenta otra cosa y te juro por Odín que serán tus tripas las que pasee tu perro.
Hincó con firmeza la punta de su cuchillo hasta rasgar la piel, de la que brotó un delgado y sinuoso hilillo de sangre. Horik, aterrado y lívido, sofocó una tos temeroso de provocar su propio degüello.
Gunnar sacudió ligeramente la mandíbula enviando una orden visual a Hiram. Éste desenfundó la espada, desmontó e hizo ademán de tomar mi lugar. Me apartó un poco y, sin dilación, atravesó con su acero la espalda del berseker , mientras lo sujetaba por el cuello.
—Esta alma sí irá al Hel, de donde nunca debió salir —murmuró Gunnar—. Y ahora, obedece maldito o irás tras él.
—¡Rápido, soltad a los prisioneros! —exclamó el rey.
Sus hombres se aprestaron en desatar a Erik, a Thorffin, a Sigurd y al resto de supervivientes de la hird. Nadie fue a ocuparse de Halfdan. Hice ademán de acercarme a liberarlo cuando una voz me detuvo.
—¡No! ¡No te muevas del lado de Hiram! —bramó Gunnar ceñudo.
—Pero... —repliqué contrariada.
—He dicho que no —repitió Gunnar furioso.
—No podemos dejarlo a merced de este sanguinario —contravine ofuscada.
La mirada de Gunnar se oscureció como las nubes que comenzaban a descargar una ligera llovizna sesgada por el viento.
—Poco me importa lo que sea de él, es tan miserable como ellos —repuso Gunnar con desprecio.
—No, no lo es; ya ha sufrido demasiado, él mismo me trajo hasta ti, y me defendió de su reina. Si no fuera por él, no habríamos podido reencontrarnos —defendí con firmeza, ante la angustiada mirada de Gunnar, que pareció encogerse al oír mi apasionado arrebato.
—¡Maldita sea, Freya, obedéceme! —rugió iracundo al verme avanzar decidida hacia Halfdan.
Ignorando su ruego, llegué hasta el poste donde Halfdan me observaba medio derrengado, también con el torso desnudo y negras guedejas surcando su pecho.
Estaba magullado y ensangrentado, con un ojo tan inflamado que apenas podía abrirlo, el labio partido y moretones por doquier.
Rasgué las ataduras y, previendo que pudiera desplomarse, me apresuré a sostenerlo, colocándome bajo su brazo derecho y abarcando su cintura.
Trastabillé pero, logré avanzar con él hasta que los acontecimientos se precipitaron fatídicamente.
Apenas oí un grito alertador, sentí cómo me aferraban por detrás y me ceñían a un cuerpo grande y duro. Halfdan, sin apoyo, cayó desplomado sobre el barro. El filo de una espada acarició la suave piel de mi garganta, mientras otra mano me desarmaba.
—¡Suelta a Horik y yo haré lo mismo con tu mujer! —exclamó una voz grave tras de mí.
Observé, temblorosa, la flamígera y asustada mirada de Gunnar sobre mí.
—¡De acuerdo, Einarr, lo soltaré! —aceptó Gunnar de inmediato—, ¡lo haremos al tiempo!
La lluvia comenzó a arreciar y los relámpagos a sucederse con más continuidad. El cielo bramaba con la misma cólera que brillaba en los ojos de Gunnar.
—¡Escucha bien! —continuó a voz en grito—. ¡Nos iremos acercando el uno al otro y, cuando nos tengamos enfrente, ambos soltaremos a nuestros rehenes a la vez!
Mi captor pareció asentir y así avanzamos lentamente hacia el centro de la explanada.
A cada paso que daba el pulso me latía en la sien, tan atronador como los truenos que restallaban a nuestro alrededor con la aspereza de un látigo empuñado por el mismo Odín.
Sentí la penetrante mirada de Gunnar sobre mí, rebosante de inquietud y todavía tildada por un matiz furioso y abrumador.
Horik paseaba su huidiza mirada de un lado a otro hasta que la enfocó con aguda e intrigante determinación en el hombre que me apresaba con fuerza.
Atemorizada, tuve la impresión de que confabulaban en silencio; aquella percepción aleteó incómoda en mi vientre, alertando todos mis sentidos.
Intenté plasmar en mis ojos una clara advertencia cuando miré de nuevo a Gunnar. No supe si en su acentuado ceño palpitaba el mismo desasosiego que me atenazaba a mí.