Capítulo 51 #2
Ya frente a frente, a tan sólo unos pasos, nos detuvimos. La lluvia comenzó a arreciar y el aullido del viento danzó ondulante entre nosotros, tan cortante como el filo que se apoyaba en mi garganta.
—¡Suéltala! —exclamó Gunnar feroz—. ¡Ya!
Bajó la daga con que amenazaba al rey, pero seguía aferrándolo por el cuello. Einarr hizo lo mismo conmigo.
—Abre los brazos para recibir a tu rey y para liberar a mi mujer —advirtió Gunnar empujando a Horik con ímpetu.
El hombre trastabilló hacia delante; también yo fui empujada, pero justo sobre el rey, que antes de caer al suelo, me envolvió en sus brazos, catapultándome con él.
Caímos sobre el barro en un forcejeo frenético.
Oí un cruce de espadas y gruñidos, mientras yo intentaba desasirme de las manos de Horik en torno a mi cuello.
Se cernió sobre mí tratando de asfixiarme; me revolví como una culebra, logrando impedir que cerrara las manos sobre mi garganta.
La herida de mi brazo restó fortaleza a mi defensa.
Me debatí furiosa golpeándolo con todas mis fuerzas, pero el peso del hombre me ancló al charco, y sus recios dedos consiguieron apresarme y oprimir con creciente encono.
Lo golpeé con los puños, pataleé y me agité convulsionada; presa de la desesperación, arañé las manos que me ceñían.
Abrí la boca emitiendo un silbido rasgado en busca de aire, alcé las caderas con intención de ladearme para lograr arrancarlo de mi cuerpo sin éxito.
Horik sofocaba mi resistencia con la fuerza de un buey.
Sentí la yema de sus dedos clavándose en mi piel, constriñendo mi garganta, cerrándola a la vida, y comencé a marearme.
Pude notar cómo la sangre empezaba a agolparse en mi cabeza, cómo mi pecho se encogía con un ardor pulsante y cómo la negrura, en forma de nebulosa difusa y espesa, se arremolinaba en torno a mí.
Mis movimientos languidecían, mi resistencia se retorcía moribunda y la agonía se extendía poco a poco por cada rincón de mi ser, envuelta en una liviana capa de rebeldía que me impelía a seguir luchando.
Aterrorizada, enturbiada por el letargo y sepultada por aquel ser abyecto que me hundía en el frío barro, con el determinante deseo de enterrar mi cuerpo en aquel lodazal, refulgiendo en sus entrecerrados ojos, decidí fingirme vencida, para que se confiara.
Cerré los ojos y dolorosamente estrangulé el impulso de resistencia que nacía inherente de mi interior, para simular estar muerta.
Cuando sentí cómo aflojaba su presa, y la presión de sus dedos desaparecía, no lo dudé.
Alcé en un último impulso vital la cabeza con todas las fuerzas que logré reunir e impacté mi frente contra su nariz.
Se oyó un crujido y acto seguido un alarido que la tormenta no logró velar.
Mientras boqueaba como un pez en busca de aire y me debatía bajo él, recibí un tremendo puñetazo que impulsó mi rostro hacia un lado, salpicando el agua fangosa del charco sobre él.
No bien giré la cabeza escupiendo barro, cuando otro golpe brutal prendió un ascua dolorosa en mi otra mejilla, arrebatándome el escaso aliento que hubiera podido aspirar.
Pugné por salir de la oscura niebla que apareció de nuevo obcecada en atraparme en su manto, y parpadeé repetidas veces, asiéndome a la ajada consciencia, que se deshilachaba temblorosa.
De repente, el peso que me sepultaba desapareció milagrosamente, y una cortina de lluvia terminó de evaporar esa densa niebla que me abotargaba.
Abrí los ojos, exhalé un rasgado resuello, casi un jadeo agónico, y llené completamente mi pecho de ese aire vedado; tosí y boqueé de nuevo, tomando otra profunda respiración que quemó mi garganta.
Lo primero de lo que fui consciente fueron las peleas que se libraban a mi alrededor.
Dos hombres de torsos desnudos, uno de cabellos claros y otro oscuros, luchando con febril fervor, cada uno con su adversario, y ambos dirigiéndome miradas de soslayo, preocupadas y aliviadas a un tiempo.
Me incorporé jadeante; me ardía el rostro y el aturdimiento pesaba en mí como un fardo sobre mis hombros.
Sacudí la cabeza y la alcé a la lluvia, no permití mucho más.
Me puse en pie y busqué un arma con que defenderme, pero no encontré nada.
Más allá, los supervivientes de la hird también se batían contra guerreros jutos.
Descubrí que Halfdan había sido el que había arrancado a Horik de mi cuerpo y peleaban en un cuerpo a cuerpo letal. Gunnar luchaba a espada contra Einarr; me di cuenta horrorizada de que estaba herido. Una brecha sangraba con profusión en un costado de su vientre; el terror me invadió.
Intenté dar un paso, pero me tambaleé peligrosamente hacia atrás. Las rodillas me flaquearon y pisoteé chapoteando el barro mientras luchaba por conservar el equilibrio. Gunnar me echó un vistazo alarmado y, en ese instante, el acero de su enemigo se hundió en la parte alta de su pecho.
—Noooooooooo.....
Caí de rodillas, con un dolor tan desgarrador atravesándome el pecho que sentí la espada clavada en mí.
El Ildengum extrajo su arma con una sonrisa perversamente triunfal en su faz, dejando a un Gunnar aturdido y tambaleante.
Intenté ponerme en pie, presa de una rabia demoledora. Grité como lo haría un animal salvaje y herido, y avancé hacia Gunnar.
—Guuunnaarrrrr... —sollocé en un sonido rasgado que me quebró por dentro.
Observé cómo Einarr paladeaba su victoria, degustando nuestro sufrimiento.
Gunnar le dio la espalda y se acercó derrotado a mí, todavía con la espada en la mano y arrastrando los pies por el barro.
La lluvia pegaba su larga melena a su cráneo, remarcando sus pronunciadas facciones, y acentuando el rictus de amargor que las desfiguraba.
No fue dolor lo que emergió de él, sino una sensación de impotencia y frustración que me devastaron.
Cayó de rodillas frente a mí, con los hombros hundidos y la cabeza gacha, derrotado y malherido; ya me abalanzaba sobre él, cuando su mano me hizo el gesto de detenerme.
Supe que tramaba algo y, con el corazón en un puño, observé cómo Einarr avanzaba hacia él con paso confiado, lentamente y regodeándose de su inminente victoria.
Los latidos se descompasaron en mi pecho, como el traqueteo de una carreta por un sendero pedregoso; sentí náuseas, y al dolor se sumó el miedo, y una angustia que me robó el aliento de nuevo.
Entonces Gunnar alzó la mirada, como buscando una señal en la mía.
Supe entonces lo que planeaba. Aguardé a que Einarr estuviera lo suficientemente cerca.
Cada paso del Ildengum revolvía mi vientre y desataba un pavor que me atería con temblores que no logré sofocar.
Justo cuando llegó a la espalda de Gunnar, y apretó los dedos sobre su empuñadura, asentí casi de forma imperceptible.
Fue más rápido de lo que esperaba. Gunnar, a la velocidad del rayo, cogió su espada, giró la muñeca hábilmente hacia atrás y elevó su acero ensartando a Einarr en él, en el preciso instante en que el Ildengum se inclinaba sobre su espalda para rematarlo.
Me abalancé sobre Gunnar, que me cobijó en su pecho, confortándome con susurros tranquilizadores.
—Tengo que curarte —gemí llorosa, separándome para hundirme en sus ojos.
—Tienes que irte —contrapuso él grave.
Negué vehemente; la calidez de mis lágrimas se mezclaba con la frialdad de las gotas de lluvia, así como las brasas del dolor se aunaban con la gelidez de la más completa desolación.
—No pienso dejarte —repliqué furiosa.
Cogí su barbilla para clavar en él una mirada determinante, pero un impulso mayor me incitó a tomar su boca con hambrienta desesperación. Fue mi beso el que le impuso mi decisión, el que le dijo que estaríamos juntos hasta el final, y el que le corroboró que no se iría solo.
Cuando nos separamos, Gunnar, estrangulado por la emoción, cobijó mi cabeza entre sus grandes manos y se sumergió en mis ojos.
—Nunca me dejarás, como yo tampoco lo haré jamás —musitó contrito—. Porque ambos somos uno. Pero tienes que salvarte, y lo tienes que hacer por mí.
Negué de nuevo y me abracé con fuerza a su cuello; los sollozos me sacudían.
Unos pasos llegaron hasta nosotros.
—Horik ha escapado.
Miramos a Halfdan, de pie, magullado y sangrante, con la mirada turbia y una mueca dolorida en su semblante.
—¡Llévatela! —rogó Gunnar con voz quebrada.
—¡No! —insistí aferrándome a su pecho.
Halfdan pareció vacilar un instante, pero finalmente se cernió sobre mí.
Me arrancó de los brazos de Gunnar, que permaneció impasible, mientras me revolvía contra Halfdan.
—Va a odiarme hasta el fin de los tiempos —murmuró cogitabundo—, pero te debo esta dispensa, Gunnar.
—¡Cuídala... por mí! —pidió en un hilo de voz moribundo.
Comenzó a arrastrarme alejándome de él, que me observaba con el rostro transfigurado en una mueca agónica, atrapado en una contención que lo estaba matando más rápidamente que las heridas que atravesaban su cuerpo.
—¡¡¡Nooooooo... no me hagas esto!!!! —sollocé pataleando, arañando, luchando por zafarme de su presa.
Mis súplicas caían inocuas y resbalaban como la lluvia que los dioses derramaban sobre nosotros.
Mis gritos rasgaban mi garganta como los truenos el silencio y mi dolor refulgía con la intensidad de los relámpagos flameando recortados en la espesa oscuridad de aquel día aciago y maldito.
La figura inmóvil de Gunnar, de rodillas, moribundo y solo en mitad de aquel lodazal, rodeado por guerreros que seguían combatiendo, sangrando bajo la lluvia, aguardando su partida, me rompió por la mitad.
Liberé un alarido que nació de mi mismo centro, de esa parte que se desmoronaba sin remisión, cuando la vida pierde su razón de ser.
Sentí trozos de mi corazón cayendo en fragmentos a un abismo de dolor del que supe que no podría salir jamás.
Y sumida en aquella devastación que me asolaba, no hallé más salida que la de negarme la vida, como él renegó de la suya cuando creyó perderme.
Fui arrastrada hasta el caballo más cercano.
Halfdan abarcó con un brazo mi cintura, inmovilizándome contra él, mientras con la otra mano rebuscaba en las alforjas de la montura, con su rostro casi pegado al mío, aunque temeroso de mirarme.
Encontró un puñal que entremetió entre su cinturón y un rollo de soga que comenzó a desliar para maniatarme.
—Cogeré ese puñal, o cualquier otro —comencé a decir clavando los ojos en los suyos— y acabaré con mi vida a la menor oportunidad, y lo único que lamentaré es no poder morir abrazada a él.
Halfdan me contempló un largo instante en que nos sostuvimos la mirada indagando en nuestro interior, con tanta profundidad que logró ver mi firme determinación.
Respiró hondamente, hundió los hombros con abatimiento y a continuación resopló con aguda resignación.
—Está bien —masculló más para sí mismo—. Vamos. Los hombres de Lodbrok no tardarán en reagruparse, tenemos que salir de aquí.
Apresó mi muñeca y tiró de mí, desandando el trayecto y acercándonos a Gunnar.
Me desasí de él, no opuso resistencia, y me adelanté a la carrera. El agotamiento no logró vencer la ansiedad por estar en sus brazos de nuevo.
Permanecía de rodillas, con la cabeza inclinada sobre el pecho. La lluvia se deslizaba en rojas hileras ondulantes por su pecho, largos mechones empapados goteaban sobre sus muslos. Estaba tan inerte que temí no llegar a tiempo. La desesperación me apuñaló.
Me dejé caer de rodillas ante él y cogí su cabeza con las manos, trémula y rota. Todavía respiraba; solté el aliento contenido y sonreí entre amargas lágrimas.
—Amor mío, nadie va a separarte de mí, ni siquiera tú.
Entreabrió los ojos, parpadeando confuso; un destello verde iluminó mi corazón.
—¡Abrá... za... me...!
Mi corazón se encogió ante aquel ruego idéntico al mío. Abarqué su torso entre mis brazos y me arrebujé en su pecho. Sentir sus latidos me inundó de alivio, a pesar de ser tortuosamente lentos.
Halfdan llegó apresurado hasta nosotros, llevando al caballo de las riendas. Se detuvo y se inclinó sobre Gunnar, cogiéndolo de una brazada, con intención de ponerlo en pie.
—¡Ayúdame! Puede que se salve si logramos sacarlo de aquí.
Aquellas palabras imprimieron una fuerza inusitada en mí. Lo aferré por el costado contrario y, entre los dos, logramos levantarlo. Halfdan usó todas su pujanza para lograr elevarlo sobre la montura. Gunnar se derrengó sobre el cuello del animal, exiguo.
—Habrá que atarlo para evitar que se caiga y, aun así, es posible que suceda; no posees la fuerza suficiente para sostenerlo si se vence —meditó ceñudo—. Yo me haré cargo. Busca otro caballo y larguémonos de aquí.
Miré en derredor, mientras Halfdan aseguraba el cuerpo de Gunnar a lomos del alazán.
En ese momento reparé que, entre los reducidos grupos que todavía luchaban en la explanada, se encontraban Hiram, Sigurd y Thorffin, conteniendo a los hombres de Horik, que accedían por una de las entradas de la muralla, como si fuera una hilera inagotable de hormigas emergiendo de un agujero en la tierra.
Más allá, un grupo de caballos sin jinete relinchaban inquietos; corrí trastabillante hacia ellos.
Ya alcanzaba al más cercano cuando una mano agarró mi melena, tirando de ella para hacerme retroceder.