Capítulo 50 #2
—Tienes que llevártela al snekke que dejamos dispuesto en la ensenada del río Gudenåen en cuanto logre desmontar al primero de ellos —advirtió con determinación.
Freya lo empujó furiosa con su brazo sano, regalándole un mohín rebelde y obcecado.
—¡No pienso ir a ningún sitio sin ti, condenado gigante!
Reprimió una sonrisa complacida, aunque estaba decidido a seguir insistiendo, o él mismo la ataría al caballo.
—Freya...
—He dicho que no. Hiram, ve tú, allí te estarán esperando Valdis y Jorund.
La omisión a Eyra lo alarmó. Clavó los ojos en ella e intentó leer en su rostro.
—¿Y mi madre?
—Nos espera en otro lugar —respondió ella con gravedad.
Algo en su interior se agitó, provocándole un malestar opresivo que lo desazonó.
—¿Otro lugar?
—No hay tiempo para más explicaciones, Gunnar, ya llegan.
Freya apartó la vista, y aquel gesto lo angustió más.
No obstante, no tuvo tiempo más que de pensar la manera de enfrentarse a una docena de jinetes; supo que sería imposible contenerlos, dando la oportunidad a Freya y a Hiram de escapar, así que barajó otra salida.
La espada sería el último recurso, debía embaucarlos de algún modo para ganar tiempo, tejer un ardid para atraparlos en él.
Hake el Berseker odiaba enardecidamente a Halfdan, desde que en su último enfrentamiento éste lo dejara manco y sin hermanos, y quizá aquélla pudiera ser su baza. El problema serían los Ildengum.
Alargó el brazo, espada en mano, y los saludó como si en realidad fueran del mismo bando. Aquel gesto desconcertó al grupo de jinetes, que trastocaron su combativo rictus en un mudo asombro y una afinada desconfianza.
Hiram se puso a su lado y Freya al otro. Armados pero en actitud distendida y fingida tranquilidad los recibieron. Gunnar se adelantó unos pasos, clavando la atención en Hake.
Era un hombretón rudo y hosco, grande y fornido, de castaños cabellos enmarañados y rostro lleno de cicatrices, de aspecto zafio, pero de sagacidad tan afilada como su espada.
Manejaba las riendas con su única mano y, aunque aquel detalle pudiera hacerle parecer en clara desventaja, Gunnar sabía muy bien que no lo estaba.
—¿A qué esperáis para ofrecer a Horik la cabeza de Halfdan en una pica? Hemos aniquilado a parte de sus tropas, el resto corre de vuestra cuenta.
Hake alzó con recelo una ceja y lo escrutó con detenimiento.
—Creí que eras leal a vuestro rey; me arrebataste a los herederos de Sigurd Hart para entregárselos y prendiste fuego a mi reino.
Gunnar asintió con sequedad, frunciendo el ceño como si aquello lo contrariara.
—Sí, fui leal a ese perro, hasta que quiso apropiarse de mi esposa. Me enfrenté a él y me azotó; desde entonces juré venganza y, aprovechando que fui enviado aquí en una avanzadilla, me alié con Horik para derrocarlo.
El líder de los Ildengum, Einarr, adelantó su caballo hasta Gunnar y lo contempló con desdeñoso desprecio.
—Es un traidor, tal como lo fue su padre.
—No olvides, Einarr, que también soy Ildengum por parte de madre.
El hombre contrajo disgustado su semblante, fulminándolo con la mirada y crispando los nudillos, mientras apretaba los puños.
—¿Acaso crees, ulfhednar , que puedo creerte sin prueba alguna que confirme tus palabras? —Desvió la atención sobre Freya, y Gunnar se envaró inquieto—. A pesar de que tu esposa sea digna de apropiar.
—Sí, tengo pruebas, las llevo en la espalda —confirmó mientras se zafaba del ancho cinturón que ajustaba su cota de malla. Se deshizo de la cota y a continuación de la túnica para mostrarles la espalda.
Las aún tiernas marcas dejadas por la vara, rosadas e inflamadas aunque cerradas, confirmaron al menos su castigo.
—Sí, ese cuervo de Halfdan se porfía de cuanta cosa bella ve —aceptó Hake—. Pero entrarás con nosotros en Viborg, y quizá te dé el gusto de que tú mismo le cortes la cabeza y se la ofrezcas como ofrenda a Horik, si todavía ese viejo pendenciero sigue vivo.
—Para eso necesitamos caballos —replicó él, aprovechando la ocasión—; no pretenderás que entremos en esa pesadilla sin ellos.
Hake asintió; una sonrisa sibilina se formó en sus labios.
—No me tomes por necio, Gunnar; te daré caballos, pero tu mujer irá en el mío... no querrás que me arriesgue a una nueva traición, pareces ser muy dado a ellas.
Gunnar reprimió su malestar y asintió quedo. Tendrían que entrar en la ciudad. Quizá en el caos del combate fuera más fácil escapar de allí.
Hake ordenó a dos de sus hombres desmontar y entregó un caballo a cada uno. Llamando a Freya a su presencia, Gunnar tuvo problemas para estrangular el impulso de alejarla de aquel rufián; afortunadamente logró controlarse.
—Sube a la grupa, mujer —rezongó—. Creo que entenderás que no pueda echarte una mano.
Dejó escapar una risotada burda que sus hombres compartieron. Gunnar reparó en la mirada hambrienta y solapada que clavó en ella, y su aprensión se agudizó. Tuvo la absoluta certeza de que Hake trazaba sus propios planes, y que debían adelantarse a ellos o estarían perdidos.
Montó con ligereza sobre el castaño alazán; no se entretuvo en cubrir su torso de nuevo; si todo iba como esperaba, no entraría en batalla. Su único plan consistía en salir corriendo de allí como una centella con la mujer que amaba en su regazo, y su amigo tras ellos.
Hake sacudió las riendas y espoleó a su caballo, partiendo al galope con Freya tras él.
Gunnar fijó la mirada en la alborotada y larga melena bruna de la mujer y sólo quiso enterrar los dedos en ella, enredarse en su suavidad y aspirar su aroma, juguetear enrollando mechones de aquel negro océano entre sus dedos, susurrar en ellos y atraparlos en sus puños mientras la besaba hasta el delirio.
No pudo evitar recorrer con la mirada su estrecha cintura, la deliciosa curva de sus caderas y la exquisita perfección de sus delineadas nalgas, remarcadas por aquellas ceñidas calzas de piel curtida que no dejaban nada a la imaginación.
Y a pesar de la gravedad del momento, su verga se tensó palpitante, ante la remembranza de escenas intensamente vividas.
Escenas que pensaba repetir hasta desfallecer.
Saber que no era el único que la admiraba lo soliviantaba sobremanera.
Nada despertaba más los bajos instintos de un hombre que un combate donde indefectiblemente se perdía la humanidad, liberando el lado más salvaje de cada uno.
Tener cerca a una mujer como aquélla era, sin duda, toda una tentación que no desaprovecharían.
Acompasó su montura a la de Hiram para descubrir que él también la miraba con deseo; maldijo para sus adentros.
Saber que su hombre de confianza era tan receptivo a los encantos de su esposa era algo que había intentado asumir sin conseguirlo.
Averiguar que en una condenada fiesta aderezada por un lujurioso brebaje ellos se habían besado, no ayudaba mucho a contener las ganas de retarlo con los puños de nuevo.
En cuanto a Halfdan, su odio era más exacerbado, más ácido; él había intentado arrebatársela con malas mañas y, por cómo la miraba, había sido fácil descubrir que poseerla no era un mero capricho.
Esta vez no tendría que pelear por su corazón, pero tendría que hacerlo por su libertad.
Aún le quemaban las entrañas ante la visión de Freya besando a aquel maldito rey para detener su castigo.
Una imagen más con que torturarse se sumaba a las que ya acuchillaban su mente.
Se afanaba en disipar aquellas escenas que lo asaltaban en mitad de la noche, y lo despertaban furibundo.
Veía a Freya y a Halfdan enredados en el lecho, gozando de una pasión compartida, y aquella imagen se clavaba en su pecho con la inquina de un puñal envenenado.
En él bullía el deseo de acabar con la vida de Halfdan, pero no a costa de poner en riesgo la huida.
Atravesaron la gran arcada principal, adentrándose en Viborg, y se toparon con un vibrante incendio devorando la ciudad.
Un humo negro, denso y sofocante pendía sobre ellos, dificultándoles la visión.
Lograron atisbar cabañas calcinadas, cadáveres desmembrados y maltrechos salpicando el camino, niños llorosos buscando a sus padres, mujeres semidesnudas deambulando tambaleantes con mirada pérdida, heridos clamando ayuda y la muerte extendiendo su hediondo manto sobre aquellas gentes, propagando su espeluznante efluvio a carne quemada, a sangre fresca y a dolor.
Cabalgaron hasta las inmediaciones del gran skáli real, situado en la suave elevación de una loma, con un único acceso a él, en forma de fastuosa escalinata, con balaustrada tallada y curvada simulando el cuerpo de una serpiente.
También estaba cincelada la ornamentada entrada principal, a base de definidas escamas, dando la impresión de entrar en la boca de aquel reptil; incluso habían labrado en la madera dos grandes colmillos afilados a modo de columnas que flanqueaban las dobles puertas.
En el tejadillo volado, los atemorizantes ojos de ese animal parecían vigilar a los incautos que decidieran atravesar sus fauces.
Pero lo que más le hizo agrandar los ojos fue ver a Halfdan atado a un poste; lo habían golpeado duramente y parecían preparar alguna especie de tortura, por las cuerdas y los maderos que estaban colocando.
En el centro de la explanada, Horik y sus generales conversaban animados. Más allá, de rodillas y maniatados, Erik, Thorffin y Sigurd, junto a los hombres de Halfdan, parecían esperar su turno. No vio a Ragnar e imaginó, apenado, que habría caído luchando.
Su engaño estaba a punto de ser descubierto. Desesperado, comprendió que sólo tenía a mano una solución.