Capítulo 50
En el fragor de un encuentro
Gunnar avanzaba desesperado, sembrando muerte y sangre a su paso, sorteando enemigos o enfrentándose a los que decidían atacarlo.
Su angustia era tal que agilizaba cuanto podía sus ataques para zafarse de los guerreros que le salían al paso.
Repartía mandobles como quien despeja la maleza de un bosque cerrado en busca de un sendero por el que transitar y correr a su destino.
Su destino era encontrarla antes que la muerte y liberarla de sus garras.
Gruñía iracundo cuando algún enemigo se interponía en su camino, evitando alargar la lucha, embistiendo como una fiera descontrolada y letal, pero sobre todo impaciente.
La urgencia y el miedo lo atenazaban. Hiram se había adelantado, cuando él fue retenido y cercado en aquella maldita muralla, al emerger de ella una horda de guerreros por aquellos portalones, como si fuera una plaga de ratas inquietas y mordientes.
Sus hombres lo habían ayudado a deshacerse de toda una avanzadilla de decenas de adversarios.
Había resultado imposible conseguir un caballo para lograr avanzar entre aquella caótica masa de guerreros enardecidos y poder encontrarla en mitad de la batalla.
Y saberla ahí, en medio de aquel combate feroz, le quemaba el pecho como si lo marcaran en una fragua con un hierro candente.
Y entonces vio un yelmo ondeando en el extremo de una pica, la señal de Hiram.
Y corrió hacia ese punto con el corazón en la boca y esquivando ataques sin presentar batalla, saltando por encima de cuerpos mutilados, inertes o muertos, pisando charcos de sangre y aspirando el ferroso aroma de la muerte y de su propia desazón.
Jadeaba entre gruñidos, forzando su carrera impelido por el apremio y un pavor descontrolado por no llegar a tiempo.
En cada zancada sus latidos atronaban como los de un tambor; no podía llegar tarde, no podía verla morir de nuevo.
Porque, si eso ocurría, partiría con ella, y esta vez nadie se lo impediría.
No había vida posible sin corazón, y ella no sólo era su corazón, era su alma, su sentido, su razón, su principio y su fin.
Estaba en cada aliento, en cada parpadeo, en cada latido, en cada pensamiento, y estaría siempre, pues no importaba el mundo, ni el tiempo, estaban unidos más allá de la razón.
Se batiría hasta con la misma valquiria que quisiera arrastrarlo al Valhalla tras su muerte, porque no deseaba estar entre dioses, ni entre hombres; no, viajaría tras ella hasta encontrarla y encadenarla a él eternamente.
Cuando horrorizado vio cómo el yelmo volaba por el aire, la angustia lo estranguló. En su carrera impactaba con brutalidad contra todo cuerpo que se interponía en su camino, derribándolos a golpe de escudo o de espada, con la ansiedad desdibujando sus facciones y el miedo pintando su mirada.
Cuando se topó con ella, el miedo se tornó esperanza y la ansiedad, furia.
Hiram y ella estaban rodeados y casi vencidos por unos siete enemigos que iban acorralándolos lentamente.
Descubrir que ella estaba herida y que, aun así, luchaba con tal arrojo que impresionaba, con tal coraje que deslumbraba y con tal habilidad que admiraba, lo llenó de orgullo y de un amor tan grande que lo impelió con la fuerza y la determinación de una tempestad en alta mar hacia los atacantes.
Descargó su espada con implacable saña contra los hombres que de espaldas a él cerraban el círculo y enarbolando su escudo arremetió feroz, derribando a los hombres que encontraba al paso.
Cuando sus ojos se encontraron, y los de ella refulgieron esperanzados, sintió un pellizco en el corazón. Un mensaje silencioso flotó entre ellos, un mensaje con las mismas letras e idéntico sentir.
Hiram pareció crecerse ante su presencia, redoblando sus ataques con más ímpetu; la sombra de una sonrisa tildó su boca y el alivio suavizó sus facciones, dirigiéndole una mirada cómplice y decidida.
Gunnar asintió apenas mientras luchaba con denuedo, a pesar de seguir llegando enemigos en una masa inagotable.
Comenzó a interponerse constantemente entre los que atacaban a Freya, librándola de luchar en la medida que podía, usando su escudo para frenar ataques y lidiando incluso con tres espadas cruzadas entre sí y lanzadas a veces casi al tiempo.
Inclinaba su cuerpo en ágiles esquives, exprimiendo sus habilidades al máximo, lanzando ataques certeros y derribando con extrema brutalidad a sus contendientes.
De repente, se dio cuenta de que no eran tres: Fenrir atacaba como un lobo rabioso, reduciendo eficazmente al enemigo, protegiendo a Freya de ataques por la espalda y abalanzándose con crudeza sobre aquellos que intentaran acercársele.
De repente, un sonido atronador lo sobrecogió.
Entonces se percató de que el cielo había cambiado.
Se había oscurecido precipitadamente; el olor de la lluvia sofocó el de la sangre y el sudor.
Se estaba formando una gran tormenta que pronto descargaría su furor contra ellos.
Luchar entre el barro dificultaría las cosas. Tenía que sacarla de allí cuanto antes.
Sesgó una cabeza que cayó rodando por el suelo y hundió su espada en otro cuerpo, sin detenerse un instante, hasta que comprobó que o habían huido los que quedaban o habían caído bajo su acero, pero se encontraban los tres solos y jadeantes en un rodal de cuerpos sangrantes.
Más allá la lucha continuaba ya dividida en pequeños reductos.
Sin mediar palabra y con una vital determinación, se acercó a Freya, quien, aunque exigua y dolorida, lo miraba arrobada. Aferró con rudeza su nuca con una mano, rodeó su cintura con el brazo para ceñirla a él y la besó con tal desesperación que notó cómo ella se derritió entre sus brazos.
Tomó su lengua con una exigencia tan abrumadora, con un hambre tan voraz, con tal agudo anhelo, que temió no poder separarse de ella antes de advertir un nuevo peligro. Liberó su miedo en aquel beso hosco, plasmando en él todo el amor que lo roía por dentro.
Lamió cada rincón de esa boca que lo enloquecía, saboreando su esencia y depositando la suya.
Sintió el hambre en ella, en cómo se abrazaba a él, en cómo lo devoraba con la misma ansia que lo consumía a él.
Se vio envuelto en todo el amor que rezumaba de ella como un cálido manto y se permitió arrebujarse en él, ahuyentando todos los temores.
Cuando logró separarse de su boca y se sumergió en aquellas lagunas doradas por las que asomaba su corazón, supo que moriría abrazado a ella, porque nadie lograría separarlo jamás de su lado.
—Creí... que no volvería a verte —susurró ella en un emocionado hilo de voz.
Las lágrimas trazaron surcos perlados entre la suciedad y la sangre que cubrían su rostro, como la ondulante ribera de un río atravesando un oscuro valle y aclarando con su cauce aquel hermoso y afectado paraje.
—Y yo temí no llegar a tiempo —confesó con voz quebrada.
Limpió con delicado mimo su rostro, secándolo con besos cortos y precisos, mientras ella sofocaba sollozos aliviados.
Gunnar besó la punta de su nariz y le sonrió.
Se separó apenas para rasgar los faldones de su túnica, arrancó una tira de tela y le vendó el brazo con exquisita delicadeza, aunque ejerciendo la suficiente presión para detener el sangrado.
Por el vistazo que le echó, necesitaba sutura, pero ahora lo importante era buscar monturas y huir de allí.
Echó una ojeada hacia las murallas de Viborg; por el estruendo y el humo que ascendía en llamativas espirales, supo que la batalla en el interior estaba siendo encarnizada.
También supo por qué la batalla en la pradera había perdido intensidad: las tropas de Lodbrok habían decidido acudir en auxilio de su rey Horik. Halfdan era sin duda un gran guerrero.
Cuando afianzó el vendaje, ella volvió a estrecharse contra su pecho.
La rodeó con fuerza, sintiendo de nuevo esa acusada necesidad de fundirla en su pecho, para salvaguardarla de todo y de todos.
Deseó tener alas para cubrirla con ellas, para llevarla lejos de allí, para perderse con ella en la eternidad.
—Ambos hemos estado muertos, amor mío —susurró contra su pelo—, pero hemos vuelto a la vida y, por segunda vez, me entrego a ti, esposa mía, en cuerpo y alma. Soy tuyo desde el día en que posaste esos hermosos ojos sobre mí, y lo seré hasta el fin de los tiempos.
Sofocó el llanto de Freya, intentando en vano contener el suyo propio. El pecho se rompía en mil sentimientos que convergían al tiempo en uno solo, pero tan grande que no cabría en el cielo.
Cuando ella alzó el rostro buscando su mirada, su corazón se encogió feliz por lo que vio en ellos.
—Y yo, nací tuya.
—Me revientas el pecho, Freya.
Tomó de nuevo su boca, esta vez con dulzura, paladeando la magnificencia de aquel amor que los consumía.
Un carraspeo los sacó de la nube de dicha en la que se hallaban inmersos.
—No es por incordiar, pero llegan jinetes —informó Hiram con preocupación.
Gunnar siguió la mirada de Hiram, y su rictus se paralizó en una mueca de aprensivo asombro.
—Necesitamos monturas —dijo tenso— y ahora mismo creo que no hay nadie a quien me apetezca más quitarle el caballo.
Entrecerró los ojos y observó cómo el clan de los Ildengum cabalgaba hacia ellos, no eran más de una docena. Al frente, Hake el Berseker, el acérrimo enemigo de Halfdan.
Un tropel de recuerdos lo sacudieron. Ellos habían ajusticiado a toda su familia, aquellos malnacidos Ildengum lo habían dejado huérfano siendo apenas un muchacho y, aunque la venganza ya no soliviantaba con tanto ardor su ánimo, supo que finalmente su último combate sería con ellos.
Como si el destino hubiera modelado desde un principio las piezas de su vida, de la primera a la última, y las fuera encajando en el lugar correspondiente para que todo tuviera sentido al final.
—¡Los Ildengum! —exclamó Hiram atónito. Tragó saliva, su rostro se oscureció.