Capítulo 49 #3
Empuñé la espada, separé las piernas flexionando las rodillas y miré en derredor. Me escocían los ojos por la sangre restregada de mi rostro; su sabor metálico y ácido se aglutinaba en las comisuras de mis labios, y su hedor impregnaba mi túnica. Y a pesar de eso, las náuseas desaparecieron.
Descargué mi mandoble hundiéndolo en los atacantes que encontraba al paso. No portaba escudo, pero mis esquives eran raudos y acertados. Me sentí poderosa, hasta que un gigante taponó mi visión del campo de batalla.
Blandió su enorme espadón trazando arcos en el aire, rasgándolo en un sonido sibilante, mostrando en aquel ademán una habilidad innata, y una fuerza abrumadora.
Mi garganta se secó, tragué saliva y me centré en cada uno de sus movimientos.
A cada paso que daba hacia mí, el poder que rezumaba comenzó a menguarme.
Aquel oponente sobrepasaba claramente mis capacidades.
Miré de soslayo, barajando la posibilidad de escapar de aquel monstruo de grandes y fornidas hechuras y largos y enmarañados cabellos castaños.
En torno a mí, parejas de combatientes se batían con violento arrojo, desmembrando con feroces tajos, hundiendo sus aceros con brutal fervor, sembrando la muerte en aquella pradera que ya comenzaba a tornarse escarlata.
De pronto, sentí una presencia a mi lado.
Una hermosa valquiria blanca y luminosa, equipada con un escudo azul y que balanceaba con sinuosa gracilidad su espada.
Apenas me dirigió un fugaz vistazo cómplice a través de su ceño fruncido, apretó los labios mientras endurecía su rictus y fijó su celeste mirada en el gigante que nos sonreía altivo.
—Atacaremos al tiempo —susurró entre dientes.
Y al instante, Asleif gritó furibunda y se abalanzó sobre el gigante.
Ya chocaba su acero con él cuando me precipité hacia su costado, obligándolo a defenderse de un doble ataque.
Frenaba mis embistes con su escudo, forzándome a retroceder con su empuje, mientras contenía los lances de Asleif con su espada.
Era grande, una mole de músculo que nos contenía con aparente facilidad y que costaría agotar, hasta poder tener la más mínima oportunidad.
Así que opté por aprovechar su ventaja en mi beneficio, su tamaño.
Me aparté lo suficiente para ponerme a su espalda, clavé la rodilla en el suelo, justo cuando él repelía a Asleif de un mandoblazo que a punto estuvo de dejarla sin brazo, y sesgué sus corvas de un solo tajo.
Tras un desgarrador grito, cayó de rodillas; Asleif hundió su acero en el pecho del gigante con un gruñido triunfal y casi placentero.
Me sonrió orgullosa y me dedicó una leve inclinación de cabeza.
—Te enseñé bien, pequeña bondi —manifestó jactanciosa y eufórica.
De pronto, su rictus pletórico y triunfal se congeló en su rostro, se abalanzó sobre mí y me apartó de un abrupto empellón. Una flecha le atravesó el costado izquierdo, apenas profirió un débil resuello antes de cernirse sobre el arquero para hundir su acero en él.
Trastabilló retrocediendo, observando ceñuda la cola emplumada del astil que perforaba el lateral de su cintura. Me acerqué a ella y la sostuve con cuidado. Aferró el extremo que sobresalía de su cuerpo con firmeza y me miró apremiante.
—Quiebra el otro extremo —pidió con asombrosa templanza— para que yo pueda deslizarla fuera de mi cuerpo.
Asentí y cogí con una mano la parte que emergía por detrás.
Rodeé con fuerza la parte más cercana que asomaba de su cuerpo para sofocar cuanto pudiera la sacudida, y la otra mano la cerré en torno a la base de la ensangrentada punta de metal.
Apreté con fuerza los dientes y, con toda la entereza y fuerza que fui capaz de reunir, partí en dos el astil; sin embargo, no logré contener suficientemente el impacto del quiebro, que se propagó reverberante en el cuerpo de Asleif, removiendo la herida y arrancando de su garganta un grito de dolor, que más sonó a gruñido rabioso.
Aunque lívida y trémula, no vaciló en arrancar de su cuerpo el alargado tronco leñoso con una mueca dolorida que crispó su semblante.
La lanzó lejos y jadeante se observó el sangrante orificio de su costado con el cejo fruncido.
—Tengo que vendarte —musité preocupada, derramando angustiada mi mirada en derredor.
Los combatientes se agolpaban en torno a nosotras en pequeños y apiñados grupos, febrilmente inmersos en la lucha.
—No hay tiempo —objetó Asleif. Se agachó y cogió un puñado de negra tierra húmeda, no supe si de rocío o de sangre, la apretó en su palma y la modeló con los dedos formando un emplaste, que se aplicó sin pérdida de tiempo, taponando la herida.
Me ofreció la mitad e hice lo mismo con el orificio trasero.
—Asleif... me has salvado la vida.
—Como lo habrías hecho tú —profirió con absoluto convencimiento—; somos hermanas de lucha y de corazón.
Cerró la mano en mi antebrazo, oprimiéndolo con firmeza, sellando de esa manera nuestro vínculo fraternal, y yo la cerré en torno al suyo. Mirándonos fijamente, liberamos nuestros afectos.
—Y ahora, a buscar a tu gigante —musitó esbozando una incisiva sonrisa—. A morder, loba, tienes por lo que luchar.
No pude contestarle, fuimos empujadas de forma violenta por la brutal pelea de dos guerreros que se batían con los puños en una lucha letal.
Empuñé mi espada con ambas manos justo antes de ser atacada por otro oponente.
Crucé hábilmente mi acero con él mientras con el rabillo del ojo estaba pendiente de Asleif, que había encontrado una lanza y la manejaba con sublime destreza.
Me deshice del guerrero y acudí a ayudar a Asleif; mientras ella frenaba con la pica los embistes de su adversario, aproveché para ensartarlo por la espalda.
—¡¡¡Detrás!!! —avisé gritando desaforada. Aquel sonido rasgó dominado por la urgencia y el miedo mi interior, parándome el corazón.
La punta ensangrentada de una espada emergió del pecho de Asleif, como un lúgubre estandarte clavado en un reino conquistado, reclamando para la muerte aquella vida, que inmóvil la aguardaba. Mi aguerrida valquiria blanca agrandó confusa los ojos clavando una mirada estupefacta en su pecho.
—¡Noooooooooo...! —aullé desgarrada.
Y con horrorizada lentitud, el acero comenzó a abandonar aquel reino usurpado, marcado con sangre brillante que manaba profusamente, entregando su conquista al dios de la guerra y la muerte.
De Asleif partió un débil resuello por el que escapaba su último hálito de vida.
Cayó de rodillas, enfocando en mí una mirada tan intensa, tan cálida y afectuosa, que rompí en un sollozo mientras gritaba impotente y rabiosa.
Me abalancé sobre el hombre que la había ensartado y lo rendí a mi espada y a mi furia en apenas unos coléricos mandobles. Me cerní sobre el cuerpo de Asleif, que agonizaba de rodillas, con el semblante tan plácido y la mirada tan tierna que me sobrecogió.
—Luuu... chaa... Freya... —Un escalofriante estertor la detuvo un instante antes de poder continuar—. Me... esperan.... en el Asgard.
La abracé contra mi pecho, sintiendo en él mil puñaladas de fuego entrando y saliendo implacables. Las lágrimas no aliviaban el dolor, ni los sollozos la pena. Ninguna de esas dos emociones diezmaron mi arrojo y mi determinación.
—Lucharé, lo juro por los dioses —afirmé poniéndome en pie—. Y diles de mi parte que se llevan a la mejor valquiria y a la mejor amiga que se puede encontrar. Puede que ellos te lleven a su reino, pero un trozo de ti quedará siempre conmigo.
Me llevé la mano al corazón con afectada intensidad. Asleif asintió esbozando una sonrisa emocionada antes de cerrar definitivamente los ojos.
Inspiré una profunda bocanada de aire que produjo un sonido chirriante, como si rozara en mi garganta con las aristas de esa piedra tormentosa que pendía en ella.
No tuve tiempo de más. Surgían atacantes por doquier, y el lobo me dominó por completo.
Dejé, por última vez, a un lado mi humanidad, convirtiéndome en una voraz depredadora, letal y fría, con un único objetivo en la mente: devorar cuanto ser se interpusiera en mi camino hasta toparme con las únicas dos gemas verdes capaces de devolverme a la vida.
No fueron verdes los ojos que acudieron en mi auxilio cuando me rodearon tres atacantes, sino tan azules como el cielo que presenciaba, indiferente, aquella masacre.
Hiram surgió de la nada, tan hermoso como feroz, blandiendo su espada sibilante y hambrienta ante los hombres que me cercaban.
La descargó con tanta saña que partió en dos el escudo de uno de los guerreros más cercanos a él, para hundir su acero en el pecho del hombre a continuación, con tan abrumadora facilidad como si el mismo Thor se hubiera personado ante ellos.
Impresionados, mis adversarios retrocedieron calibrando cada movimiento de Hiram.
Éste apenas me dirigió una mirada admonitoria, instándome a no participar.
No hizo falta, mis dos atacantes me ignoraron, centrando toda su letal atención en él.
Hiram aguardó astuto el ataque, anticipándose en cada ofensiva, defendiéndose con absoluto dominio de un doble ataque.
.. embistiendo y esquivando, girando y dibujando un arco tras otro, buscando la ocasión de alimentar el ansia de su acero, que reverberaba bajo la luz matinal, con destellos de plata, confiriéndole una apariencia divina, y atemorizando a sus oponentes.
Y tras dos mandobles seguidos, giró lateralmente rebanando el costado de uno de sus adversarios para hincar la rodilla en la tierra y atravesar el abdomen del otro.
Se puso en pie y se dirigió raudo hacia mí, cogiéndome de la mano.
—No te separes de mí —ordenó tajante—, Gunnar viene por ti.
Agarró una pica del suelo, se quitó su yelmo y lo colocó en la punta. Acto seguido lo alzó todo lo que pudo y lo balanceó en el aire en círculos, a modo de aviso, señalizando nuestra posición.
Repitió aquel movimiento cuanto pudo, hasta que fuimos rodeados de nuevo; esta vez eran más.
Utilizó la pica lanzándola con ferocidad hacia los primeros asaltantes con una mano, mientras con la otra sofocaba un nuevo ataque por la derecha. El yelmo salió impelido por los aires, así como mi pavor cuando uno de aquellos hombres se aprestó contra mí y me desarmó.
Hiram se interpuso entre mi oponente y yo, sin dejar de contener al resto.
Aproveché su parapeto para buscar en el suelo mi espada, agitada y ansiosa, con la garganta seca y el corazón desbocado.
Cogí una que hallé junto a un cadáver; pesaba más que la mía, pero la enarbolé con ambas manos, destilando el suficiente coraje para manejarla contra el enemigo más cercano.
Supe que mi resistencia no soportaría esgrimir más lances, ni sofocar un pulso, pues la fortaleza de mi enemigo era claramente superior, así que me arriesgué en un desesperado ardid.
Alcé la espada para simular descargarla sobre su cabeza y, haciendo acopio de todas mis fuerzas, la descendí cuando el guerrero elevó su espada esperando mi lance, y pude clavarla en su vientre.
Sin embargo, no fui lo bastante rápida al extraerla y, a pesar de inclinarme a un lado, no logré escapar del filo de su espada, que lamió mi brazo, ocasionándome un tajo considerable.
Jadeé apartándome; el brazo me latía con un pulso abrasador; aunque sangraba abundantemente, no tuve ocasión de oprimir la herida ni vendarla comprimiendo el sangrado. Hiram estaba en apuros.
Un ladrido llegó en nuestro auxilio. Fenrir saltó sobre uno de los atacantes, derribándolo y atrapando en sus fauces el cuello del hombre.
La sangre manó a borbotones entre alaridos y gruñidos.
Hiram había matado a sus tres oponentes, pero llegaron más que los suplieron.
Por la cantidad de enemigos que nos rodeaban, la batalla claramente se estaba inclinando a favor de Horik.
Mi ansiedad por embeberme en la mirada de Gunnar era tal que me dolía más que la herida. Me desesperaba sucumbir sin haberme sumergido en sus ojos por última vez, sin haberme despedido, sin haber probado sus labios para llevarme su esencia conmigo. Sin poder decirle por enésima vez cuánto lo amaba.
Y aquel miedo se acrecentó cuando los hombres que nos rodeaban eran demasiados para plantarles batalla.
Hiram apretó los dientes fiero, pero en la mirada que me dirigió percibí su amargura y angustia, su frustración y rabia. Me puse a su lado, y lo miré agradecida y orgullosa. Hiram esbozó una sonrisa temblorosa y emocionada, que caldeó mi pecho.
«¡Gunnar, amor mío! ¿Dónde estás?» Ése fue mi último pensamiento antes de entregarme a mi último combate.
Y en ese preciso instante, a mitad de trazar un letal arco con mi espada, unos impresionantes y rasgados ojos verdes refulgieron con fuerza entre aquella masa oscura de guerreros.
Él.