Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Lo primero que decidí hacer fue liberar también las muñecas de Halfdan, que permanecía debatiéndose con su esposa, la cual se revolvía como una serpiente bajo una bota.

Cuando me acerqué a la espalda del rey, y me entretuve cortando sus cuerdas, Halfdan inclinó violentamente la cabeza hacia atrás, brotando de él un alarido ensordecedor. Al cabo, vi cómo una hilera de sangre recorría su cuello.

Libre, se incorporó para lanzar un feroz puñetazo sobre el rostro de su esposa, que tras un gemido dolorido pareció perder la consciencia. Por el seco crujido que oí, supuse que le había roto la nariz.

Halfdan se llevó la mano a su oreja izquierda, de la que manaba gran cantidad de sangre.

—¡Me ha arrancado media oreja de un mordisco!

No bien me incorporaba, Halfdan, que se había vuelto hacia mí, agrandó espantado los ojos y se abalanzó apremiante, empujándome burdamente hacia un lado, justo cuando una espada se clavaba en su hombro.

Jadeé en el suelo y me revolví alerta empuñando la daga de Sigrid, y me encontré al jarl alzando su acero de nuevo para descargarlo en Halfdan, que herido se encogió rugiente y arremetió con la cabeza contra su oponente, con tal vehemencia y rapidez que derribó a su contrincante, forcejeando para arrebatarle la espada.

Tras un brutal cabezazo, que devastó la boca del jarl , convirtiéndola en un amasijo sanguinolento de dientes rotos y colgantes y labios cortados, se enredaron en una pelea mortal.

Halfdan recibió un rodillazo en una ingle que lo dobló en dos.

Rodaron por el entarimado esparciendo la sangre de sus heridas y el odio que rezumaban.

El jarl Harald, astuto y solapado, comenzó a golpear con encono la herida en el hombro del rey, que sangraba profusamente, consiguiendo reducirlo y ponerse sobre él. Castigó sin piedad la brecha por la que había entrado su espada, arrancando de Halfdan sofocados gemidos dolorosos.

Fijé los ojos en la espalda del jarl , inmerso en los golpes que propinaba, y supe que, si no intervenía, Halfdan moriría a manos de ese malnacido.

No lo pensé; me aproximé de forma subrepticia y con celeridad y precisión clavé hasta la empuñadura la hoja de la daga que todavía sostenía.

Hundí el acero en su nuca, en un mortal descabello.

El cuerpo del jarl se envaró, llevó la cabeza tan atrás que fijó sus glaciales ojos en mí un instante antes de apagarse la luz de su mirada.

Y, por fin, cayó laxo sobre el pecho de Halfdan, que jadeaba con los dientes apretados acometido por oleadas de dolor.

Sin miramientos y con premura, empujé el inerte cuerpo del jarl hacía un lado y me cerní sobre Halfdan para intentar ayudarlo a ponerse en pie.

Logré cobijar mi hombro en su sobaco y acomodé su fuerte brazo derecho sobre mi cuello para acomodar el peso a mi cuerpo, pero era como levantar una roca anclada al suelo.

—Vamos, maldito cuervo, todavía tienes un reino que defender y otro que ganar —alenté, frunciendo el ceño y resoplando por el esfuerzo.

Sus ojos estaban empañados y su rostro crispado, pero asintió y me ayudó a levantarlo.

—¡Los usurpadores han sido vencidos! —comencé a decir a voz en grito, animada al comprobar que los hombres de Halfdan empezaban a imponerse a los hombres del jarl —. ¡Rendíos y salvaréis la vida!

Algunos guerreros miraron en mi dirección confusos y vacilantes.

Otros, al contemplar el cadáver de su líder y a la reina con el rostro bañado en sangre e inconsciente en el suelo, tiraron lejos la espada y se sometieron cayendo de rodillas e inclinando la cabeza.

Aquel gesto comenzó a expandirse entre las tropas del jarl , silenciando el skáli .

Miré en derredor; cuerpos mutilados, sangre, y muerte alfombraban el suelo. Todo provocado por una sola mujer, aquella que comenzaba a despertar aturdida y dolorida.

Ayudada por otro guerrero, sentamos a Halfdan en su trono. Estaba lívido y trémulo. Se palpó con la otra mano su sangrante hombro y apretó los dientes en una mueca sufriente.

—¡Rápido, un cuenco con agua y tiras de lino, aguja e hilo!

Halfdan hundió sus negros ojos en los míos, y sentí sobre mí una tersa mirada acariciadora.

Un grito tortuoso y furioso nos paralizó. Ragnhild cubría su quebrada nariz con las palmas ahuecadas, mientras nos fulminaba con una mirada abominable.

—¡Maniatadla! —ordenó el rey, en tono tajante—. ¡Es mi prisionera! Hasta que dé a luz, nadie le hará ningún daño. Cuando alumbre a mi hijo, yo mismo seré su verdugo.

Sus hombres acudieron prestos a cumplir su mandato.

Ragnhild fue maniatada, entre llantos y quejidos lastimeros.

No obstante, no me pasó por alto la mirada artera que me regaló.

Mientras viviera, no estaba vencida; podía adivinar con somera claridad que las cuatro lunas que le quedaban para alumbrar al heredero serían bien aprovechadas para intentar escapar o voltear la situación a su favor.

Me esmeré en curar al rey. Lavé con delicadeza la herida y me dispuse a enhebrar la aguja de hueso con concienzuda atención.

—Deberías usar esa aguja en tu túnica y cerrarla, aunque semejante distracción es más eficiente para aturdirme que una buena jarra de cerveza.

Alcé una ceja y fruncí el ceño reprobadora; el tajo de mi túnica dejaba expuestos mis pechos, sobre los que Halfdan tenía fijos los ojos.

—Mientras tengas las manos quietas, no comprobaremos si es más efectiva mi mano que mi sola visión.

El hombre sonrió divertido y asintió apartando los ojos de mí hacia la hendidura de su hombro.

—Si zurces tan bien como amenazas, me harás un estupendo bordado.

Esta vez fui yo la que esbozó una comedida sonrisa.

—Eso pretendo, mi rey.

—No te sometas, mujer, o me harás creer que tengo algún dominio sobre ti.

Ensanché la sonrisa y negué con la cabeza.

—Sólo yo lo tengo —afirmé con convicción.

En la insondable mirada del hombre relució un matiz admirado.

—Ingobernable, astuta, valerosa y hermosa; los dioses jugaron con mis ilusiones. No sé si seré capaz de perdonarles su crueldad.

Clavé la aguja al principio del corte y deslicé el hilo sin que Halfdan emitiera un solo sonido. Puntada a puntada fui cerrando la herida, concentrada en mi labor; no fui plenamente consciente de la atención que me dedicaba el hombre sobre el que me inclinaba.

—Creo que sobrevivirás —sentencié burlesca afianzando el nudo final.

—Puede que mi cuerpo sí —musitó abatido.

Me aparté para coger el lienzo y me esmeré en aplicarle un vendaje prolijo y compresor, para evitar el sangrado.

—¿Haces algo mal? —preguntó jocoso.

—Ahora mismo, perder el tiempo con alguien que me utilizó.

—¿Te refieres a un pobre infeliz al que estuviste a punto de rebanar el pescuezo? —contrapuso ceñudo.

—A ese mismo, justo al que acabo de salvarle la vida.

—Cierto —admitió— y pienso pagar mi deuda.

Sostuve su mirada con semblante imperturbable.

—Voy a reunirte con él, lo sacaré de la batalla, yo mismo lo traeré hasta ti y permitiré que huyáis tan lejos como deseéis. Y ahora cúbrete; ¿no crees que ya he sufrido suficiente?

Estrangulé una sonrisa ansiosa y esperanzada y me alejé en busca de una túnica nueva. Me dirigí al Lokrekkja real, abrí el arcón de la reina y extraje una hermosa túnica roja. Justo salía de la alcoba cuando un alarido escalofriante me sobrecogió, helándome la sangre.

Tras el grito de mujer, rasgado y espeluznante, un rugido masculino retumbó en el aire, flotando por toda la sala y paralizando a cuantos moraban en ella.

Boquiabierta y horrorizada presencié cómo Sigrid extraía un puñal del cuerpo de Ragnhild, quien, atada a una columna, permanecía indefensa, mientras una y otra vez acuchillaban su abultado vientre ante el paralizado estupor de los presentes.

—Estamos en paz, maldita rata, tu hijo por los míos.

La desquiciada sonrisa de Sigrid dio paso a una carcajada que me erizó la piel. Ragnhild sólo era capaz de mirarse el vientre, por donde rezumaba una sangre densa y viscosa de los numerosos y profundos cortes por los que escapaba la vida de su hijo y la suya propia.

Halfdan, horrorizado, lívido y desesperado, se abalanzó hacia su esposa y, cayendo de rodillas, intentó taponar las brechas sangrantes, como si en aquel infructuoso gesto fuera capaz de impedir lo inevitable.

Su heredero perecía apuñalado en el vientre materno, mientras él, agónico, sollozaba abrazado al vientre de su reina, que con mirada perdida, pálida y vidriosa, contemplaba la oscura cabeza de su esposo entreabriendo los labios en un rictus entre atónito y aterrado.

Un oscuro charco de sangre comenzó a extenderse a los pies de Ragnhild, quien en un último hálito de consciencia abrió la boca para dejar escapar un alarido agonizante y rabioso, que contuvo el aliento de los presentes.

Sigrid, apresada por dos guerreros, sonreía plenamente satisfecha, plácida y orgullosa; pero no fue en ella en quien recayó la rencorosa mirada de la moribunda reina, sino en mí.

Un escalofrío me recorrió la espalda; mi corazón se detuvo un instante ante aquella turbia mirada amenazadora.

—Esto... todavía no ha... acabado —agonizó con voz rasgada y opaca dirigiéndose a mí.

Tosió y de sus labios brotó una bocanada de sangre negra que tiñó su barbilla.

Un estertor la sacudió, su piel de alabastro perdió brillo, su celeste mirada se enturbió y sus facciones languidecieron, hasta aflojarse completamente.

Su cabeza se desplomó laxa, tocando la barbilla su pecho.

Una dorada cortina de cabello cubrió su rostro, poniendo fin a su vida.

Un sobrecogido silencio se cernió en el skáli ; sólo los sofocados sollozos de un hombre lo rompían.

Ragnhild había sucumbido a su propia maldad, condenando una estirpe con ella y sentenciando a un rey al más aciago de los destinos.

Deslicé la mirada sobre Sigrid. Ya no reía; su mirada vacua se empañó y su expresión se oscureció. Volvía a su mundo, el de las sombras perpetuas.

Sorprendentemente, había sido una mosca la que había terminado devorando a una araña.