Capítulo 48
Una mosca devorando a una araña
Fuimos conducidos a empellones hacia el gran skáli ante la estupefacción de los aldeanos, que prefirieron acomodarse dócilmente a la nueva situación que atreverse a alzarse en armas por su rey.
Nos condujeron hacia el entarimado donde se elevaban los dos sitiales y nos postraron de rodillas frente a ambos tronos.
En el del rey tomó asiento de forma significativa Ragnhild, con expresión de arrobada complacencia, y en el de ella se acomodó de un modo distendido el despreciable jarl , que se atusaba su crespa y nívea barba con semblante jactancioso.
—Bien, Harald, cumpliste mis deseos, dos platos fuertes para un gran nattverdr , y, por lo tanto, serás el conde que más regiones gobierne bajo mi mandato y mi mano derecha en este reino.
—Y yo, mi hermosa reina, os rindo pleitesía hasta que los dioses me llamen a su presencia.
—¡Quieres mi cabeza! —exclamó Halfdan furibundo, con expresión desesperada—. Tómala, pero libérala a ella, en nada atenta contra tu reinado, sólo desea regresar a su tierra.
Aquel arrebato encendió las mejillas de su esposa con un rubor colérico que empañó su calma, y la instó a ponerse en pie, rígida y temblorosa.
—¿Liberarla, dices? —silabeó contrariada—.
¿Osas interceder por tu amante ante mí? Realmente eres temerario, esposo mío; no te fue suficiente con humillarme ante ella, despreciarme de tu lecho e ignorar mi presencia por esta.
.. vulgar ramera; no, todavía tienes los arrestos de suplicar por su vida.
¿Tanto la amas, condenado bellaco inmundo?
—¿Tanto la odias tú? —replicó él sosteniendo retador su mirada.
—¡Sí! —escupió con desprecio—. ¡Tú la pusiste por encima de mí, de una reina; sólo una diosa goza de tal condición!
—O tú te pusiste por debajo con tu comportamiento vil y despiadado —refutó el rey temerariamente.
Ragnhild se acercó a su esposo y lo abofeteó con todas sus fuerzas; a su aniñado rostro asomó un mal primigenio, como una máscara espantosa que deformó sus facciones y enrojeció su mirada, asemejándose a un fiero demonio escapado del ultramundo.
—¡Voy a hacerte pagar todas y cada una de las humillaciones sufridas, bastardo! —amenazó con voz gruesa y desconocida—. Y en este instante voy a mostrarte quién soy en realidad.
Dirigió la vista hacia uno de sus hombres y sacudió la barbilla para llamarlo a su presencia.
—Traedme unas tenazas —exigió con expresión ávida.
Se acercó a mí con una sonrisa maléfica que me provocó escalofríos y, cogiéndome del cabello, tiró con fuerza para alzar mi rostro hacia el de ella.
—Me gustó tu sabor, zorra —siseó pasando la lengua por mi mejilla— y tus pezones.
Un guerrero, con semblante turbado y gesto vacilante, le entregó unas tenazas de herrero, y retrocedió temeroso.
—¡Rasga la pechera de su túnica! —ordenó impaciente.
Halfdan se sacudió frenético y fijó en mí una acuciante mirada pavorida.
—¡No te atrevas a tocarla! —rugió enrojecido y fuera de sí, sin dejar de agitarse.
Ragnhild ensanchó su siniestra sonrisa y pasó ávida la punta de la lengua por sus labios.
—Ahora todo me pertenece —le recordó mientras contemplaba incluso con lascivia cómo el guerrero rasgaba la parte frontal de mi túnica, exponiendo a la vista mis pechos—, soy la dueña y señora de estas tierras y de todo lo que mora en ellas; yo decido cuándo y cómo moriréis, pero puedo adelantarte que no veréis amanecer un nuevo día.
Le arrebató las tenazas al hombre y las abrió ante mí lentamente, regocijándose en mi más acervado terror.
—¡Sujétala!
Me inmovilizaron por la espalda; un grueso antebrazo rodeó mi cuello, obligándome a arquear la espalda ligeramente hacia atrás. Fue inútil resistirme. Un aprensivo pavor aceleró mi pulso, convulsionando todo mi interior en una gran vorágine desatada de angustia que me paralizó.
—Voy a arrancarte los pezones, y obligaré a Halfdan a que los lama, como tanto le gustaba hacer, hasta que decida cortarle la lengua. Necesito espacio para meterle la verga en la boca, cuando lo castre.
Acercó la punta de las tenazas de hierro entreabiertas a mis senos; sentí su frío contacto rozándolos y contuve una arcada. Mis pezones se endurecieron en el acto, constreñidos y dolorosos.
—¡Has perdido el juicio, maldita! —increpó Halfdan sin dejar de debatirse frenético.
—Si lo hubiera perdido, no gozaría de lo que estoy a punto de hacer.
.. y pienso disfrutarlo —adujo la reina, retirando ambos mechones dorados tras sus orejas y despejando un hermoso rostro de ángel, oscurecido por la liberada maldad que siempre había anidado en su alma, y que ahora se mostraba en todo su ponzoñoso esplendor.
Y a pesar de ser conocedora de ella, no sólo a través de los enemigos que se habían cruzado en mi camino, sino de ese odio tan infame del que yo misma había sido víctima y verdugo, de esos anhelos de venganza, de ese rencor que me había reconcomido por dentro hasta hacerme olvidar que no importaba el camino elegido, siempre y cuando te procurara lo que anhelabas, fue entonces cuando comprendí aquel irreparable error.
La maldad no se combate con maldad, pues, si necesitas el odio como arma, ya has sucumbido a ella, ya has traicionado tus valores, tu corazón, ya te ha vencido.
Y ahí, en la antesala de la tortura, a merced de un demonio y a las puertas de la muerte, descubrí que ese lobo que había dirigido mis pasos cuando volví a renacer, ese lobo rencoroso y feroz, vengativo e implacable, gobernado por la rabia, era el que me había puesto donde ahora me hallaba.
Que esa frase tantas veces repetida por mí, a modo de venda en los ojos de mi conciencia, donde no importaban los medios sino el fin, donde todo se justificaba en pos del objetivo perseguido, se convertía ahora en mi más humillante derrota.
Todo importaba, cada paso, cada decisión, cada pensamiento y cada palabra, ya que, si eran los correctos, los afines a tu propio ser, los fieles a tu corazón, serían los que determinaran el final.
Pues ¿de qué servía alcanzar un logro si en el trayecto nos perdíamos a nosotros mismos?
, ¿si terminábamos siendo otra persona? O, peor aún, convertidos en un ser tan abyecto como al que nos enfrentaba el destino.
Y entonces caí en la cuenta de que llevaba mucho tiempo sin ver mi propio reflejo; a buen seguro, si me hubiera detenido a contemplar mis ojos, habría visto en ellos a aquéllos a los que me enfrenté.
Leonora tuvo que convertirse en Shahlaa, y ésta en Freya, pero ese lobezno que maduró y pasó a ser un lobo aguerrido se había dejado devorar por él mismo. Y ahora, ¿quién era yo en realidad?
Miré el odio en los ojos de la reina, como una mancha oscura y chisporroteante de pura maldad, y por alguna razón esa revelación de saberme liberada de mi propia inquina otorgo algo de paz a mi ser.
Yo no era como ella, porque decidía no serlo.
Incluso si tenía la oportunidad de sobrevivir al horror que me aguardaba, no me vengaría, sólo huiría buscando no únicamente la libertad, sino a aquella que fui.
De pronto, mis pensamientos se diluyeron en una tanda de virulentas bofetadas que giraron mi cabeza de forma abrupta, nublándome la visión.
Sentí de inmediato fuego ascendiendo por mi rostro, cómo me latían las mejillas, y un hilillo de sangre manando por el orificio de mi nariz; paradójicamente, no sentí nada más.
No sé qué pudo ver Ragnhild en mi rostro para que el suyo se sulfurara. Pero continuó abofeteándome cada vez con más ímpetu.
Cuando, jadeante, sofocada y desmadejada, logró separarse de mí lo suficiente como para poder dirigir y manipular aquellas espantosas tenazas con destreza y habilidad, descubrí, además, que sólo me provocaba compasión, ya ni siquiera desprecio.
El lobo oscuro retrocedía, pues ya no encontraba su alimento; sonreí.
—Vas a retorcerte de dolor —adelantó cada vez más desquiciada. Esta vez su insidiosa mirada se tiñó con un deje confuso del que comenzaría a germinar una incipiente frustración. Buscaba mi pavor, mi súplica, mi agonía; nada de eso encontró en mi expresión. Su desconcierto comenzaba a ser evidente.
—Puede —concedí con calma—, al menos hasta que mi vida se apague, pero después hallaré la paz. En cambio, tú, ni en la muerte la encontrarás.
Cerré los ojos ante el comienzo de mi tortura, invocando una mirada verde musgo, despidiéndome de la verdadera razón de mi existencia.
Completamente agradecida a la vida por haberme permitido conocer el amor más puro e irrompible que jamás haya existido, por haberme entregado el corazón del mejor de los hombres.
Y aunque ese favor divino lo estaba pagando con sangre, bien merecía todo lo sufrido, por un sólo instante entre sus brazos.
Me despedí con el convencimiento de que volvería a encontrarlo.
Pronuncié su nombre en apenas un susurro y, no bien terminé de modularlo en mis labios, cuando se desató el infierno.
Una batahola de gritos y cruces de espadas atravesaron las grandes puertas del skáli , silbantes flechas se hundieron en los cuerpos de guerreros que había en torno a mí, consiguiendo que los hombres corrieran a enfrentarse a los asaltantes y las mujeres huyeran despavoridas ahuecadas sobre sus retoños, mientras los protegían de la reyerta.
Ragnhild no fue una de ellas; me agarró de la melena y me llevó tras ella cual ave carroñera arrastrando con territorial avidez su parte del festín.
No obstante, su recorrido apenas logró avanzar unos pasos; otra ave, ésta rapaz, se cernió sobre ella, derribándola y aplastándola contra el suelo.
—¡Huye, Freya! —alentó Halfdan.
Necesitaba desatar mis muñecas si quería tener alguna oportunidad, y la ayuda la recibí de quien menos lo esperaba.
Sigrid apareció de la nada; mirando de hito en hito, desenfundó un pequeño puñal y cortó mis ataduras.
—Acaba con ella —me dijo entregándome el arma, con un excitado brillo en su mirada.